A pesar de sus múltiples partos, Juanita
conservaba aún la belleza de haber sido en otro tiempo una joven ciertamente
hermosa, de tez morena y largo pelo que un soplo de viento lo revoloteara entre
su cara y cuello. De ojos morunos, nariz recta y boca enjoyada por dientes de
jazmín recién abierto. Pero un abultado vientre, dos melladas y un moño
grasiento, la distanciaban ya de una época pasada hacia el recuerdo.
Como aceitunera, continuaba siendo una
de las mejores que alguien pudiera contratar por ser maniega, rápida en su
quehacer y escasa en palabrerías huecas. La espuerta avanzaba sobre la tierra, y
ella, sólo de vez en cuando, sentía dolerse su espalda como un gran puñal de
acero.
El silencio, lanzas de vareo.
El cielo, todavía azulado intenso.
Casada con Rafael, vivía en una humilde
casa oscurecida en cal y ventanas como agujeros. De oficio anterior jornalero,
y posteriormente bebedor en tabernas y proclive a los insultos, las juergas y
la dejadez más absoluta para con su familia, se plantaba con un vaso de vino
color aceite y transparente veneno.
-¡Tani, ponme otro!- decía al tabernero.
Y al finalizar la cosecha de aceituna, veía
que sin aquel salario, reunido entre la rebusca de la chiquillería y el destajo
de ella, el hambre y la miseria se presentaban como un gran fantasma que
ninguna vela hiciera desaparecer entre marzo y la siega.
-Te lo ruego, señor del cielo- murmuraba
entre rezos y lágrimas secas-. No hagas que ninguno se me ponga malo; encoge
nuestras ganas, el estómago grande y quieto; que el diablo no vea lo débiles
que estamos, de tanto y tanto sedientos.
Virgen de la Encina, tú que conoces las nubes: haz que llegue pronto el
verano, que vuelen como el rayo tormentas y vientos, para calmarnos con el
sudor del trabajo.
Silencio en la alcoba, las rodillas para
rezar pesan menos que sobre el barro.
Duermen sobre sus camas de paja los
niños, los cabellos apelmazados, los cuerpos arremolinados entre mejillas
estrechadas por tiernos gestos. Secos los mocos, verdes claros como el agua
estancada en verdín mojado. Regatean dentro de sus ojos cerrados sueños raros,
una pelota es un gigantesco árbol con tallos sesgados, las flores cuadradas,
color espiga los caballos. Corretean por
la sierra, muñequeando días pasados; al frente se ve la mar, adornada con
coronas de madreselva y chaparros. El Navamorquín es un barco de remos largos,
se reconocen las caras en el mástil afilado, abajo está el pantano; sin peces,
con panes y dulces de miel, sabrosamente almendrados.
Rafael, que no conoce sus ilusiones y
cantos, llega de la calle, sosegada y oscura tranquilidad de primavera,
portando un pañuelo entre las manos.
-¡Juanita!- vocifera en la entrada,
dando tumbos entre los desconchones de la casa y al tropezar tira las dos
sillas de enea-. ¡Juanita!
Juanita se despierta.
Enciende la vela.
-¡Calla, que vas a despertar a los
nenes!
-Te traigo este pañuelo- le enseña el
trapo como si fuese un lucero, cazado entre miles de estrellas-. Está bordado,
mira, aquí pone una jota y otra letra.
Juanita, en duermevela, desnuda a su
marido, huele a su olor a geranio marchitado, y piensa en reanudar los sueños
que nadie consigue recordar, sólo ella cuando está bien despierta.
-¿Es que no es ese tu pañuelo, el que yo
te regalé de novios?- insiste Rafael, rendida la lengua, sus ojos quieren
esperar pero se cierran-. Me han dicho que te han visto comprar un candil en la
tienda. ¿Para qué tirar esos dineros?
Juanita calla, rebusca entre los senos
su medalla de plata, la acaricia, piensa en el alba. En tonos marrones recoge a
tiempo el sueño: es el barro del invierno, que guarda entre manteos, como
apreciados tesoros, aceitunas negras y moras empezadas por los ciervos.
Una suave brisa barre los frutos; las
hojas susurran, se desperezan los recuerdos escondidos entre los bordes de un
pozo seco.
-Señor todopoderoso…, virgen de la
Encina…
Son lamentos para proteger el incierto
mañana, una carta aún por escribir al cielo, para hacerla llegar a la bendita
esperanza.
Pero al fin oyes cantar a un gallo, el
más tempranero de las vecinas casas. Te levantas, llamas a tus hijos, coges el
hatillo, unas monedas guardadas entre un cinto de cuero, y el candil que dejas
sin pago; la tendera lo comprenderá en cuanto se entere y una hilos y cabos.
-Tengo sueño- dice el más chico.
Y cuando aún duerme la noche,
sorprendidos por palabras calladas y la luz del candil reluciendo como esclavo
del amparo, abrís la puerta, un perro ladra a lo lejos, y como ladrones paso a
paso abandonáis sin una última mirada las casas blancas, dejadas para el ayer
las cornisas, las piedras y ese profundo olor a nada.
Camina con sus hijos por el campo,
dirigiéndose a otro pueblo. El atajo es ancho, pero en fila dan sus pasos como
lechuzas cegadas cuyo amarre sea su larga falda, chuparse los dedos, pensativos
entre olivos y almendros de color distinto a la luz de un falso y diminuto
astro.
-Tengo sed- reclama uno de ellos, con la
voz temerosa por si acaso alguien, sin querer, en los ecos de Sierra Morena lo
ha escuchado.
Juanita anuncia:
-Por allí tiene que venir el autocar que
nos llevará lejos.
Sonríen con temor.
No ven ningún barco.
Suspiran aliviados porque les da miedo
el agua salina, algunos chiquillos les dijeron que hay monstruos y gigantescos
sapos.
-¿Adónde, mama? ¿A qué parte iremos?
-¿Uno muy grande?
-Sí, muy grande y rápido, que tiene
asientos de borra y tela.
-¿Y tiene, mama, ese sitio a donde
vamos, la misma luna de Baños?
-Sí; y otra más grande, al lado.
Apaga la madre el candil, lo guarda en
el hatillo. Vuelve la vista atrás. Y a pesar de la distancia reconoce la almena
gorda del castillo que dejan, iluminada por el primer rayo de sol de mayo.
© Marta Antonia Sampedro Frutos (1997).