Publicado por la revista cultural "Nunca es tarde".
Centro de adultos "Tamujoso", 1.997.
Ayuntamiento de Baños de la Encina (Jaén)
A pesar de sus múltiples partos, Juanita conservaba aún la
belleza de haber sido en otro tiempo una joven ciertamente hermosa, de tez
morena y largo pelo que un soplo de viento lo revoloteara entre su cara y
cuello. De ojos morunos, nariz recta y boca enjoyada por dientes de jazmín
recién abierto. Pero un abultado vientre, dos melladas y un moño grasiento, la
distanciaban ya de una época pasada hacia el recuerdo.
Como aceitunera, continuaba siendo una de las mejores que
alguien pudiera contratar por ser maniega, rápida en su quehacer y escasa en
palabrerías huecas. La espuerta avanzaba sobre la tierra, y ella, sólo de vez
en cuando, sentía dolerse su espalda
como un gran puñal de acero.
El silencio, lanzas
de avareo.
El cielo, todavía azulado intenso.
Casada con Rafael, vivía en una humilde casa oscurecida en
cal y ventanas como agujeros. De oficio anterior jornalero, y posteriormente
bebedor en tabernas y proclive a los insultos, las juergas y la dejadez más
absoluta para con su familia, se plantaba con un vaso de vino color aceite y
transparente veneno.
-¡Tani, ponme otro!- decía al tabernero.
Y al finalizar la cosecha de aceituna, veía que sin aquel salario, reunido entre la
rebusca de la chiquillería y el destajo de ella, el hambre y la miseria se presentaban
como un gran fantasma que ninguna vela hiciera desaparecer entre marzo y la
siega.
-Te lo ruego, señor del cielo- murmuraba entre rezos y
lágrimas secas-. No hagas que ninguno se me ponga malo; encoge nuestras ganas,
el estómago grande y quieto; que el diablo no vea lo débiles que estamos, de
tanto y tanto sedientos. Virgen de la
Encina, tú que conoces las nubes: haz que llegue pronto el verano, que vuelen
como el rayo tormentas y vientos, para calmarnos con el sudor del trabajo.
Silencio en la alcoba, las rodillas para rezar pesan menos
que sobre el barro.
Duermen sobre sus camas de paja los niños, los cabellos
apelmazados, los cuerpos arremolinados entre mejillas estrechadas por tiernos
gestos. Secos los mocos, verdes claros como el agua estancada en verdín mojado.
Regatean dentro de sus ojos cerrados sueños raros, una pelota es un gigantesco
árbol con tallos sesgados, las flores cuadradas, color espiga los
caballos. Corretean por la sierra,
muñequeando días pasados; al frente se ve la mar, adornada con coronas de
madreselva y chaparros. El Navamorquín es un barco de remos largos, se
reconocen las caras en el mástil afilado, abajo está el pantano; sin peces, con
panes y dulces del miel, sabrosamente almendrados.
Rafael, que no conoce sus ilusiones y cantos, llega de la
calle, sosegada y oscura tranquilidad de primavera, portando un pañuelo entre
las manos.
-¡Juanita!- vocifera en la entrada, dando tumbos entre los
desconchones de la casa y al tropezar tira las dos sillas de enea-. ¡Juanita!
Juanita se despierta.
Enciende la vela.
-¡Calla, que vas a despertar a los nenes!
-Te traigo este pañuelo- le enseña el trapo como si fuese
un lucero, cazado entre miles de estrellas-. Está bordado, mira, aquí pone una
jota y otra letra.
Juanita, en duermevela, desnuda a su marido, huele a su
olor a geranio marchitado, y piensa en reanudar los sueños que nadie consigue
recordar, sólo ella cuando está bien despierta.
-¿Es que no es ese tu pañuelo, el que yo te regalé de
novios?- insiste Rafael, rendida la lengua, sus ojos quieren esperar pero se
cierran-. Me han dicho que te han visto comprar un candil en la tienda. ¿Para
qué tirar esos dineros?
Juanita calla, rebusca entre los senos su medalla de plata,
la acaricia, piensa en el alba. En tonos marrones recoge a tiempo el sueño: es
el barro del invierno, que guarda entre manteos, como apreciados tesoros,
aceitunas negras y moras empezadas por los ciervos.
Una suave brisa barre los frutos; las hojas susurran, se
desperezan los recuerdos escondidos entre los bordes de un pozo seco.
-Señor todopoderoso…, virgen de la Encina…
Son lamentos para proteger el incierto mañana, una carta
aún por escribir al cielo, para hacerla llegar a la bendita esperanza.
Pero al fin oyes cantar a un gallo, el más tempranero de
las vecinas casas. Te levantas, llamas a tus hijos, coges el hatillo, unas
monedas guardadas entre un cinto de cuero, y el candil que dejas sin pago; la
tendera lo comprenderá en cuanto se entere y una hilos y cabos.
-Tengo sueño- dice el más chico.
Y cuando aún duerme la noche, sorprendidos por palabras
calladas y la luz del candil reluciendo como esclavo del amparo, abrís la
puerta, un perro ladra a lo lejos, y como ladrones paso a paso abandonáis sin una última mirada las casas blancas,
dejadas para el ayer las cornisas, las piedras y ese profundo olor a nada.
Camina con sus hijos por el campo, dirigiéndose a otro
pueblo. El atajo es ancho, pero en fila dan sus pasos como lechuzas cegadas
cuyo amarre sea su larga falda, chuparse los dedos, pensativos entre olivos y almendros
de color distinto a la luz de un falso y diminuto astro.
-Tengo sed- reclama uno de ellos, con la voz temerosa por
si acaso alguien, sin querer, en los ecos de Sierra Morena lo ha escuchado.
Juanita anuncia:
-Por allí tiene que venir el autocar que nos llevará lejos.
Sonríen con temor.
No ven ningún barco.
Suspiran aliviados porque les da miedo el agua salina,
algunos chiquillos les dijeron que hay monstruos y gigantescos sapos.
-¿Adónde, mama? ¿A qué parte iremos?
-¿Uno muy grande?
-Sí, muy grande y rápido, que tiene asientos de borra y
tela.
-¿Y tiene, mama, ese sitio a donde vamos, la misma luna de
Baños?
-Sí; y otra más grande, al lado.
Apaga la madre el candil, lo guarda en el hatillo. Vuelve
la vista atrás. Y a pesar de la distancia reconoce la almena gorda del castillo
que dejan, iluminada por el primer rayo de sol de mayo.
© Marta Antonia Sampedro Frutos (1.997)
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