domingo, 18 de septiembre de 2016

La calle perfecta, de Marta Antonia Sampedro


Era la calle perfecta
a eso del amanecer
 en lo que la gente dice las tantas
volvíamos de los pantanos
donde las horas ocupan lunas
mejor dicho las fulmina en agua

la farola iluminaba tu cara perfecta
yo miraba tus ojos
tus ojos atentos de miradas
despidiéndome de vivir contenta
porque alegría es amar a toda costa

me decías te quiero te decía hasta mañana
-que es hoy-
me ducho y abro la oficina

en esa puerta del arquitecto callado
que renegó del amor en sus proyectos
el cielo de la ciudad era una risa de techo
porque atrás habíamos dejado la vía láctea
con los bueyes bajo las encinas
meditando la gramática de los meteoros

había sin embargo en la calle perfecta
un significado callejero
todas las señas se conjuraban
y allí la sombra nocturna de los limoneros
y las naranjas amargas para atestiguarlo
al agua maría su jalea de telarañas

las claves eran saber amar y decirlo
en las cimas de los telescopios ácidos
digamos que en esas alturas
y faltados de costumbre en coliseos
el vértigo es tremendo
una y todos podríamos decir que se tambalean
los pies de los gigantes más saludables

y en los aludes de esos puertos
la manada de besos inundaba los comercios
que estaban apagados con su medidor de euros
la calle perfecta era así de sencilla
            mundana y pueblerina
                 en  los portales menos iluminados

había una multitud buscando esa calle
tú me amas yo te amo

y en la calle perfecta
prohibieron a sanciones municipales
todas las vivencias necesarias
con sus sentidos amplios
y sus impresiones

nosotros hacíamos como si nada
en la calle perfecta
entonces nos dijeron loco y loca
en otras palabras revolucionarios
de las estrellas.

(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2016)

lunes, 5 de septiembre de 2016

Perico bueno, relato de Manuel Sampedro Frutos


-¡Mamá, mamá! ¡El abuelo no quiere jugar conmigo, otra vez está escribiendo batallitas!
Este que habla es mi nieto Andrés, es muy activo. Siempre que me ve con un bolígrafo en la mano se cabrea. Hay una ventaja en el hecho de ser mayor, y no viejo, respecto a mi nieto. Él no tiene un pasado, una historia vivida como yo. Bien es cierto que él tiene un futuro, puede ser generoso o incierto, sin embargo él no puede echar mano del baúl de los recuerdos en los momentos en los que no tienes nada por hacer.
En esos momentos, mediante el recuerdo puedes volver a esa vida ya pasada, a tu propia vida y revivirla. Al volver al pasado incluso te permites fantasear sobre lo ya vivido. Esto mismo nos suele suceder a los abuelos cuando estamos en la cruz de las azucenas, sentados en sus escalones, después de haberlo dicho todo. Cuando ya hemos hablado del pueblo, de los trabajos, de guerras que siempre se aumentan de tiempo y cantidad… hay un largo silencio y cada uno vuelve a vivir la vida pasada, hasta que alguno rompe el silencio con algún comentario sin fuste.
Lo mismo pasa en las interminables noches de invierno cuando el insomnio no te permite reconciliar el sueño. Yo creo que la naturaleza es muy sabia y te hace ver que el sueño eterno se está acercando. El sueño temporal no es tan necesario. En esas noches, me vienen recuerdos muy  queridos y sobre todo, desde que tengo a mi nieto, son más corrientes los recuerdos de mi niñez.
Recuerdo cómo iba con mi madre a la Picoza a lavar la ropa. Llevaba una gran cesta de mimbre con dos asas. Para mí era como una gran fiesta de campo ese día. Sentía el olor del jabón casero hecho con aceite de freír. Después de lavar y escurrir la ropa, mi madre la tendía sobre el tomillo y el romero. Era todo un colorido de ropa tendida. Yo no dejaba de molestarla con algún que otro peligro, y ella, pacientemente aguantaba mis correrías. Llegaba la hora de la comida y me daba un buen trozo de morcilla fresca con pan. Yo, contento, me sentía muy dichoso sentado sobre una pizarra al lado de ella. Por la tarde, la ropa ya estaba seca, ella la recogía y volviendo por la piedra escurridera aprovechaba allí para descansar y así yo, podía jugar y deslizarme en aquella piedra que estaba tremendamente lisa.
Una tarde caminando por la viña “La tonta”, que por cierto nunca he sabido el porqué de ese nombre, vi un ave que hacía años que no me paraba a observar, una plimilla. Mi nieto Andrés dice que también se llama cernícalo, a lo cual yo le respondo “Andresito, en Baños siempre se ha dicho plimilla y así se queda”.
Allí estaba la preciosa ave a unos diez o quince metros de altura, planeando  y en momentos se quedaba completamente quieta en el cielo, divisando algún ratoncillo o pajarillo para poderlo cazar.
Este hecho me ha traído tantos recuerdos preciosos de mi infancia… y es lo que quisiera narrar; una pequeña historia de un niño inquieto, amante de la naturaleza y que, a su manera, intentó contribuir al mantenimiento de la misma.
En la mayoría de los hogares de Baños de la Encina había algún que otro animal doméstico. En mi casa, teníamos una marrana. Mi madre la llamaba Jabalina; su piel roja y negra delataba su nombre. Era muy larga y grande. A mí me daba miedo. Yo le rascaba su lomo con mi mano para hacerme su amigo y ella producía unos ronquidos de agradecimiento. Dos o tres veces por semana, mi madre mandaba a jabalina con el "marranero" del pueblo. Este hombre se llamaba Mauricio. Él conocía a todos los animales que cuidaba en el pueblo y los llamaba por su nombre. “Venga Jabalina, que nos vamos de paseo” le decía Mauricio mientras mi madre abría la puerta de la cuadra. Jabalina entendía que iba de callejeo al campo, se ponía muy contenta y con algunos gruñidos mostraba su alegría. A la vuelta, por la tarde, cansada, entraba agradecida a su cuadra para su descanso después de haber dado tantas vueltas por el campo. Cada año Jabalina, tenía a sus nenes, como decía mi madre. Ella se los vendía a los vecinos pero se quedaba con algunos para la matanza del siguiente año. Los pobres cochinillos se transformaban en buenos chorizos y morcillas. A mí, el día de la matanza me daba mucha pena, pero luego a sus tocinos en el plato no les hacía asco.
En casa también teníamos un perro muy bajito que se llamaba Calcetines. Sus patas blancas y el resto de su cuerpo de color marrón hacían que pareciese que tuviera unos calcetines puestos. De las veinticuatro horas del día, veintidós se las pasaba acostado sobre una silla vieja que mi madre le permitía usar. Durante las dos horas restantes realizaba algún que otro paseo por el pueblo buscando algo que comer. Este perro estaba totalmente ajeno a la vida familiar. Un ladrido, un correr a ver alguna que otra actividad sobresaliente…ciertamente yo no lo vi. Su perra vida fue lenta y larga, hasta que un día mi hermano, el muy bestia, lo llevó de paseo. Los bañuscos entienden bien lo que significa esta expresión.
Felipe se llamaba un gato de color gris que también teníamos en casa. Al contrario que Calcetines, Felipe era un animal ágil y nervioso. Yo jugaba mucho con él. Le quitaba a mi madre un ovillo de lana que tenía para remendar los calcetines de invierno. Se lo lanzaba al aire y él, con agilidad, pegaba un salto y lo cogía al vuelo en un momento. También me ponía detrás de la puerta de la habitación para que no me viera, lo llamaba y salía rápidamente para asustarlo. Él sabía coger la idea del juego y pegando un gran salto también me asustaba cuando pasaba por mi lado. Felipe era un cazador nato de ratones. Cuando cogía alguno, hacía ejercicios con ellos, pegándoles tortazos con sus patas. Cuando los tenía mareaos, los soltaba para cogerlos más fácilmente y cuando se hartaba de jugar con ellos se los comía.
En primavera, los gorriones entraban y salían de los agujeros de los tejados. Esa era una forma en la que yo obtenía información que necesitaba porque al entrar el verano sabía dónde ir a buscar sus polluelos. ¡Me encantaba criarlos, aunque de pequeños son muy feos! Los cogía del nido y los metía en una caja de zapatos vieja. Cogía pasto seco y lo colocaba en su interior haciendo una especie de nido para su comodidad. Por esa caja pasaron gorriones, tórtolas, tordos y totovías. Me hubiera gustado criar a un triguero pero nunca pude encontrar sus nidos. Los trigueros empiezan  engañándote haciéndote creer que allí donde cantan y revolotean está el nido; pero es un engaño porque en realidad te están alejando del mismo. Una vez encontré un nido de triguero pero tenía huevos güeros y olían muy mal.
Yo era todo un experto cazador de insectos para darle de comer a esos tragones polluelos. Al principio se asustaban. Cuando les abría la caja se querían escapar, pero cuando se acostumbran a ti se limitan a abrir la boca para recibir su alimento, esto era cigarrones, chicharras, escarabajos, pan duro con agua…todo se aprovechaba. Había días  que me sacaban de mis casillas porque estaban siempre con la boca abierta, insatisfechos. Cuando se hacían mayores y parecía que estaban preparados para soltarlos me lo pasaba muy bien. Sus cortos vuelos en el aire finalizaban dándose unos buenos tortazos en el suelo. Merecía la pena el esfuerzo para ver esos momentos. Los últimos días en la caja era todo un problema. Cuando abría la caja, cada pequeño gorrión corría por diferentes lados de la habitación. En esos momentos yo estaba bastante preocupado por si Felipe, el gato, pasaba por allí y hacía limpieza de pájaros. Alguna vez lo consiguió dando un buen zarpazo sobre su pobre víctima. Yo iba tras él y cogiéndolo por el pescuezo, le daba sacudidas para que lo soltara. No conseguía nada, tan sólo lograba cuatro plumas de sus hocicos como resultado de habérselo tragado de un sopetón.  El gato, más tarde, venía para hacer las paces conmigo, pero yo acababa dándole una patada donde podía. Sin embargo al final, acababa perdonándole ya que no era culpa suya, pues la naturaleza es así.
Pasando por el Castillo veía las plimillas. Estáticas en el aire, frente a las paredes de la fortaleza. ¡No os creáis que los cristianos fueron los primeros conquistadores, arrebatándole su castillo al moro! Creo que fueron las aves. Allí estaban juntamente los tordos, gorriones, mochuelos y alguna que otra lechuza compartiendo aquella gran masa de piedra. A lo mejor exagero, pero creo yo que en su construcción ya vieron las aves, en sus paredes, su protección. ¡Yo quedaba encantado al ver su vuelo!
Hacía tiempo que yo, al ver las plimillas, tenía una meta: quitarles un polluelo y criarlo en mi casa. Ya había pasado el verano. Mi caja de zapatos estaba vacía. Incluso los pájaros notan el cambio de estación. Las alegrías de sus cantos, su continua tarea de hacer sus nidos, el ir de un lugar a otro buscando su comida para sus polluelos…todo se transforma en quietud y descanso después de una primavera y verano agotador.
Yo pasé el otoño y el invierno entre la escuela, robonas y rebusca en la aceituna, pero también investigando y preguntando a los más mayores como coger un guacharro de plimilla. Lo preguntaba con poco interés para no hacer notar mis intenciones. Encontré varias opiniones, algunas interesantes y otras fanfarronas para engañarme. Al final les comenté a mis amigos mi intención y les gustó la idea diciendo “a medias”. En los negocios de los niños de Baños todo es “a medias”. A medias en las bolas, a medias si robas brevas en la huerta de don Cipriano, a medias si le quitas algún dulce de merengue a doña Joaquina, pero también a medias en los tortazos si salían las cosas mal.
Bueno, cuando nos pusimos de acuerdo los tres, decidimos investigar en el Castillo, pero en su interior. ¿Cómo? Alguno se lo preguntará. Pues por la puerta. Segunda pregunta: ¿Quién te la va a abrir? Pues nadie. Un chiquillo de Baños no pide la llave grande y gorda que había para entrar en el Castillo porque nadie se la va a dar. Lo que un chiquillo de Baños hace es fabricar una ganzúa y después de estar una hora girando el alambre doblado, se consigue girar el cerrojo que permite abrir la pesada puerta. No siempre se abría y acabábamos en una buena discusión, peleándonos entre nosotros, echándonos la culpa uno al otro por no abrirla. Una vez dentro del Castillo ya teníamos experiencia, porque en otros momentos habíamos ido a buscar huesos de muerto ya que hubo un cementerio allí mismo, en su interior.
Esta vez nuestra investigación era cómo poder llegar a los agujeros más próximos desde arriba, aunque a veces nos teníamos que inclinar, mirando hacia abajo por la parte de afuera. ¡Una barbaridad! Encontramos varios posibles agujeros, arriesgándonos bastante, pero gracias a Dios que escapamos bien, sin habernos pasado nada. Hicimos una especie de dibujo o croquis en un papel de traza para acordarnos de los posibles nidos en la primavera. Saliendo del Castillo, fuimos rodeando el mismo buscando también, por la parte de fuera, los posibles nidos abandonados. En uno de ellos por cierto, vimos salir una plimilla, una de estas que se quedan a pasar el invierno en la fortaleza. El agujero era de los más bajos pero aún era alto para nosotros y desistimos.
La primavera llenó de colorido nuevamente el pueblo. Las amapolas, el trigo verde amarillo, los jaramagos y demás hierbas hicieron un manto precioso sobre los campos. La sementera estaba crecida por las lluvias de febrero. El reloj de la vida de las aves empezó nuevamente a funcionar milagrosamente. Cada especie de ave empezó a correr de un lado a otro, con sus cantos de reclamo buscando su pareja, como si alguien les diera el permiso para que todo funcionase de nuevo. Cada uno a su manera. ¡La naturaleza es un milagro de Dios!
Un día, los tres amigos, con el papel de traza en el que realizamos el dibujo de los supuestos nidos, nos dispusimos a ir al Castillo nuevamente. Abrimos con suerte la puerta con la ganzúa y empezamos a investigar si entraban plimillas en los agujeros que nosotros teníamos dibujados en nuestro papel de traza. Fue un desastre, porque lo único que entraba en los agujeros era alguna que otra paloma o tordo.
Nos dimos cuenta que las plimillas eran muy inteligentes porque se ponían a hacer los nidos en la parte de fuera y media de la pared. Difícil de alcanzar por arriba y difícil de alcanzar por abajo. Sin embargo, mirando pacientemente al agujero del que salió la plimilla el día que hicimos el dibujo en nuestro papel, vimos que salió un ave.
-¡Antoñín!- me gritó José- ¡Ha salido una plimilla del agujero!
-¿Seguro?- pregunté yo.
- ¡Por mis muertos que es una plimilla!- insistió José.
Estuvimos escondidos durante bastante tiempo, esperando que fuera verdad lo que vio José, lo cual se confirmó después de entrar dos plimillas varias veces en el agujero. Estuvieron planeando frente al mismo las dos aves, macho y hembra, el macho más rojo pardo que la hembra. Decidimos esperar el tiempo necesario para que incubasen los futuros huevos y pasado junio iríamos a investigar lo que había en el nido. Aún sabedores y reconociendo la incapacidad del llegar hasta el agujero.
Cuando llegó el día en el que nosotros sabíamos que era el tiempo de la nidada, aunque a veces se atrasa o se adelanta, fuimos al lugar donde estaría el nido. Allí estábamos, escondidos y callados para que las aves entrasen en el agujero para darles de comer a los supuestos polluelos. Vimos entrar a una de las aves y, percibimos un débil trinar, que nos hizo tener la esperanza de que no hubiéramos ido muy desencaminados en nuestro pensar. Nos miramos los unos a los otros, los tres, para buscar alguna idea que nos hiciera alcanzar el nido. Pedro rompió el silencio, bueno, nosotros le llamábamos el “Mochuelo”
-¡Bueno, habrá que hacer algo! Yo soy el más alto y fuerte-dijo con aire vanidoso-me pondré debajo. José que también es largo y flaco se pone encima de mí y…
Yo, cortándole y dejándole sin habla, le espeté:
-¡Y una mierda que te comas, si piensas que voy a subirme encima vuestro! ¿Pero no veis que todavía no llegamos? ¡Aún nos falta un metro!-sentencié.
-Mira Antoñín- me dijo Pedro con cara de malaleche por haberle mandado allí-, si te pones tú debajo no serás capaz de aguantarnos y nos comeremos los tres el suelo.
Bueno, casi incomprensiblemente me vi encima de ellos para probar y me faltaba un metro y pico para llegar al agujero. Volví a bajar para que pudiéramos descansar los tres. Desde el suelo vi una serie de agujeros con suficiente profundidad para poder introducir mis pequeños dedos. Volvimos a empezar de nuevo, haciendo la torre, como se decía entonces. Estiré mi brazo, asegurándome en uno de los agujeros en el que incluso pude meter toda mi mano. Cuando estuve seguro, alcé una de las piernas que estaba sobre la cabeza de José y apoyé la punta del pie en otro agujero. Separando la otra pierna hacia otro agujero y alzándola, quedó mi cuerpo en forma de cruz totalmente pegado a la pared.
Allí estaba yo, en cruz e intentando subir unos treinta centímetros para poder meter la mano en el nido. Mis compañeros, asustados y callados, sin ánimo de abrir la boca. Yo, por supuesto, no miraba hacia abajo. No era la primera vez que estaba en peligro. Los niños de Baños siempre lo están. Cuando no te aporreas tirándote de cabeza de un quiñón en las colas, te caes de un quinino, subiendo bardales para olisquear en los corrales para buscar gatos; y sino de peleas entre las bandas, tirándote piedras o haciéndote flechas de adelfa para la guerra; y un largo etcétera de situaciones peligrosas de las que todos tenemos marcas en el cuerpo de las fechorías de niños. ¡Así éramos los niños de Baños!
Volví a hacer la misma operación aprovechando que había un agujero paralelo al nido, el cual me sirvió de apoyo para que así quedara el nido a la altura de mi cabeza. Me dispuse a meter la mano en el agujero sin saber que había en el mismo. Estaba, como se suele decir en estas situaciones, “cagao” de miedo, por si me podía encontrar con alguna bicha; ya que algunas veces se adelantaban a nosotros y se comían los huevos antes de que empollaran. Algo pasó, porque solo encontré una cosa muy blanda y plumosa, muy suave. Debería de haber por lo menos cuatro o cinco pollos. Sin saber qué era realmente, lo cogí muy rápido y lo metí dentro de mi camiseta. El pobre animal, asustado, empezó con sus patas de rapiña a arañarme mi tierna barriga.
En ese momento tenía dos grandes problemas; la herida que me estaba produciendo el pobrecillo polluelo, y el cansancio de mis pies y manos de estar en aquella posición durante tanto tiempo. A estos se les añadió un tercer problema, no me acordaba de los movimientos de subida para poder hacerlos de nuevo, al revés, y bajar sin accidentes. Viendo mi situación, tuve una clara reacción de niño: ¡Mamá, que me caigo! ¡Mamá, que me caigo! Fue un continuo de gritos desesperados.
Los ensordecedores gritos, por mi miedo al caer al vacío, que llegaron a los vecinos de las calles colindantes, y se formó un gran revuelo de personas  preocupadas debajo de mí. Mis compañeros, los muy mari… al ver a los vecinos acercarse a donde estábamos huyeron para que no les reconociesen y así ahorrarse los palos de sus padres al saber por boca de ellos nuestra fechoría.
Yo seguía con mis gritos y “cagao” de miedo. Un vecino que anteriormente nos había visto desde su terraza, ante los primeros gritos corrió hacia nosotros trayendo una vieja escalera y la puso debajo de mí. Hablándome con suaves palabras y sin reproches, el buen hombre se subió hasta el límite de la escalera y me invitó a que pusiera los pies sobre su cabeza. Cuando conseguí hacerlo, coloqué mis pies sobre sus hombros y empecé a llorar como una madalena. El buen hombre, cuando ya me tenía seguro sobre él, me dio unos golpecitos en la cabeza, dándome ánimo en mi desconsuelo por el miedo pasado. Posteriormente sentenció:
-Esta vez, bastante has tenido por el miedo que has pasado, pero como te vea otra vez… ¡que sepas que cobras y se lo digo a tu padre!
Yo eché a correr porque el pájaro mierda, era pequeño, pero yo ya notaba en mi barriga una buena solladura. También corrí para que los “cobardicas” de mis amigos no vieran el polluelo. Después me preguntaron si había encontrado algo en el nido pero les eché una mentirijilla; les dije que había cascarones rotos de habérselos comido algún bicho o algún mochuelo por la noche.
Cuando llegué a mi casa me quité rápidamente de mi dolida barriga el polluelo. Introduje al asustado y dolorido animal en un pequeño agujero que había en la pared de la cuadra donde vivía Jabalina. Para que no escapara de allí, puse una piedra para entorpecer la salida del pobre pájaro, pero sí dejé que entrara el aire y los rayos del sol. Cuando le puse la piedra, el pobrecillo parecía muerto  de los cansado y aturdido que estaba por los golpes, y de la presión de mi barriga y correrías, el pobre no podía respirar bien.
Cuando me relajé, sólo sentía los dolores de las heridas que me había causado mi pequeña plimilla y los dedos de mis manos los tenía muy doloridos. Mi dolor me llevó donde siempre, al consuelo de mi madre.
-¡Mamá, mamá, me he caído corriendo en el carril y mira como estoy!
Mi madre primero se asustó al verme; segundo, me dio un ligero chorreao que yo no noté porque el dolor que me producían las heridas de mi barriga era superior; tercero, acabé en casa de Don Ignacio. Su opinión personal fue:
-La herida no es grave pero muy dolorosa. No me explico el morado de los dedos por caerse. Antoñín, ¿no será por otra cosa que no sea caerse del carril?-preguntó.
-¡No, no, no, lo juro!-dije haciendo la señal con la mano- es que había chinas en el sitio donde me caí.
Don Ignacio me untó con yodo y después de taparme la herida con una gasa se despidió. Mi madre, muy agradecida, le entregó una gallina bien preparada para cocinarla y hacer un buen guiso. Después me miró contenta de que las heridas no fueran graves, pero sentenció:
-Esa gallina es la que nos íbamos a comer nosotros hoy. ¡Hoy comerás patatas con alcanciles!
Yo los odiaba, pero vaya ¡qué comí patatas con alcanciles!, pero con un buen surtido de coscorrones y amenazas. Yo digo una cosa, cuando ves algún bichejo del alcancil que tu madre se le ha olvidado quitar, pues no hace gracia verlo nadar en tu plato aunque esté muerto. Siempre sale la retahíla de ¡un buen año de hambre como fue la guerra y te comerías el bicho porque sería la única carne que comerías! Pero yo digo, que el bichejo en cuestión está en tu plato y con el movimiento del caldo que produce la cuchara, piensas que está vivo y se te quitan las ganas de todo. ¡Sólo piensas en echar a correr!
-Mamá, ¿no hay postre?
-¡De postre un salto!-me dijo ella con cara de mala uva.
Cuando pude despistar a mi madre fui rápidamente a ver a mi polluelo. Quité la piedra cuidadosamente por si le hacía daño con la misma. El pobre pájaro estaba aún aturdido después de pasar varias horas. Lo cogí entre mis brazos para verlo con más tranquilidad y lo encontré precioso. Corrió por mi cuerpo una gran satisfacción. ¡La ilusión que me hacía después de todas las penalidades que había pasado! Era blanco como un puñado de algodón, tenía un pico puntiagudo blanco y unas patas feísimas con unas largas uñas de depredador. Yo lo encontré muy destartalado pero reconociendo que todos los polluelos son para mí muy feos. Parece una contradicción que lo encontrara precioso.
Ya más tranquilo empecé a buscarle un nombre para tener más intimidad con el pájaro. Pensando entre mi y compartiendo mi soledad con Jabalina me acordé de un niño de la escuela que se llamaba Pedro y tenía una nariz puntiaguda con el pájaro. Entonces decidí que mi polluelo se llamaría Perico.
Hubo un momento en el que perdí la realidad de la vida y cuando reaccioné me di cuenta de que Perico llevaba mucho tiempo sin comer. Los polluelos tienen el buche muy pequeño y a menudo necesitan comida. Empecé a organizarme, para la desgracia de las lagartijas, saltamontes, cucarachas y un sinfín de animalillos que encontraba a mi paso. Hacía una pequeña masa de lo que encontraba, la mezclaba con agua para emblandecerla y así el pobre animal podía tragarla más fácilmente. Como yo tenía experiencia con los guacharros de gorrión y como también lo veía cuando la tía alimentaba a los pavillos, dar de comer a Perico no fue para mí un problema. Le abría la boca con suavidad y con una horquilla del pelo de mi madre le introducía la comida.
Cada semana le limpiaba el pequeño agujero donde vivía. ¡No os imagináis lo que echaba el animal por atrás! Pequeño, pero parecía un gallo de lo que…Cuando podía le quitaba a mi madre el esparto nuevo que usaba para fregar los platos y hacía una especie de nido para que el bicho estuviera cómodo. Jabalina, al margen de todo, creo yo que le parecía extraño que estuviese tanto tiempo al lado de su hogar, es decir, la cuadra. La cuadra no era un lugar muy agradable por el olor, pero fue el único agujero que encontré más cerca.
Pasaron los días rápidamente y el pollo de plimilla iba transformándose. El color blanco algodón dejando pasar un color marrón. Las plumas empezaron a vestir al ave. Los pequeños bracitos desnudos comenzaron a desarrollar una especie de cañones, como se dice en el pueblo, para que finalmente estos sean las futuras alas. Es cierto que el pobre animal me consideraba como algo suyo, parecido a su madre. Cuando quitaba la piedra del agujero salía con su proyecto de alas y su pequeña boca abierta. Parecía que me iba a atacar por el hambre que siempre tenía y yo con su extraño menú, le hacía satisfacer con creces su apetito.
Después de darle de comer, lo dejaba un buen rato en el suelo para que se moviera libremente y le diera el sol. Podríamos preguntar ¿qué pasa con Felipe? ¡Pues estaba bastante “cabreao”! Después de meter el pájaro en su agujero inaccesible para el gato, lo soltaba de su prisión temporal y salía de allí echando chispas.
Fue un día inolvidable aquel, en el que al alejarme por unos metros de Perico, me giré y vi al pobre animal tras mis pasos, caminando como un pato torpemente. Ese momento me llenó de cariño y responsabilidad hacia él.
Perico ya empezaba a hacer movimientos con sus bracitos, arriba y abajo. Cada vez se parecían más a unas alas. El pico puntiagudo y las patas con sus fuertes uñas lo delataban como un depredador. La naturaleza lo ha preparado en su medida, así para la caza y formar parte de la cadena alimenticia que hay en la misma. El agujero se le hacía cada vez más pequeño, ya casi no podía girarse allí adentro. Él, pacientemente, esperaba a que yo llegara con su alimento, y mientras, él sacaba su cabeza por el poco espacio que le dejaba la piedra. Con su boca ya empezaba a hacer una especie de ruido como si quisiera trinar o hacer un reclamo a cualquier otra ave que se veía por el cielo. Cada vez, Perico, movía más sus alas, ahora ya no eran tan pequeñas. También daba pequeños saltitos. ¡Qué curiosa que es la vida! Nadie le estaba enseñando y sin embargo su inclinación era saltar y saltar para poder volar.
Viendo que Perico se estaba haciendo cada vez más grande y necesitaba más alimento, me dejé caer por casa de Pedro Moreno, quien tenía una carnicería y mataba animales en su casa.
-Buenos días, Pedro.
-¿Qué quieres, Antoñín? ¿Te ha mandado algún recado tu madre?
-No- respondí yo-. Quisiera unos trozos de piltrafa de carne para la plimilla que estoy criando.
-Ven, entra al matadero y te daré algún despojos que tengo de un choto-dijo Pedro.
Cuando entré, me vi sorprendido con un pequeño choto estirado en el suelo y teniendo convulsiones porque estaba degollado, perdiendo su pobre vida. Cuando le vi me asusté, porque le vi los ojos llorosos y parecía que me pedía ayuda. Reaccioné echando a correr como un galgo. Pedro, cuando me vio de esa manera se sorprendió exclamando:
-¡Pero qué te pasa, nene! ¡Se va cagao, el niño este!
Desde entonces no volví a pisar el matadero. Perico se tuvo que aguantar con su extraño menú de animalillos. A veces le hacía la competencia a Felipe cazando ratones. Cuando sabía de algún pollo muerto que tiraban al estercolero, lo cogía y lo mejor del pollo se lo comía Perico.
Entre correrías con mis amigos en las colas y alimentando a mi pájaro, pasó la mitad del verano. Perico dejó de ser un polluelo y se transformó en una preciosa ave. Todavía no me explico cómo he podido esconder a mis amigos durante estas seis semanas el hecho de tener el pájaro. Hay una explicación razonable me respondo yo; me hubieran dado una paliza, seguro. Mochuelo, mi amigo, tiene mucha mala leche y en cuanto se hubiera “enterao” de mi fechoría me hubiera pegado una buena paliza, porque él es más fuerte que yo. No hubiera hecho falta untarme la oreja, porque él hubiera venido de golpe a pegarme.
Perico ya empezaba a hacer sus pequeños revoloteos. Se parecía a los pequeños guacharros de gorrión que criaba, dándose unos buenos tortazos que a veces los dejaba “guarnío”. Yo no me fiaba de él. Le había atado una pequeña cuerda en su pequeña pata por si iba volando al corral del vecino. Cuando lo sacaba de su agujero y lo ataba, él se sentía contrariado y me miraba fijamente como diciendo “me estás evitando que aprenda a volar” pero yo le respondía que no se pusiera nervioso porque ya aprendería.
Un día me encontré un gorrión con un ala rota. Saqué a Perico de su agujero y lo sujeté con la cuerda. Solté al pobre gorrión al lado de Perico. ¡Fue visto y no visto! Perico se abalanzó sobre él y picoteando su pobre cabeza acabó con el gorrión en un santiamén. Empezó a desplumarlo como si lo hubiese hecho toda su vida. Cuando tenía un espacio de cuerpo muerto, sin plumas, se lió con su puntiagudo pico a descarnar al pobre animalillo. Perico, contento, haciendo gala de cazador, picoteando y girando la cabeza de un lado a otro, por si venía alguien a quitarle su presa.
Al poco tiempo Perico aprendió a subirse en uno de mis hombros como los halcones de las películas de los condes. Le enseñé a coger de mi boca algunos trozos de pan mojado. Cuando le silbaba el pájaro hacía un pequeño trino como respuesta.
Hubo un día muy especial. Cogí a Perico y lo envolví en un pañuelo del cuello de mi madre para que nadie lo viera. Lo llevé al “Cotanillo” para que volase con mayor amplitud ya que el corral de mi casa se le había quedado pequeño. Pensé que el “Cotanillo” era mejor que el “Santocristo” porque no había chiquillos que lo vieran y pudieran correr la voz entre ellos. Le puse en la pata su cuerda, pero ésta era más larga. Cuando lo solté, fue tan rápido que no me dio tiempo a coger la cuerda y Perico se fue hacia el cielo. Pájaro y cuerda parecían un pequeño cometa. Yo, asustado, empecé a gritarle “¡Perico, Perico, Perico!” y acabé silbándole para hacerle volver. Él, disfrutaba de su libertad, pero se cansó por la falta de práctica y cayó en picado sobre el tejado del Cuartel de la Guardia Civil que había en el carril. Asustado por perderlo, dejé de hablarle para que así no se asustara y descansara. Después de un largo rato de espera y sin dejar de verle, Perico se lanzó al vacío desde el tejado y empezó a volar nuevamente, haciendo círculos alrededor de mí, hasta que al final se paró encima de mi cabeza. Pienso yo que se equivocó porque yo lo esperaba sobre mi hombro. No sabía cómo explicar la sensación de satisfacción que me dio al ver a mi pájaro sobre mí. Me fui rápidamente, pues ya tenía bastante con el susto que me pegué cuando el pájaro se fue volando. ¡Por un momento pensé que lo perdía!
Le quité la piedra de su casita, es decir, su agujero, para que volviera a él más libremente. Me di cuenta de que por la noche se iba al vértice del tejado de mi casa. Se quedaba vigilante como marcando su territorio a las demás aves.
Pasaron los días, y me daba lástima del pobre Perico, por eso, cuando iba al “Cotanillo” ya no le ponía la cuerda y lo dejaba volar en libertad. Él volaba de un lado a otro, siempre sobre las casas del alrededor pero teniendo de referencia el “Cotanillo”. Yo, satisfecho por la confianza que tenía en él, perdí en miedo a perderlo. Un día me dio un aviso, pero yo no lo percibí. Se fue durante varias horas. Me fui a mi casa “cabreao” pero al anochecer se presentó y se posó sobre el tejado. Le silbé y se posó sobre mi hombro. Es difícil de explicar el sentimiento de ternura que me invadía a veces hacia él.
Pero la naturaleza tiene unas normas que nosotros no queremos aceptar. Una tarde volví al “Cotanillo”, como lo hacía casi cada día, ignorando lo que iba a acontecer. Solté a Perico sin ponerle su cuerda. Él, contento, empezó rápidamente a volar haciendo círculos sobre mí. Se alejaba y al rato lo veía nuevamente sobre mí. Pero he aquí que lo vi alejarse, pensando que volvería como lo hacía otras veces. Llegó la noche y yo lo esperaba en el tejado. Me senté en un taburete al lado de la cuadra, en compañía de Jabalina. Me harté de mirar al tejado una y otra vez, pero el pájaro mierda no venía. Mi madre, dándome esperanzas me dijo:
-¡Nene, no te preocupes, que ya vendrá mañana!
Pasó un día, otro día, otro y otro, pero el pájaro no volvía. Yo, en mi paranoia pajarera me cagué en sus muertos, le dije de todo lo peor que encontraba de comida era para él. Me eché a llorar mientras gritaba:
-¡Cuando te decía mi pequeña águila, era mentira! ¡Eres un mochuelo más pequeño que una paloma! ¡Halcón enano, que no servías para nada!
Lloraba y lloraba. Mi madre me liberó de tal disloque dándome unos buenos chorreaos diciéndome:
-¡¿Aquí se va a quedar toda la vida porque tú quieras?! ¡Déjalo que viva su vida!
Con el tiempo comprendí el tema en una conversación. Los hijos se van de sus padres como los pájaros se van de los nidos. El tiempo empezó a enfriar esta preciosa relación que yo tenía con Perico. Luego crié a otros pájaros, pero fueron diferentes.
Después de cincuenta años, cuando veo una plimilla, o cernícalo como diría mi nieto, pienso que es Perico, que algún día se posará sobre mi hombro y me trinará para decirme “¡Hola!”.
El amor es así, a veces se piensa en lo incomprensible.


 (C) Manuel Sampedro Frutos (2007)