viernes, 30 de enero de 2026

ELARA H07A12 (fragmento), de Marta Antonia Sampedro

 

En la oscuridad del apartamento 140-DZ, Mateo se amodorró como cada día entretenido con las figuras humanas dinámicas que le hacían los días tórridos menos plomizos y solitarios. Se expresaban por las paredes y el suelo, por los muebles y las puertas, al capricho de sus deseos dirigidos por un láser multifunción que portaba en su muñeca, y podía elegir la opción de aplicarles variedad de diálogos, diversidad de culturas, géneros, edades, nacionalidades, idiomas, oficios, vínculos entre sí, el menú era amplio, como si en realidad Mateo conviviera con ellos, una gran familia y círculo de amistades y fuese testigo directo de presencias con vida propia que en verdad eran seres ficticios con la mirada tensa y perdida. Algunas vivencias programadas de fábrica ya las conocía de memoria, solían ser las que más apreciaba y retenía con emoción, jamás las modificaba, dándoles así cierta vida rutinaria, y todas ellas aligeraban su carga de hombre de ochenta y un años y una memoria que Mateo en ocasiones pensaba que le reventaría.

-¡Uno ya es muy viejo! ¡Y eso el cuerpo lo sabe!- se decía en voz baja, a regañadientes, sin darse cuenta de que el leve temblor de sus manos movían el láser mezclándose los colores de las opciones y las figuras se descontrolaban hasta que Mateo lo apagaba al fin y volvía a sentarse en su sillón y releer algunos viejos libros de los pocos que ya conservaba.

Tres veces al día, un sistema automático instalado en un espejo del cuarto de baño medía su presión arterial, la temperatura y el peso y masa corporal y debía responder a algunas preguntas en apariencia aleatorias.

-¿Qué es un árbol?- decía una voz robótica, tras el espejo.

-Algo que daba sombra, frutos y pajarillos- contestaba Mateo, suspirando de indiferencia.

-¿Para qué sirven las leyes?- nueva pregunta de control de salud mental.

-Para respetarlas.- Y, luego, en voz baja: “Y para saltárselas. Pero tú qué sabrás de lo que hablo, si eres una máquina”.

-Error…- y un pitido intermitente que exigía volver a contestar.

-Para respetarlas y cumplirlas- puntualizaba, finalmente Mateo, en un tono más firme de voz.

Diariamente se realizaba un informe de la salud física y mental de los ancianos mayores de setenta y cinco años residentes en la ciudad. Mateo siempre superaba las pruebas, su salud era óptima. Y así pasaban sus largos días especialmente en verano, aburrido y sintiendo una vida de prisión sin ser un preso.

El calor de ese verano era extremo. Los circuitos internos y externos de todos los edificios de la ciudad informaban cada media hora de la temperatura en las calles y del riesgo que suponía salir sin un traje de protección solar con su casco y calzado correspondientes y equipo de oxígeno. Si algún ciudadano osaba salir a pesar de la prohibición estricta de las autoridades, era sancionado por la Policía de Emergencias y acompañado a su hogar de inmediato y controlado con cámaras de vigilancia; en caso de reincidir las medidas eran más contundentes. En ocasiones, quien no era sorprendido incumpliendo la ley, multado y devuelto, significaba que ya estaría fallecido en las aceras solitarias y una ambulancia manejada a distancia y articulada lo envolvía en plásticos con rapidez entre brazos metálicos y trasladado rápidamente al tanatorio antes de que el cadáver oliera o los pocos pájaros que quedaban en la ciudad, desesperados por el hambre, lo empezaran.

Mateo acariciaba las hojas de sus libros como quien tiene la seguridad de que en otra vida continuarían compartiendo destino y espacio. Eran libros, libros de papel, en su niñez toda una joya de coleccionistas y anticuarios. “Ahora nadie los quiere, nadie lee con ellos en las manos, pero a mí me gustan, son casi todos de fútbol, y llenos de fotos, qué tiempos los de nuestros padres y abuelos...”. Y así las tardes prohibidas de salidas por el calor asfixiante eran llevaderas hasta la cena, comida empaquetada semanalmente y servida a domicilio, y dormirse con una cinta colocada en el pecho que le controlaba si durante el sueño algún achaque de salud aparecía despertarlo y recibir ayuda médica de inmediato. “Las noches no son para salir, son para dormir y también dicen que para morirse”. Cuando estaba más nostálgico y temeroso a la muerte en soledad, colocaba en su dormitorio una figura de la casa haciendo guardia fija en la puerta, normalmente la elegía vestida de faraón.

A pesar de la libertad de poder salir a las calles durante las noches y permitir libre circulación para toda actividad, verano a verano la población y debido a los extensos períodos estivales se fue habituando a que vivirían más de medio año sin poder salir de sus viviendas. La ciudad apenas tenía vida y lánguidamente se fueron acostumbrando a que por un motivo o por otro las calles eran peligrosas durante todo el año. En ocasiones durante el día se veían a niños tras los cristales de las ventanas, era la escasa posibilidad de ver a la infancia sin trajes de protección obligatorios, distinguidos por la baja estatura, pues si los adultos dudaban en salir por las noches menos aún lo hacían con sus criaturas.

La población anciana era escasa en la ciudad. Y minuciosamente controlada en su salud. Año tras año, la mayoría de ellos habían claudicado ante las altas temperaturas, por temor a la enfermedad mental por soledad o se habían trasladado a zonas rurales, más duras para habitar y sobrevivir, pero podían pasear diariamente de noche con cierta libertad, observar la luna en sus fases y alguna que otra estrella fugaz o tener mascota, ya que en las ciudades, desde años atrás, tener animales estaba totalmente prohibido por las leyes, la Luna era imposible de ver por la altitud de los edificios y la contaminación atmosférica y las estrellas no existían sino en las opciones de las computadoras.

Aquella noche, bien entrada la madrugada, Mateo se despertó sobresaltado. No por alguna alarma médica, computadora, maquinaria, ni por la figura seria y multicolor de faraón que vigilaba en la puerta de su dormitorio, sino por un sueño. Quedó sentado en la cama, revisándose la cara como quien desea comprobar si le falta algún órgano. Y comenzó a llorar; despacio, contando lágrimas porque ha de recordarlas por si alguna vez es preguntado.

 

EL SUEÑO DE MATEO.

Estoy en mi apartamento, hay un poco de luz, son las L13-82, recuerdo esa hora reflejada en el techo en tono amarillento, pero es de noche todavía. Entro al salón. Me quedo en la puerta, mirando hacia al frente, que está la ventana. Son dos hojas, con cristal oscuro. Una de ellas está abierta. Hay un niño pequeño, está desnudo, excepto por una especie de ropa interior o pañal. Tendrá unos dos años, según puedo calcular y si mal no recuerdo de cuando se veían niños por las calles, y está agarrado al perfil de la ventana. No lo veo de frente. Me mira por el rabillo del ojo. Lo miro. Es moreno de cabello, tiene flequillo largo, es blanco de piel, parece de ojos grandes y oscuros, aunque le veo sólo uno. Me acero a él, despacio, lentamente, como si no me moviese, no quiero asustarlo. Y, antes de alcanzar la ventana, el niño desaparece en el aire, pienso que se ha caído. Me arrodillo e inclinado hacia mí mismo comienzo a llorar tapándome la cara, a gritar, me inunda un desespero terrible. Mientras lloro desconsolado como si en mi pecho se me agarrase un ancla, siento que algo toca mi hombro, miro hacia atrás y es el niño, tan cerca, y no llega al suelo, ahora lo veo de frente, me mira sonriente, lo miro sorprendido, está flotando en el aire, a mi espalda, ante la hora L13-82. Y hasta ahí es el sueño. 


AL DESPERTAR. INTERPRETACIÓN DE MATEO. 

            Al salir de su dormitorio, apagó la figura del faraón y ésta se desvaneció al momento.

-La soledad pesa- iba rumiando hacia la cocina, perseguido por una figura masculina de aspecto y vestuario asiático que había olvidado desconectar-. La maldita soledad, que vuelve loco a cualquiera. Bueno, y las pastillas para dormir, algo tendrán que ver también.

Tras beber agua fue a comprobar si la ventana del salón estaba cerrada y que todo estuviera en orden. Sin novedad. No quiso asomarse, tanto temor sentía aún por el sueño vivido.

Desde su mano conectó la pantalla y fue directo a novedades de la ciudad, donde cada mañana se publicitaban las noticias comerciales más recientes. Justo en ese momento, un androide informaba de las últimas adquisiciones de su empresa.

-Soy Juan Sánchez, su servidor. Puede contar con nosotros para su mayor placer de vida y comodidad. Lanzamos al mercado las máximas innovaciones tecnológicas para una mejor calidad humana. Y, como siempre les recuerdo, no olviden leer las instrucciones.

Una variedad de ginoides se mostraban en vivencias como si se tratase de humanas en la posibilidad de una vida cotidiana. Ginoide Astronauta, Ginoide Abuela, Ginoide Profesora, Ginoide Doctora, Ginoide Cocinera, Ginoide Paseante, Ginoide Lectora y Traductora, Ginoide Cantante… A Mateo le llamó la atención “Ginoide Coqueta”. “Ya no recuerdo ni los años que hace que no veo a una mujer coqueta, esa es de belleza con estilo, está bien conseguida, parece real, humana y discreta, me gusta, y está a mitad de precio que los otros modelos, estupendo”. Enseguida eligió en el espacio de ELARAH07A12, y realizó la compra. La pantalla le proyectó su comprobante con fotografía incluida del artículo y una voz dijo: “Gracias por su confianza. No dude en consultarme, soy Juan Sánchez, su servidor. No olvide leer las instrucciones. Gracias”.

Quizás el sueño con el niño volador había sido una señal, pensó Mateo. Que la soledad le estaba trastornando hasta los sueños. La maldita soledad. Le vendría muy bien tener en casa una ginoide mujer de su estilo que ya nadie valoraba, una feminidad clásica, de toda la vida, la de sus recuerdos de infancia, un ser humano que se diferenciara uno del otro aunque fuese de mentira, cúmulo de chatarras de ingenieros.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2025).

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