domingo, 5 de noviembre de 2017

El bosque de Caperu, de Marta Antonia Sampedro

Como en otras ocasiones recogió la cesta de mimbre que su madre le había entregado, y bajó en el ascensor mirándose en el espejito sus trenzas rubias rematadas por lazos de color rojo y enderezándose la caperuza. “Estoy hartica de hacerle los mandaos a mi madre, con lo a gusto que se está sentá en el brasero”, se dijo al cruzar la calle contemplando la arboleda de pisos y farolas. Pero al adentrarse en la calle Arroyo se sobresaltó al ver un demonio de ojos eléctricos e intermitentes, que le dijo:
-¿Dónde vas, Caperucita? ¿A la puesta de largo de tu abuelita? ¡Ja, ja, ja!
“¡Será tonto del culo!...”, pensó al verlo desaparecer en un portal, pues ella nunca decía palabras ofensivas, como muy bien le decían siempre las monjas que una niña muy mujer debía hacerlo. Pero a cada paso se sumergía de lleno en el Paseo, y añadió: “¡Madre mía, cómo está hoy el bosque! ¡No me va a costar hoy na llegar hasta mi agüelita!”.
Con una mano en la cesta y en la otra sus trenzas, un escalofrío le ponía el vello de punta a Caperu, que, al cruzarse con osos de extraño pelaje y diversos tamaños, mujeres de dudosa moral con voz de minero, chinas que hablaban muy bien el andaluz, decenas de payasos que le hicieron sonreír tras habérsele caído una lágrima al espantarse con un concejal del ayuntamiento que repartía pegatinas de las elecciones, su corazón se aceleró y hubo de ponerlo a tono suspirando en la puerta de una tienda de jamones, cuyos efluvios la tranquilizaron antes de poder continuar entre una corte de princesas, a quienes hizo una leve reverencia que la indignó por las risas recibidas tras el noble saludo, rehuir de una bruja que creyó de un partido de derechas pues tenía las cejas negras como un grillo y mechas rubias platino en el cabello, esquivar un par de canguros que enseñaban aquel mundo vergonzoso a sus crías, mirar de reojo a dos mariquitas gigantes con un chupete al cuello y comiendo gusanitos, comprobar chaplines curados de los pies zopos pues caminaban muy derechitos todos ellos, y se emocionó al ver a Bart Olo Sinson junto a la puerta de los futbolines fumándose un cigarro.
-¡Bart… Olo…! ¿De verdad que eres tú?- atónita a punto de llorar por tanta dicha al ver en persona a su mayor ídolo-. Yo me llamo Caperu, encantada de…
-Vete al peo- le contestó él, inundándole de humo la cara, pero ella no tosió ni pizca para no parecer descortés-. ¿Es que no ves que estoy con mi novia?- indicó señalando con la barbilla a una cerdita que comenzó a gruñir-. ¡Lárgate, payasa!
Retrocedió cabizbaja, sin poder creer que aquellas palabras las hubiera pronunciado un líder en audiencia y cuantiosas reposiciones televisivas, y le dijo:
-Yo ya sabía que eras distinto a los demás niños, Bart Olo, por eso me gustas. Pero que sepas que hay niñas más guapas que ese bicho, con ese pelo chuchurrío que llevas hoy, so mequetrefe.- Aquello la llenó de satisfacción porque no era una palabrota y además siempre la decía la hermana Augusta en las clases de buenos modales para niñas con futuro marido bien.
-¡Vete a la mierda!- le contestó con el hocico muy húmedo la novia cerdita de Bart Olo, y continuó Caperu arropada en su capa, caminando por el bosque abrumada por árabes con turbantes de lunares, camellos sin joroba, viejos y viejas chillones con garrotes amenazantes, y a punto estuvo de ser atropellada por el cochecito de protección civil justo en la curva de la cafetería Solca cuando vio al lobo feroz, quien, con voz simulada a la de Chiquito de la Calzada, le dijo:
-¡Madre míar…! ¡Pero qué veor, si ere tur, amor míor de mis entretelar! ¡A ver, a ver qué llevar tú en el capachorr!
Le arreó un patada en la espinilla, y mientras el lobo en vez de aullar gritaba de dolor humano, Caperu le contestó:
-¿Qué quieres de mí, pedazo de desgraciao? Ya veo que todavía no te has comido a mi agüelita, porque tienes la barriga lisa. ¡Pero como te vea otro día, te voy a dar otra patada que te vas a enterar, tanto lobo y tanto…!- Y el lobo se alejó cojeando, apoyado en un Rambo con bolso y cadena dorada e incrustraciones de piedrecitas de río.
En la barra del bar de Piñero buscó ansiosa a su abuelita; pero, al ver que aún no estaba por allí, se tomó durante la espera un mosto con una hamburguesa, sentada junto a los ventanales, contemplando cómo en la calle Real andaban de bien dos girasoles de pipas listos ya, un grupo de monjas que a punto estuvieron de provocarle un atragantamiento por el miedo a ser descubierta en un bar, conejos de bigotes cortos y gatos de colores extraños, amén que a un cura raro con barbas largas y una peculiar familia con la casa a cuestas en donde, en vez de poner Ave María, decía “El rincón de Omaíta”, que le recordó a la Cándida Eréndira y su abuela la desalmada, de un tal García Márquez a quien según la televisión le habían dado un premio bien gordo en algo relacionado con las letras del papel escrito, quiénes serán esas, pensó Caperu, por qué mote conocidas, qué harán en el bosque y además tan bien vestidas.
En el último sorbo de mosto vio llegar a su abuelita, acompañada por sus amistades del centro de adultos y la saludó con la mano.
-¿Me has traídos las cosas, Caperu?- le preguntó inspeccionando la cesta.- ¡Piñero pon unos tragos! ¿Tú quieres otro mosto? ¡Y un mosto pa la niña! Vamos a ver: aquí está la fiambrera…, huele muy bien…, parecen albóndigas en caldo… El termo con…
-Té con limón, agüelita. Dice mi madre que va muy bien para perder peso y que no sube la tensión.
-¿Té con limón? ¿Pero es que se ha vuelto loca tu madre? Le tengo dicho que para después de comer lo que mejor me sienta es un buen lugumba. ¡Dios mío, vaya hija más cursi que has tenido a bien el darme! ¿Y se puede saber dónde están las pastillas pa los nervios?
-Dice mi madre que como no nos has dao el cartón del seguro…
-¡La rácana esa! ¡Pa trescientas pesetas que vale la caja! ¡Me vais a enterrar las dos, con estos disgustos!
-Pues mi madre siempre dice que a ti no te tumba ni el toro de osborne, agüelita.
-Eso dice tu madre…, ¿verdad? ¡Muy graciosa me salió mi Leti Carmen! ¿A que sí, amigas? Si no se quedara con las treinta mil doscientas con quince de mi pensión, no tendría que estar vendiendo por las calles, que hasta un curso de ventas estoy haciendo en la casa de la cultura, pa ver si me salen bien las cosas con eso del fomento de las ciudades que nos gustan a las mujeres. ¡Ajá! Aquí está la mercancía, amigas. Una, dos, tres, cuatro, cinco… seis docenas de condones. ¡Empezaremos la jornada en Las Palmeras! ¡Qué suerte que los boticarios de este pueblo no quieran venderlos por causas morales! ¡Camarero, ponnos otra ronda de lo mismo a estas y a una servidora! ¿Has visto hoy al lobo, Caperu? Me ha preguntado por ti.
-Sí, agüelita. Se ha metío conmigo, pero creo que lo voy a dejar, porque lleva una vida muy arrastrada y además le estoy notando aire pelín grosero.
-¿A ese ejemplar de lobo, hijita de mi alma? ¿Habéis escuchado eso, amigas mías?- Las otras asintieron con la cabeza.- ¡A ese lobo tan lustroso, tan tierno…! Natural que tenga sus rarezas, como to el mundo…
-¡Lo que sea, agüelita! Además con él no voy a poder tener nunca una casita adosá, con su patio pa la lavadora ni la bombona de gas, ni su garaje para el día de mañana… ¿Tú sabes cuánto gana de asustador de esquinas? ¡Una miseria! ¡Y que sepas que ya se te acabó el contrabando de condones, que ya no me da la gana de pasar más por el bosque!
-Pero… ¿qué dices, insensata, deslenguada, víctima de la inocencia de los sapos, hierba altramucera, rosa de los tapaculos…, querida nietecita de mis entrepaños?- expresó muy consternada, ante esa decisión de Caperu, su abuelita.
-¡Que ya estoy harta!- respondió Caperu con enfado ante la perplejidad de las amigas de su abuelita, que hasta dejaron de hacerse carantoñas y arrumacos entre ellas.- ¡Además, siempre espero encontrarme con el leñador ese que tiene que venir a salvarme, y no hay manera! ¡No he visto ni a un municipal!
-¡Pero… qué dices Caperu…! ¡Dios mío! ¡Con lo que se gasta tu madre en la escuela de pago en las monjas, pa que no sepas na más que ecuaciones de octavo grado, que si te ponemos en la cabeza una olla nos sale un guiso con diploma! ¡Pero so pavurcia, asombro de mis pestañas, panal de bellotas, querida nietecita…, que eso es de un cuento, y los cuentos no son verdad!
Aquello pareció afectarle mucho a Caperu, pues pidió un cuarto mosto y tan mal estaba que dejó la tapa a elección del camarero; cómo se encontraría de decepcionada con la cruda realidad, aunque dicho sea de paso fue servida con una talega exquisita especialidad de la casa, que amenazó a su abuelita, diciéndole:
-¡Pues ahora me voy a vestir de republicana con la bandera esa de la Pineda, y me voy a los carnavales de Cádiz, que ya han empezao, y no como aquí, que ya estoy hartica de tanta rutina… ea!

© Marta Antonia Sampedro Frutos

Bailén Informativo, Carvanal 1996

lunes, 31 de julio de 2017

En el parque de Rafael Alberti, de Marta Antonia Sampedro


Todos los poetas lloramos

con normalidad por dos motivos

el primero por los corazones piedra

y el segundo por las víctimas que manejan

en estos últimos nos encontramos

abatidos y nostálgicos nos sentamos

cualquier banco del parque sirve

para un poeta que necesite llorar

nos ven -nos vemos- sentados llorando

los camiones de la basura

y los búhos que visitan los pinos

la blancuzca nube que cuelga

de la indiferente y cansada luna

como si nadie llorase de noche

sólo a los poetas se les ocurre llorar

todos los motivos se nos reúnen

en el parque bajo los cipreses y los toboganes

los besos que aún suenan el sirimiri de febrero

las hierbas que murieron cuando asfaltaron las calles

o los ojos que volaron con sus párpados y sus brillos

lloramos los poetas como si nadie nos llorase

lloramos por nosotros nos bastamos llorando

mientras los corazones piedras duermen

hay poetas echando a lágrima unas suertes

no quieren que lloremos por tenernos pena

sino que escribamos lo que vivan

los corazones piedra y las heridas

sin lágrimas que dejemos las sílabas

respetando las normativas municipales

que neguemos ser guiñapos de lluvia

nos acompañan sobre el césped del parque

con la piedad de comprender al poeta

y ya cansados de escucharnos

y de esperar a que Alberti aparezca

vestido de marinero en tierra

regresamos a la casa del amanecer

en un almanaque de proezas

iluminándonos esa bandera

de nieblas saladas.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2017)