viernes, 8 de mayo de 2026

Una muerte tonta contada al detalle (fragmento), de Marta Antonia Sampedro

 "Que alguien cuente los pelos de su casa,

porque le falta uno y está en la mía.

 Los he contado todos y hay uno

que es de la suya".

"Inocentes y culpables en ocasiones se asemejan.

 Pero a unos les toman el pelo y los otros no tienen

        ni un pelo de tontos".

Ana López de Gales.

 

Llevo todo apuntado. Muchas libretas usadas, que apilo hasta por los asientos traseros de mi coche tapados con la manta de viaje. Lo llevo vigilando 417 días, el de hoy incluido. Tuve que comprar algo en el supermercado para no parecer que lo vigilo: dos barras de pan de oferta y un litro de zumo de mango. Porque sé que es un asesino y se está riendo de todo el mundo, desde que lo dejaron libre tras dos días en el calabozo y un interrogatorio donde se hizo muy amigo de los policías y hasta se intercambiaron los teléfonos para quedar un día. Claro que era sospechoso. Tan sospechoso como que es el asesino. A mí no me la pega. Ese rubio alto, de ojos claros y aspecto de haberse comido el mundo varias veces, a mí no me la da con queso. Por eso hablé con mi confidente el Huertas, le pasé la mosca de mi oreja para que lo investigaran desde la comisaría y luego él presuma de sus medallas al mérito, pero ni por esas lo creyeron culpable de nada.

-No te metas en esos berenjenales- me dijo por teléfono el Huertas, tras soltarlo del calabozo, libre como un pájaro-. Que ese hombre es inocente. Que parece desafiante, estamos de acuerdo, pero le faltan unos hervores y ese no es capaz de matar a nadie.

Recibí el encargo de la familia del fallecido a media mañana de un día de primavera, bastante gris y con amenaza de tormenta. Mejor, porque así no se verían bien los cristales impregnados de polución de esta ciudad sin árboles y con suerte igual se limpiaban solos. Los atendí en mi despacho.

-¿Es usted el detective privado?- me preguntó el hombre.

-Privada. La detective privada- le aclaré por si no se había percatado de que yo era una mujer-. Ana López de Gales. Mucho gusto.

-Igualmente. Ella es mi hija Amelia, mi hija Antonia y yo soy Eusebio.

-Siéntense, por favor.

Se veían buena gente, al menos por el aspecto de buena presencia. El hombre, bastante mayor, de expresión muy seria, y ellas reservadas y cuarentonas. Hacía un mes y una semana que su familiar había fallecido, de modo repentino. Un cincuentón pero sano, con sobrepeso pero sano, fumador pero sano, bebedor pero sano, con arritmias cardíacas pero sano… Ellos no estaban de acuerdo con su muerte repentina. Con lo sano que estaba. El caso no pintaba para caso.

-Entienda usted que unos días antes estuvimos juntos en el cumpleaños de un sobrino y estaba tan contento y normal, no vimos nada raro- me informó el hombre-. Hasta nos dijo que quería irse de viaje, unas vacaciones a la playa o por ahí, a despejarse, se había comprado ropa nueva…

Hay gente que no comprende que para morirse la condición indispensable es que hay que estar vivo.

-Pueden tutearme.

Mientras hablaban del fallecido y la pena yo iba pensando que el perfil de la víctima tenía muchas papeletas para el fin que tuvo. Qué equivocada estaba entonces. Y qué negativo es para una detective prejuzgar.

Tras dos días sin saber nada del hermano e hijo ni contestar a las llamadas telefónicas, contaron que fueron hasta la vivienda y allí lo encontraron, como durmiendo en el sofá, con la televisión puesta. Pero estaba muy frío y hubo un detalle que les llamó la atención e insistían en que yo apreciase la anormalidad aquella: tenía sus manos en la garganta, como sujetándose la cabeza. ¿Por qué un infarto repentino, puede hacer llevarse las manos al cuello? ¿Por sofoco? La mesa del comedor estaba totalmente inmaculada, añadieron, no había ni cenicero, pero en la cocina no cabía más ni un vaso o plato sucios en el fregadero; también había cuatro botellas de vino rioja y de la misma marca todas, ya vacías.

-Y miramos en la basura-prosiguió el hombre-, para ver si había comido algo en mal estado, pero ni basura había; el cubo, no tenía ni bolsa.

-¿Hicieron ustedes fotos del piso?

-¡Por favor! ¡Somos muy creyentes! Te estamos hablando de memoria- dijo Amelia, impactada por mi pregunta profesional.

 En un principio, todos aceptaron la mala suerte de su familiar, Eusebio hijo, y tras el velatorio y la misa fue directo al cementerio. Pero luego, ya más tranquilos, le dieron vueltas y vueltas a esa muerte inesperada; y más vueltas cuando descubrieron que en su testamento Eusebio había nombrado como único heredero al rubio alto de ojos claros al que vigilo incansablemente, con hoy hace 417 días. Su nombre es Alfredo, me informaron los, desde entonces, clientes, pero que también es conocido como el Sueco, mote heredado de su padre, que también era rubio. El asesino. Había caso. Ya lo creo que hay caso. Este caso.

La familia del fallecido no tenía conocimiento de que entre Eusebio y Alfredo el Sueco hubiera relación alguna. Preguntaron a la madre de familia por si de niños hubieran ido al mismo colegio, la mujer negaba saber de ese hombre ni por el nombre ni por el apodo. Pero Eusebio era soltero y vivía solo, y sé por experiencia profesional que se cuenta lo que conviene. Inocentes y culpables en ocasiones se asemejan. Se acepta bien la apariencia y derriba la verdad. Apariencia: Eusebio era un hombre normal, ingeniero jubilado ya debido a sus achaques de salud, y que parecían mantenerlo sano. Realidad, barra, Verdad: ahí va la relación del patrimonio de Eusebio, dicho por su familia:

-Un piso de 4 dormitorios con garaje y que era su domicilio, zona centro.

-Una casa en el pueblo. No recuerdo el pueblo que me dijeron, pero zona Levante, creo, pues no apunté ese dato.

-1 local comercial en la ciudad, barriada Las Cigüeñas.

-1 coche todoterreno, pasada recientemente la ITV.

-Unos cuantos miles de euros en el banco. La cifra me pareció muy golosa.

-Acciones en una compañía eléctrica. Un par de miles de euros.

-Un reloj de oro que nunca apareció y una alianza de oro de cuando Eusebio tenía 25 años y estuvo novio con Susana, grabado en su interior con S corazón E, y que encontraron en su mesita de noche junto a la foto de ella.

-El resto cosas personales, enseres buenos y mobiliario muy completo y de calidad, pues era hombre con mucho estilo según me comentaron.

Todo eso, había volado a otras manos, limpio de polvo y paja, todo pagado. Estaba acostumbrada a ver cosas más terribles por mucho menos; aunque siendo honesta era la primera vez que solicitaban mis servicios porque la herencia se les hubiera ido de las manos por sospecha de un asesinato. Pero, y como dicen todas las series policíacas de televisión y coincido con ellos, el que consigue beneficio es el primer sospechoso; y lo será, aunque no haya crimen. Y los que no sacan nada tienen su berrinche, apuntan y disparan sin miramientos para que el beneficiado dé la cara y sea descubierto y a ser posible aporreado. Había que descartar.

Una vez tomé nota de todo, no les prometí nada seguro, pero les dije que para empezar un caso siempre solicito un importe a cuenta, por no decirles que llevaba sin investigar un caso serio bastante tiempo y mis números andaban en color rojo peligro. Porque investigar infidelidades ya me resultaba aburrido y mal pagado; además algunas veces me hago amiga de los investigados y los comprendo y tomo algo con ellos o ellas en algún pub de la Avenida de Boston, que son los que cierran más tarde. Eusebio me extendió un cheque con una generosa cantidad y los despedí en la puerta, no sin antes decirle:

-De mi parte, mi sentido pésame también a su esposa. Lo siento mucho.

Eusebio puso cara de olvidarse de algo. Las hijas me miraban fijamente, como si echaran de menos sus gafas.

-Tome usted. Las llaves de la vivienda de mi hijo- me dijo entregándome un manojo-. Ya tiene usted la dirección. Puede que allí no vaya a encontrar nada, ya todo lo revisó la policía, pero por si le sirve de algo echarle un vistazo.

El Huertas y su equipo no serían capaces ni de reconocerse ellos mismos en un espejo.

-Descuiden ustedes. Haré todo lo posible, Eusebio.

Y me puse en marcha desde ese mismo instante.

Emocionada porque no había investigado nunca un asesinato.

Emocionada y corriendo al banco a cobrar el cheque.


Fragmento de "Una muerte tonta contada al detalle".

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2024).

viernes, 1 de mayo de 2026

Uno de Mayo, Día Internacional de l@s Trabajadoras/res.

 

Formados para la horma del Trabajo, de Marta Antonia Sampedro.

 

Estamos formados para ti Mundo, mundo que no avanza sin mujeres y sin hombres en la marcha, fuerza, sudor, respirar obrero, Mundo que nos aprietas duro en las bocas de los niños moribundos o en la vejez y el desamparo.

Estamos formados para ti Mundo, moldeados para el dolor del salario, los pies la mente ausente y los párpados formados para la horma del Trabajo.

Formados para ti Mundo, esclavos en tus grandes manos y utilizando las nuestras aseveras el progreso es mutuo y te agregas.

Estamos formados para ti Mundo que en tu codicia nos exprimes igual que productos que uses contra el suelo destrozados en cadena y día con día todo es esfuerzo y arterias.

Mundo del Trabajo, mundo del cansancio mundo...

En la tierra por el mar cosechando el mínimo futuro propio y a los grandes sustentando sus barreras desiguales, Mundo...

Mundo que aquí nos tienes obreros y obreras, clamando herencia en dignidad y materia, en tus horas eternas con los cuerpos descubiertos te entregamos hasta las ideas, y tú acallando penas robas derechos bendices que suframos para reventar tus cuentas.

Pero aquí estamos, sin embargo, Mundo, aquí estamos una a uno.


© Marta Antonia Sampedro Frutos. 

sábado, 25 de abril de 2026

Pulsera de estrellas, de Marta Antonia Sampedro

 

Vosotros le recordáis

que está muerta.

 

Era el mes de julio,

y una extraña nube

sobre tejado hundido

se abrió en aguaceros.

 

Ella ardiendo de vida,

y de vida quería su tiempo

sintiendo los sentidos.

 

Obrera de vosotros,

esclava reina de panal podrido

y miel amarga, queríais su muerte

para complaceros.

 

Os amamantaba

hasta sangrar los versos,

su alma agotada de recuerdos.

De sus pechos fluían besos

por un cuerpo que la amaba.

 

Era el mes de julio,

y la nube dirigió

cuanto de vida coloreaba,

partiendo hacia más nubes

sus latentes pisadas.

 

Una de las nubes

tierra fértil anunciaba:

la nube del Futuro,

fecundada de alegrías.

Simiente dulce y tierna

la nube de la Ilusión,

y la del Agua le abrió

pizarras húmedas

y canales por las venas.

 

Nieblas de humo,

tejedoras de sudario

otras nubes vinieron,

en cielos huecos del mundo.

 

Porque vosotros le recordáis

que está muerta.

 

Era el mes de julio,

el mismo en que naciera.

Antes de vosotros,

su vida partió de espigas

y jornaleros cuyos labios sujetaban

colillas apagadas de tabaco molido.

 

El mes de julio que segara sueños

a su padre dolorido en las eras,

con mujeres y hombres

que valían menos que bestias.

 

Vosotros le recordáis

que está muerta.

Al anochecer,

en su puerta publicáis

la esquela a tinta negra:

“No existe ella”.

 

Y en la madrugada,

nubes que de niña registrara

por su ventana se cuelan,

rescatándola de la pena

en balanceos de ayer

que al mañana despiertan,

ordenándole vivir, vivir siempre,

nunca muerta.

Las nubes de las Letras.

 

Saberse mujer que espera

y sueña.

Madre,

amante,

poeta,

obrera...,

o cuanto quiera ser

que no cumpliera.

 

Era el mes de julio.

Y al caer la tapadera

del ataúd que la lleva

echando la llave a la tierra,

vosotros dijísteis:

“Ahora sí estás muerta”.

 

Mas una pulsera de estrellas

venidas de la sierra,

giraba en su alma

de niña poeta.

Bailarina del agua.

Cometa de la pobreza.

 

Y no hubo más palabras,

sino que era el mes de julio

y no quiso morir,

por no hacer desprecio

a tan delicado regalo,

de su Nube Niñera.

 

Era el mes cualquiera,

cuando un jornalero

segando en la era, le dijo:

“Cuida tu letra, niña de nubes,

que tu padre la lea”.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2006).

jueves, 16 de abril de 2026

Paisajes de sosiego, de Marta Antonia Sampedro

 

A veces cae en la cuenta

no importa el día que haga

las nubes son compañeras

sean del color y formas que sean

veloces son nubes o quietas

ahora en estos paisajes de sosiego

ballenas rosáceas las observa

o mares terribles de odiseas

a veces cae en la cuenta

no ir apresurada por las aceras

ruido de vehículos pies que vuelan

saludos a caras que le suenan

nombres un teléfono la vida espesa

a veces cae en la cuenta

que llueve muy bien

si hay nieblas estupendo

o que el sol sea una lanza

el verano regresa limpio

los astros tan de cerca

y los inviernos duermen

en las aguas de la sierra

los tiempos no son una agenda

a veces cae en la cuenta

que puede soñar sin prisas

pensar en finales bonitos

aunque nunca ocurrieran

los personajes inventados

y su derecho a ser felices

la libertad de los puntos y las comas

ayudan a despejar desdichas

a veces cae en la cuenta

que su casa es la naturaleza

y puede ir cuando quiera

los árboles las piedras

los cielos y las aves

y nunca son iguales si te fijas

no te juzgan ni te olvidan o se quejan

siempre amables el silencio los colores

y en el tiempo inmóvil las nubes viajeras

a veces cae en la cuenta

que la vida ha regresado

a veces cae en la cuenta.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2026).

domingo, 5 de abril de 2026

Cinco de abril, de Marta Antonia Sampedro

 

Una cigüeña no mira tu figura

ella vuela bajo es cierto

detallando los eclipses de las amapolas

los caminos donde las hormigas

recolectan cadáveres de insectos

la cigüeña es cielo hecho carne

reloj matemático de los silencios

tiene ojos de horizonte

y alas que brotan de gasas

pozos de las sílabas

pero no es tu bruma oscura

el fonema de su vista

ella vuela bajo es cierto

obedece al amanecer

y conoce los otros lados

que no puedes concebir

cruza los charcos de las lágrimas

y le rozan las plumas

los tajos de los sollozos

y los labios de la tierra

donde juega a ser invertebrada

y procrea en los sueños

melancolías y enterezas

láminas de los rastros del aire

donde ella sabe regresar

y en el sol desprendido del día

no mira tu aspecto

que no siente.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2015).

De la obra “Estancia de hojas”.

jueves, 2 de abril de 2026

Allan dentro del sueño de otros, de Marta Antonia Sampedro


Es imposible que Allan conozca a estos dos. Bueno, digamos que casi improbable. Hay dos encerrados en una habitación. Él es alto, moreno, entrado en los cuarenta, está vestido extrañamente. Ella es rubia de tez clara y está sentada sobre varias pilas de libros y demasiado estampado su vestido. También parece de esa edad. Él sujeta una gran puerta blindada, grisácea, similar a las puertas de seguridad donde los bancos guardan los tesoros. Allan sabe poco de tesoros, aunque su mayor riqueza es escribir disparates. También ahora está demostrando que es capaz de entrar en el sueño de otros que pertenecen a otro siglo. Está junto al hombre, mirando la puerta. Ella le pregunta:

-¿Quién es usted y qué hace aquí, en nuestro sueño, vestido de otro tiempo?

Él no le contesta. Qué habrá fuera de esa puerta, o dentro de esa puerta.

El hombre le pide que la empuje para que nada pueda acceder a su aire, ningún resquicio ha de quedar. Allan lo ayuda, empuja y revisa el marco. Es también observado. Qué vestimenta es esa, y ese bigote absurdo y ese peinado ridículo. Allan también piensa quiénes son estos dos y a qué sueño pertenecen, porque no recuerdo haberlos soñado ni si alguna vez los he inventado. A pesar de la fuerza de dos hombres dentro de tiempos distintos, la puerta no se puede cerrar. Se miran, niegan con la cabeza. El hombre comienza a gritarle a la mujer:

-¡Vámonos a otro sueño! ¡Piensa en otro sueño donde marcharnos!

Ella le contesta:

-Estoy en ello, espera, espera…

Allan les habla por primera vez y les pregunta:

-¿Quiénes son ustedes, qué hacen en este mi sueño?

Mujer y hombre lo miran con extrañeza y éste le contesta:

-Es usted quien se ha metido en el nuestro y ahora tenemos este problema.

Allan piensa: “Qué ingratitud humana. Si no fuese por mí, no podrían cerrar esta maldita puerta; y tal vez ni a pesar de mí”.

El hombre insiste a la mujer:

-¡Vámonos a otro sueño! ¡Concéntrate!

Ella cierra los ojos insistentemente.

- ¡No me pongas nerviosa! ¡Estoy en ello! ¡Tampoco yo quiero estar en el sueño de este ridículo hombre!

Los dos hombres continúan con gran esfuerzo cerrar la puerta. Y Allan ve imposible que esa puerta, que no sabe qué pretende aislar, es una resistencia que no se dejará vencer. Cierra los ojos y olvida que está en un espacio desconocido con dos desconocidos que para más suplicio no saben valorar a personas que pueden verse implicados en cosas que ni les van ni les vienen. Piensa en un campo lleno de amapolas. Siempre que puede, lo hace, ir a soñar en ese lugar.

Ya está en el sueño, no ve la puerta, sólo un cielo con nubes blancas. Qué paz y silencio. Por fin ha podido salir del sueño de otros o que los otros salgan de su sueño. Se incorpora. Qué bonito sueño. Quiénes serían esos dos. Por qué estar dentro de un sueño sin nada más que una puerta que no hay modo de que ceda y para qué cerrarla, por qué no abrirla y mirar qué hay dentro, o fuera, pues es verdad que sin opciones no se pueden conocer cuestiones importantes de los sueños. De pronto escucha decir su nombre:

-¿Es usted Allan? ¿Edgar?

Una voz de mujer. Y la mira. Y también al hombre. Qué hacen aquí. Está claro que se lo han vuelto a llevar con ellos a otro sueño suyo. La vestimenta de ella se confunde entre tantas amapolas. ¿Me han seguido? ¿O soy yo quien los ha seguido a ellos? Les pregunta:

-¿Por qué no eligen su propio sueño?

-Es usted quien nos ha traído hasta aquí- contesta el hombre.

Allan les dice enfadado:

-Está bien, elegiré yo otro sueño donde ustedes no me puedan perseguir. Tengo derecho a estar soñando que sueño y soñar solo.

Y la incógnita: Qué pasaría con la puerta, ¿conseguirían cerrarla, abrirla? Les pregunta:

-¿Cómo consiguieron salir de la estancia?

-No era ninguna puerta- le aclara ella-. Era un sueño muy pesado del que no podíamos salir y gracias a usted nos liberamos. Su sueño era más fuerte que el nuestro.

-¿Y cómo es que saben mi nombre? No les dije quién soy.

A nadie importa el nombre de alguien que va de sueño en sueños propios y ajenos. Responde ella:

-Ponía su nombre de usted, Allan Poe, Edgar, sin fecha ni nada ni cruz ni pájaros negros ni nada, sólo su nombre. Y al leerlo aquí estamos con usted. No es lo que hemos querido soñar, pero aquí nos ha traído su sueño. ¿Dónde estamos?

Allan no contesta. Mira las nubes enormes del cielo, parece que lloverá, eso quiere soñar, que llueve. Y ve alejarse al hombre y a la mujer cobijados por un paraguas, ya sólo ve sus figuras, de espaldas, entrelazadas.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2019).

viernes, 27 de marzo de 2026

En el misterio habla un sueño, de Marta Antonia Sampedro

 

En el misterio habla un sueño

por las calles del pensamiento

y desnudando tibiezas regresa

hacia el lucero perdido en el cielo

un óleo una lámpara reloj sin tiempo

huésped divino libre destello

revoltoso en las aceras sin farolas

bebe el agua turbia de las plantas

será que en ella nacen

sus ojos nuevos

será que en él hablan sus silencios

juntos esparcen núcleos y aleteos

lo callado muere entre los senos

la tinta no mancha los besos

las horas se quedan en miradas

y en pinceladas de nubes

vuela de aquí para allá el deseo

memorias de jazmines y olivares

            recreando los caminos lentos

entregados a un misterio. 

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2025).

miércoles, 18 de marzo de 2026

Tu vuelo de luz, de Marta Antonia Sampedro

 

A mi amado hermano José Joaquín.

En su recuerdo y el alma.

 

                       

Regresaron las golondrinas y los vencejos

los he visto en Baños el pueblo

sobre la almena gorda del castillo

y en el Santo Cristo nuestro barrio

en los tomillos y las madreselvas

regresaron al viento y las sombras

a la luz y las callejuelas

las pandillas infantiles y los patios

en sus vuelos te veo hermano

dichoso contemplando el cielo

un rastro de luz va tras ellos

tu alma libre en los reflejos

amado hermano que naciste hoy

y sigues vivo en mi pecho

iremos juntos a pasar la tarde

al pantano y cruzarlo intrépidos

nos cuidaremos uno al otro

porque contigo ya no temo

ni al agua ni a los recuerdos

seguimos libres y algo nostálgicos

tú en espíritu yo aún en cuerpo

las sonrisas se funden a lágrimas

por siempre de nuestro origen

los olivos y los cuervos

tu vuelo de luz se posa en las orillas

inunda las pizarras de acordes y de versos

ya regresaron las golondrinas y los vencejos

a Baños nuestro pueblo.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (Marzo de 2026).

 

viernes, 13 de marzo de 2026

Luces a la izquierda y una libélula, de Marta Antonia Sampedro

 

Era temprano. El sol de primavera aún relucía en el ambiente, con ese resplandor característico de placidez climática. Ya sabía que no había luz eléctrica en aquella vivienda deshabitada, pero las tardes son hermosas para disfrutarlas especialmente los domingos y no para visitar viviendas con una cámara digital en la mano. En lugar de fotografiar cielos y espacios naturales, que es más propio de un día festivo, allí habíamos quedado.

-¿Qué prisa tienes?- le pregunté al verlo en el portal del edificio.

-Pues que me quiero ir pronto. Vengo pronto, me marcho pronto. Además, no hay luz.

Estaba incómodo, no podía negarlo.

Las llaves que nos facilitan, en ocasiones tienen varias copias, apelotonadas todas en un solo llavero. Averiguar cuál es cada una de ellas requiere de paciencia. Y la suerte de que no te confundan con alguien que desea forzar una puerta. Así son las puertas, tan capaces de impedir o de facilitar la vida de cualquiera.

-Pues vete si quieres – le dije, ya harta de sus prisas.

-No, que quiero que veas lo que te he contado.

Qué paciencia.

Me había llamado por teléfono unas horas antes. Para que nos viésemos, explicarme más cosas y devolverme las llaves. Y para decirme que en esa vivienda ya todo estaba terminado, lo que quedase por hacer así se quedaría, porque ya no entraba más allí si estaba solo.

-Nunca estamos solos, Licis.

-Eres muy graciosa. Y sabiendo lo miedoso que soy.

-Mientras más lo dices, más miedo tienes.

-Imposible.

Y que me acompañaba para mostrarme lo que allí había ocurrido. Entramos a la vivienda después de abrir dos cerrojos que resonaron en la escalera, haciendo que otros vecinos se asomaran a ver qué ocurría y luego cerraron disimuladamente.

La cocina estaba a la vista, justo a la derecha de un pasillo que abría la vivienda en dos partes hacia la izquierda, de modo que tomé mi cámara y disparé desde el vestíbulo, comenzando el trabajo al que había ido en mis horas libres. Los muebles estaban para tirarlos, mugrientos a pesar de haberlos adecentado Licis en su quehacer de buen trabajador.

-No te muevas….-dijo sigilosamente-. Quédate ahí.

-¿Un ratón? ¡Dónde!

-No, no… -susurraba-. El espejo que te dije. No vengas, no vengas hacia aquí… Silencio… Que se ha dado la vuelta solo. No mires, no mires…, que voy a ponerlo otra vez mirando para la pared.

Y desapareció del pasillo.

Licis me había contado que el día anterior, mientras reparaba la galería y subido en una escalera, vio en el espejo el rostro de un hombre mayor, de cabello y piel muy blancos, que lo miraba. Se bajó de la escalera a tientas y tembloroso, con los ojos cerrados hasta el espejo y le dio la vuelta. Después salió de la vivienda a toda prisa y no la había pisado hasta ese momento.

-Ya puedes venir si quieres- dijo al regresar-. Que ya no nos mira. ¿Cómo puede ser que él solo se haya girado?

-Bueno, ya ha pasado el peligro- le dije y continué haciendo fotografías en el pasillo, indiferente a los hechos.

-No me crees.

-Claro que te creo.

-Si quieres me río a ver si así me crees.

-Te queda bien la sonrisa.

-No me he reído.

El espejo ahora era el cartón que lo sujetaba junto a una cuerda verde oscura del techo; lo fotografié varias veces desde lejos, para luego regresar más detenidamente. Y se abrieron solas dos puertas de un armario empotrado del pasillo, con un leve chirriar de bisagras, ante nuestros ojos.

-¿Lo ves? ¡Eso pasa, eso también pasa! ¡Que las puertas se mueven solas!  ¡Igual que el televisor, que se puso a funcionar! ¡Pero si no hay luz y además no estaba ni enchufado!

-Todas las viviendas tienen vida- le dije sonriente yendo hacia él para cerrarlas.

-¡Pero esta tiene más de una!

-No seas miedoso, que tú solo te haces un mundo de cualquier cosa.

-Que no es eso…

El resto del tiempo fue moviéndonos por la vivienda. Mostrándome los pocos muebles que no había retirado porque no se podían desarmar sin romperlos y lo bien que habían quedado vacíos de cachivaches; los cortinajes de los años cincuenta, el televisor antiguo que se puso en marcha solo no habiendo electricidad, y toda una historia de techo y tabiques que las viviendas suelen conservar incluso deshabitadas. Él nervioso de una estancia a otra, deseando de que nos marchásemos, y yo haciendo mi trabajo en distintas perspectivas. Por dentro me sonreía de las cosas que me había contado, porque jamás pensé que Licis fuese tan miedoso. El joven Licis, con esa altura de casi dos metros y su envergadura corporal de guerrero ancestral, nadie podría ni suponerlo. Me sorprendían más sus paseos intranquilos por la vivienda, que las historias que me contaba con la ansiedad de que las comprendiese como si yo las hubiese también presenciado junto a él.

-Mira este cuarto. Parece una cámara de tortura. ¿Esos no son los hierros que les ponen a los que se han roto huesos y no se pueden mover?

-Sí, tiene pinta de eso. Lo cierto es que queda horrible.

-Los han sujetado tanto a la pared, que no ha habido forma de quitarlos.

-Da repelús.

-¿De quién sería este cuarto?

-Y yo qué sé.

Tanto y tanto se movía con nerviosismo, que en varias tomas mi cámara recogía su figura que de pronto aparecía.

-Me estás asustando más tú, que tus historias.

-Vámonos ya, anda.

-Miedoso…

-Que soy miedoso, lo reconozco. Pero este sitio me da miedo con razón.

-Exagerado.

Finalicé en el salón de espaldas al balcón, era bastante amplio. La orientación al este. Pensé que sería un salón poco caluroso, está bien para los veranos de esta zona asfixiante. El mueble ocupaba casi todo el frontal de la pared y rozaba el techo. La tarde iba declinando en luz. Y ya pensando más en el miedo de Licis que en esa tarde de domingo perdida, finalizamos la inspección a la vivienda.

De nuevo sonaron los dos cerrojos al cerrar la puerta cuando nos marchábamos; se asomaron los mismos vecinos por sus puertas y volvieron a cerrarlas disimuladamente.

-¿Te has dado cuenta de que es verdad lo que te dije por teléfono?- me preguntó ya alejados de la vivienda-. Que ahí algo muy raro tiene. Y no es que yo sea miedoso, eso es que da miedo a cualquiera.

-Que sí- le dije para dar por concluido el tema.

Lo vi marcharse en su furgón blanco en una luz rosácea de atardecer. Me dijo adiós con la bocina y una sonrisa y le dije adiós con la mano y una sonrisa.
      Hay personas que vemos tantas viviendas, que nada nos puede parecer extraño. Crujen los tabiques, suenan las tuberías, las maderas notan los cambios de temperatura, hay ruidos que se perciben y que vienen de otros lugares. Se podría decir que las viviendas tienen vida propia. Pero las historias, las formamos los humanos.

Transcurrieron los días. Licis me llamaba para ver si había regresado sola a ese lugar. Yo le decía que no, y era cierto. Él quería saber si había novedades, o las mismas pasadas; él quería información de movimiento misterioso. Y me repetía lo mismo: que si el espejo, el televisor, las puertas, los ruidos… Pero nada había ocurrido. Yo ni siquiera había mirado las fotografías. Era una vivienda tan pésimamente conservada, con necesidad de una gran reforma, que difílcilmente alguien querría visitarla. Hasta que una tarde lluviosa me puse manos a la obra y descargué las fotografías. Suelo hacer muchas, siempre es mejor que sobren y seleccionar las más adecuadas.

La primeras fotografías que abrí fue las de la cocina. Estaba mucho peor en imágenes que en la realidad. Las siguientes, las del pasillo. Por supuesto que Licis estaba por medio y en la siguiente inmediata ya no estaba. Me fijé en ambas porque era una curiosa consecución de imágenes: ahora está, ahora no. En ambas se podía ver el cuarto del fondo que daba al patio interior, con el cortinaje apolillado cubriendo la ventana. La cortina tenía una caída lánguida y tocaba al suelo. Se distinguían las formas de dos piernas en los pliegues inferiores, como si alguien estuviese oculto tras de ellas. En las dos imágenes flotaban círculos amarillentos y dorados, seguramente provocados por el flash, pensé en un primer momento. Me sonreí porque en ocasiones la imaginación es el fundamento de las historias más increíbles y porque si Licis ve las fotografías su pánico estaba asegurado. Continué mirando las fotografías. Directamente a la galería. A mirar el espejo. Éste no se había movido, estaba del revés, pero amplié la imagen para verlo mejor. Se apreciaba una cara goyesca, esos rostros característicos de personajes deformes que expresan dolor y gritos. No podría ser nada extraño, ser algo, la imagen en un cartón que nada tenía. Mi imaginación fue tomando dudas. Miré las del salón; una me llamó la atención, porque a mi izquierda justamente una luz radiante estaba junto a mí. Una luz que era más grande que mi tamaño en altura y que irradiaba extendiéndose iluminando la estancia. Pensé que mi vieja cámara ya estaba fallando, nunca antes había ocurrido. Directamente me fui a agrandar otra imagen que en miniatura se veía también blanquecina. Era del cuarto anterior a la galería, un corto pasillo desde el cual se accedía; también la misma luz a mi izquierda, irradiando. Enseguida pensé en mi posición física al tomar las imágenes. En ambas mi cuerpo estaba pegado a la pared en mi parte izquierda. A esas horas no entraba luz del exterior, el salón daba al este por lo tanto no había sol por la tarde; la galería daba al patio interior del edificio. Continué mirando detenidamente las demás fotografías; no había nada peculiar. El salón al fondo tenía, desde otra perspectiva, un excesivo cortinaje, en el cual se podía observar la ausencia de luz solar directa. Miré el mueble del salón porque algo llamó mi atención. No quería pensarlo, incluso rechacé la idea, pero era imposible negarla porque se veía perfectamente en la madera la figura en tamaño natural del cuerpo de un hombre con capa y cabeza de cabra. Recuerdo que dije en voz alta:

-¡Dios santo!

Expresión esta aprendida desde niña, porque se solía decir mucho en mi pueblo, especialmente por las personas mayores.

Pensé que no eran imaginaciones. Mejor dicho: que las imaginaciones se habrían desbordado. Repasé el mueble minuciosamente con el zoom del ordenador, y había pequeñas figuras de caras burlescas repartidas por el mueble. Me dije con temor, que con esa luz blanca en dos imágenes algo maligno se había acercado a mí en esa vivienda. Aquella noche no pude dormir, pensando en que era la primera vez que mi cámara fallaba, o eso es lo que yo quise pensar para no asustarme. Por la mañana seguía lloviendo. Volví a ver las imágenes. Las impresiones que yo había percibido, no habían variado. Nunca antes me había ocurrido tal disparate óptico.

Cuando me disponía a borrarlas, pensando que aquello era una locura, lo vi sentado en el sofá.

-Menudo susto me has dado. Podrías avisar antes de aparecer.

-Qué haces- me dijo y extendió sus alas transparentes como quien recién levantado bosteza.

-¿Qué hago, ángel de los peligros? Deshacerme de lo malo.

-¿De lo malo? No hay nada malo en ser protegida.

Ya estaba con sus cosas. Qué poco trabajo tienen los ángeles.

-¿Protegida?- Menuda protección, ver a un ser demoníaco en un mueble, un rostro espantado en el envés de un espejo, gente que no existe detrás de una cortina y bolitas de polvo raro pululando por el aire.

-Tienes poca paciencia, a pesar de que la paciencia es la palabra que más te aconsejó tu madre.

-No te molestes en recordarme sentimientos.

-No es molestia. Vivo de ellos. De hecho, los sentimientos son los que más lustre me dan. Mira mis alas: hoy están estupendas.

Qué presumido.

Estaba preocupada por si alguna fuerza negativa se había fijado en mi persona como si fuese un aperitivo de domingo. Las luces blancas de dos fotografías eran extraordinariamente increíbles.

-La luz jamás es noche.

-Deja de lamerte las alas. Me pones nerviosa.

-Las noches son de la oscuridad. Por tal motivo las estrellas existen, para quien necesite un camino, por ínfimo que sea, lo alcance.

Lo que faltaba: el ángel de los peligros sentado en mi sofá, conversando en prosa poética.

-Los ojos de los humanos no están hechos para percibir la luz. En cambio las cámaras made in Japan superan al humano en el poder de captación. De todas tus preocupaciones, sólo en la luz de la imagen debes concentrarte.

-¿En las luces que se ven a mi izquierda?

-En ellas solamente. Aunque te deslumbren. Es mejor deslumbrarse que nunca haber visto el brillo.

-¿Qué esconden esas luces?

-No esconden nada, más bien se muestran en silencio. Están junto a ti porque las tienes adonde quiera que vayas.

-No comprendo nada.

-Yo creo que sí.

Se levantó del sofá; su altura de hoy era dos tamaños de mi persona. Caminó por la casa igual que un perro olisqueando los rincones. Yo estaba mirando las fotografías, impresionada aún.

-Por cada amor, hay una luz -dijo al regresar al salón-. Tú llevas dos, siempre contigo. Aparte de mi presencia, que sé que tienes en gran estima.

-Te sobrevaloras en exceso.

-La fuerza del mal, la detiene esa entereza que te acompaña siempre y que no procede de tu persona. Por eso están ahí, las has podido ver bien claro, a tu lado, a la izquierda de ti. ¿Acaso no escribiste un día un poema, ciertamente muy pueril según mi entendimiento literario, que titulaste “El hombre sentado a la izquierda”? ¿Y no decías que ella era la mujer zurda que más amabas?

-Y aunque hubiese sido diestra la amaré siempre.

-Sí, pero dijiste zurda.

-Lo dije.

-¿No recuerdas los poemas que le escribiste y que nada más terminar, aún con la tinta entre los dedos querías leerle enseguida, como si fueses una niña? Espera, haré memoria. Sí; recuerdo uno que dice algo así como “Tú que fuiste mi luz primera”. ¿Era dedicado a ella?

-Claro que lo recuerdo. A veces lo leo con nostalgia. Sí, ella fue la luz primera de mi existencia.

-¿Y de tantas fotografías, por qué en los lugares más negativos de esa vivienda, esas dos luces grandes y brillantes están a tu izquierda, pegadas a ti? ¿Por qué no en Licis, que también se encontraba ahí?

-No lo sé. Será por la cámara, que ya tiene sus años.

-Y luego dices que escribes poemas… Ahora cualquiera dice que es poeta. En mi espacio celestial, aunque mundano en ocasiones, hay que ser muy bueno para acomodarse a un don que muy ligeramente se dice que es de nacimiento eterno.

-Comprendo. Qué cosas más eternas pasan en lo eterno. Y dime, ¿alguna vez los has visto en tu mundo? Ya sabes a quiénes me refiero.

-No. Jamás me permitirían verlos.

-No te creo.

-Cuento con ello.

-Siempre tan altivo.

-… Su descanso y mi descanso están en dos lugares distintos. Estate tranquila, duerme en paz y vive de igual modo. Y ten en cuenta que los demonios existen. No de la forma en que los humanos pensáis. Tanta literatura mediocre os ha hecho inferiores a vuestras posibilidades. Los demonios existen. Generalmente expresan el dolor y los gritos que los humanos dejaron en vida, copian hasta sus voces, se ríen o lloran de las figuras que un día fueron humanas. Y pueden adherirse a cualquier materia. No los captes, no los escuches. Llevan consigo muchas mentiras y locuras. No regreses a ese lugar. La luz que llevas contigo puede también ser vencida, no agotes su fuerza ni la desperdicies sin necesidad. Porque hay noches que nunca ya amanecen.

-Te haré caso. No regresaré a ese lugar.

-…Y ahora me marcho. Que tengas buena lluvia.

Comprendo que vivir es un misterio. Un enorme misterio que a veces se representa de modo abrupto en cualquier lugar de nuestras emociones.

Nunca regresé a esa vivienda. Licis me preguntaba siempre si había visto algo raro. Le contestaba que no, que nadie se había interesado por ese inmueble y por lo tanto no había vuelto desde entonces.

 Porque no es nada extraño que con nosotros llevemos el amor, igual que hay quien elige ser acompañado por el odio o tal vez el odio lo elija a él. Yo en aquella vivienda supe con certeza que mi padre y mi madre me protegían. Siempre lo había sospechado, y también soñado; pero eran emociones fuertes de una poeta huérfana. Ahora, sin embargo, tenía una gran seguridad: que las luces a mi izquierda en aquel lugar negativo, mi cámara las había captado. No había más avería que no comprender las profundidades del amor. El ángel de los peligros, en su estilo habitual de ser inesperado, lo explicaba sin rodeos para advertirme.

Ellas, las libélulas más raras, son muy expertas en la luz.

 

(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2016).