martes, 14 de agosto de 2012

En las perseidas del abismo alto, de Marta Antonia Sampedro


Al suroeste de anoche
le nacían perseidas
es bonito que Perseo
naciera engendrado por estrellas
soy testigo de que éstas
sólo obedecen a Zeus
digamos que si eres
un ser humano normal y corriente
tienes que averiguarte solo
que tu vida y muerte sean
el rastro de alguna luz
el viento de cerrada noche
las huellas señalando sombras
luego a eso de la madrugada
mientras la lechuza amarillenta
era nube de tarde alada
rozando con su panza las ramas
repasé a oscuras de luna
las voces de quien no vive
de personas que amé y no están
quisiera a veces posar mis manos
en sus caras pálidas
y mirar sus ojos que hablan
que Zeus me hiciese el gran favor
de tenerlos a mi lado
pero no a mi lado en sentimiento
que de eso todo ya comprendo
sino a mi lado en la mesa del patio
y recoger las estrellas de sus muertes
y las sílabas de sus canciones
Perseo no me basta para no pensarlos
en cada paso de los días
con sus noches y sus relojes
tocando mi alma con su ruego
de no dejarlos a sus suertes
no necesito semidioses
tal vez para que apaguen las farolas
que se comen el duermevela de las tejas
había por lo tanto un misterio inacabado
en las perseidas del abismo alto
y con este sentir de simple humana
albergué una falsa esperanza
que Perseo me prestase unas cuantas
y a eso de las noches oscuras
chilló el murciélago y acudió la paloma
a veces en la vida es suficiente
ser común para compadecernos
del trabajo de una estrella
que confecciona imposibles
y remienda los acontecimientos
comprobé junto al destino de Perseo
todos los manuscritos de Miguel Hernández
llegando a esta tierra de perseidas
y así mirando por dentro la noche
en su corretear de meteoros
me sobrecogió la enorme pena
como un abrigo pesado
saberme de memoria
todos los versos más complejos
de los conflictos de Perseo
y sobre las ramas del membrillo
viajaba el poeta con sus cántaros
rebosando de poemas sin rimas
los besos de todos los muertos
por lo tanto se llenó de vino la mesa
a la espera de la razón del poeta
y no un vino cualquiera
sino el que guarda Perseo
cuando maldice sus retales de estrella
y bebimos -es un decir-
de la noche y de la tristeza.


Bienvenido a Jaén, D. Miguel Hernández, Hijo y Poeta del Pueblo.

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