jueves, 15 de noviembre de 2012

Conflictos de familia, de Marta Antonia Sampedro


Dijo dios padre
oíd y temblad,
actualicé mi saldo
y abusiva es la comisión,
 -mantenimiento de cartilla-

Dijo dios primogénito
escucha padre mío,
para tener techo
te devuelvo trillón de suelo,
 -ahorra ayunando-

Dijo el santo espíritu
cómo si no levanto imperios,
evasión de impuestos,
invertir en armamento,
 -la guerra,
qué gran invento-

Y dijo el ave blanco
mi contrato con vosotros
me ha hecho
más buitre que paloma,
 -efectos secundarios-

¿Quién por nosotros está contestando?
 -Los accionistas-.

(C) Marta Antonia Sampedro Frutos.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Encuentro del ayer de dos amigos artistas, de Marta Antonia Sampedro


Se dice que ya no hay locos, que la sociedad se ha acartonado, tan cuerda que parece reciclada de otras culturas presuntamente correctas, le digo a mi amigo Rafael González Carod, que, como siempre, pasea tan sonriente por Linares impecablemente vestido y mimado por su esposa, y contesta, anda ya, pero si hay locos a montones, que no, Rafael, de la buena locura, ah, pues entonces sí, la gente parece tan estirada que la sociedad anda rancia, que yo pinto desde siempre, llevo la tinta como mi sangre, escribo hasta el diálogo de las nubes si se me ponen lánguidas, compongo música de la buena, y como tengo esta alegría no me importa qué diga un pamplinas, ahora hay mucho artistilla estirado que más que artistas parecen contables, a ver, Rafael, haga un esfuerzo y deje de sonreír dos segundos, no, no puedo, me supera la locura del arte, entonces los locos estamos en extinción, sí, eso, hija, bichos raros, mamuts de la pintura, fósiles de la poesía, arqueología de la música, donde el macarena y el bulería son iconos de la cultura, que ya cualquiera dice soy artista porque gano tanto y conduzco un cochazo... Y adónde va usted con esa carpeta Rafael, pues a regalarle estos dibujos a una amiga que a Dios las gracias está tocada del ala, míralos, cuidado que no se mojen... Vaya obras de arte, si es la Estación de Madrid, y este otro la Plaza de San Francisco, el Paseo, un Cristo de..., y este con..., es usted un pedazo de artista Rafael, pero no se los ha dedicado, no importa, mujer, hay tanta confianza que ella misma se los dedica, tiene mi autorización de artista, y le coloca “de parte de Rafael, que esto me lo ha regalado”, yo es que no tengo tiempo para nada, pues lo veo razonable, Rafael, dentro de la locura artística, sí, no importa lo que se diga, todavía quedamos unos cuantos socialmente incorrectos, privilegiados con este don, y cómo anda usted de salud, pues de salud ando regulín, mis huesos tienen tantos años que porque soy artista fino y está lloviendo, que si no nos echábamos un baile ahora mismo si alguien me sujeta el paraguas, pues muy bien, Rafael, lo puede usted dar por echado, que para eso están los artistas, para dar las cosas por creadas sin moverse de sitio, bueno, que me marcho, te veo muy bien, te sienta bien la segunda soltería, gracias, y usted tan elegante como siempre, ay, ojalá, un besico Rafael, y dos guapetona, pues adiós, ya te iré a ver, cuando quiera y recuerdos a su mujer... Y con la bondad que emana la locura de un artista, puede sentirse que la vida tiene arreglo, porque ninguna sociedad puede avanzar, cuerda, sin ellos. 

Linares, 2006. 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Clave para Penélope, de Marta Antonia Sampedro


 

Pasea por los acantilados
uno, y otro día,
recolectando plumas voladas
de aves renacidas,
besos que lanzaran ecos
en los horizontes
de una partida.

Es cálido el viento
en la búsqueda de alguien
que el corazón fecunde
en las noches de Singapur.

Penélope busca a su hombre,
y descubrir en sus labios
la clave única
del amor que identifica.

No descarta figura alguna
que a lo lejos
la soledad a sus ojos
revele humana.

-¡Ulises!-,
grita su corazón
de mujer enamorada-.
¡Amor de mi piel y lunas!
¡Por fin te liberaron mis noches
y mis dudas!

Sonríe la llegada del futuro esperado,
su respirar y las palabras pronunciadas
llevadas son
por las firmes azadas del viento.

-¡Ulises, mi amor!
¡Las olas escucharon
tus razones y mi voz!

El hombre se aproxima,
piedras son la arena,
incesantes en la vereda del deseo
por tocar su cuerpo.

-¡Ulises, mi amor!
¡Mi hombre regresó!

Ante él.
Junto a su hombre.
Penélope ya no rezará
a la diosa del consuelo
y las esencias.

Los dioses de los placeres
la recordaron
en su lista de desamores
y tardías esperas.

Observa su boca estropeada,
la piel de sus arrugas
y su pelo cano de hombre.
Plantado el camino del tiempo
le abre su mirada antigua.

-¡Hola, mujer!...- le expresa
en palabras nuevas.

Tiene rasgos de Ulises.
Debe ser él.

Esa mirada de contenidos vuelos,
su cuello túnel de pasión
a las yemas de sus dedos...

Su mente dice sí, tal vez.

El recuerdo elabora confusiones,
ensoñación en las orillas,
calas y espumas en sus pechos.

Alejados los adioses,
el hombre tiende sus manos:
-¿Aún me quieres?

Penélope retrocede.
Se aleja.

Ese náufrago
no es Ulises,
sino uno de tantos cosarios
que en las playas desiertas,
se distingan de gaviotas
y de los barcos sin nombre.

De ser su hombre,
su corazón expresaría como hálito
la respuesta para Penélope.

Y paseando por entre las olas,
una simple mujer
dibuja con su pie izquierdo
los labios de un amor sincero.

El agua lo borra una y otra vez,
dejando tan sólo la clave
que el mar reconoce
para la boca de Ulises:
“Aún te quiero”...