Relato finalista del II Premio de Relato Corto
“Entre Libros”, 1999.
Con el cuerpo al resguardo,
entre los coches aparcados hundiendo la cabeza contra las ruedas, dormitaba
sobre la acera humedecida por la madurez del otoño. Un hilo de saliva se posaba
en su pecho como aceite espesado por el frío, y sus labios, espumosos, se
movían al compás de sus inapreciables ronquidos.
Despertaba con facilidad, y
alguna vez, durante aquellas largas horas, hubo de espantar el chillido de las
ratas que se le aproximaban, provocando que el sonido agudo de su garganta se incrementara
en el silencio de la noche, produciendo violentos maullidos, o escupiendo
saliva para amedrentar a las rabiosas fieras. Y volvía a dormirse con cierta
placidez, calculando en su espera cuánto tardaría en arrimarse nuevamente el
perro en busca de calor; pero se retrasaba, tal vez anduviera lejos,
olisqueando huesos entre las basuras, o rasgando carne podrida del supermercado
de la calle de más abajo. En su cerebro aguardaba las circunstancias del tiempo
al unísono: consciente de que dormía, sabiendo que continuaba la vida en aquel
lugar exacto. Unos pasos allá, en el fondo de la calle: ya cerraba sus puertas
la cafetería; sus cierres chirriaban y chirriaban de esquina a esquina; después
la cadena, seguidamente el cerrojo, y Lengua de Uva intercalaba en sus sueños,
de un modo ordenado que sólo ella comprendiera, la realidad y la fantasía. A
eso de las dos el camión de la basura: motor acelerado, el humo llega a su
nariz, y aun así quietas las ruedas, y vocerío de gentes despiertas oliendo el
repugnante perfume de los envases de plástico, asiéndolos con sus manos
enguantadas unos hombres muy sucios. Hacia las cuatro, regresaría el hombre del
almacén de al lado. La puerta de chapa arriba, después abajo y de pronto la luz
iluminando, a través de los hierros altos, un techo de uralita. Más tarde,
sobre las cinco, mientras nuevamente sueña que una mujer sin rostro le cubre el
cuerpo con una manta muy suave y caliente, dos personas saldrán del portal
número ocho, siempre hablando a voces, con las gargantas despiertas, cada día
arrabaleando como si fuesen las doce del mediodía, las siete de la tarde, justo
en el momento en que la mujer del sueño se aleja cuesta abajo, parece que
vuela, hasta llegar a la plaza de un pueblo desconocido que intenta identificar,
pero aparece una sombra, que le dice que se aleje de ese lugar, y Lengua de Uva
corre y corre, sube jadeante la pendiente; los pájaros comienzan sus sones de
alborada, y ella corre y corre y continúa corriendo hasta que la garganta se le
reseca, los ojos le queman tanto que se unen al sudor salado de la frente, y
entonces mueve en su boca la saliva, que está apresada entre sus dientes. Oye
decir “Buenos Días, Carmen”, y sin abrir los ojos ve al panadero salir del
coche, qué ruido, qué estruendo a motor viejo, qué voz tan vulgar y corriente
para ser una visión. Ve sacar los sacos de papel, colocarse bien las lentes de
miope, y Lengua de Uva prosigue el sueño: lo había dejado inerte, justo en el
momento en que escondía, bajo la almohada hinchada, un diente. Ve a su madre en
la alcoba, colocándole el pijama de muñecos, “Qué grande te estás poniendo”.
Paso a paso se extiende el camino de escolares: lo sabe, porque a uno de ellos
se le ha caído algo. “Es el papel de un dulce”, y oliendo a azúcar saborea el
recuerdo de su madre, que continúa diciéndole “Qué grande te estás poniendo”.
Un sonido desagradable se
aproxima: es la escoba del barrendero. Con sus púas, de pronto en su mente se
reflejan sentimientos que no desea recordar, un tirón de pelos como puntas de
acero, y Lengua de Uva se despereza, sintiéndolo mucho, pues ahora se hallaba
en un patio, en campo abierto, intentando reconocer el aroma de un pozo, donde
dos peces de colorines se enfrentan por una miga de pan que va contra
corriente. Es divertido, a ella siempre le gustaron los peces, y es bonito
verlos en sueños, pues sus colores pueden ser alterados, sus movimientos más o
menos pausados, por la fantasía que dan los ojos cuando están cerrados. Estira
sus brazos una, y otra vez al mismo ritmo: dos sures, dos estes, dobles nortes
y oestes… Se da prisa, ya la escoba se oye más cerca. Antes de levantarse orina
junto a una rueda, suspirando “¡Qué noche tan buena, he dormido como una
criatura que nunca duerma!”.
Ya ha abierto la papelería;
el dueño se estira el bigote, la mira con cara de abeja, y ella le saca su
blanquecina lengua, color de cera; el hombre dirige sus ojos hacia otra parte,
rumiando palabras que no se entienden, y Lengua de Uva se despereza,
recuperando la ilusión de la otra noche: se despertaba y había tormenta: “Las
nubes hacían mucho ruido, se alzaban sobre las voces de muchas noches, mojaban
el pelo asqueroso de las ratas, las hacían desaparecer, espantaban al perro que
no ladra y al panadero se le hacía migas el pan, ¡qué divertido fue, y además
oxidaba los candados! ¡Qué sueño, qué lástima haber estado despierta!”.
Sigue el rastro de niños: un
papel aquí, otro allá, y esa senda tan bonita, parece mentira que esté hecha al
azar, la infancia es una provocación, hacer esas cosas para confundir la
realidad y que los mayores puedan seguir sus pasos, mirar sus dedos de pinzas
tiernas, de uñas brillantes, lisas, nacaradas, sus piernas cortas, sin medias
enteras, calcetines hasta las rodillas, y sin embargo tan atrayentes para los
hombres sin escrúpulos, que no sienten las náuseas, y esas bocas rosadas, sin
pintar, de dientes por desarrollar, tan chicos y tan valientes para callar las
cosas que se deben callar.
Llega a la escuela. A las
piedras del edificio se les está oscureciendo el verdín; las últimas lluvias,
qué blancas han dejado las aceras, para poder dormir sobre limpio, las baldosas
relucientes, bicolor, alfombras junto a los pisos. Han pintado las ventanas de
verde primavera. Los niños jalean en la puerta. Se dan patadas, se escupen,
tiran sus mochilas y se miran el reloj, escuchan sus sones electrónicos, y ella
permanece en la puerta de Cruz Roja, tras una ambulancia que está aparcada,
justo enfrente; quiere poder escuchar lo que dicen algunas madres: pero, con el
alboroto, sólo comprende bien la pronunciación de algunos nombres. Mira las
ventanas de las viviendas de alrededor: todas tienen encendida una luz. Esa,
por ejemplo. Es una bombilla pequeña, muy reluciente y de doradas
transparencias. Pero desaparece, porque esa luz es el sol, ese inconsciente que
quiere otro día, que se abre paso entre la mañana del otoño, que se ha ido a
otro bloque más alto. Ya entran a la escuela los niños, y Lengua de Uva
suspira, siente cómo se le hincha el pecho de aire frío, el vaho se apresura a
escapar de su boca, porque, al fin, consigue verlo: va junto a los últimos, no
habla con nadie, y es de los más canijos, ni siquiera lleva abrigo, y ella mira
sin saber qué pensar esos pies chicos, un poco torcidos, la mirada hacia el
suelo, tapada la frente con un vulgar flequillo que le hace las formas de las
cejas. “Soñé que en mis brazos podrías soñar sueños que eligiéramos”, dice en
voz baja, antes de ver su cuerpo desapareciendo hacia dentro de la escuela.
Lengua de Uva camina calle
arriba. A lo lejos, ya no se ven edificios. Hoy ha decidido que antes de comer
raíces y frutos del campo, lavará su desayuno en la fuente, pues se siente
hinchado el vientre, y los ojos arenosos, sin deseos de moverse. Eso es: los
lavará primero en la fuente, en
Los árboles se agitan con
suavidad, descargando hojas, sin molestar a nadie, ni siquiera a los vivos. Una
túnica de amarillos y marrones es la alfombra del otoño. Bajo sus pies,
crujidos de las hojas más muertas, y Lengua de Uva mira el horizonte, el cabello
se le alborota, y siente que un sueño la reclama con urgencia, pide paso una
ilusión, y entonces corre y corre a través del manto entristecido de la
estación, para alcanzar la fuente, donde puede soñar mejor.
Hasta se le ha quitado el
hambre y, tocándose para calmarlo, el vientre, se sienta en el tronco del
olivo. Tiene una forma muy extraña, porque parece un brazo sin mano, alargado
por plumas de hojas minúsculas, hacia el horizonte. Entre el canto del agua,
incansable en su monótono charco, mira sus pequeñas manos; las lleva hasta su
frente: pero el sueño no viene, y tan sólo, una vez más, siente ganas de
llorar, un río quiere desbordarse, abrirse paso. “¿Quién fue quien nació por
mí?”, se pregunta, apartándose de las mejillas el cabello. “¡Dónde estoy, si no
es otra que no tiene cara, la que está sentada tantas veces delante del
televisor, haciendo ver que estoy ocupada, y esperando con sudores fríos a que
en su corazón suene una alarma callada, que chilla, y chilla más fuerte, y a
pesar de eso no dice nada!”.
-Vamos, niña, que tu madre
no está- oye detrás, a su espalda.
Los golpes le han enseñado a
ser valiente, a no decir que no, bueno, que sí piensa que no, pero eso
solamente dentro de ella, porque no quiere, pero sí, tiene que hacerlo. “Si
chillara, quizá vendría mi madre, para que delante de ella le dé vergüenza.
Pero ella no podría hacer nada, no, ¡y si se enterara!..., si se enterara me
castigaría, como él dice, se enfadaría mucho, me diría marrana, dejaría de
decirme esas cosas que me dice tan bonitas mientras la ayudo a hacer la cama, o
le canto coplas aunque no tenga muchas ganas de cantarlas. No, no, no podría
hacer nada, porque también la escucho llorar… Se mete en el cuarto de baño.
Ella cree que está sola, a veces echa agua al retrete, para que, mientras se
llena la cisterna, no se oiga cómo se le salta un hipo raro de la garganta, y
se suena muchas veces la nariz, y tose. Luego sale, yo sigo barriendo, como si
nada. Quiere que su voz sea como siempre, como cuando no llora; pero tiene la misma
que cuando se resfría, y ella cree que yo no lo comprendo, pero su sonido es
igual que cuando me dice lo grande que me estoy poniendo”.
-¡Papá!...
-¡Vamos, he dicho! ¿Es que
no te acuerdas de lo que te hice el otro día, que tampoco querías? ¿Por qué no
le haces caso a tu padre?
Él insiste, me enseña la
vara de olivo. Le temo mucho, porque cimbrea; su ruido, al moverla, es como el
sonido de una mosca gigante, me avisa del dolor que siento, y ni el aire fuerte
o débil de ninguna estación puede con ella.
Lengua de Uva va detrás de
él, que va hacia el cuarto. Cierra con llave, y ella siente los tiempos ya
muertos, quietos en el tiempo de siempre, lleno de siempre, y sin más segundos
por vivir que los momentos de ese instante.
-¡Qué cuerpo se te está
poniendo! Ven, ven aquí… No digas nada, no digas nada y ven…
Desde el olivo, contempla
las viñas.
“Con las hojas, si están
lejos, no me pasa; pero, nada más ver las uvas, mi estómago las reconoce.
Porque todo comenzó como un juego. Yo era una niña muy traviesa, veía dos
mundos posibles, llenos de sueños, por eso siempre inventaba cosas, y mi
hermano se reía mucho; entonces, mi madre aprovechaba sus risas para hacer
comer otra cucharada de lentejas”.
-¡Mira, mira lo que hace tu
hermana! ¡Y esto es un avión que va para tu boca! ¡Atención, señores!... ¡avión
despegando del aeropuerto!
Entonces, en aquellos
minutos vivos, los tres nos sentíamos felices, por un mundo creado durante unos
segundos, expresamente para nosotros.
Pero, con las uvas, es
distinto. Aquellas de la primera vez, eran muy hermosas, verde claro y jugosas.
Tenían semillas duras que mi hermano se negaba a comer.
-Yo se las quito. ¿Ves mi
lengua? Se mete en la uva…, se mete así… y se le sacan las pepitas, para que te
las comas mejor. ¿Has visto qué bien?
La madre ríe mirando el
techo, qué cosas tan ingeniosas se le ocurren a la niña; el hermano permanece
atónito, porque su hermana es toda una sorpresa. El padre continúa mirando la
televisión. Es tiempo de uvas y, al día siguiente, los racimos están de nuevo,
de postre, sobre la mesa. Pero ese tiempo lo cortan de un solo tajo las
palabras duras.
-¿Pero es que eres imbécil,
o qué?- protesta el padre-. ¡Deja de hacer eso! ¡Eres una guarra!
Todos callan. No es para
tanto, y reír sienta bien para que los niños coman mejor.
Pero sólo ellos lo creen.
-Hazme lo mismo que le haces
a las uvas.
El primer día, vomitó y
vomitó. El segundo, también. Y el tercero; y todos los días siguientes a ese
tiempo muerto.
-¡Eres mi mejor lengua de
uva! ¡Y estas curvas!..., ¡y estas piernas! ¡Ya eres una mujer!
Al sentirse, por él, una
mujer, no quiere serlo nunca. Y entonces, en vez del color rosa, blanco o
cualquier otro, prefiere el color negro.
-¡Pero hija!- le riñe su
madre-. ¿Esta es la moda que te gusta?
El negro es como ir vestida
de sombra, que es lo que ella quiere ser. Porque las sombras, cuando pretendes
tocarlas, se desvanecen aunque se tengan garras de bestia. Es inútil
atraparlas, obligarles a nada, porque solamente se consigue agarrara aire
oscuro sin cuerpo. Pero, a pesar del color negro, la sombra desaparece al
quitarle la camiseta, y al descubierto quedan sus tiernos pechos de niña, que
todavía no necesitan de sujetador, y aunque rosados, son sucios, toda ella lo
es, repugnante y sucia como un estercolero.
-¡Hija mía, como el amor de
un padre, no lo encontrarás nunca! ¡Te lo digo yo, que soy tu padre y te quiero
tanto!...
Si el amor de un padre es el
mayor, el tiempo muerto de sus días ya queda enterrado, porque son los restos
de la vergüenza, de los excrementos del alma, los segundos que ya no se pueden
vivir sino apartados de la luz. “Como el gato que se murió. Está debajo de la
tierra, buscando raíces, y nunca maúlla cuando estoy despierta; sólo cuando
duermo aparece en mi ventana, y entre sueños me levanto, llorando sin saber por
qué, le pongo un plato con leche; entonces, cuando dejo de llorar y me vuelvo a
acostar, el gato vuelve, y se la bebe”.
Cierra los ojos. Ya vuelven
los sueños.
Mientras corre en la fuente
el hilo de transparencia, sueña que tiene unos tres años. La figura que se ve
en el sueño no lo sabe, pero ella, desde fuera, al verse, lo comprende:
corretea en su casa arrastrando por el pie a una muñeca, y se confunde esa
imagen paseando por las calles; la lleva su madre cogida de la mano. “¿Pero
dónde están sus manos? Sólo veo sus dedos entrelazados a los míos”.
Su madre está en el cuarto
de al lado, llorando. Ha puesto la radio, para que no la puedan escuchar. Pero
es inútil, porque Lengua de Uva, al bajar los párpados, la ve tumbada en la
cama, y escruta las sendas de sus lágrimas, inundadas de agua. No ha comido
nada, porque dice que le duele mucho la cabeza. Pero no llora por eso: llora,
porque siempre llora a escondidas; su padre dice que son manías de loca, pero
ella sabe que cuando le duele a una algo, nadie se pone junto al enfermo para
reírse. Lo ha visto muchas veces, porque, cuando va a ver a sus amigas, que ese
día no han ido a la escuela, sus padres las dejan tranquilas, a solas con los
tebeos, y les llevan caldo, y las tapan, y si lloran entonces les dicen que no
lloren, que ahí está su peluche, ese oso tan valiente, tapado también, para
velar por ellas si es que ellos andan ocupados, y que se pondrán buenas muy
pronto. Entonces, ¿por qué está su padre con ella, riéndose? Entre las risas se
oyen los gemidos de su madre, y Lengua de Uva no entiende nada. Entonces, ella
también llora, tira con rabia su muñeca, y se coloca junto a la puerta del
dormitorio, y su llanto es cada vez más intenso, más y más enérgico, hasta que
la puerta se abre, chirrían las bisagras, y ve los ojos de su madre,
enrojecidos, la nariz le gotea, y sus labios sonríen, tal vez ya no le duela la
cabeza, qué bien, ahora llora ella pero su madre no, y además no le duele nada,
bueno, tal vez el pecho, porque ha berreado mucho, lo necesario, hasta
conseguir que su madre acudiera.
Abre los ojos. Un pájaro
vuela entre dos ramas. Aún siente que su madre la coge en brazos.
-¡Ya pesas mucho! ¿Por qué
lloras?, ¿eh? No llores, no llores…
Ella la abraza, quiere
quitarle las manchas que tiene en el cuello. Son lunares muy grandes, debajo de
las orejas. Tan grandes como la palma de su mano, y morados. Pero las manchas
no se quitan con la saliva de sus besos: serán manchas de un pintalabios nuevo
que su madre todavía no sabe usar demasiado bien.
-Vamos a bañar a tu hermano,
¿quieres?
Cuando lo baña, en las
burbujas en la espuma Lengua de Uva revive su infancia más tierna. Sabe que
tanta agua es para su hermano, que es muy pequeño; así que quiere meterse
adentro, pero no por ella, que ya es más grande, sino para lavar a su muñeca,
que también es pequeña. Su hermano le tira un sonajero, ella le lanza la
esponja, y a su madre le ha salpicado el agua, porque tiene los ojos mojados, y
rojos, por el jabón.
Se aproxima a la fuente. Dos
ranas saltan súbitamente y una sonrisa se le escapa, porque con sus brincos han
roto el silencio del otoño.
“Ya será la hora”, dice al
beber del charco, mientras las ranas la miran sin saberlo ella, tan sólo sus
sueños las ven bajo el agua, tranquilas, quietas, al acecho, con cuerpo
desfigurado por las ondas y el viento. Frente a ella, los edificios de la
ciudad. Un coche negro, muy grande, pasa por un camino lejano zigzagueando como
una serpiente.
“Ahí va mi madre, vestida muy bien, con
su vestido hasta los pies, sus zapatos de los domingos, muy seria, tumbada con
las manos entrelazadas, y qué anillo tan bonito, era el de mi abuela. Él no
está. Se marchó con dos hombres, llevaba las manos atadas. Iba tan guapa… Yo le
decía cosas, pero ella no me hablaba, porque estaba muy dormida, no le dolía
nada, y todavía no sabía muy bien pintarse los ojos, porque tenía manchada la
cara con lápiz muy grueso, y la nariz muy chata, y algo abierta por los lados.
¿Habrá vuelto a por mí? ¡Eso será! ¡Que ha vuelto para decirme las cosas que yo
quiero!”.
Sin pensarlo, corre detrás
del coche. Lo ve más cerca, conforme su corazón se acelera. Ahora, ahora lo ve
mejor, hasta puede tocarlo con las yemas de los dedos. Pero, detrás de sus
cristales, dos personas mayores, que no conoce, la miran al compás de una ola
de tierra.
-¡Cuidado, niña!- le gritan
al bajar las ventanillas-. ¡Pero chiquilla!, ¿es que has perdido la cabeza?
No está su madre. Parece que
nunca tendrá esa suerte estando despierta. Otra vez ha confundido las cosas, y
abriendo mejor los ojos se dirige a la escuela, porque ha escuchado la sirena.
Ya en la puerta, aún le
palpita fuertemente el corazón.
Un grupo de niños mayores
salen en tropel. Carcajadas, besos maternos, empujones y despedidas entre
carteras pesadas, llenas. Ahora, aparecen niños más pequeños, hasta que ve al
más canijo, al que no lleva abrigo, que arrastra una cartulina; mira muy bien
sus labios, sus dientes de leche, para verla alguna sonrisa.
Ahora, qué pronto ha sido,
ya ha soltado al viento la risa, porque un niño le ha dicho algo sobre la
cartulina, quizá que es muy bonita, la mejor que nunca haya visto en toda su
vida, y Lengua de Uva quiere cerrar los ojos, para agrandarla, multiplicarla, y
conseguir revivirla tantas veces como quiera verlo sonreír; compararla con la
de su madre, cuando le decía tonterías, niña de sus ojos, cuerpo de sus sueños,
piel de sus entrañas, y poder mover esos labios al antojo del deseo, cuando
esté sola y no quiera recordar sino las sonrisas.
Siente que el corazón se le
escapa del pecho, y sin pensar se acerca a ese niño de flequillo picudo, al
menguar la distancia ve su cuerpo más grande, su sonrisa mucho mayor que las
que tenía guardadas en su memoria.
-¿Quién soy?- le dice
tontamente, mirando fijamente sus ojos de gorrión inflado por el frío.
El niño la besa, deja en su
piel saliva de infancia secreta, y su sonrisa es tan grande como nunca sus
sueños pudieran imaginar.
-¡Es mi hermana!- les dice a
voces a todos los que ve, aunque nadie le hace caso, porque eso es tan
normal…-. ¡Mi hermana! ¡Ya has vuelto!
-¡Eso es!
-¿Dónde has estado? Todo el
mundo te anda buscando y están muy enfadados porque otra vez te has ido. ¿Te
vas a venir otra vez conmigo al hogar? ¡Estoy más solo allí!... ¡Y se siguen
metiendo conmigo! Hoy toca arroz; me gusta, porque se tiene que masticar poco.
-Sí: me voy contigo, al
hogar.
-¡Verás cuando te vean!
Harán que te laves, porque vas muy sucia.
-Sí, estoy muy sucia.
-¿Y vas a volver a venir a
la escuela? ¡Tenemos libros nuevos! ¡Mira, en este ya pone mi nombre! ¡Y en
esta cartulina he pintado un montón de colorines, con las ceras! ¿A que parece
un arcoiris?
-Sí; a la escuela. ¡Qué bien
pintas!
La mano de su hermano es tan
tierna como la de su madre, cuando la peinaba o le untaba crema para los
golpes.
-Hija, mira que te caes
veces…
Y tan caliente, que no desea
recordar cuando las de ella eran tan frías, allí, en el coche grande, tan
seria, tan dormida, y tan mal pintada la cara, sino recordarlas blandas,
seguras al darle la mano, y tan ligeras para hacerles jerséis de lana.
A su lado, desaparecen
sueños que no desea soñar. No del todo, no cuando ella quiere; pero solamente
permanecen ráfagas de un extraño viento callado, que los hace ser menos
grandes, menos reales, con más cuerpo de sombras.
-Bueno…, la verdad es que
los libros no son nuevos, porque algunos ya tienen hechos rayajos. Pero yo se
los borro, y les pinto nubes de muchos colores.
-Las nubes son más bonitas
que nada. Sobre todo, las que tienen muchos verdes y azules. ¿Quieres que
juguemos a contarlas?
-¡Sí…, juguemos a contarlas!
¡Pero no hagas trampas!
-No…
-Prime.
-Segun.
© Marta Antonia Sampedro
Frutos (1999).
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