miércoles, 5 de agosto de 2026

El escribano de San Agustín (fragmento 3), de Marta Antonia Sampedro

Sonrió, porque pensó que las cosas comenzaban bien. Aunque la mujer aquella no parecía, desde luego, estar en las últimas, su primer contacto había resultado un éxito, teniendo en cuenta que aún era un aprendiz adentrándose en aquel anticuado oficio. Le rascó los dedos no sin cierta repugnancia, pues, aunque reconociéndose fuerte de espíritu y sin escrúpulos, no había calculado esta posibilidad, este acercamiento tan directo. La mujer pareció aliviada, emitiendo sonidos de placer. De su cuerpo sólo asomaban las extremidades, algunas en alto izadas por poleas y contrapesos, y la cabeza, con la que Juan pudo calcular la edad de la mujer: más o menos sesenta años. No muy bien llevados, pensaría Juan más tarde al mondar una naranja de la cena, pues de su barbilla caían algunos pelos sueltos como de varón adolescente.

-Me parece que mañana le darán el alta- le dijo la mujer indicando la cama de al lado.

-Verá usted: no soy pariente de la mujer- le informó con valor-. Vengo a trabajar, señora.

-¿Es usted médico?- preguntó ella algo sonrojada, como pensando, según lo haría Juan sonriendo su primera anécdota: “¡Dios mío, le he hecho rascarme los dedos a un médico! ¿Me lo hará pagar al quitarme las escayolas a jirones como tortura a mi atrevimiento?”.

-No, buena mujer: soy escribano- contestó Juan y más tarde creyó que al pronunciar, por primera vez, aquella palabra, había vibrado en exceso el timbre de su voz, porque se vio sumergido, del todo y sin poder retroceder, en el plan. Ella se tranquilizó y volvió a sonreír a medias-. Me dedico a escribir las cosas que la gente no sabe expresar- le aclaró al ver su nueva cara de pasmo-. Bien porque no sepan escribir o porque no se atrevan a hacerlo. ¿Me puede usted decir su nombre, si no es mucha la molestia?

-Me llamo Encarna- informó la enferma sin salir de su asombro-. ¿Esto también va por la seguridad social?

-No, buena mujer. Pero soy un buen escribano, conozco mi oficio y soy muy barato.

-Pues entonces no me interesa- respondió ella con rotundidad, pero Juan ya tenía previsto las chamicerías con que algunas personas pueden llegar a valorar sus propias historias, y pensó a mil por segundo.

Desvió la mirada hacia una botella de agua mineral que se hallaba sobre la mesita de la mujer y le dijo controlando sus palabras:

-Le cobraré lo que cueste una botella de agua. Por cada cara de una hoja, claro- especificó al momento.

-¿Y cómo quieres que te cuente cosas, si ni siquiera me has preguntado qué leche es lo que tengo? Además, el agua es del grifo del lavabo, porque la mineral está muy cara, así que me la tienen que rellenar cada dos por tres. ¡No me gasto el dinero ni en la tele esa…, que se traga las monedas de veinte duros como un borracho las mentiras…, me lo voy a gastar en agua! ¡Vamos…, ni que una se chupe el dedo!

-Esas cosas no se preguntan, buena mujer. Yo sólo tengo que saber lo que usted quiera contarme. Soy un simple transmisor de sus pensamientos, de las cosas que usted quiera decir a alguien cuando por desgracia no se halle usted entre sus seres más queridos…

-¿… Mi qué, has dicho?- expresó Encarna con cara de desconfianza.

-Su transmisor. Eso quiere decir, buena mujer, que yo sólo escribiría lo que usted quiera dejar por escrito y muy bien, modestia aparte, claro está, por supuesto que sí, pero de la manera más bonita posible…, o más clara… Sólo pretendo ser un buen servidor, buena mujer.

Después del estruendo de las cañerías del cuarto de baño, apareció la enferma de la otra cama. Era también mayor, el pelo encanecido pero bien peinado, y cojeaba, haciéndose valer de un bastón; su presencia inundó la habitación de un fuerte olor a “Maderas de Oriente”, según recordó Juan, pues durante su juventud ese perfume era el preferido de su madre y de todas las que conocía, de todas las que alguna vez su novia Loli le había regalado, la más intensa que él pudiera recordar, que penetrara por los cilios o pelos olfatorios.

-Buenas- dijo al sentarse en la cama y Juan la saludó muy respetuosamente-. ¿Este es tu hijo, Encarna? ¿No dices que no tienes? ¡Anda, so pillina! ¡Y qué bien arreglado! Ya los hombres no saben vestirse bien, quiá. Y es lo que yo siempre digo: donde esté un hombre que…

-¡Qué va!- interrumpió la otra y Juan se sonrojó, pero no perdió la compostura aquella, digamos, que comprensible actitud, pues Encarna solamente tenía un montón de sobrinos-. ¡Pues claro que no tengo hijos! Dice que es uno que se dedica a escribir los pensamientos que una quiera, y que cobra por cada cara de la hoja lo que cuesta una botella de agua… ¿Qué te parece cómo se ha puesto la vida, Rosario, con tanto paro y tanto listo espabilado como anda suelto?

-Encantado de conocerla, Rosario- dijo Juan, para no permitir que aquella mujer tomara las riendas de su plan-. Me llamo Juan Carmona Altiz, para servirle a usted en lo que haya usted de menester.

-Lo mismo digo- sonrió la mujer-. ¡Qué bien educado! ¿Y dice usted que se dedica a escribir cosas que la gente pensamos?

-Eso mismo- confirmó Juan-. Y llámeme de tú, que no me importa en absoluto, buena mujer; lo prefiero.

-¡Qué trabajo más raro!- exclamó Rosario, colocando el bastón junto a la cabecera de la cama y continuó: “Pero me gusta… ¿Juan, has dicho que te llamas?”. Él asintió gustosamente; tanto, que se atrevió a arrimar junto a ella uno de los sillones para las visitas y se sentó hundido entre los pliegues de la polipiel. “¿Y cómo es que te dedicas a esto?”, prosiguió la mujer.

-¡Cosas de la comunidad esa europea en donde nos ha metido de cabeza el Felipe González!- contestó de mala gana Encarna sin que nadie le hubiera preguntado, pero Juan comenzó a sonreír abiertamente asido a su bolígrafo y su cuaderno. Rosario, sentándose en la cama, contestó con el dedo un tanto bailón y amenazante, indicando duras reprimendas:

-¡No será esto para la tele! ¡Para algún programa de risa, de esos que tienen las cámaras metidas donde menos se lo espera una! ¡Te advierto, muchacho, que mi marido, que Dios lo tenga en su santo rastrojo, era un pasante muy conocido, y tengo muchas influencias en todo Linares, en todo Jaén, para meteros de cabeza a todos en el juzgado!

-¡No…, señora!- la intentó tranquilizar Juan y Encarna aún estupefacta con la idea, pues ni se le habría pasado por la cabeza aquella idea tan buena, tan sumamente extraordinaria, que hubiera permitido a su hijo, en caso de tenerlo, grabar en el vídeo para la posteridad de generaciones siguientes en las ramas de su árbol genealógico o en cualquier otro que fuese de su agrado, en el supuesto de haberlo al contado, o ajustado a plazos, porque había escuchado decir que los hijos pueden salir caprichosos y bastante gastones desde que salen de la barriga llorando. Pero, para disgusto de Encarna, los gestos de Juan no aseguraban tal sorpresa-. Sólo llevo un bolígrafo y un cuaderno, como usted puede ver, señora. Además, todo lo que yo escribiera se lo quedaría usted, por supuesto, que yo en eso no tengo nada que ver. Y además soy persona honrada; le doy mi palabra.

Hubo un silencio que Juan había previsto surgiera en todas las personas a quienes revelase su labor. Le pareció que transcurrió un segundo, cuando en realidad fueron dos y Rosario le dijo con cara de misterio:

-Juan, ¿te importa correr la cortina? ¡Lo siento mucho, Encarna, pero luego te lo cuento todo!

La otra no pareció estar muy conforme con el aviso de su compañera de habitación; y con gesto de desacuerdo la impresión en el ambiente fue esta respuesta callada: “Bueno, Rosario, tantos días juntas con el dolor por dentro aguantando chaparrones, pero te entiendo, que ya eres grande para saber en qué te gastas los dineros”.

Al principio a Juan le tembló la mano y las líneas de “Linares”, a su parecer, le habían quedado algo inclinadas a la derecha, como así recordaría más tarde recontando las escasas pestañas de su madre; pero al escribir el año la cosa cambió y ya sólo pensaba en lo bien que su plan, gracias Dios mío, pensó Juan, se estaba desarrollando.

Un silencio más, cuando Rosario dijo: “Querida familia”, pues se quedó mirando al techo pensativa, soltó un par de lágrimas que Juan quiso aliviar acercándole la caja de pañuelos de papel que vio sobre la mesita, y susurró: “Lo siento, Juan. Perdona a esta vieja tonta, pero es que hay cosas que no me atrevo a decir; que, aquí donde me ves, tan bien como parece que esté, he sufrido mucho”.

-Esté usted tranquila, Rosario, que las cosas se tienen que pensar muy bien pensadas.

Aquellas palabras de Juan le gustaron a la mujer, que soltó otro par de lágrimas, se limpió la nariz y con voz nasal continuó.

-“Aunque vosotros creáis que no lo sé, y me hayáis querido engañar haciendo que me operen de la artrosis de la rodilla, estoy requetesegura de que me estoy muriendo, como así lo demuestra esta carta que ahora leéis. Y de cáncer. Yo, que jamás me he puesto un cigarro en la boca para que me muera de eso”.- Volvió el llanto en silencio y Juan esperó serenamente a que Rosario continuara su dictado-. “Bueno…, una vez, solamente una, lo reconozco, en el bautizo de un nieto de doña Adelaida Chamorro, me puse uno en la boca pero me lo quité porque me daba tos. Estaba algo alegre porque vuestro padre me dejó ir sola, y porque me había tomado una copita de Anís del Mono, para que me entendáis mejor”. ¿Tú bebes, Juan?- le preguntó, inspeccionándolo con la mirada.

-No, buena mujer. Sólo una copita de vino de vez en cuando.

-No bebas, hijo, que beber es muy malo- le aconsejó Rosario y volvieron a invadirle los deseos de llorar, pero susurró: “¡Tú no sabes el daño que eso hace!”.

-Lo sé.

-¿Por dónde iba?

-“De Anís del Mono, para que me entendáis mejor”- leyó Juan en la hoja del cuaderno.

-Eso: para que me entendáis mejor… sí- recordó ella en voz alta-. “ Y sé que me estoy muriendo, quién mejor que yo para saber lo que pasa por mi cuerpo, hijos míos…”. ¿Has puesto familia…, al empezar?- Juan asintió con la cabeza-. No. Mejor lo tachas, y pones hijos, que ya sabes que soy viuda de un pasante muy importante…, que ni me dejaba salir a barrer la puerta de la calle, de lo importante que era…, por eso del qué dirán. Y es que me quería con locura, y yo a él, claro…, pero después de morirse empecé de verdad a vivir mi vida…, en fin…, cosas que pasan… Eso es, muy bien escrito, tienes una letra muy bonita, a mis hijos les va a gustar este detalle de su madre- indicó Rosario al comprobar que Juan corregía la palabra simplemente con un borrón-. “Todo lo que tenía, hijos míos, os lo he dado sin pedir nada a cambio. Como ya veréis cuando no esté con vosotros, os he dejado un pisito para que lo vendáis y os repartáis lo que pilléis por él, que don Hermenegildo del Vencejo y Navío tiene todos los papeles en su oficina de la Corredera de San Marcos, y algunas otras cosillas de oro que todavía me quedan, entre ellas la medalla de la virgen de la Cabeza, que para qué la quiero ya, con el caso que me ha hecho, que por mí la podéis vender también. Pero qué importancia tiene si perdéis a vuestra madre, estoy muy sola sin que me vengáis a ver, pero como mañana me dan el alta os llamaré para decíroslo, hijos míos qué desgracia, con cuánta resignación habéis llevado mi enfermedad, siento mucho tener que daros este disgusto, espero que me perdonéis todas mis faltas…, de esto no, que veo que el muchacho escribe muy bien su caligrafía…, pero os doy las gracias por no querer que sufriera”… Juan dame otro pañuelo, haz el favor…

-Aquí tiene usted, Rosario.

-Gracias…, hijo.

Contrariamente a lo que cualquier persona hubiese creído observando su meticulosa atención al escrito, para Juan aquellas palabras no lo alteraban conforme las iba transcribiendo: le causaban, simplemente, una fuerte emoción, por ver cómo cada una de ellas quedaba alineada con perfecto orden en el papel, asociadas en la armonía, extendiendo sus cuerpos, conjuntadas y conjugadas para ser la admiración de un experto en caligrafía, de cualquier funcionario de los que registran los nombres de los recién nacidos, del secretario que casa por lo civil, de cualquier maestro de escuela que, de entrada y sin conocerle, supiera que se iba a hartar de poner suspensos a un montón de niños con las piojeras abiertas, rapados al cero, buen número ese para cualquier día de calificaciones torpes, y entre ellos él, presente, y al que, sin sospecharlo, debería colocar delante del cero un uno, un uno delante del cero en caligrafía al tal Juan Carmona Altiz, pobre de solemnidad que en su futuro ni cobra el desempleo, que no posee título alguno excepto el de hijo de padre desconocido que no ha leído nada, tan sólo alguna novelilla para poder copiar las letras, saber si podía copiarlo todo, incluidas las firmas de los maestros en primaria. El placer de crear con sus dedos las formas abstractas de lo que se piensa, descrearlo y poderlo volver a crear con otros colores, sobre otro espacio, a doble, a simple, a triple, sólo con sus dedos y las historias de los demás servidas a un parado de larga duración.

Pero es que Juan no era un tipo normal. Por ese motivo al concluir tres, es decir seis caras, de las hojas de su recién estrenado cuaderno, en realidad no sabía nada sobre aquella mujer, excepto que se llama Rosario, viuda de un pasante.

-¿Quieres hacerme el favor de leérmela, Juan?- le dijo ella con curiosidad y no sin cierta pena.

-“Linares, a”…- leyó Juan en voz baja y comenzó a ruborizarse porque le pareció, súbitamente, que el tono de su voz resultaba teatral. Lo corrigió a tiempo, sin embargo, porque tenía la certeza de su autocontrol.

Antes de descorrer la cortina que los aislaba de la otra enferma, Juan arrancó con delicadeza las hojas escritas, Rosario firmó en la última dictada, le pagó lo pactado, le hizo jurar por una docena de santos de distintas regiones que aquello no se lo diría a nadie, le recordó que su marido había sido un pasante muy importante en Linares y aún después de muerto tenía muchas influencias, algunas de las minutas vigentes antes de fallecer, números de códigos penales, y le dijo finalmente que qué pena que no pudiera volver, con lo educado que era, porque mañana le daban el alta.

Encarna quedó a la vista; dormía, aunque a Juan le pareció que se hacía la tonta, según pensó más tarde mirando el acerado de la calle, pues tenía los párpados demasiado apretados, forzados, excesivamente acentuadas las patas de gallo.

-Adiós, Rosario- se despidió Juan, ya en la puerta-. No sabe usted lo encantado que me voy por haber conocido a una mujer de las que quedan pocas, con esa clase que tiene usted, que no me extraña nada que su esposo no le dejara a usted barrer la puerta, con esa elegancia suya tan natural… Y que se mejore, de todo corazón se lo digo; y siento mucho lo de su esposo; si me necesita usted, abajo tengo puesto un anuncio y está mi número de teléfono.

-Muchas gracias, Juan- quedó agradecida Rosario-. Nunca se sabe lo que nos depara la vida esta de amarguras y soledades en cuanto enviuda una, si total todos somos seres humanos con nuestras tentaciones y la vida está muy mala, hijo.

Salió muy contento de la habitación, eufórico, incluso creyó haber dado un salto de alegría, pensó más tarde ante la pantalla del televisor, justo en el momento en que anunciaban un yogur con sabor a mango a la orilla de una playa abarrotada de palmeras y mujeres casi en pelotas. Había sido un éxito, teniendo en cuenta que los americanos, en sus cálculos comerciales, daban en las ventas dos aciertos por cada diez posibilidades. En cambio, él, de dos había dado con una; un porcentaje nada desdeñable, sobre todo para alguien al que jamás se le dieron bien las matemáticas.

Oyó a alguien pronunciar su nombre, pero no miró hasta que tuvo la certeza de que era a él, ciertamente, a quien llamaban. Era Rosario, con su bastón en la mano.

-Que dice Encarna, la mujer de al lado, que si le puedes escribir unas cosillas- le comunicó, no sin misterio-. ¡Desde luego, hay que ver cómo es la gente de envidiosa! Culico veo, culico deseo.

© Marta Antonia Sampedro Frutos (1998).

Fragmento 3, para este Blog, de la novela de la autora “El escribano de San Agustín” (1998).


viernes, 31 de julio de 2026

Los estorninos, de José Joaquín Sampedro Frutos

 

Por siempre en el corazón y el recuerdo,

amado hermano José Joaquín.

 

“Aquel ritmo musical que estampaba el vocero, de tómbola de feria, lo ponía enfermo; pero lo que más sentía es que su nombre parecía caído de todas las listas y que nadie lo llamara ni que fuera para darle una mala noticia.

Una noche mientras dormía, o soñaba que dormía, o mejor… no dormía, si no que divagaba impregnándose en las aguas turbias de la celda…, vio acercarse una sombra a la altura de su litera. Se quitó su capucha negra y el rostro de la muerte le dijo:

-VEN.

Un grito escasamente se oyó, mientras sus compañeros de celda dormían, o no… mejor, divagaban sumergidos en las aguas cenagosas de los sueños derruidos.

Se levantó… porque escuchaba como un ruido, no sabría decir si música, si coro de monjas gregorianas con más lamento que armonía…

Apegada su oreja al chivato de la puerta, el Cholo se imaginó una marabunta de bocas hambrientas, paseando su ansia lastimera, montados en el velo negro de la muerte.

-Tengo que salir de aquí o me volveré loco…-

A la mañana siguiente, después del recuento y del sonido de los hierros y de la sirena aguda que los sacan de las celdas… paseaba recorriendo arriba y abajo la larga galería, igual que un derrotado de guerra, pensando en empeñar la chupa, pedir algo fiao y de alguna manera sumarse a ese hervidero de gente que parecían estar como en su propia casa.

En los pasillos empezaban a montarse las timbas de juego y algunos otros ofrecían coca-colas metidas en cubos de agua fresquita… Y por las escaleras, en puntos estratégicos donde la mirada del funcionario no llega, él veía a los camellos, con chándales Nike y enjoyaos, cómo vendían el aire comprimido de la libertad en pequeñas bolitas de plástico.

Paseando sin más rumbo que el ya fijado, dejando que el tiempo le atraviese, simplemente…

Algo le desconcertó, un extraño letrero en la pared.

SE BUSCA BAJO MUSICAL

Mientras apuntaba su número de celda y su nombre, apareció a su lado un curioso personaje.

-Esto es por lo del taller de músicos ¿no?

-No sé, tío, yo me he quedado flipando… Me apunto pa ver de qué va.

-Creo que lo lleva un educador nuevo que quiere montar grupos de rock, para salir a tocar a la calle…

-¡No jodas! ¿Aquí, en la cuarta?

-No, hombre, te cambian de galería pa la tercera. Hace unos meses caí preso por una búsqueda y captura y le di unas letras a uno que estaba en el taller de músicos- le informó-. Mira, me voy a apuntar yo también.

-Tú qué tocas…

-La guitarra, ¿y tú?

-También.

-Me llamo Kill, Killpanocha- le dijo ofreciéndole la mano.

-Yo Cholo, a secas.

Y después de un apretón de manos y de reconocerse en los ojos del otro, se fueron al patio a pasear.

-¿Tú te crees?- le contaba Kill-. Me encalomo por un tejao, pum, y me hago un piso… con un mono que llevaba… Pumba, aparecen los que te dije y yo escondiendo los marrones por entre las tejas.

-No veas qué coloqueta…

-El caso es que el chavalote del piso me quita la denuncia, pa cuatro bisuterías, le dijo al juez, pero va el tío facha y me mete preso… por otra causa pendiente.

-Que mala suerte…

-Sí… una pringada. Lo que más me duele es que el otro día en comunicaciones, mi madre me enseñó un recorte de periódico del pueblo que ponía: Spiderman ataca de nuevo.

Y estuvieron riéndose un buen rato”.

 

“El Panocha es un pelirrojo que de pequeño tenía que ser más malo que el hambre, pero que ahora, un poco más crecido, no había degenerado a más malo todavía… Su vida, por eso, atestada de pequeños altercados, quizás necesitaba aquel pequeño descanso.

Qué curiosos paréntesis en medio de la batalla, qué simbiosis entre los heridos del alma, qué claras naturalezas se adhieren para cantarle a la vida con una vieja guitarra…

 

Don Victorino, -que así lo llamaban los presos- era un educador progresista y decidido, con vocación sobrada para temas marginales llevados al extremo, hasta el punto de que no había asesinos, violadores, traficantes o simples chorizos avispados… sino personas en un apuro del que se veía obligado –profesionalmente- a rescatarlos, partiendo de recursos y trabajo.

Así que con su barba, sus estudios, su pana y sus ideas, había convencido al director para que invirtiera en cultura… y qué mejor que la música para apaciguar a las fieras”.

 

“Así que sin más preámbulos y tan sólo diciendo con solemnidad que el tema que iban a tocar estaba dedicado a un colega suyo muerto en un atraco, empezaron la música con toda la potencia de los vatios.

Killpanocha que se levanta y que empieza a chillar:

-¡Alto! ¡Alto!...

El grupo que para ante sus brazos aspeados y que le recrimina:

-Tío qué pasa, tú estás colgao…

El educador que sigue sentado y le mira con cara perpleja…

-¿Que qué pasa? Esta canción es mía…

Y aprovechando el momento de sorpresa, Kill que le arranca a uno literalmente la guitarra eléctrica, que se acerca al micro y les dice:

-Está dedicada a un colega mío… por aquella tarde.

 

Veo tu nombre en las esquinas

Veo tu sangre en la pared

Veo la soga que aprieta tu cuello

Veo tu cuerpo al suelo caer

Una bala te buscó la vuelta

Un beso de fuego te quemó la piel

Aquella tarde, fatídica tarde

De mil novecientos ochenta y tres.

 

Aquella balada de muerte recuperó su voz propia en la sala. Nadie dudó que el tema era suyo, al contrario, reconocieron la magia de aquel momento y se callaron.

Dejó la guitarra… –a la mierda- y salió del taller.

El educador que sale tras él y que le dice:

-Hombre, tampoco es como para ponerse así…

-Mis canciones, es lo único que me queda, joder…

-Mira qué te digo, ya veo que tienes talento…Podíais montar un grupo vosotros cuatro. Dentro de unos días vendrán personas de la Generalitat para ver lo que aquí se hace y escuchar a los grupos de música. Quizá se pueda salir a la calle a actuar, el día de la Mercé.

Hicieron el cambio de galería aquella misma tarde y por la noche, cuando ya las luces se apagan para ver más nítidos los recuerdos, hablaban de la vida, apoyados en la reja de la ventana, viendo sobre los tejados las luces de Montjuït como cañones atravesando las nubes bajas de Barcelona y que buscan enemigos aéreos e imposibles…”.

 

© José Joaquín Sampedro Frutos.

Fragmentos del capítulo “LA TRENA”, de la novela “Los estorninos”.

domingo, 19 de julio de 2026

La estrella de cada noche, de Marta Antonia Sampedro

 

En la noche siempre

la estrella aparece en su letargo

sobre la luna o bajo el charco

de los callados barrios

y en la cola del caballo atado

donde el aire duerme en sigilo,

el otoño cruje en las nubes

soportando el tenso futuro

los caminos se apresuran

se esconden en las huertas

las minas abandonadas

el sudor del bárbaro olvido

de los hombres que agonizan

en los recuerdos de las sangres

y las toses ácidas del desespero,

nada se oculta a la estrella

de la noche como siempre,

pasan los perros abandonados

que todos conocen solos y sin nombre,

las hormigas lentas sacan dientes

a la tierra malherida de avaricias,

y todo como siempre

es la estrella de las noches,

quien dirige al obrero a su guarida

al rico a su codicia y cuentas

a los santos a las cuevas

y a los demonios a la pesca,

seguramente la vida deberá ser

aquello que nos recuerde

en lo más alto en lo más hondo

de lo que somos al ver la estrella mudos

sin pasados y los dedos sin días,

el presente nos late rápido

en los pechos dolidos y las mentes perplejas,

los sentimientos quedan como siempre solos

al lugar donde por derecho pertenecen,

nadie nos ama tanto como el propio corazón

golpeando a la razón hacia la estrella,

la noche como siempre es nuestra

sorteando caminos de obras

y a lo lejos queda sin lugar

la perversión humana de los tiempos

donde el malo se cree bueno

y la bondad se valora en céntimos,

ojalá en las noches se escuche

el suspiro de la estrella como siempre

el sueño nos abrume de posibilidades

y la realidad que nos confunde

nos transforme en valientes.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2010).

sábado, 11 de julio de 2026

Nubes sobre El Rumblar materia de infancia, de Marta Antonia Sampedro

 

Hoy a las diez horas me vino un recuerdo. No un recuerdo por finalizar, ni siquiera el nacimiento de un recuerdo. Fue un recuerdo que nunca había percibido vivir, pero un recuerdo cierto. Estaba en el campo, me veo con unos seis años. Mirando el horizonte del pantano del Rumblar, inmóvil, con la mirada al agua que, como se suele decir, es espejo del cielo. En realidad lo hermoso del agua en el campo bajo las nubes es que las nubes viven dentro del agua y, si queremos atraparlas, sólo conseguimos agua; las nubes son materia de infancia. El sol estaba ya tras el gran monte de donde siempre calculo el oeste. Porque los oestes se componen de brújulas en la infancia. El cielo era dorado de tarde. Del silencio se apoderaban ya los sonidos de los búhos que acechan los atardeceres de las arboledas del sur. De vez en cuando unas ondas en el agua eran mi mirada, translúcidas en pensamiento, sobre las ondas que los peces mantenían en sus giros. Yo estaba tranquila, tranquila en mi espacio, el espacio al que pertenecían mis ojos, mirando las nubes que lentamente tomaban formas. Una nube de mano me lanzó un puñado de estrellas que se diseminaban ante mí sin que yo me sorprendiera, porque en la naturaleza hay modos de conseguir ser capaces de afrontar cualquier cosa. Eran estrellas muy luminosas, que revoloteaban sobre el agua duplicando su cuerpo, y se unían a las ondas y se reproducían. Yo me fijé en la menos luminosa. Por qué no lucía, o si conseguiría remontar al cielo. Sorprende que en la infancia el corazón se dirija hacia la debilidad. Lentamente fueron desapareciendo tras de los montes las más hermosas estrellas rompiendo trazos de nubes doradas, la estrella débil se mantenía en el cielo y finalmente cayó, provocando una gran onda que se expandió hacia las orillas, agrandando mis ojos a gran magnitud y según el agua. Esperé a que algo nuevo ocurriera pero nada más pasó, sino dos grajos y unas golondrinas, sombras negras y livianas. Luego tomé el largo camino cobijada por los sonidos del campo y regresé a mi casa. Sin más preocupación que jugar con mis hermanos más pequeños y evadir la presencia de los hermanos mayores. Besé a mi abuela Antonia y me dormí pensando que la estrella caída al agua me esperaría pacientemente, durmiendo su noche, al día siguiente. Pero al amanecer no cantaron los gallos, ni pasaron un par de grajos, ni el aire era fresco ni olía a sierra o a las piedras de las casas salpicadas por el orín de los perros. El amanecer me sorprendió en la fábrica de hilos en el afán imparable del norte, con sus tinturas intoxicando las aguas y en las máquinas que ensordecen se mueren todos los deseos de la infancia del sur; con la nariz taponada por las nubes del algodón toser era el ritmo capitalista deseado. Incluso de día, el norte es siempre noche. Una prisión era el castigo por observar los oestes bajo las nubes, y la libertad de la infancia el sueño caído, esa estrella débil que cae hacia el inmenso pan, mucho más grande que el cielo y que no es materia de infancia. Y cada noche besaba a mi abuela Antonia, y regresaba a los oestes del Rumblar, extasiada de cansancio y dolorida, y buscaba los perfumes naturales de las noches, los sonidos de los sueños más bellos y tranquilos que acunan la libertad más sencilla, y conseguía retomar el mundo que yo había sido, para no ahogarme en las sucias aguas del capitalismo.

 © Marta Antonia Sampedro Frutos (2013).

lunes, 22 de junio de 2026

Entre marzo y la siega, de Marta Antonia Sampedro

Publicado en la revista cultural "Nunca es tarde".
Centro de Adultos "Tamujoso", 1997. 
Ayuntamiento de Baños de la Encina (Jaén).


A pesar de sus múltiples partos, Juanita conservaba aún la belleza de haber sido en otro tiempo una joven ciertamente hermosa, de tez morena y largo pelo que un soplo de viento lo revoloteara entre su cara y cuello. De ojos morunos, nariz recta y boca enjoyada por dientes de jazmín recién abierto. Pero un abultado vientre, dos melladas y un moño grasiento, la distanciaban ya de una época pasada hacia el recuerdo.

Como aceitunera, continuaba siendo una de las mejores que alguien pudiera contratar por ser maniega, rápida en su quehacer y escasa en palabrerías huecas. La espuerta avanzaba sobre la tierra, y ella, sólo de vez en cuando, sentía dolerse su espalda como un gran puñal de acero.

El silencio, lanzas de vareo.

El cielo, todavía azulado intenso.

Casada con Rafael, vivía en una humilde casa oscurecida en cal y ventanas como agujeros. De oficio anterior jornalero, y posteriormente bebedor en tabernas y proclive a los insultos, las juergas y la dejadez más absoluta para con su familia, se plantaba con un vaso de vino color aceite y transparente veneno.

-¡Tani, ponme otro!- decía al tabernero.

Y al finalizar la cosecha de aceituna, veía que sin aquel salario, reunido entre la rebusca de la chiquillería y el destajo de ella, el hambre y la miseria se presentaban como un gran fantasma que ninguna vela hiciera desaparecer entre marzo y la siega.

-Te lo ruego, señor del cielo- murmuraba entre rezos y lágrimas secas-. No hagas que ninguno se me ponga malo; encoge nuestras ganas, el estómago grande y quieto; que el diablo no vea lo débiles que estamos, de tanto y tanto sedientos.  Virgen de la Encina, tú que conoces las nubes: haz que llegue pronto el verano, que vuelen como el rayo tormentas y vientos, para calmarnos con el sudor del trabajo.

Silencio en la alcoba, las rodillas para rezar pesan menos que sobre el barro.

Duermen sobre sus camas de paja los niños, los cabellos apelmazados, los cuerpos arremolinados entre mejillas estrechadas por tiernos gestos. Secos los mocos, verdes claros como el agua estancada en verdín mojado. Regatean dentro de sus ojos cerrados sueños raros, una pelota es un gigantesco árbol con tallos sesgados, las flores cuadradas, color espiga los caballos.  Corretean por la sierra, muñequeando días pasados; al frente se ve la mar, adornada con coronas de madreselva y chaparros. El Navamorquín es un barco de remos largos, se reconocen las caras en el mástil afilado, abajo está el pantano; sin peces, con panes y dulces de miel, sabrosamente almendrados.

Rafael, que no conoce sus ilusiones y cantos, llega de la calle, sosegada y oscura tranquilidad de primavera, portando un pañuelo entre las manos.

-¡Juanita!- vocifera en la entrada, dando tumbos entre los desconchones de la casa y al tropezar tira las dos sillas de enea-. ¡Juanita!

Juanita se despierta.

Enciende la vela.

-¡Calla, que vas a despertar a los nenes!

-Te traigo este pañuelo- le enseña el trapo como si fuese un lucero, cazado entre miles de estrellas-. Está bordado, mira, aquí pone una jota y otra letra.

Juanita, en duermevela, desnuda a su marido, huele a su olor a geranio marchitado, y piensa en reanudar los sueños que nadie consigue recordar, sólo ella cuando está bien despierta.

-¿Es que no es ese tu pañuelo, el que yo te regalé de novios?- insiste Rafael, rendida la lengua, sus ojos quieren esperar pero se cierran-. Me han dicho que te han visto comprar un candil en la tienda. ¿Para qué tirar esos dineros?

Juanita calla, rebusca entre los senos su medalla de plata, la acaricia, piensa en el alba. En tonos marrones recoge a tiempo el sueño: es el barro del invierno, que guarda entre manteos, como apreciados tesoros, aceitunas negras y moras empezadas por los ciervos.

Una suave brisa barre los frutos; las hojas susurran, se desperezan los recuerdos escondidos entre los bordes de un pozo seco.

-Señor todopoderoso…, virgen de la Encina…

Son lamentos para proteger el incierto mañana, una carta aún por escribir al cielo, para hacerla llegar a la bendita esperanza.

Pero al fin oyes cantar a un gallo, el más tempranero de las vecinas casas. Te levantas, llamas a tus hijos, coges el hatillo, unas monedas guardadas entre un cinto de cuero, y el candil que dejas sin pago; la tendera lo comprenderá en cuanto se entere y una hilos y cabos.

-Tengo sueño- dice el más chico.

Y cuando aún duerme la noche, sorprendidos por palabras calladas y la luz del candil reluciendo como esclavo del amparo, abrís la puerta, un perro ladra a lo lejos, y como ladrones paso a paso abandonáis sin una última mirada las casas blancas, dejadas para el ayer las cornisas, las piedras y ese profundo olor a nada.

Camina con sus hijos por el campo, dirigiéndose a otro pueblo. El atajo es ancho, pero en fila dan sus pasos como lechuzas cegadas cuyo amarre sea su larga falda, chuparse los dedos, pensativos entre olivos y almendros de color distinto a la luz de un falso y diminuto astro.

-Tengo sed- reclama uno de ellos, con la voz temerosa por si acaso alguien, sin querer, en los ecos de Sierra Morena lo ha escuchado.

Juanita anuncia:

-Por allí tiene que venir el autocar que nos llevará lejos.

Sonríen con temor.

No ven ningún barco.

Suspiran aliviados porque les da miedo el agua salina, algunos chiquillos les dijeron que hay monstruos y gigantescos sapos.

-¿Adónde, mama? ¿A qué parte iremos?

-¿Uno muy grande?

-Sí, muy grande y rápido, que tiene asientos de borra y tela.

-¿Y tiene, mama, ese sitio a donde vamos, la misma luna de Baños?

-Sí; y otra más grande, al lado.

Apaga la madre el candil, lo guarda en el hatillo. Vuelve la vista atrás. Y a pesar de la distancia reconoce la almena gorda del castillo que dejan, iluminada por el primer rayo de sol de mayo.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (1997).

lunes, 1 de junio de 2026

El escribano de San Agustín (fragmento 2), de Marta Antonia Sampedro

 

La iglesia de San Francisco, con sus potentes luces recién estrenadas, parecía ante sus ojos como una visión elevada sobre la neblina invernal. Sus piedras se asemejaban a las alucinaciones de ciertos sueños, donde nada se distingue más que la observación de la propia vida. En la puerta, sentado sobre uno de los escalones, se hallaba Basilio, el pobre de toda la vida, y a quien había visto pedir limosna desde que él era un zagal. Cubría su cabeza con un gorro de lana y a pesar de los guantes se frotaba las manos sujetando un cigarrillo apagado; ocultaba con el abrigo una botella de coñac, hecho que a Juan le conmovió, pues se preguntó quién no sabría en el barrio, en toda la ciudad, que Basilio no rogara monedas solamente para poder comer. Esta vez no se paró a saludarlo; en estas circunstancias no se aproximó, para no comenzar una charla sobre el atuendo tan formal que aquella tarde lucía.

Por las calles quiso contemplar pausadamente los arbolitos verde pino con cintas granates y doradas de los escaparates como tiras bordadas entre sus ramas plastificadas; poder sentir el perfume de las gentes trapicheando deseos; y volver a repasar tranquilo su plan entre el disfrute de saber que quedaban atrás todos los pensamientos tristes del ayer.

Le hubiera gustado comprar lotería en alguno de los quioscos, abarrotados en vísperas del sorteo de Navidad, sólo por entretenerse viendo los números, pues a Juan los sorteos le traían, simplemente, sin cuidado; pero recordó que en sus bolsillos sólo llevaba un pañuelo de algodón con sus iniciales y algunos caramelos de eucalipto para la tos, no fuese a darle algún ataque repentino que pudiera provocar en los demás indicios de duda con respecto a su salud.

Pasó junto al ayuntamiento, en donde algunos policías municipales charlaban entre ellos; de la churrería próxima le llegó el olor a aceite de oliva caliente; y pensando en cuántos inviernos le quedarían por vivir atravesó la plaza para ver de cerca la iglesia de Santa María y poder contar, una vez más, sus piedras, hasta que se perdiera en las cuentas, para pensar de nuevo en su plan. Por un instante dudó en entrar, al ver a algunas personas que lo hacían para escuchar la misa; pero continuó contando piedras hasta que al llegar a cuarenta creyó que, en realidad, habían sido treinta y ocho o cuarenta y uno, pues nunca se le dieron bien las matemáticas, siempre se lo recordaron en la escuela primaria.

Bajó por la empinada calle hasta llegar al barrio de La Florida, mirando las matrículas de los coches y en algunas pudo ver nuevas letras además de la jota de Jaén, aunque ningún número capicúo. Al fondo de la amplia calle, los árboles ligeramente agitados por el viento invernal daban a Linares un aspecto plácido, hasta romántico, pensó Juan, y recordó a Loli, su eterna novia perdida, y de paso la rozadura del zapato, pues lo dejó plantado por un zapatero harta de esperar que alguna vez, por un segundo al menos, a él le viniera alguna idea práctica para poner fin a aquel inservible noviazgo sin meta sorprendente de un cercano matrimonio.

“Ella se lo ha perdido”, pensó al mirarse los zapatos. “Ya es cuenta borrada, que bien que nos devolvimos todos los regalos y los retratos… Ahora estará hartica de oler a betún todo el santo día y de barrer puntillas, que estoy bien convencido de que las cosas nunca parecen lo que son”.

Se aseguró de que la hoja de papel la llevaba aún guardada en el bolsillo. Suspiró por suspirar, pasó su lengua por los dientes por pasarla, por los labios, se palpó la barba por enésima vez, las orejas, se frotó las manos, y al ver el edificio del hospital de San Agustín por un instante quiso regresar a su casa y olvidar el plan; pero fue sólo un segundo de duda, quién no lo tiene, pensó tomando mejores ánimos; y continuó paso a paso sin vacilar hacia la entrada principal.

El bullicio de las salas de espera le recordó que no se había tomado nada, ni siquiera un café, para darse un empujón, un fuerte aliento en aquella decisión que durante tantas horas sentado en un banco de la Plaza de Colón había sido pensada, meditada y revisada en sus pros y en sus contras. Sin dudar buscó un lugar donde hubiera anuncios y sacó el papel, lo extendió y con orgullo volvió a leer su escrito de tinta negra. Estaba bien detallado, las ideas copiadas de los anuncios de los periódicos que rescataba de los contenedores de papel para reciclar, aunque atrasados ya, sin falta alguna, sin temblor en las manos, alineado como por una mano experta en dibujo, como las máquinas de fotografiar, minuciosamente trasladado desde el deseo del mejor rotulador pensante, que conoce y sabe para qué está hecho, predestinado, de qué modo le han de acariciar su cuerpo esbelto sobre un papel en blanco y resucitar transformado en otros cuerpos que al ser humano le satisfagan.

Lo colocó junto a otros, aprovechando algunas chinchetas desocupadas pinchadas en el panel de corcho color madera clara.

 

BUENA PERSONA LE ESCRIBE SUS ÚLTIMOS PENSAMIENTOS.

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ABSTENERSE BROMISTAS. PREGUNTAR POR JUAN.

 

Eso es: las mayúsculas también llevan acento, esto es tilde, que es más moderno, recapacitó Juan; engordan su cuerpo, las hacen más fuertes y vigorosas, inmutables.

Al principio, nadie se fijó en él, en su cuerpo flaco frente aquellos papeles que nadie leería a no ser que buscara piso para alquiler, un cachorro de perro de raza cara a buen precio, alguna asistenta doméstica por horas y con informes o el próximo congreso de enfermería. Sin embargo, pensó Juan que se había excedido en el color de sus letras negras, sí, creyó por un instante que en un tono más suave resultase menos vistoso, aunque ya, por aquella insignificancia, no iba a retroceder en su plan.

Sólo habían transcurrido unos minutos cuando algunas personas comenzaron a mirarlo como se mira a un loco escapado de una institución no muy seria, con risas tapadas con las manos que parecían no atreverse a participar en aquella juerga mental espontánea; y a través de sus modos de gente sin escrúpulos Juan podía observar algunas lenguas moviéndose en las bocas, paseándose entre los dientes, escapes de suspiros de no poder aguantar en soledad individual aquella verbena que provocaba la descarada burla de aquel hombre, el sorpresivo tiempo de la escasez laboral, aquella ocurrencia suya sin ser aún, aunque sólo por unos días, el día de los santos inocentes.

Pero a Juan nadie le haría cambiar de parecer y, desestimando el recurso del ascensor, para no soportar con personas desconocidas un tiempo muerto y vapores corporales, se dirigió como un relámpago escaleras arriba hacia cualquier planta del hospital. Eligió la primera, para llevar un orden.

En cuidados intensivos ya tenía previsto que no lo dejarían entrar. Con eso ya contaba. Pero no esperaba que en esa misma planta se hallara maternidad. ¿Había cometido un error en su anuncio, desperdiciando así a más posibles clientes? ¿Por qué no ofrecerse, también, en los primeros pensamientos, cuando una mujer pariera un ser nuevo, y transmitirle, para la posteridad, todo aquello que hubiera sentido al ver a su retoño en sus brazos? Pensaría en toda esa cuestión esa misma noche. Juan no quería verse obligado a tener que improvisar razones por las cuales aquellas personas pudieran dudar. Deberían dar su visto bueno para pagar por unas palabras muy bien expresadas, pues ya sabía, por su propio nacimiento, que no todos los niños traen consigo un pan bajo el brazo; pues algunos, como él, del limbo sólo traen el mucho hambre.

Se dirigió a la segunda planta. Vio un tropel de gente corriendo y llorando y abrazándose y volvían a correr como perdidas en aquel espacio. Pensó quedarse en esa planta y probar. Se dirigió hacia el pasillo de las habitaciones y creyó más conveniente entrar en aquellas que tuvieran las puertas cerradas para evitar en lo posible a enfermos acompañados por familiares.

En la primera puerta que tocó para pedir entrada no contestaba nadie, pero no se dejó llevar por el desaliento. Sabía, por su experiencia en tantos oficios eventuales, que al principio todo cuesta algo, a veces tanto que creemos no tener, otras inversión en ilusiones de las que no disponemos y, en otras muchas, monedas que no tienen cambio en la vida. Jamás el desánimo debe dominar a uno, el mayor enemigo de los pobres de espíritu y de lo otro que tintinea. Así que volvió a llamar con la palma de la mano, esta vez con más contundencia, hasta que le pareció escuchar un susurro, un gemido apagado y un grito al fin y comprendió que le decían que quien rayos fuese entrase de una vez, hiciera el favor ya.

-Muy buenas, buena mujer- dijo al entrar-. ¿Cómo está usted? ¡Afuera hace un frío…!

La mujer sonrió a medias al observar a aquel hombre escuchimizado, aunque muy arreglado con su atuendo varonil, con un cuaderno en la mano, de sonrisa confiada, con buenos modales, que le había preguntado por su estado de salud, y le contestó:

-Aquí…, muchacho… Escayolá hasta las orejas como una momia asá…

-Ya veo, buena mujer- fue lo que respondió Juan al aproximarse a ella; pero, al ver revueltas las ropas de la cama de al lado, añadió:

-¿No está usted sola?

-No, qué va. En esa cama hay otra mujer, pero está en el servicio. ¿Le importaría a usted rascarme los dedos del pie derecho, muchacho…, digo hombre de Dios…? ¡Estoy para que me dé algo!

-¡Pues claro, señora! ¡Faltaría más!- respondió Juan, complacido por aquella confianza ofrecida por la enferma.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos. 

Fragmento 2, para este Blog, de la novela “El escribano de San Agustín” (1998).

miércoles, 20 de mayo de 2026

A esta misma hora pero sin nadie, de Marta Antonia Sampedro

 

Por qué sacar el tema

ya tenemos una edad

si yo te contara lo que pienso

en la tierra corta de la nostalgia

este café sabe tan amargo

que tú crees en el amor

pues claro igual que todos


hace tres días con un mes y treinta años

en la calle Roselló

a esta misma hora pero sin nadie

yo miraba su balcón

de geranios cargados de tizne

y a cada momento temblaba la calle

por las obras del metro urbano

pero mis manos ya te puedes imaginar

 

tú sabrás como yo

que un andaluz se siente extranjero

hasta en el pueblo de al lado

como verás y ahora que nadie nos oye

un hombre se desahoga en los besos

de cualquier mujer

somos menos delicados

pero sólo vive en los de una

esa desgracia se arrastra como sea

es una carrera de ataderos

de la que ya uno ni sabe ni entiende

 

te decía que en esa calle

donde el amor tenía de mensajeras

a todas las palomas de la ciudad

y el salitre del mediterráneo

ocupándome en las vigilias

yo miraba su balcón de planta sexta

que me recordaba al castillo de Baños

porque los de Jaén somos así de noveleros

y cuando el viento movía la cortina

yo notaba sus ojazos botones de mi piel

éramos olivo y aceituna

pero entiéndeme sin olivares

 

porque me hizo tan importante

digamos que un recién nacido

sin memoria y sin palabras

es iluso pensar que el amor todo lo puede

cuando es uno quien debe todo


y así de presuroso me pasaba el tiempo

que ahora siento como si un camión

me dejase aplastado en la calle Roselló

justamente en su edificio

 

pues claro que pienso en ella

desde que me levanto hasta el desvelo

miles de veces escucho enrabiado

Ese número no existe


cómo no puede existir

si la veo por todas partes

y hasta enfermo de cualquier cosa

y es porque el número no existe

no trabaje usted tanto

y es porque no existe

no te amargues como este café

y es porque no existe

nada existe sino yo con esto

se cruza el antidestino en los iris

y no sé ni cómo echarlo

 

me gustaría saber cómo está

y no volver a besarla

te lo juro que me resistiría

pero no existe

qué triste es la vida

pendiente de un número

que no existe

a veces cuando hago las cuentas

de lo que tengo y no tengo

un par de ellos se conjugan

me apresuran a la calle Roselló

y vuelvo a marcarlo

para volver a sentirla cerca

 

pero qué voy a hacer ya

pensar en no besarla

y no digas Eso nunca se sabe

los poetas vais por otros derroteros

sois los gloriosos del aguante

pero yo sí lo sé si no cuento el soñar

porque así lo tengo pensado

y hasta detallado con agravantes

y voy sobrellevando la vida

enfrentándome a un desatino


mejor no sigo hablando

este café está muy amargo


por qué me has hecho recordar

cosas que quiero y no quiero

ahora a ver cómo consigo

salvar el día de hoy

si ya no existe ese número.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2012).