viernes, 26 de diciembre de 2025

La tierra era liviana y redonda, de Marta Antonia Sampedro

 

Todo comenzó cuando soñamos unos con otros. El joven soñó con el anciano, la anciana soñó con la joven, ésta con su niñez y los niños soñaron con sus muñecos.

Por aquellos días había estado el circo en el pueblo. Uno de esos circos deslucidos que aún llevan animales y en cuyos ojos puede verse la tristeza por sus vidas de esclavos sin comprender qué es la esclavitud. Sólo con mucho esfuerzo de látigo a arena y grandes gritos, el domador conseguía el aplauso del público, para más tarde y en un andar enfermizo y hastiado, volverlos a sus jaulas hasta la siguiente actuación.

Me había sentado en la primera fila para ver de cerca a los malabaristas. Aros, bolas... Su habilidad nos hipnotizaba en un silencio tenso. En las seis antorchas lanzadas al aire para regresar a las manos de los malabaristas, vi las palabras Nunca, Siempre, Cerca, Lejos, Hoy, Ayer.  En ese mismo instante del movimiento de las seis antorchas, sentí que la muerte soñaba conmigo. Y sin embargo yo no soñaba con nada. Acaso la mirada de la muerte quedaría fijada en quien no sueñe con otro.

Dormí con desasosiego, a pesar de repasar todas las fotografías guardadas desde mi infancia, para conseguir soñar con alguien. A la mañana siguiente continuaba en el mismo estado, inquieto y preocupado, con las mantas a los pies de la cama y pensando en los malabaristas. A mi sueño nadie había acudido. Así que sin pensarlo más y tras un día de tormento esperando la hora, me puse la misma ropa, paseé por los mismos lugares y regresé al circo, a ver de nuevo la actuación. Después de los animales y sus tristezas, saldrían a escenario los malabaristas. Pero eso no ocurrió. Los payasos se daban golpes, el público reía y también lloraba y comía, los acróbatas parecían palomas de magnesia y en su andar de puntillas la tierra era liviana y redonda, los niños se agitaban, el hombre forzudo rompió un bloque de hierro como si fuese de cartón y tal vez lo era, comentaban algunos espectadores, todos los artistas se despidieron juntos girando como hormigas el círculo bajo la lona oscura, todo era idéntico al día anterior, pero los malabaristas no aparecieron.

Me quedé sentado. Un empleado del circo me dijo que la función ya había finalizado y que iba a cerrar. Le pregunté al hombre:

-¿Qué ha pasado con los malabaristas?

Se encogió de hombros.

-¿Qué malabaristas?

-Los de ayer.

-Ah, se fueron.

-¿Se fueron a dónde?

-No sé, sólo soy el vigilante.

Me dirigí hacia a mi casa pensando en lo mismo, con insistencia.

“Tengo que dar con ellos, iré adonde sea, los buscaré, necesito saber qué otras cosas me dicen sus antorchas, si éstas han cambiado su movimiento y por lo tanto sus significados, cuándo moriré, si la muerte ya sueña conmigo será que moriré pronto, tengo que encontrarlos como sea, preguntaré si los han visto, alguien tiene que saber, alguien tiene que decirme…”.

Como si se tratase de la noche anterior, la pesadumbre e idéntico camino.  Ahora más preocupado por no soñar con nada. Tal vez la muerte soñaba conmigo y no podía adivinar si había cambiado de parecer. Las gentes se cruzaban conmigo como quien se tropieza con un loco y me abrían paso por la calle. Y fue cuando la vi. Una doble sombra aparecía en la pared junto con mi sombra y las luces de un carrusel. En vez de inquietarme, me alivió la idea de verle la cara a un monstruo tan grande que nos sabe encontrar en todas partes. Tan versátil la pensé, que en mi movimiento se movía, en mi respirar respiraba, no sé si también hablaría como yo hablo pues permanecí en silencio. Y en total quietud, esperando quedarme allí mismo sin más salida que rendirme, junto a mí vi pasar a personas que sin duda alguna habían soñado con otros. Reían, hablaban distendidos, y sin embargo también llevaban sus sombras al lado, tan iguales, tan cercanas, vivas y maleables.

Me quedé mirando a las gentes como quien mira el péndulo del hipnotizador más erudito. Hasta que una anciana, frente a mí y despertándome de mis pensamientos, me dijo:

-Oiga, ¿es usted el escritor, el que escribe poemas y relatos raros? Me gustó mucho su libro de los malabaristas. Hasta soñé que era una trapecista y que usted venía a verme actuar.

-Gracias, es usted muy amable.

-A ver si un día me firma el libro.

-Por supuesto, señora. Puede contactar con la editorial y encantado se lo firmo.

Y entonces comprendí los comienzos de un caos ordenado que finaliza. Y que una mujer soñó conmigo en un disparate de sueño. Pero que dormir y no soñar con nada no significa gran cosa, sino que despierto se sueña mucho, cuando se escribe.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2011).

domingo, 21 de diciembre de 2025

Sorbo de palabra y noche, de Marta Antonia Sampedro

 

Deja pasar a las nubes

donde eres ojos de sábana

y no olvides en tu equipaje

un diccionario de las noches

para encontrar las definiciones

de las palabras que no escuchas

y sabrás cómo se escriben

los recuerdos que agonizan

y el honor que perdiste

en los perdidos entre relojes

verás lentamente que tu piel

es luna ensartada en los iris

la fugacidad extrema de ti

que serena tu miedo a la muerte

y te visitarán los días que fuiste

bajo la sombra de los árboles

sentirás que poco importa

excepto la noche de almendras

y del ruego de los moribundos

a tu existencia que maldecían

un susurro solicitará

que los pantanos del cielo

sean mares para un fin

y en el hospedaje inmenso

donde en origen residen

las sendas de los silencios

no quedará rastro de lágrima

porque para ahogarse

tan sólo es necesario

un sorbo de palabra y estar vivo

llévate al sueño tu reflejo

hacia las nubes que oscilan

en el precipicio más callado

invadiendo tu mundo

que de ínfimo es invisible

y siente bajo tu rostro

que la noche es de nadie

porque derrama tus ojos

en las nubes del sueño

absolutamente de nadie.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2013).

De la obra “Estancia de hojas”.

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Si es que el mar tiene furia, de Marta Antonia Sampedro

 

Me gustaría que el abrazo que jamás me diste con amor de adulto, se desparramase en estas hojas que te dejo. Si de algo sirve morir, digamos que de igual modo sirva vivir, esta vez estamos en paz, porque tú querías que muriese, es decir que no viviese, y yo quiero morir, por lo tanto no vivir.

En las últimas noticias han dicho que los que sobrevivamos a este océano de gritos, moriremos. No que moriremos como muere todo, como la vida se va yendo, sino que moriremos por la radiactividad. Nunca pensé que moriría porque unos reactores nucleares superasen el miedo a la furia del mar, si es que el mar tiene furia. Porque no había nada que más me espantase desde niño, que el mar. Comprendo mi gran error.

Esta mañana, un anciano perdido que buscaba sus lentes entre los escombros mojados, con sus ojos blandos y también perdidos, decía:

-Todo es causa de la venganza de los tiburones.

No hay ser no racional que pueda comprender qué significa venganza. Sin hacerle un aparente caso a sus palabras, le dije al anciano:

-¿Para qué quiere sus lentes, señor? Todo es ya un amasijo de maderas y chatarras.

Y sin apreciar que en mis ojos caían lágrimas de palabras calladas como de la muerte cae la luz, continuó perdido con sus ojos perdidos mientras mis ojos se ahogaban en mis pensamientos de llamada hacia una muerte inmediata.

A lo lejos vi mis árboles caer, vi mi casa caer, vi mis sueños caer. No era la primera vez que sin el mar todo en mi vida caía. Vi las aletas de los tiburones revestidas de hormigón partido y humo. Ya era la última vez que mi vida caía, porque de pronto un enorme cansancio antiguo y nuevo rebosó mi cuerpo y finalmente sentí mis fuerzas caer.

Según el protocolo, dentro de día y medio seré enterrado y tú aún no sabrás qué significa no ver nunca más a alguien que te quiera, a alguien que te piense siempre, a alguien en cuyo corazón siempre vives aunque murieses y aunque jamás hubieses nacido te quiere, porque su razón de vida ha sido amarte. Eso lo verás con el tiempo, cuando en el viento y en el llanto veas las cosas que sólo se ven con el tiempo.

He tenido la suerte de ver a los tiburones golpeando cuanto soy o fui, mucho antes de que apareciesen. Su legado último no me interesa. Me niego a ver cómo la codicia tuya y las otras codicias consumen mi vida al mismo ritmo que colgarme en el universo en la desnudez de mí mismo.

Me niego a la vida que destruye mis sueños como olas que no cesan en los vasos, y en sueños no incluyo cosas que se fueron con el mar, a esas que tanto te interesan para parecer un hombre con ventajas. En la misma tierra de la venganza de los tiburones, la muerte segunda nos espera a muchos de nosotros, pero ya sin sueños. Los míos eran tan pequeños que todos se fueron con los escombros donde un anciano busca sus lentes.

Y mayor fuerza terrible que la radiactividad, es tu olvido a que existo y que tuve sueños. Tu olvido es una aleta de tiburón que me lanza a la muerte mucho antes que el mar. Una aleta que se fue formando y que fue creciendo y que me derribó.

Lo bueno de morir, es que ya no hay que recordar.

Alguna vez, quizá cuando tengas tantos sueños perdidos que me recuerdes vivo, sabrás que hay una persistencia terrible dentro de algunos de nosotros. La mía fue errar continuamente, y acostumbrarme a perder. Porque también así se fue formando la aleta del tiburón; y uno se venga de sí mismo, amando más la muerte que amando a los demás y cuanto de razón muestren más tardíamente que a tiempo.

Dentro de un día y medio verás mi cuerpo muerto, antes de que la radiactividad haga de mí un ser sin el sueño de morir. Es el único sueño que me pertenece. Y el sueño donde ni tú estás.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (marzo de 2011).

Relato inspirado en el tsunami de Japón en marzo del año 2011, que provocó el accidente nuclear de la central Fukushima Daiichi, causando la emisión de material radiactivo a la atmósfera y el mar.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Dru y la plaga de ángeles (fragmento), de Marta Antonia Sampedro


La tarde se marchaba. Todas las tardes no se desvanecen. Las tardes como aquella se marchan.

-No sientas pena. No conocí a mi padre. Yo era muy chica cuando él murió. Ahora por fin lo conoceré. No llores. Ya me ves, que yo no lloro.

Esta vez no estaba despierta. Y sin embargo la escena de tristeza era idéntica a ese último adiós.

Por la ventana entraba el fresco de la mañana primaveral y los sonidos de las aves.

Tampoco estaba despierta.

Una sombra entra y va tomado cuerpo caminando hacia el armario. Lo abre.

La tarde aquella tampoco.

No se sueña cuando una quiere, sino cuando se tiene algo importante que soñar.

Y a veces se sueña con vivencias que tuvimos, pero las adaptamos a la necesidad buscando revivir alguna ternura perdida o un salvavidas para seguir adelante.

-Cada día estás peor de la cabeza- aparece Dru, mientras revuelvo mi armario buscando sombras, para revisarlas. Se relame sus patas, sabiendo el repelús que eso me produce-. Tu fe en la ciencia no te salvará del desquicie.

-La fe no es algo que me ocupe.

-Veo que llego en mal día.

-Llegas sin avisar. Nunca te preocupas en elegir el momento adecuado. Hoy todo amaneció empantanado.

-Disculpa mi arrogancia, pero me llamaste en sueños. “Ángel de los peligros, por dónde andas”, fue literalmente la frase. No muy poética, por cierto, pero estoy acostumbrado a tus, digamos, modos rurales de trato, que intentas disfrazar con poemas para lectores poco exigentes y afligidos, sin resultado, por suerte para el buen gusto literario.

-No creo haberte llamado. Me estaba despidiendo de mi madre. Es mi sueño más recurrente y precioso, volver a verla y besarla y…

-Lo recuerdo. Ya te digo. No seas tan insistente en negar, porque yo estaba allí.

-No es cierto. No estabas. En mis sueños no puedes entrar.

-Estaba, te lo aseguro. Yo estaba, aunque no me vieras. Yo estaba en la tarde que se marcha…

-Una, dos, tres… Nada más que estas me quedan. A la basura también estas sombras oscuras.

-¿Y desde cuándo obedeces a los sueños con desconocidos?

-Desde que no confío en lo que ven los ojos.

-Se te ha ido la cabeza, aunque la tengas encima de los hombros. Está, la tienes y es evidente que tienes cabeza, puede verse con todos los detalles animales correspondientes de mamífero y en sus complejos pasos del tiempo. Pero sólo en apariencia.

-Déjame en paz, por favor, Dru. No comenzó bien hoy el día. Márchate.

-Si me lo pides con más energía, igual te oigo…

-Márchate.

Y no se marcha.

-¡Vete!

Y no se va.

-¡Que te vayas!

Y ahí sigue, ahora ante la cortina, lamiéndose las patas.

-Soy leal a mis compromisos. Me son indiferentes tus puntos de emoción. Yo me debo a los míos… Podría inspirarme en que si el universo… Ya sabes, esas extraordinarias palabrerías de los humanos… Algunos hasta se ganan la vida inventando universos… No saben ni de lo que hablan, pero son audaces para disimularlo. El universo… Qué sabrán del universo. Colocan naves espaciales dando un paseo por el cielo y ya presumen de… ¡el universo! Qué presuntuosos. El universo es aquello que…

Apenas lo escucho. Sigo buscando restos de sombras por toda la casa. Desde todas las estancias lo oigo hablar, pero sólo comprendo palabras sueltas y frases sin sentido.

-Las energías atraviesan continuamente el espacio... No es fácil verlas… Los estados dimensionales hacen que…

No tengo más sombras que las arrojadas en los caminos dejados.

-… Hacen que solamente una parte muy insignificante de los seres humanos puedan percibir que esas energías en realidad son… ¿Me estás escuchando?

-Pues no.

-Lo suponía.

-Supones bien. Estoy muy ocupada, Dru. Has venido en muy mal momento. Pero en muy mal, malo, mal, momento.

Su silencio me indica que me he pasado en el trato. Su silencio es peor que su discurso.

-Perdona…

Y silencio.

Se ha quedado dormido en el suelo. Dormido o triste. Tiene los ojos abiertos pero la mirada plasmada en la pared donde hay un óleo de un paisaje de vegetación y un riachuelo.

Cubro con la colcha parte de su enorme cuerpo y esas alas que parecen puertas de cristal y me marcho de la estancia.

Hoy es un día repetido.

Yo miro por la ventana pasar volando los pájaros.

Pasar el viento andando.

Pasar saltando el tiempo.

Y la veo pasar a ella.

A la única que no obedece la ley de la existencia.

He pensado algunos días que tal vez es un espejismo que a la misma hora aparezca ante mis ojos, para que no olvide que aún existe el ser humano y que hasta en el desquicie igual hay esperanza.

Lleva sus piernas vendadas y se ayuda por un bastón. Camina con dificultad. Va vestida de luto. Es, según la veo desde la ventana, más alta que yo. Cabello cano, en moño. Ella no lo sabe, pero yo espero la hora en que pase por la acera, para verla. Algunos días lleva una bolsa con el pan, que se va moviendo a su paso, enganchada entre su mano y el puño del bastón. Demasiado pan, para ser una persona sola. Ha de vivir con alguien. Pero si vive acompañada, es extraño que siempre vaya sola y que con esa dificultad para caminar sea quien haga los recados. Le he puesto de nombre Sola. Calculo que esa debe ser su situación.

-Qué miras- oigo la voz ronca de Dru-. Mejor dicho: por qué todos los días observas a esa anciana.

-Dru, ¿será la nostalgia un virus?

-Puede ser.

-¿Y puede enfermar?

-Físicamente, no.

-¿Hay vacuna para la nostalgia?

-La única vacuna es no poder amar, pero tiene muchos, y nocivos para el alma, efectos secundarios.

-Estamos en desgracia.

-No me incluyas en la problemática humana. Yo no soy humano. Y espero que jamás llegue a serlo. La pandemia de no amar es una gran pandemia. Por cierto: muy antigua y sin sanación posible, según mis registros existenciales de diferentes vidas.

-Ya desde aquí no la puedo ver. Habrá pasado la esquina. ¿Has tenido otras vidas? ¿Cuántos pasados tienes? Nunca me has hablado de eso. Me gustaría saber qué eras antes. ¿Un campesino? ¿Un faraón? ¿Una ballena? ¿Un lobo de la nieve?

Dru se ríe. Se ríe y su voz ronca resuena en todo el espacio. Me mira seriamente y me dice:

-¡Fantaseas demasiado! Muchas películas de televisión intrigantes, esas que ves de guión mediocre en horario de siesta, porque te sientes importante al acertar el final de la trama para simplones. Las analíticas al alma son complicadas, especialmente si son de uno mismo.

-¿Alguna vez le has hecho un análisis a un trapo negro?

-Que yo recuerde, a muchos.

-¿Y qué resultados son los más habituales?

-Niveles altos de soledad.

-¿La soledad es ropa negra?

-Nadie se queda solo. A los “alguien” los dejan solos y también a los que alguien los considere nadie. Pero sólo en apariencia se está en soledad. El universo acompaña siempre. Y si no me dices para qué peligro me has llamado, me marcho. Tengo muchos quehaceres.

Ningún diario, televisión o medio decía nada del tema, tampoco las autoridades, aunque eran preguntadas y bajaban el micrófono agradeciendo la atención. Pero me llegaba, por los rumores y algunas informaciones poco fiables, que en la ciudad estaba ocurriendo algo extraño. La zona centro, en especial Las Ocho Puertas y el Paseo de Linarejos, lugares tradicionales de noticias frescas, era un hervidero. No le di demasiada importancia. Todo sonaba a historietas. También en las ciudades pequeñas ocurren misterios, y la ciudad de Linares no iba a ser una excepción. Algunas noches los ciudadanos andábamos alertados con ambulancias, bomberos, policía… Pero nadie conocía el motivo.

© Fragmento de "Dru y la plaga de ángeles".

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2024).


lunes, 1 de diciembre de 2025

Los astronautas dormidos, de Marta Antonia Sampedro


En la vista no hay lunas

ni estrellas para mensajes

los planetas perdidos tan lejos

y la estación espacial del mundo

ha pasado varias veces sobre una lámpara


mientras se deciden ser ingrávidos o pesados

ellos los astronautas dormidos

bajo sus máscaras de oxígeno sienten

que la nostalgia es maquinaria esencial

no debe colapsar en ninguno de los átomos

y ni una vivencia puede repetirse


sonríen en la hora surrealista con letras

el miedo a recordar se apodera del espacio

porque ellos no se buscan

y confían el corazón efímero

al brillo de las tormentas solares

brota el silencio en la cápsula de los cuerpos

se acarician brazos desnudos y el cabello

los pies se entrelazan gélidos

una lágrima paralizada en roca de hierro

recordando sentimientos pasados por hielo


se resisten a ser moribundos quietos

las miradas juntas a la ventana y el abismo

las memorias dispersas en nebulosas


dispuestos para soñar otros tiempos

los astronautas dormidos

a la espera de que un cometa

no los despierte.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2025).

martes, 25 de noviembre de 2025

25 de Noviembre, de Marta Antonia Sampedro

 

25 de Noviembre, DÍA INTERNACIONAL

 de la ELIMINACIÓN de la VIOLENCIA contra la MUJER       

Le hemos regalado a la Marga, las pacientes más sobas, un ramo de flores, por su cabezonería profesional en rescatar a tantas mujeres de la violencia de género. Nos dice, entre estornudos, mil veces gracias, podéis tomar asiento. Nos ha reunido hoy, día 25 de noviembre, para recordarnos que la violencia de género es la culpable de muchos de los trastornos psicológicos de los asistentes, incluidos algunos hombres. Dice ella, la violencia de género viene determinada por la cosificación de la mujer, considerarla una cosa, objeto, sin derecho a tener aspiraciones propias, libertad, independencia. En ocasiones el macho se siente inferior, que su autoridad jerárquica, privilegiada, peligra, y se impone con violencia para rectificar a la mujer, volverla a su sitio, esto es, según entiende, el sometimiento. La violencia a las mujeres es imponerse a golpes o amenazar con éstos, como podemos comprobar día tras día; y también son los gritos, los insultos, la chulería, el hacer sentir a la mujer poco digna del hombre cuando no lo obedece, el chantaje emocional, la utilización de la maternidad, y un sinfín de maltratos para justificar, al fin y al cabo, que vuestro lugar ya está predestinado desde la creación del mundo. Cuántas de vosotras no os habéis sentido animales domésticos, eliminadas del derecho a la educación y las decisiones personales, reservadas para la casa, los hijos, la familia y, con el permiso del hombre, trabajar para ayudar a su salario, que él controla. No es vuestra culpa, todo estaba previsto, simplemente por ser mujeres ya era, y es aún, tema aceptado. No se trata de violencia doméstica, sino que abarca más allá del hogar, y la denominamos, más exactamente, de género. Socialmente, las mujeres hemos tenido que depender de los hombres; de su economía, y también de su voluntad. Acoso y agresiones sexuales, menor salario a igual trabajo, recurso engañoso hacia la prostitución (mercancía de cuerpo de mujer para satisfacer al incontrolado animal macho, y que actualmente se reivindica como trabajo digno y no como explotación sexual), amenazas, manipulación religiosa para que nuestro lugar social sea el previsto por ellos... Quién de vosotras no ha escuchado la frase “poner rectas a las mujeres”, cuando se justifica la violencia a las mujeres y niñas, o que “las mujeres ya os estáis pasando”, al decidir por nosotras mismas. Tras estas frases se haya, simplemente, el transmitir y mantener la inferioridad de la mujer con respecto al hombre. Y no quiero extenderme más, podemos continuar tomándonos un cafelillo, que invito yo.

Jo, qué detalle el de la Marga, decimos entre nosotras, y qué breve.

Y aprovechando que habrá perdido la memoria de cuántas consultas le debemos, pedimos, también, unos pasteles. Para endulzar los desaparecidos recuerdos y animar el futuro.


 © “Zona Rural y Mujer”, de Marta Antonia Sampedro Frutos.

Publicado por la revista semanal “Siempre a Mano” (2006).

domingo, 23 de noviembre de 2025

Alguna vez le habrá pasado, de Marta Antonia Sampedro


¿Alguna vez le ha pasado,

ir viajando en los autocares esos

que tienen dos plantas

y dan vistas amplias? 

Alguna vez le habrá pasado

que está como llevado

por ni se sabe qué le ocurre al ánimo

 que necesita pensar en la belleza del campo, 

y de pronto una perdiz

un ciervo una liebre cruzar

las lindes amarillentas,

o una gran luz estelar

será un ovni un reflejo singular 

y optimista claro está con sorpresa

seguir pensando

esto es sólo el comienzo

veré otras es cuestión de paciencia

no es cierto que la naturaleza

ni los sueños estén muriendo,

este viaje estará lleno

de vivencias similares o mayores

qué belleza y emoción pues seguiré mirando, 

habrá tantas oportunidades

momentos ocasiones suertes, 

alguna vez le habrá pasado, 

y ver pasar los años y venga viajes

recordando la posibilidad esperando, 

aunque no es extraño

a veces pasa a mí por ejemplo

que haya sido la única vez

que le ocurriera ese milagro...

 

Bueno.

Pues así la amaba yo,

reconoció con nostalgia.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2008).

De la obra "Reverso Calamitas".

lunes, 17 de noviembre de 2025

Yo y mis cosas..., de Marta Antonia Sampedro

  

Yo y mis cosas...

me advirtió.

 

Y sus cosas qué importaban

si era cuanto yo quería.

 

Su risa, su tristeza,

su pelo, su religión,

su ateísmo, su calvicie,

su salud, sus ideas,

su enfermedad, su indiferencia...

 

Ay qué suerte ese etcétera

que con él apareciera:

la simbiosis, el parasitismo,

los paseos, los encierros

contando estrellas,

o cuanto quisiera

de esta mujer a su espera.

 

Pero sus cosas

eran su automóvil,

sus trapos con etiqueta,

sus casas y cartera,

sus hipotecas de vida,

y hasta su perra

con pedrigrí era él

para su pre-entrega.

 

Cuando entró a mi casa

comparó qué era él

qué yo era.

 

Se sentó en el sillón

-precisamente el que estaba roto,

era el único que había-,

y el asa de la taza se despegó

al calor de un hirviente café.

 

Yo me reía con él.

Y él lloraba conmigo.

 

Para él también yo era

yo y mis cosas

incluida mi gata de yeso

con los ojos de canicas verde y azul

y me dijo adiós por las buenas

ni siquiera un hasta luego

nos vemos.

 

Qué podía hacer yo

si no tengo más que letras

que necesitan de papel

anticipado por colegas y poetas

-pero son muy buenos

ni me lo apuntan al menos-.

 

Cuando devuelva mi préstamo

de dinas cuatro y bolígrafos

le enviaré este poema.

 

Por si acaso ahora

sólo se tiene a él

y mi gata lo aprueba

-lo arañó saliendo por la puerta-.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2006). 

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Proceso a una poetisa, de Marta Antonia Sampedro

 "No dejes caer los párpados

pesados como juicios

no te quedes sin labios

no te duermas sin sueño

no te pienses sin sangre

no te juzgues sin tiempo".

Mario Benedetti.


Declaró ante todos los presentes que la acusada lo amenazó con versos, y no tuvo más alternativa que leerlos al dispararle ella proyectiles de repetición. Presionado por la palabra escrita herido fue por besos bajo presión, acorralado en naranjos, olivos y álamos, ríos, charcos, águilas, sapos y demás testigos silenciosos. Hipnotizado con poemas aderezados para atraerlo a sus brazos la amó, lo reconoció el denunciante, pero sólo por su escasez de experiencia con las letras escritas.

Consolado por partidarios de la prosa numérica especificada en tíquets y facturas tomó tilas, manzanillas y derivados para continuar su grave ponencia de víctima del abecedario. Que, a pesar de sus matinales mensajes por colaborar voluntariamente a las artes, insistía ella en amarlo con su ser (todos los presentes partidarios de él a la cabeza se echaron las manos), susurrándole que sus tiempos eran su cuello y cabellos trigos y ralos (ordenaron protección a menores ante detalles tan rapados), y que ni pensarlo iba a olvidarlo (textualmente no recordaba las palabras por ser él de ciencias y el estrés ocasionado).

Acosado por los poemas de la acusada cambió su concepto personal de noche, y en vez de dormir hacía el amor también durante el día, en la cama, en el baño, en el coche. Se emocionó tanto al recordarlo que la señalada deseó besarlo (los guardias la esposaron por temor a desacato).

Los partícipes de su bando anulaban sus oídos y la inyectaban lecciones mudas en bombarderos de papel, mientras yo escribía en crónicas sus angustias de hombre secuestrado por mujer. Se lamentó de que sus palabras a pólvora aplazaran sus citas al cardiólogo, neumología, endocrinólogo, dermatología, homeópata, otorrinolaringólogo o callista, y se disparasen sus cifras en pensamientos y cenas bajo el cielo, helados de nata y fresas, ropas nuevas y visitas al dentista, furtivos viajes a aguas cristalinas; y que allí estaban reunidas las pruebas a cuadrículas, para demostrarlo: estaba más sano de milagro.

Era la letra de ella. 

Su armamento y estilo de amarlo. 

No podía negarlo. 

Tan ciertamente real, que su abogada defensora por oficio la escrutaba con cara de difícil caso, pero la interrogaba el fiscal por lealtad al protocolo anti poetisas, y no negarle sus derechos de letrista sin licencia legal escrita. 

-Lo confieso- contestó con atómicas risas al interrogatorio abortista de poesía-. Son letras mías. Tienen destellos de verano la hache de hombre él y de mujer la eme mía, y víboras son las eses con veneno de vida.

Silencio en la sala. 

A ver qué más decía en contra de sí misma. 

-Te enviaré nuevos versos con matasellos de corazones a tinta, porque te amo digas lo que digas.

Qué murmullo de escándalo provocó tal amenaza en el bando antiterrorista.

El juez continuó rellenando crucigramas sin llamar al orden. 

Sus partidarios, bohemios, cantautores, gente proscrita, bostezaban más que aplaudían; tanto se aburrían que finalmente quedó sola con sus proyectiles anti cuentas.

Analizó la fiscalía: 

Culpable por utilizar armas no controladas, aromas y bioquímicas. Inocente el hombre por enajenación mental transitoriamente incompetente. 

De amor no conveniente las pruebas concluyentes.

El juez expresó: 

-¡Lugar donde se cumplen los sueños! ¿Alguno de los presentes puede darme una verdad? 

Ella contestó:

-El corazón.

Recibió sanción (permitida pague a plazos por su veterana pertenencia a la estricta Academia de Asaltos). 

Su abogada recurrió la sentencia al Tribunal Superior de Prosa Poética. Están estudiando su legalidad en las urgencias judiciales de Artistas Enamoradas Progresistas. 

En su condena provisional, y mientras decidan firme sentencia, ella le envía poemas anónimos en postales de Singapur. Con matasellos de tinta a corazón, que él relee y guarda como pruebas.

 

(C) Marta Antonia Sampedro Frutos.

Del libro de la autora, “Días en Singapur”.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Pantano azul invierno, de Marta Antonia Sampedro

 

“La despedida no se acaba nunca.

Desde el suelo mismo de las cosas

parte, continúa, sigue la despedida.

No lo mires, camina en busca

de tu propia despedida,

ese llegarte a ti mismo

que es esa sombra siempre presente,

esa desnudez del alma que es,

en definitiva,

la única imagen verdadera”.

María Zambrano.

 

Llevaba algo más de una hora esperando, sentada en el coche con las manos sobre el volante, aparcado próximo a la zona del autobús urbano.

Hacía frío, y sólo en contadas ocasiones había visto aquella neblina nocturna, más propia del Pirineo, posándose sobre las farolas de la ciudad.

Observaba la gran puerta de la cárcel Modelo, cerrada a cal y canto y con algunas luces en puntos clave de vigilancia difuminadas entre la densidad del aire. Revisaba en la penumbra sus uñas y volvía a mirar la puerta una y otra vez. El tráfico de la ciudad comenzaba su bullicio. Buscó las canciones de Marifé de Triana para acompañarse en el frío extraño de la noche y sin darse ni cuenta las lágrimas regresaron a sus ojos con la presencia de la música, recuerdos en palabras, ilusiones que ya daba por perdidas al resumir sus vivencias, su cruel pasado del que no obtuvo ninguna de aquellas, obrera de la nada, productora de más nada. Se vio siendo niña abrazando a su muñeca con vestido de encajes esperando a ser mayor y vivir su historia de amor a través de los hijos de verdad y ahí estaba, nada. 

Al tiempo que sus lágrimas eran un descontrol de letra de canción deslizándose, la puerta de la cárcel se entreabrió, bajó del coche apresurándose y limpió sus ojos.

-¡Suerte colegas! ¡Adéu! ¡Que vaya bien!- escuchó la voz de su hijo mientras un grupo se desperdigaba por la acera en distintas direcciones-. ¿Qué pasa mamá? Por fin ya estoy otra vez en la calle. Joder qué fresquito hace.

Le había dado un solo beso. Olvidando su calor de madre, el sentimiento que día a día la sumergía en un extraño lago de ansiedad.

-Aquel es el coche- le dijo indicándolo-. Lo he comprado hoy mismo.

-¡No jodas que este es tu coche!- se sorprendió Pablo pasando sus manos por la chapa, incrédulo-. ¡Joder qué pasada! ¿Y dónde está el otro? ¿De dónde has sacado la pasta para comprarlo, y por qué hay dentro tanto trasto? ¡Hosti, vaya movida que te traes! Y luego dices que no tienes dinero.

No le respondió. Subieron al automóvil y al ponerlo en marcha los ojos de Manuela parecieron secarse, decidida a dar ese paso que todos los segundos de los últimos meses había elaborado su mente y hacer frente a osos de peluche que fueron transformándose en tiburones reales y le rasgaban las entrañas a través de las venas de su único hijo.

Aquella neblina chocaba contra el cristal, asfalto y calefacción, calor y soledad, y junto a un semáforo de la Sagrada Familia intuyó que aquel monumento se derretía en las nubes bajas como un pastel de chocolate infectado de contaminación.

-¿Y cómo estás?- le preguntó al fin a Pablo mientras sus caras se iluminaban de rojo semáforo.

-¡De puta madre ahora, ya en la calle! No sabes tú lo mal que se pasa en el trullo, todo me pica mucho y es que me parece que tengo hasta piojos. ¿Por qué no sigues todo derecho? ¿Es que no vamos a casa?

-No Pablo. No vamos a casa.

-¡No me jodas! ¡Tengo que llamar por teléfono!

Las canciones de copla lo decían, que hay actitudes propias de madres que no merecen el amor de sus hijos y de hijos que no merecen el amor de sus madres; una indignidad escribe sus letras de desamor y de hastío. Buscó una emisora de radio para encontrar gente que hablara por ellos que no hablaban y centrar su interés en noticias del mundo al que había decidido renunciar.

-¿Sabe papá que hoy me dejaban libre?

-Lo he llamado varias veces al trabajo pero no he podido hablar con él; estará fuera de Barcelona.

Pablo suspiró. Su padre, cómo no, fuera de la ciudad. Por tema del trabajo. Sacó de su cazadora tabaco y papel de fumar y comenzó a calentar hachís para liarse un cigarro.

-Tira eso- le ordenó Manuela.

-¡Pero qué te pasa! ¡Si sólo es un poco de chocolate! Ya no me meto. Mira mis ojos y verás que no, que ya no me meto.

-Ya he oído eso muchas veces, creo que vamos por el millón de veces.

-¡Pero qué mal rollo tienes, mamá! ¿De dónde iba a sacar la pasta para caballo, si en todo este tiempo sólo me has ingresado limosnas?

Paró bruscamente el coche; un cartel grande decía algo en inglés reclamando ser visto, parpadeaba agobiante resaltando entre todas las luces de la gran ciudad. Pablo miró a su madre en silencio. Ella se acercó a su hijo como si fuese a abrazarlo, pero agarró bruscamente su cabello y mientras Pablo pataleaba en su cara insistía una fuerza de la mano de su madre, un pañuelo, una sustancia; en unos segundos quedó inconsciente.

Disminuían las luces, Barcelona quedaba atrás. Las vías cruzadas en un laberinto de caminos que no le importaban desde hacía mucho a su espalda creía enojadas, acechantes en su huída; vociferaban en un silencio tenso a la gran masa humana que claudicaba una vencida o, lo que era peor, una recién estrenada criminal. Por el retrovisor las calles eran lombrices urbanas por donde sólo seres inanimados pasaran, como si el aire los empujase a los precipicios, a la mierda que finalmente diese con el hoyo del reposo, el anuncio del llanto con que se nace.

Pablo permanecía inerte, echado sobre la ventanilla, la cabeza contra el cristal y a cada giro del automóvil su cuerpo era de trapo sujeto. Dormido, pensó serenamente Manuela; dormido su hijo era perfecto.

Al adentrarse en la autopista todo quedaba lentamente a oscuras. Los faros la encaminaban, luces cortas, luces largas, luces que a Manuela le parecían de la misma longitud; siempre hacia el pasado, pasado corto, pasado lejano, pasado de todo. Pasado de mentira, una vida ajena que sin embargo ella protagonizó, una reencarnación de sí misma donde no se reconocía. Pero no temblaban sus manos ni sus labios dudaban al pronunciar palabras pensadas repetidamente o de sus ojos salían lágrimas porque todo estaba ya hacia adelante, no había marcha atrás, insistiendo en que la única senda era la de las luces aquellas y un coche nuevo, las señales de tráfico confirmándole que era una demente abriendo el camino para dementes, de loca, sí, loca de remate, Manuela vuelve, vuelve atrás mala madre, vuelve porque esto no es real, decían los fantasmas morales y los títeres de los horizontes negros de la autopista, vuelve Manuela porque esos brazos amoratados de Pablo los necesita la ciudad y sus venas serán comidas por el asfalto, vuelve a tu cordura Manuela, no seas mala madre, y aunque los huesos ya famélicos de tu hijo tú los formaste no tienes ningún derecho a secuestrarlos porque pertenecen a la ciudad, parirlo no te da derecho a impedirle ser un hombre libre.

El dibujo de una gasolinera. Mil metros. Pablo continuaba con la voluntad perdida. Qué historias dormirían.

Paró unos metros más allá del surtidor. Bajó del coche, cogió del maletero las cuerdas que había preparado y colocó a su hijo sobre los asientos traseros; las ataduras rodearon sus pies y manos y lo tapó con una manta.

-Lleno, por favor- le dijo al empleado de la gasolinera.

-Hace mala noche, señora- le contestó el hombre al tomarle las llaves-. Demasiado frío.

-Sí, mucho frío.

El hombre comenzó a dispensar la gasolina.

-Ha hecho usted bien en tapar a su marido.

-Es mi hijo.

Continuó el viaje al ritmo de pensamientos que parecían nuevos como aquel flamante coche que podía bajar, subir, caer, levantar, más perfecto que una madre que se culpa a sí misma y se mira desde el precipicio, incapaz de seguir, proseguir, andar, correr, cuando la decisión de parar llega al punto de la meta y en realidad comienza la carrera hacia qué parte, para qué ni por dónde. Pero que sepan los pies que el camino ha empezado.

Castellón, 29 kms. Alguna luz se le escapa al cielo; parece el mismo cielo de invierno de sus cuarenta años vividos.

Y no olía a mar, a pesar de no haberlo abandonado en su trayecto costero. Huele a calefacción y a materiales plásticos nuevos.

Luego Valencia, ya con más auroras divisadas entre masas de chimeneas de la producción industrial, el progreso, el vómito pestilente que en la fría mañana provocaba en Manuela más deseos de escapar, arrollarse a sí misma embistiendo el volante contra no importaba qué, conforme entendía que aquella locura de secuestrar a su hijo era un precipicio donde sólo hay abismo infinito, similar al espacio de los astronautas que pierden su dignidad de pisar firme y quedan como estúpidos globos de feria colgados en una locura de no poder guiar sus movimientos por mucho que lo intenten.

Bajo la manta, Pablo comenzó a moverse y a decir algunas palabras sueltas incomprensibles como quien sueña. Paró el coche en un área de servicio y preparó una jeringuilla; destapó el cuerpo de su hijo y sin piedad alguna al ver sus ojos pesados por la somnolencia le inyectó un sedante. Volvió a taparlo.

-Sigue durmiendo, amor de mi vida.

Una inmensa llanura se divisaba con la luz del día. Una llanura que le hizo recordar a Cervantes; alguna vez lo leyó de joven. Cervantes inventó a Sancho Panza porque no la conocería a ella, Manuela esa burla, Manuela qué ridículo, una demente desdichada donde la caballería del progreso eran caballos y más caballos para aniquilarla metidos en las venas del ser que más amaba en el mundo, y por él segundo a segundo de su vida cuidaba enfermos, limpiaba excrementos, tomaba la tensión arterial ajena porque estaba presa de la suya que sabía a la perfección, tensión continua, testigo de la destrucción de su fruto de mujer, midiendo orina en los retretes del hospital, y al tiempo calculando y espiando los pasos de su hijo, los azulejos manchados de su sangre, eternos momentos de dónde estará Pablo, no te mueras hijo te lo ruego; atrás esa Dulcinea que al parir desconocía ser don Quijote lanzando en vano las aspas de los molinos en un mundo de maleteros, caminos hormigonados pero llenos de piedras y peñascos que acababan día a día con todos los sueños conjuntos de una madre con su hijo, estrellados en las frases otro día más y Pablo no ha muerto gracias a dios.

Abandonó la autopista para estirar las piernas. No quiso comprobar si Pablo aún dormía, pero observó que su respiración movía ligeramente la manta.

Gasolinera. Pago a cuenta con tarjeta, donde ya nada habría que pagar.

-Tres mil, por favor.

El sol le inundaba de sensaciones extrañas. Se preguntó una vez más qué era el amor, si la luz permanecía siempre en los corazones a pesar del dolor causado; por qué veía en la vida de su hijo su propia vida, si eran dos cuerpos distintos, un respirar distinto, un pensamiento distinto. Tan distintos. Se esfumaban entre los rayos del sol y desvanecían sin ser alcanzadas las respuestas y nada se concretaba.

Andalucía. Cartel grande, blanco nube, verde pasto. Despeñaperros. Divisaba olivares entre cerros.

Párpados cansados, meta cercana. Corazón de Sierra Morena, tierra de aceituna verde y luego negra. Milenios de aceite dando inviernos. Cerro Navamorquín, al resguardo de plásticos y de pestilencias. Castillo Burgalimar, fortaleza aún viva. Cuántas noches durante los años en Barcelona, la añoranza por su pueblo la hacía dormir pensando que estaba cobijada por la oscuridad y las estrellas de ese cielo, a la espera de que la luna rozara su almena gorda. Y ahora que lo tenía tan cerca, no se alteró en sus emociones, tomó la dirección al pantano, calefacción apagada, toros bravos junto al camino alambrado, encinas. Era ella quien embestiría a lo primero que osara ponérsele por delante.

Huele a diversidad de plantas. Embriagan. Emborrachan. Enloquecen. El coche salta, da brincos. Teme que Pablo se caiga de los asientos y reduce la marcha. Ahora parece que es una barca. Ya ve las nubes reflejadas en el agua. Aquella es una tierra que nada conoce de otras tierras.

Baja del coche.

-Me duele todo.

El horizonte es el mismo que recuerda. Se estremeció al inspirar profundamente el aire limpio de la sierra. Se acercó a la orilla; el agua estaba fría y bebió en sus manos; siempre de niña lo hizo y bien sana que creció. Lavó su cara para despejarse y el agua le devolvió la sensación de una paz que hacía muchos años que no sentía.

-Serán los fantasmas del agua- dijo para sí misma en voz baja-. La gente del pueblo les tiene miedo. Pero yo miedo no tengo ya a nada. Pronto seré una de ellos. A saber la antigüedad que tendrán y todos con sus razones.

Regresó al coche y abrió la puerta trasera. Pablo tenía los ojos abiertos y parpadeaba lentamente. Pero estaba inmóvil.

El espacio era tormenta de silencios.

-¿Quieres un zumo?- le preguntó.

Y el silencio de nuevo.

La provisión de alimentos era escasa. Total, si no la necesitarían. Ni ropas. Sólo un coche nuevo para la ocasión y un hijo con su madre y una madre con su hijo. Un botiquín con lo necesario para aliviar si era preciso la bienvenida a la muerte. Y un pantano azul invierno.

Y un equipo de música de coche. Eres hijo para mí lo primero. Y hasta después de muerta te amaré. Y ya por sufrimiento no le temo ni a la vida ni a la muerte. Lo dicen todas las letras de las mejores canciones. Y Manuela se lo repite todos los días. Vida, muerte. Han llegado a ser tan nombrados conjuntamente, que son conceptos similares.

-Pablo, Pablo…. Hijo…,  ¿quieres un zumo?

Y espera el silencio; pero se escucha:

-Déjame en paz. ¿Se puede saber dónde estoy? Me duele la cabeza.

-¿Oyes los pájaros? Hay muchos. Y por la noche salen los búhos.

-Estás loca. Yo no oigo nada.

Manuela se acerca a su hijo, lo toma para sí. Lo abraza. Huele a prisión. Y también a niño. Él, con enfado, rechaza su abrazo.

-¡Suéltame!

-Ya te avisé, hijo, que esto un día acabaría; que acabaría malamente.

Pablo se incorporó. Repasó con las manos sus ojos una y otra vez. Vio el pantano ante sí. Manuela se sienta junto a él.

-Esto no es Barcelona.

-No. No lo es.

-Déjame que me líe un canuto.

-Bueno, te dejo. Hazlo. Que sean dos.

-¡Mamá!... ¡Qué payasadas dices!

-Uno para ti y otro para mí. Venga.

-¿Algo raro ha pasado este tiempo y me lo he perdido?

Manuela ya no hace caso a ninguna observación de su hijo. Demasiado tarde todo.

-¿Ves aquel puente? ¿Aquel? Por allí se tiró un muchacho del pueblo y se ahogó. Tenía más o menos tu edad. La novia lo había dejado.

-Menudo gilipollas, matarse por eso. Venga vámonos.

-Tomaremos un zumo.

Pablo salió del coche.

-Me duelen los músculos joder.

Un avión militar apareció súbitamente del cerro Navamorquín. Tan bajo que se podía ver difuminado su cuerpo metálico en las aguas y un sonido atronador contundente cortó el silencio de la sierra.

-¡Qué pasada!- dijo Pablo-. ¡Qué bajo!

-¿Quieres morir conmigo, hijo?

Pablo no contestó.

Prosiguió Manuela:

-Si tú mueres conmigo, volveremos a la vida como antes de nacer yo y de nacer tú. Si eso quieres, eso haremos.

Pablo y su indiferencia porque a su madre se le ha ido la cabeza.

-¿No quieres? Entonces moriré yo por los dos. ¿Te gusta este paisaje para ver morir una madre? A mí me gusta. Nubes, agua, aire limpio. No soy de morir con la vida al filo de cuchilla cada día. Es mejor morir de una vez.

-¡Ya basta!, ¡prou mare!, ¡vale!- dijo Pablo, molesto-. ¡Déjalo estar!

-… Y podrás seguir siendo un suicida vivo el tiempo que quieras sin que nadie te reproche nada. Porque yo te pienso muerto cada día. Pero ahora, desde la Diagonal hasta las Atarazanas, desde Sarriá hasta la Barceloneta, toda Barcelona será para ti solo. Serás feliz como hasta ahora lo eres, a ver qué suerte de mercancía te han vendido. Quédate sin hogar vendiendo tu casa y métete todo en las venas. Las venas entienden mucho de ventas. Vende también este coche y que vaya a tu cuerpo. Mata tu amor a la pintura y deja que tu don artístico sea la burla de tus camellos; qué divertido será, ellos pondrán el precio a tu arte y a tu pensamiento. ¿El precio será morirte? Me parece caro, pero a ti barato. Aunque a mí ya no podrás matarme, porque ya estaré muerta. Y como veo que no quieres morirte de una vez, me voy yo sola. A mí no me dejó mi novio, pero me dejó mi hijo, que es mucho peor; me vendió a sus camellos, una mercancía; me vendiste Pablo, hijo, me vendiste y ya soy propiedad de alguien, estoy marcada por el amor a ti. Ya lo he comprendido. Y como aquí nací, aquí decido morirme por mi cuenta y locura; porque yo aprendí aquí mismo donde estamos que nunca seré propiedad de alguien. Ni siquiera tú serás mi dueño, ¿entiendes? ¡Una persona libre no tiene dueño! ¡No tiene!

Pablo ahora la miraba atónito. A su madre se le ha ido la cabeza.

Manuela le dio la espalda y se encaminó entre lágrimas hacia el puente hecha una locura de pizarra bruta, resbalando sobre el musgo y las piedras húmedas y ante la mirada atenta de su hijo.  Se escuchaba la voz de Manuela:

-¡No tiene dueño!, ¡no tiene dueño una persona! ¡No tiene!

La loca hablando sola por la sierra. Espantadas por los gritos, algunas aves huían de las ramas de los árboles.

Pablo miraba a su madre, ya a lo lejos.

Qué habrá ocurrido durante su ausencia en prisión.

Qué ha sucedido. 

 Y comienza a llamarla insistentemente.

-¡Mamá! ¿Qué haces? ¡Mamá! ¡Ven aquí! ¿Qué haces? ¡Mare!

Manuela no miraba atrás. Se había herido las manos y las rodillas en las caídas. Pero la sangre, cuando se ha decidido morir, no es necesaria.

Pablo corrió hacia ella; torpemente, cayéndose una y otra vez.

-¡Mamá! ¡Mare!

En ese instante una cigüeña atravesaba el pantano y Manuela se paró para mirar su vuelo doble del cielo y del agua. Le pareció que la llamaba por su nombre, “Manoli”, y recordó su nombre de antes de todo. Las nubes la miraron en su demencia de los tiempos malos, porque las nubes miran con especial mirada a los desesperados que las ven nacer, y las contó, qué absurdo contar ahora, diez, doce, veinte, estoy tan cansada, veintiocho…, desde la más grande a la pequeña, gris o rosácea, a todas las miró diciéndole adiós a todas, ya me voy, me marcho pero nos veremos en alguna parte, adiós queridas compañeras, soy la misma que quise un día ser, adiós…

Pablo la alcanzó a duras penas; jadeante la abrazó por la espalda sujetándola con firmeza porque ella se resistía, y le gritó:

-¡Ya basta! ¡Basta!

Y en la sal de sus lágrimas no había diferencia alguna. Hay materia que es idéntica por dentro.

-Yo llevaré el coche. Ya está, ya está, mamá. Vámonos a casa. Comeremos algo por el camino. 

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos.  Barcelona, 1980.