Sonrió,
porque pensó que las cosas comenzaban bien. Aunque la mujer aquella no parecía,
desde luego, estar en las últimas, su primer contacto había resultado un éxito,
teniendo en cuenta que aún era un aprendiz adentrándose en aquel anticuado
oficio. Le rascó los dedos no sin cierta repugnancia, pues, aunque
reconociéndose fuerte de espíritu y sin escrúpulos, no había calculado esta
posibilidad, este acercamiento tan directo. La mujer pareció aliviada,
emitiendo sonidos de placer. De su cuerpo sólo asomaban las extremidades,
algunas en alto izadas por poleas y contrapesos, y la cabeza, con la que Juan
pudo calcular la edad de la mujer: más o menos sesenta años. No muy bien
llevados, pensaría Juan más tarde al mondar una naranja de la cena, pues de su
barbilla caían algunos pelos sueltos como de varón adolescente.
-Me
parece que mañana le darán el alta- le dijo la mujer indicando la cama de al
lado.
-Verá
usted: no soy pariente de la mujer- le informó con valor-. Vengo a trabajar,
señora.
-¿Es
usted médico?- preguntó ella algo sonrojada, como pensando, según lo haría Juan
sonriendo su primera anécdota: “¡Dios mío, le he hecho rascarme los dedos a un
médico! ¿Me lo hará pagar al quitarme las escayolas a jirones como tortura a mi
atrevimiento?”.
-No,
buena mujer: soy escribano- contestó Juan y más tarde creyó que al pronunciar,
por primera vez, aquella palabra, había vibrado en exceso el timbre de su voz,
porque se vio sumergido, del todo y sin poder retroceder, en el plan. Ella se
tranquilizó y volvió a sonreír a medias-. Me dedico a escribir las cosas que la
gente no sabe expresar- le aclaró al ver su nueva cara de pasmo-. Bien porque
no sepan escribir o porque no se atrevan a hacerlo. ¿Me puede usted decir su
nombre, si no es mucha la molestia?
-Me
llamo Encarna- informó la enferma sin salir de su asombro-. ¿Esto también va
por la seguridad social?
-No,
buena mujer. Pero soy un buen escribano, conozco mi oficio y soy muy barato.
-Pues
entonces no me interesa- respondió ella con rotundidad, pero Juan ya tenía
previsto las chamicerías con que algunas personas pueden llegar a valorar sus
propias historias, y pensó a mil por segundo.
Desvió
la mirada hacia una botella de agua mineral que se hallaba sobre la mesita de
la mujer y le dijo controlando sus palabras:
-Le
cobraré lo que cueste una botella de agua. Por cada cara de una hoja, claro-
especificó al momento.
-¿Y
cómo quieres que te cuente cosas, si ni siquiera me has preguntado qué leche es
lo que tengo? Además, el agua es del grifo del lavabo, porque la mineral está
muy cara, así que me la tienen que rellenar cada dos por tres. ¡No me gasto el
dinero ni en la tele esa…, que se traga las monedas de veinte duros como un
borracho las mentiras…, me lo voy a gastar en agua! ¡Vamos…, ni que una se
chupe el dedo!
-Esas
cosas no se preguntan, buena mujer. Yo sólo tengo que saber lo que usted quiera
contarme. Soy un simple transmisor de sus pensamientos, de las cosas que usted
quiera decir a alguien cuando por desgracia no se halle usted entre sus seres
más queridos…
-¿…
Mi qué, has dicho?- expresó Encarna con cara de desconfianza.
-Su
transmisor. Eso quiere decir, buena mujer, que yo sólo escribiría lo que usted
quiera dejar por escrito y muy bien, modestia aparte, claro está, por supuesto
que sí, pero de la manera más bonita posible…, o más clara… Sólo pretendo ser
un buen servidor, buena mujer.
Después
del estruendo de las cañerías del cuarto de baño, apareció la enferma de la
otra cama. Era también mayor, el pelo encanecido pero bien peinado, y cojeaba,
haciéndose valer de un bastón; su presencia inundó la habitación de un fuerte
olor a “Maderas de Oriente”, según recordó Juan, pues durante su juventud ese
perfume era el preferido de su madre y de todas las que conocía, de todas las
que alguna vez su novia Loli le había regalado, la más intensa que él pudiera
recordar, que penetrara por los cilios o pelos olfatorios.
-Buenas-
dijo al sentarse en la cama y Juan la saludó muy respetuosamente-. ¿Este es tu
hijo, Encarna? ¿No dices que no tienes? ¡Anda, so pillina! ¡Y qué bien arreglado!
Ya los hombres no saben vestirse bien, quiá. Y es lo que yo siempre digo: donde
esté un hombre que…
-¡Qué
va!- interrumpió la otra y Juan se sonrojó, pero no perdió la compostura
aquella, digamos, que comprensible actitud, pues Encarna solamente tenía un
montón de sobrinos-. ¡Pues claro que no tengo hijos! Dice que es uno que se
dedica a escribir los pensamientos que una quiera, y que cobra por cada cara de
la hoja lo que cuesta una botella de agua… ¿Qué te parece cómo se ha puesto la
vida, Rosario, con tanto paro y tanto listo espabilado como anda suelto?
-Encantado
de conocerla, Rosario- dijo Juan, para no permitir que aquella mujer tomara las
riendas de su plan-. Me llamo Juan Carmona Altiz, para servirle a usted en lo
que haya usted de menester.
-Lo
mismo digo- sonrió la mujer-. ¡Qué bien educado! ¿Y dice usted que se dedica a
escribir cosas que la gente pensamos?
-Eso
mismo- confirmó Juan-. Y llámeme de tú, que no me importa en absoluto, buena
mujer; lo prefiero.
-¡Qué
trabajo más raro!- exclamó Rosario, colocando el bastón junto a la cabecera de
la cama y continuó: “Pero me gusta… ¿Juan, has dicho que te llamas?”. Él
asintió gustosamente; tanto, que se atrevió a arrimar junto a ella uno de los
sillones para las visitas y se sentó hundido entre los pliegues de la polipiel.
“¿Y cómo es que te dedicas a esto?”, prosiguió la mujer.
-¡Cosas
de la comunidad esa europea en donde nos ha metido de cabeza el Felipe
González!- contestó de mala gana Encarna sin que nadie le hubiera preguntado,
pero Juan comenzó a sonreír abiertamente asido a su bolígrafo y su cuaderno.
Rosario, sentándose en la cama, contestó con el dedo un tanto bailón y
amenazante, indicando duras reprimendas:
-¡No
será esto para la tele!-. ¡Para algún programa de risa, de esos que tienen las cámaras
metidas donde menos se lo espera una! ¡Te advierto, muchacho, que mi marido,
que Dios lo tenga en su santo rastrojo, era un pasante muy conocido, y tengo
muchas influencias en todo Linares, en todo Jaén, para meteros de cabeza a
todos en el juzgado!
-¡No…,
señora!- la intentó tranquilizar Juan y Encarna aún estupefacta con la idea,
pues ni se le habría pasado por la cabeza aquella idea tan buena, tan sumamente
extraordinaria, que hubiera permitido a su hijo, en caso de tenerlo, grabar en
el vídeo para la posteridad de generaciones siguientes en las ramas de su árbol
genealógico o en cualquier otro que fuese de su agrado, en el supuesto de
haberlo al contado, o ajustado a plazos, porque había escuchado decir que los
hijos pueden salir caprichosos y bastante gastones desde que salen de la
barriga llorando. Pero, para disgusto de Encarna, los gestos de Juan no
aseguraban tal sorpresa-. Sólo llevo un bolígrafo y un cuaderno, como usted
puede ver, señora. Además, todo lo que yo escribiera se lo quedaría usted, por
supuesto, que yo en eso no tengo nada que ver. Y además soy persona honrada; le
doy mi palabra.
Hubo
un silencio que Juan había previsto surgiera en todas las personas a quienes
revelase su labor. Le pareció que transcurrió un segundo, cuando en realidad
fueron dos y Rosario le dijo con cara de misterio:
-Juan,
¿te importa correr la cortina? ¡Lo siento mucho, Encarna, pero luego te lo
cuento todo!
La
otra no pareció estar muy conforme con el aviso de su compañera de habitación;
y con gesto de desacuerdo la impresión en el ambiente fue esta respuesta
callada: “Bueno, Rosario, tantos días juntas con el dolor por dentro aguantando
chaparrones, pero te entiendo, que ya eres grande para saber en qué te gastas
los dineros”.
Al
principio a Juan le tembló la mano y las líneas de “Linares”, a su parecer, le
habían quedado algo inclinadas a la derecha, como así recordaría más tarde
recontando las escasas pestañas de su madre; pero al escribir el año la cosa
cambió y ya sólo pensaba en lo bien que su plan, gracias Dios mío, pensó Juan,
se estaba desarrollando.
Un
silencio más, cuando Rosario dijo: “Querida familia”, pues se quedó mirando al
techo pensativa, soltó un par de lágrimas que Juan quiso aliviar acercándole la
caja de pañuelos de papel que vio sobre la mesita, y susurró: “Lo siento, Juan.
Perdona a esta vieja tonta, pero es que hay cosas que no me atrevo a decir;
que, aquí donde me ves, tan bien como parece que esté, he sufrido mucho”.
-Esté
usted tranquila, Rosario, que las cosas se tienen que pensar muy bien pensadas.
Aquellas
palabras de Juan le gustaron a la mujer, que soltó otro par de lágrimas, se
limpió la nariz y con voz nasal continuó.
-“Aunque
vosotros creáis que no lo sé, y me hayáis querido engañar haciendo que me operen
de la artrosis de la rodilla, estoy requetesegura de que me estoy muriendo,
como así lo demuestra esta carta que ahora leéis. Y de cáncer. Yo, que jamás me
he puesto un cigarro en la boca para que me muera de eso”.- Volvió el llanto en
silencio y Juan esperó serenamente a que Rosario continuara su dictado-.
“Bueno…, una vez, solamente una, lo reconozco, en el bautizo de un nieto de
doña Adelaida Chamorro, me puse uno en la boca pero me lo quité porque me daba
tos. Estaba algo alegre porque vuestro padre me dejó ir sola, y porque me había
tomado una copita de Anís del Mono, para que me entendáis mejor”. ¿Tú bebes,
Juan?- le preguntó, inspeccionándolo con la mirada.
-No,
buena mujer. Sólo una copita de vino de vez en cuando.
-No
bebas, hijo, que beber es muy malo- le aconsejó Rosario y volvieron a invadirle
los deseos de llorar, pero susurró: “¡Tú no sabes el daño que eso hace!”.
-Lo
sé.
-¿Por
dónde iba?
-“De
Anís del Mono, para que me entendáis mejor”- leyó Juan en la hoja del cuaderno.
-Eso:
para que me entendáis mejor… sí- recordó ella en voz alta-. “ Y sé que me estoy
muriendo, quién mejor que yo para saber lo que pasa por mi cuerpo, hijos
míos…”. ¿Has puesto familia…, al empezar?- Juan asintió con la cabeza-. No.
Mejor lo tachas, y pones hijos, que ya sabes que soy viuda de un pasante muy
importante…, que ni me dejaba salir a barrer la puerta de la calle, de lo
importante que era…, por eso del qué dirán. Y es que me quería con locura, y yo
a él, claro…, pero después de morirse empecé de verdad a vivir mi vida…, en
fin…, cosas que pasan… Eso es, muy bien escrito, tienes una letra muy bonita, a
mis hijos les va a gustar este detalle de su madre- indicó Rosario al comprobar
que Juan corregía la palabra simplemente con un borrón-. “Todo lo que tenía, hijos
míos, os lo he dado sin pedir nada a cambio. Como ya veréis cuando no esté con
vosotros, os he dejado un pisito para que lo vendáis y os repartáis lo que
pilléis por él, que don Hermenegildo del Vencejo y Navío tiene todos los
papeles en su oficina de la Corredera de San Marcos, y algunas otras cosillas
de oro que todavía me quedan, entre ellas la medalla de la virgen de la Cabeza,
que para qué la quiero ya, con el caso que me ha hecho, que por mí la podéis
vender también. Pero qué importancia tiene si perdéis a vuestra madre, estoy
muy sola sin que me vengáis a ver, pero como mañana me dan el alta os llamaré
para decíroslo, hijos míos qué desgracia, con cuánta resignación habéis llevado
mi enfermedad, siento mucho tener que daros este disgusto, espero que me
perdonéis todas mis faltas…, de esto no, que veo que el muchacho escribe muy
bien su caligrafía…, pero os doy las gracias por no querer que sufriera”… Juan dame
otro pañuelo, haz el favor…
-Aquí
tiene usted, Rosario.
-Gracias…,
hijo.
Contrariamente
a lo que cualquier persona hubiese creído observando su meticulosa atención al
escrito, para Juan aquellas palabras no lo alteraban conforme las iba
transcribiendo: le causaban, simplemente, una fuerte emoción, por ver cómo cada
una de ellas quedaba alineada con perfecto orden en el papel, asociadas en la
armonía, extendiendo sus cuerpos, conjuntadas y conjugadas para ser la
admiración de un experto en caligrafía, de cualquier funcionario de los que
registran los nombres de los recién nacidos, del secretario que casa por lo
civil, de cualquier maestro de escuela que, de entrada y sin conocerle, supiera
que se iba a hartar de poner suspensos a un montón de niños con las piojeras
abiertas, rapados al cero, buen número ese para cualquier día de calificaciones
torpes, y entre ellos él, presente, y al que, sin sospecharlo, debería colocar
delante del cero un uno, un uno delante del cero en caligrafía al tal Juan
Carmona Altiz, pobre de solemnidad que en su futuro ni cobra el desempleo, que
no posee título alguno excepto el de hijo de padre desconocido que no ha leído
nada, tan sólo alguna novelilla para poder copiar las letras, saber si podía
copiarlo todo, incluidas las firmas de los maestros en primaria. El placer de
crear con sus dedos las formas abstractas de lo que se piensa, descrearlo y
poderlo volver a crear con otros colores, sobre otro espacio, a doble, a
simple, a triple, sólo con sus dedos y las historias de los demás servidas a un
parado de larga duración.
Pero
es que Juan no era un tipo normal. Por ese motivo al concluir tres, es decir
seis caras, de las hojas de su recién estrenado cuaderno, en realidad no sabía
nada sobre aquella mujer, excepto que se llama Rosario, viuda de un pasante.
-¿Quieres
hacerme el favor de leérmela, Juan?- le dijo ella con curiosidad y no sin
cierta pena.
-“Linares,
a”…- leyó Juan en voz baja y comenzó a ruborizarse porque le pareció,
súbitamente, que el tono de su voz resultaba teatral. Lo corrigió a tiempo, sin
embargo, porque tenía la certeza de su autocontrol.
Antes
de descorrer la cortina que los aislaba de la otra enferma, Juan arrancó con
delicadeza las hojas escritas, Rosario firmó en la última dictada, le pagó lo
pactado, le hizo jurar por una docena de santos de distintas regiones que
aquello no se lo diría a nadie, le recordó que su marido había sido un pasante
muy importante en Linares y aún después de muerto tenía muchas influencias,
algunas de las minutas vigentes antes de fallecer, números de códigos penales,
y le dijo finalmente que qué pena que no pudiera volver, con lo educado que
era, porque mañana le daban el alta.
Encarna
quedó a la vista; dormía, aunque a Juan le pareció que se hacía la tonta, según
pensó más tarde mirando el acerado de la calle, pues tenía los párpados
demasiado apretados, forzados, excesivamente acentuadas las patas de gallo.
-Adiós,
Rosario- se despidió Juan, ya en la puerta-. No sabe usted lo encantado que me
voy por haber conocido a una mujer de las que quedan pocas, con esa clase que
tiene usted, que no me extraña nada que su esposo no le dejara a usted barrer
la puerta, con esa elegancia suya tan natural… Y que se mejore, de todo corazón
se lo digo; y siento mucho lo de su esposo; si me necesita usted, abajo tengo
puesto un anuncio y está mi número de teléfono.
-Muchas
gracias, Juan- quedó agradecida Rosario-. Nunca se sabe lo que nos depara la
vida esta de amarguras y soledades en cuanto enviuda una, si total todos somos
seres humanos con nuestras tentaciones y la vida está muy mala, hijo.
Salió
muy contento de la habitación, eufórico, incluso creyó haber dado un salto de
alegría, pensó más tarde ante la pantalla del televisor, justo en el momento en
que anunciaban un yogur con sabor a mango a la orilla de una playa abarrotada
de palmeras y mujeres casi en pelotas. Había sido un éxito, teniendo en cuenta
que los americanos, en sus cálculos comerciales, daban en las ventas dos
aciertos por cada diez posibilidades. En cambio, él, de dos había dado con una;
un porcentaje nada desdeñable, sobre todo para alguien al que jamás se le
dieron bien las matemáticas.
Oyó
a alguien pronunciar su nombre, pero no miró hasta que tuvo la certeza de que
era a él, ciertamente, a quien llamaban. Era Rosario, con su bastón en la mano.
-Que
dice Encarna, la mujer de al lado, que si le puedes escribir unas cosillas- le comunicó,
no sin misterio-. ¡Desde luego, hay que ver cómo es la gente de envidiosa!
Culico veo, culico deseo.
© Marta Antonia Sampedro Frutos (1998).
Fragmento 3, para este Blog, de la novela de la autora “El escribano de San Agustín” (1998).