En
la oscuridad del apartamento 140-DZ, Mateo se amodorró como cada día entretenido
con las figuras humanas dinámicas que le hacían los días tórridos menos
plomizos y solitarios. Se expresaban por las paredes y el suelo, por los
muebles y las puertas, al capricho de sus deseos dirigidos por un láser
multifunción que portaba en su muñeca, y podía elegir la opción de aplicarles variedad
de diálogos, diversidad de culturas, géneros, edades, nacionalidades, idiomas, oficios,
vínculos entre sí, el menú era amplio, como si en realidad Mateo conviviera con
ellos, una gran familia y círculo de amistades y fuese testigo directo de
presencias con vida propia que en verdad eran seres ficticios con la mirada tensa
y perdida. Algunas vivencias programadas de fábrica ya las conocía de memoria,
solían ser las que más apreciaba y retenía con emoción, jamás las modificaba, dándoles
así cierta vida rutinaria, y todas ellas aligeraban su carga de hombre de
ochenta y un años y una memoria que Mateo en ocasiones pensaba que le
reventaría.
-¡Uno
ya es muy viejo! ¡Y eso el cuerpo lo sabe!- se decía en voz baja, a
regañadientes, sin darse cuenta de que el leve temblor de sus manos movían el
láser mezclándose los colores de las opciones y las figuras se descontrolaban
hasta que Mateo lo apagaba al fin y volvía a sentarse en su sillón y releer
algunos viejos libros de los pocos que ya conservaba.
Tres
veces al día, un sistema automático instalado en un espejo del cuarto de baño
medía su presión arterial, la temperatura y el peso y masa corporal y debía
responder a algunas preguntas en apariencia aleatorias.
-¿Qué
es un árbol?- decía una voz robótica, tras el espejo.
-Algo
que daba sombra, frutos y pajarillos- contestaba Mateo, suspirando de indiferencia.
-¿Para
qué sirven las leyes?- nueva pregunta de control de salud mental.
-Para
respetarlas.- Y, luego, en voz baja: “Y para saltárselas. Pero tú qué sabrás de
lo que hablo, si eres una máquina”.
-Error…-
y un pitido intermitente que exigía volver a contestar.
-Para
respetarlas y cumplirlas- puntualizaba, finalmente Mateo, en un tono más firme
de voz.
Diariamente
se realizaba un informe de la salud física y mental de los ancianos mayores de setenta y cinco años residentes en la ciudad. Mateo siempre superaba las pruebas, su salud
era óptima. Y así pasaban sus largos días especialmente en verano, aburrido y
sintiendo una vida de prisión sin ser un preso.
El
calor de ese verano era extremo. Los circuitos internos y externos de todos los
edificios de la ciudad informaban cada media hora de la temperatura en las
calles y del riesgo que suponía salir sin un traje de protección solar con su
casco y calzado correspondientes y equipo de oxígeno. Si algún ciudadano osaba
salir a pesar de la prohibición estricta de las autoridades, era sancionado por
la Policía de Emergencias y acompañado a su hogar de inmediato y controlado con
cámaras de vigilancia; en caso de reincidir las medidas eran más contundentes.
En ocasiones, quien no era sorprendido incumpliendo la ley, multado y devuelto,
significaba que ya estaría fallecido en las aceras solitarias y una ambulancia manejada
a distancia y articulada lo envolvía en plásticos con rapidez entre brazos
metálicos y trasladado rápidamente al tanatorio antes de que el cadáver oliera
o los pocos pájaros que quedaban en la ciudad, desesperados por el hambre, lo
empezaran.
Mateo
acariciaba las hojas de sus libros como quien tiene la seguridad de que en otra
vida continuarían compartiendo destino y espacio. Eran libros, libros de papel,
en su niñez toda una joya de coleccionistas y anticuarios. “Ahora nadie los
quiere, nadie lee con ellos en las manos, pero a mí me gustan, son casi todos
de fútbol, y llenos de fotos, qué tiempos los de nuestros padres y abuelos...”.
Y así las tardes prohibidas de salidas por el calor asfixiante eran llevaderas
hasta la cena, comida empaquetada semanalmente y servida a domicilio, y
dormirse con una cinta colocada en el pecho que le controlaba si durante el
sueño algún achaque de salud aparecía despertarlo y recibir ayuda médica de
inmediato. “Las noches no son para salir, son para dormir y también dicen que
para morirse”. Cuando estaba más nostálgico y temeroso a la muerte en soledad,
colocaba en su dormitorio una figura de la casa haciendo guardia fija en la
puerta, normalmente la elegía vestida de faraón.
A
pesar de la libertad de poder salir a las calles durante las noches y permitir
libre circulación para toda actividad, verano a verano la población y debido a
los extensos períodos estivales se fue habituando a que vivirían más de medio
año sin poder salir de sus viviendas. La ciudad apenas tenía vida y
lánguidamente se fueron acostumbrando a que por un motivo o por otro las calles
eran peligrosas durante todo el año. En ocasiones durante el día se veían a
niños tras los cristales de las ventanas, era la escasa posibilidad de ver a la
infancia sin trajes de protección obligatorios, distinguidos por la baja
estatura, pues si los adultos dudaban en salir por las noches menos aún lo
hacían con sus criaturas.
La
población anciana era escasa en la ciudad. Y minuciosamente controlada en su
salud. Año tras año, la mayoría de ellos habían claudicado ante las altas
temperaturas, por temor a la enfermedad mental por soledad o se habían
trasladado a zonas rurales, más duras para habitar y sobrevivir, pero podían
pasear diariamente de noche con cierta libertad, observar la luna en sus fases
y alguna que otra estrella fugaz o tener mascota, ya que en las ciudades, desde
años atrás, tener animales estaba totalmente prohibido por las leyes, la Luna
era imposible de ver por la altitud de los edificios y la contaminación
atmosférica y las estrellas no existían sino en las opciones de las computadoras.
Aquella
noche, bien entrada la madrugada, Mateo se despertó sobresaltado. No por alguna
alarma médica, computadora, maquinaria, ni por la figura seria y multicolor de
faraón que vigilaba en la puerta de su dormitorio, sino por un sueño. Quedó
sentado en la cama, revisándose la cara como quien desea comprobar si le falta
algún órgano. Y comenzó a llorar; despacio, contando lágrimas porque ha de
recordarlas por si alguna vez es preguntado.
EL SUEÑO DE MATEO.
Estoy en mi apartamento, hay un poco de luz, son las L13-82, recuerdo esa hora reflejada en el techo en tono amarillento, pero es de noche todavía. Entro al salón. Me quedo en la puerta, mirando hacia al frente, que está la ventana. Son dos hojas, con cristal oscuro. Una de ellas está abierta. Hay un niño pequeño, está desnudo, excepto por una especie de ropa interior o pañal. Tendrá unos dos años, según puedo calcular y si mal no recuerdo de cuando se veían niños por las calles, y está agarrado al perfil de la ventana. No lo veo de frente. Me mira por el rabillo del ojo. Lo miro. Es moreno de cabello, tiene flequillo largo, es blanco de piel, parece de ojos grandes y oscuros, aunque le veo sólo uno. Me acero a él, despacio, lentamente, como si no me moviese, no quiero asustarlo. Y, antes de alcanzar la ventana, el niño desaparece en el aire, pienso que se ha caído. Me arrodillo e inclinado hacia mí mismo comienzo a llorar tapándome la cara, a gritar, me inunda un desespero terrible. Mientras lloro desconsolado como si en mi pecho se me agarrase un ancla, siento que algo toca mi hombro, miro hacia atrás y es el niño, tan cerca, y no llega al suelo, ahora lo veo de frente, me mira sonriente, lo miro sorprendido, está flotando en el aire, a mi espalda, ante la hora L13-82. Y hasta ahí es el sueño.
AL DESPERTAR. INTERPRETACIÓN
DE MATEO.
Al salir de su dormitorio, apagó la
figura del faraón y ésta se desvaneció al momento.
-La
soledad pesa- iba rumiando hacia la cocina, perseguido por una figura masculina
de aspecto y vestuario asiático que había olvidado desconectar-. La maldita
soledad, que vuelve loco a cualquiera. Bueno, y las pastillas para dormir, algo
tendrán que ver también.
Tras
beber agua fue a comprobar si la ventana del salón estaba cerrada y que todo
estuviera en orden. Sin novedad. No quiso asomarse, tanto temor sentía aún por
el sueño vivido.
Desde
su mano conectó la pantalla y fue directo a novedades de la ciudad, donde cada
mañana se publicitaban las noticias comerciales más recientes. Justo en ese
momento, un androide informaba de las últimas adquisiciones de su empresa.
-Soy
Juan Sánchez, su servidor. Puede contar con nosotros para su mayor placer de
vida y comodidad. Lanzamos al mercado las máximas innovaciones tecnológicas para
una mejor calidad humana. Y, como siempre les recuerdo, no olviden leer las instrucciones.
Una
variedad de ginoides se mostraban en vivencias como si se tratase de humanas en
la posibilidad de una vida cotidiana. Ginoide Astronauta, Ginoide Abuela, Ginoide
Profesora, Ginoide Doctora, Ginoide Cocinera, Ginoide Paseante, Ginoide Lectora
y Traductora, Ginoide Cantante… A Mateo le llamó la atención “Ginoide Coqueta”.
“Ya no recuerdo ni los años que hace que no veo a una mujer coqueta, esa es de belleza
con estilo, está bien conseguida, parece real, humana y discreta, me gusta, y
está a mitad de precio que los otros modelos, estupendo”. Enseguida eligió en
el espacio de ELARAH07A12, y realizó la compra. La pantalla le proyectó su
comprobante con fotografía incluida del artículo y una voz dijo:
“Gracias por su confianza. No dude en consultarme, soy Juan Sánchez, su
servidor. No olvide leer las instrucciones. Gracias”.
Quizás
el sueño con el niño volador había sido una señal, pensó Mateo. Que la soledad
le estaba trastornando hasta los sueños. La maldita soledad. Le vendría muy
bien tener en casa una ginoide mujer de su estilo que ya nadie valoraba, una
feminidad clásica, de toda la vida, la de sus recuerdos de infancia, un ser
humano que se diferenciara uno del otro aunque fuese de mentira, cúmulo de
chatarras de ingenieros.
©
Marta Antonia Sampedro Frutos (2025).
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