domingo, 8 de enero de 2017

Yo y mis cosas, de Marta Antonia Sampedro


Yo y mis cosas me advirtió.

Y sus cosas qué importaban
si era cuanto yo quería.
Su risa su tristeza su pelo su religión
su ateísmo su calvicie su salud sus ideas
su enfermedad su indiferencia...

Ay, qué suerte ese etcétera
que con él apareciera:
la simbiosis el parasitismo
los paseos los encierros contando estrellas
o cuanto quisiera de esta mujer a su espera.

Pero sus cosas eran su automóvil
sus trapos con etiqueta sus casas y cartera
 sus hipotecas de vida
y hasta su perra con pedrigrí era él
para su pre-entrega.

Cuando entró a mi casa
comparó qué era él qué yo era.
Se sentó en el sillón
-precisamente el que estaba roto,
era el único que había-
y el asa de la taza se despegó
al calor de un hirviente café.

Yo me reía con él
   y él lloraba conmigo.

Para él también yo era yo y mis cosas
incluida mi gata de yeso
con los ojos de canicas verde y azul
y me dijo adiós por las buenas
ni siquiera un hasta luego nos vemos.

Qué podía hacer yo
si no tengo más que letras
que necesitan de papel
anticipado por colegas y poetas
-pero son muy buenos
ni me lo apuntan, al menos-.

Cuando devuelva mi préstamo
de dinas cuatro y bolígrafos
le enviaré este poema.
Por si acaso ahora sólo se tiene a él
 y mi gata lo aprueba
-lo arañó saliendo por la puerta-.


© Marta Antonia Sampedro Frutos 

martes, 6 de diciembre de 2016

Historia de una poeta que odiaba la luna, de Marta Antonia Sampedro


No entiendo de los demás

mi historia es ficticia igual que todo

comprendo mejor vivir bajo esa delicia

ver que el mundo tiene dos caras

y voy directamente a hablarles de la luna

cuya incógnita se refiere más a cuanto no vemos

pero esta es la que muestra para estar atentos

nací durante el día pero ahí estaba

percatándose de otro humano más

concentrados en ella el azul del cielo y el blanco

en días lluviosos el descanso

la luna fue en mi infancia espía de mi conducta

no tener que mirarla eran días de júbilo

y más de una vez advertí que no era buena

coincidiendo con el apetito de mis letras

por lo tanto nadie me hizo caso

sino el preciso para no expresarlo

comencé a sospechar en la niñez

que de noche seguía mis pasos

una estrella tres estrellas ¡ochenta estrellas!

y vuelta a contar porque su luz era molesta

los caminos tan seguros y allí estaba ella

en los charcos en los gallineros

en el quiosco en el castillo en los patios

y cuando no regresaba en días

aprendí a tener ilusiones no muchas

y aparecía en los olivares un fuego 

la luna victoriosa de regreso
 
con los años comencé a espiarla yo

estaba sobre los tejados y los vencejos

en los partos de las vacas en los sembrados

en las mareas de los pantanos en las albercas

a nadie dejaba descansar la luna
 
en las mentiras en las verdades

en el brillo de los ojos en los ratones

en las bocas en las salivas de las guerras

hacia arriba mirando la gente las bestias

qué miran si es la luna

no cantéis derrotas

ninguna ventana dejaba libre

en las vías del tren en los cristales

acompañando a los barcos

en las flores y en el humo

maldita sea la luna

merece un buen curandero

después descubrí que el odio

tenía delicado fundamento

se prometían amor los enajenados

en las plazas ella mirando la fuente

en los campos ella jugando

y luego los veías por separado

la luna en las lágrimas corrigiendo

la luna en los suspiros moviéndolos

tomé la decisión de no incluirla

en textos amaneceres noches nunca

la luna qué asequible recurso me niego

comillas puntos espacios y ahí la luna

en retratos diccionarios sellos

siempre para salir al acecho

claro que a veces la consiento

si ando sola y no está la busco

entre las nubes asoma el rostro

de vidas alegrías cementerios

esa inquietud es la luna

en ce su forma o simétrica el opuesto

una infame mancha pálida

astrónoma universal de historias

que me recompone los textos

entonces me dicen odias la luna

cómo odiarla no se deja

por los barrancos de las cegueras

entre las lentes de los muertos

en las soledades de las tragedias

o en el corazón más inocente

ahí está la luna por si alguien quiere.



© Marta Antonia Sampedro Frutos
(Diciembre de 2016)