martes, 6 de enero de 2026

Las ovejas cobardes, de Marta Antonia Sampedro

 Los mejores cuentos, son los de verdad.

A toda la infancia,

por el Día de los Magos.

 Todos los días de lluvia o de sol

veo sobre la hierba y rastrojos

a Antonio con sus ovejas cobardes

que define así porque no saben estar solas,

 

sin perro pastor ni prisas ni reloj

que las ordene y persiga,

Antonio y sus cobardes ovejas

pasean por el campo tan blancas y negras

junto a palomos y olivos

llenando la panza de verdes delicias,

 

y en el silencio del campo

se distingue el lenguaje del hombre

que mi perra cree propio y entiende

no sé si también por cobarde,

 

todos los días con abrigo o sin él

Antonio va con sus ovejas cobardes

que miran despacio y hablan

lo que pocos saben comprender,

 

nos observan y cambian el paso

cuando Antonio mueve un pie

y miran a donde mire él

porque bien dice son cobardes

y más de una da un traspiés,

 

si se quita el sombrero

o habla con algún caminante,

ellas quedan muy quietas

y quieren enterarse también,

 

luego miro de lejos a Antonio

y a sus ovejas cobardes

que si entran al corral antes

luego salen a buscar a ver

si el hombre duerme y despertarle...,

y así todos los días una y otra vez.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2011).

jueves, 1 de enero de 2026

Vieja Medina, de Marta Antonia Sampedro


En tus murallas me adentro,

escurridiza sombra perdida

que de pronto cometa fuere,

plasmada nube derretida

en las aceras de una condena...

 

A las puertas golondrinas crecidas

de esta visión mía tan bajo vuelan...

-perdón por sentirme aire,

brisa, mujer y a veces nadie-.

 

Sé -y sin dios me atrevo pronunciar-,

que vivo, amo, sueño y río

en tus calles perfumadas

de trabajo, calderas,

afiladores de cuchillos,

tijeras, alfombras que no vuelan.

 

Leche reposada, dátiles, almendras,

vestidos de fiesta, olivas,

confites y vinagres,

aceites, chilabas, sedas,

y ese malabarismo de estrellas

a la hierbabuena;

caballos, pañuelos de fiesta,

niños saliendo de la escuela...

 

Con tu sombra me envuelvo,

sudario para la vida,

vieja medina, ciudad antigua.

Que más luz tienen

tus marchitas banderas,

que cuerpos sin deseo por testigo.

 

Callejuelas, rojos sombreros,

reclamos de brillo por los recovecos...

 

No sé qué me dijiste

en el idioma del sentimiento.

Ni qué de mi ego, mi ello o aquello,

si al mirarte, medina antigua,

el espectro desnudo es mi solo recuerdo.

 

Vieja medina que me atrapas

al calor de ti, cobijo del tiempo,

revelando mi ignorancia en tu latir,

viviendo a solas amores sin remedio,

reavivando ideales sedientos.

 

Ciudad de puertas clavadas

y bailarines vientres.

Translúcida en secretos

que en arena escriban

los verbos pronunciados

por lenguas de muertos.

 

Misterios del hombre y la mujer

-los géneros-,

donde alguien un puerto

en horizonte del desierto

pueda ver más y más lejos...

 

Viento exánime que al correr

gélido salga huyendo,

mujer laminada a versos.

Inspiración perdida

y almas por los suelos

reparando tormentos

en volcán herido sin senderos.

 

En qué lugar te vi,

Al-Ándalus lejana,

antes de este parpadeo.

 

Cuándo a mis sueños muertos

tu visita sin anuncios sin yo saberlo.

 

Dónde leíste mis manos,

que a ti me presento

para encontrarlas.

 

-Son las mejores búsquedas,

aquellas que nos reciben

en los regresos-.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos.

De la obra “Bitácora de errantes” (2006). 

viernes, 26 de diciembre de 2025

La tierra era liviana y redonda, de Marta Antonia Sampedro

 

Todo comenzó cuando soñamos unos con otros. El joven soñó con el anciano, la anciana soñó con la joven, ésta con su niñez y los niños soñaron con sus muñecos.

Por aquellos días había estado el circo en el pueblo. Uno de esos circos deslucidos que aún llevan animales y en cuyos ojos puede verse la tristeza por sus vidas de esclavos sin comprender qué es la esclavitud. Sólo con mucho esfuerzo de látigo a arena y grandes gritos, el domador conseguía el aplauso del público, para más tarde y en un andar enfermizo y hastiado, volverlos a sus jaulas hasta la siguiente actuación.

Me había sentado en la primera fila para ver de cerca a los malabaristas. Aros, bolas... Su habilidad nos hipnotizaba en un silencio tenso. En las seis antorchas lanzadas al aire para regresar a las manos de los malabaristas, vi las palabras Nunca, Siempre, Cerca, Lejos, Hoy, Ayer.  En ese mismo instante del movimiento de las seis antorchas, sentí que la muerte soñaba conmigo. Y sin embargo yo no soñaba con nada. Acaso la mirada de la muerte quedaría fijada en quien no sueñe con otro.

Dormí con desasosiego, a pesar de repasar todas las fotografías guardadas desde mi infancia, para conseguir soñar con alguien. A la mañana siguiente continuaba en el mismo estado, inquieto y preocupado, con las mantas a los pies de la cama y pensando en los malabaristas. A mi sueño nadie había acudido. Así que sin pensarlo más y tras un día de tormento esperando la hora, me puse la misma ropa, paseé por los mismos lugares y regresé al circo, a ver de nuevo la actuación. Después de los animales y sus tristezas, saldrían a escenario los malabaristas. Pero eso no ocurrió. Los payasos se daban golpes, el público reía y también lloraba y comía, los acróbatas parecían palomas de magnesia y en su andar de puntillas la tierra era liviana y redonda, los niños se agitaban, el hombre forzudo rompió un bloque de hierro como si fuese de cartón y tal vez lo era, comentaban algunos espectadores, todos los artistas se despidieron juntos girando como hormigas el círculo bajo la lona oscura, todo era idéntico al día anterior, pero los malabaristas no aparecieron.

Me quedé sentado. Un empleado del circo me dijo que la función ya había finalizado y que iba a cerrar. Le pregunté al hombre:

-¿Qué ha pasado con los malabaristas?

Se encogió de hombros.

-¿Qué malabaristas?

-Los de ayer.

-Ah, se fueron.

-¿Se fueron a dónde?

-No sé, sólo soy el vigilante.

Me dirigí hacia a mi casa pensando en lo mismo, con insistencia.

“Tengo que dar con ellos, iré adonde sea, los buscaré, necesito saber qué otras cosas me dicen sus antorchas, si éstas han cambiado su movimiento y por lo tanto sus significados, cuándo moriré, si la muerte ya sueña conmigo será que moriré pronto, tengo que encontrarlos como sea, preguntaré si los han visto, alguien tiene que saber, alguien tiene que decirme…”.

Como si se tratase de la noche anterior, la pesadumbre e idéntico camino.  Ahora más preocupado por no soñar con nada. Tal vez la muerte soñaba conmigo y no podía adivinar si había cambiado de parecer. Las gentes se cruzaban conmigo como quien se tropieza con un loco y me abrían paso por la calle. Y fue cuando la vi. Una doble sombra aparecía en la pared junto con mi sombra y las luces de un carrusel. En vez de inquietarme, me alivió la idea de verle la cara a un monstruo tan grande que nos sabe encontrar en todas partes. Tan versátil la pensé, que en mi movimiento se movía, en mi respirar respiraba, no sé si también hablaría como yo hablo pues permanecí en silencio. Y en total quietud, esperando quedarme allí mismo sin más salida que rendirme, junto a mí vi pasar a personas que sin duda alguna habían soñado con otros. Reían, hablaban distendidos, y sin embargo también llevaban sus sombras al lado, tan iguales, tan cercanas, vivas y maleables.

Me quedé mirando a las gentes como quien mira el péndulo del hipnotizador más erudito. Hasta que una anciana, frente a mí y despertándome de mis pensamientos, me dijo:

-Oiga, ¿es usted el escritor, el que escribe poemas y relatos raros? Me gustó mucho su libro de los malabaristas. Hasta soñé que era una trapecista y que usted venía a verme actuar.

-Gracias, es usted muy amable.

-A ver si un día me firma el libro.

-Por supuesto, señora. Puede contactar con la editorial y encantado se lo firmo.

Y entonces comprendí los comienzos de un caos ordenado que finaliza. Y que una mujer soñó conmigo en un disparate de sueño. Pero que dormir y no soñar con nada no significa gran cosa, sino que despierto se sueña mucho, cuando se escribe.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2011).