viernes, 16 de abril de 2010

Sal fuera, de Marta Antonia Sampedro


Acompañé al hechicero
a la tumba de un amigo.

Había quejas del vecindario
porque el hombre no hablaba
sino a través de otra lengua
-y porque hacía un mes
que no recordaba
sus andares ni su boca-.

En las reuniones
de la comunidad
aprobaba las actas con
Lo que tú digas, señora...

Ni yo a escondidas
podía escuchar
cuanto su añoranza
clamara al mar negro
de su sepultura.

Dormía en el cuarto
del servicio
abrazado a una almohada
tamaño persona,
dando bocanadas
a sueños y esperanzas
que nunca llegaban.

En un bote de cristal
reunía sus lágrimas
de hombre solo,
jurándose
que en la última derramada
impondría sus deseos
de alba.

Mas no se llenaba
-ella lo vaciaba a solas
en los cheques en blanco,
falsificando
su firma coronaria-.

Justificaba sus silencios
convencido ser un muerto
bastante vivo,
trabajaba incluso festivos.

El hechicero
llamó a la puerta
con sus manos
de hierbas secas
y anillos
de enredaderas.

Abrió la mujer
-ave exótica pareciera
de no tener orejas
y peluca negra-,
y, tras ésta,
haciendo de alfombra
por el suelo,
vimos a mi amigo muerto.

No nos dejó entrar,
gritando que su hombre
le pertenecía
por ley de iglesia,
milagros de vino
y panes crecidos
en sus cuentas.

Yo pronuncié sin miedo
que a ese hombre lo amo
como a ningún otro hombre
quiero,
y que allí lo reviviríamos
entero.

Incrédula
por mis sentimientos
hacia un muerto
tan perfecto,
nos amenazó a escobazos
llamar a rabiosos perros
-bien pudieran ser
cancerberos-
y aprobar una ley municipal
impidiera el paso
por su escalera a poetas
y mendigos letrados.

Mi amigo,
haciendo un esfuerzo
de vivo,
alzó la mirada
hacia mis ojos queridos,
y el hechicero profirió:
“¡Lazarillo, sal fuera,
yo te lo digo
en la puerta!”.

Con la cabeza
a los pies de su dueña,
susurró mirando mis suelas:

No puedo, cariño mío,
lo siento;
he de enterrar
los versos muertos...

Suplicó perdón
por lo expresado,
la mujer lo consoló
en caricias de niño bueno,
Tranquilo, yo te protejo
y comprendo...

El hechicero le lanzó
arenas benditas
de los cerros más bellos,
un corto himno de exorcismo
aprendido en la escuela superior
de azaleas y almendros,
y mi amigo no se atrevió
a nuestros versos nuevos.

Decidimos cerrar la tumba
al pronunciar ella palabras
de brujería más experta,
-temíamos nos colocara
de llavero de trastero,
del tanatorio fregadero
o santurrón de cementerio-.

Y allí continúa mi amigo.

Aprobando actas
y actos ajenos.
Se acabaron
los te quiero.

Ahora el hechicero
dedica a mí
sus artes de curandero,
en horario de tardes
a luceros.

Para que admita como cierto
a quien amo tan muerto
-dice que mantenga la fe,
pues toda ciencia requiere
su milagro de efecto-.

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