viernes, 13 de marzo de 2026

Luces a la izquierda y una libélula, de Marta Antonia Sampedro

 

Era temprano. El sol de primavera aún relucía en el ambiente, con ese resplandor característico de placidez climática. Ya sabía que no había luz eléctrica en aquella vivienda deshabitada, pero las tardes son hermosas para disfrutarlas especialmente los domingos y no para visitar viviendas con una cámara digital en la mano. En lugar de fotografiar cielos y espacios naturales, que es más propio de un día festivo, allí habíamos quedado.

-¿Qué prisa tienes?- le pregunté al verlo en el portal del edificio.

-Pues que me quiero ir pronto. Vengo pronto, me marcho pronto. Además, no hay luz.

Estaba incómodo, no podía negarlo.

Las llaves que nos facilitan, en ocasiones tienen varias copias, apelotonadas todas en un solo llavero. Averiguar cuál es cada una de ellas requiere de paciencia. Y la suerte de que no te confundan con alguien que desea forzar una puerta. Así son las puertas, tan capaces de impedir o de facilitar la vida de cualquiera.

-Pues vete si quieres – le dije, ya harta de sus prisas.

-No, que quiero que veas lo que te he contado.

Qué paciencia.

Me había llamado por teléfono unas horas antes. Para que nos viésemos, explicarme más cosas y devolverme las llaves. Y para decirme que en esa vivienda ya todo estaba terminado, lo que quedase por hacer así se quedaría, porque ya no entraba más allí si estaba solo.

-Nunca estamos solos, Licis.

-Eres muy graciosa. Y sabiendo lo miedoso que soy.

-Mientras más lo dices, más miedo tienes.

-Imposible.

Y que me acompañaba para mostrarme lo que allí había ocurrido. Entramos a la vivienda después de abrir dos cerrojos que resonaron en la escalera, haciendo que otros vecinos se asomaran a ver qué ocurría y luego cerraron disimuladamente.

La cocina estaba a la vista, justo a la derecha de un pasillo que abría la vivienda en dos partes hacia la izquierda, de modo que tomé mi cámara y disparé desde el vestíbulo, comenzando el trabajo al que había ido en mis horas libres. Los muebles estaban para tirarlos, mugrientos a pesar de haberlos adecentado Licis en su quehacer de buen trabajador.

-No te muevas….-dijo sigilosamente-. Quédate ahí.

-¿Un ratón? ¡Dónde!

-No, no… -susurraba-. El espejo que te dije. No vengas, no vengas hacia aquí… Silencio… Que se ha dado la vuelta solo. No mires, no mires…, que voy a ponerlo otra vez mirando para la pared.

Y desapareció del pasillo.

Licis me había contado que el día anterior, mientras reparaba la galería y subido en una escalera, vio en el espejo el rostro de un hombre mayor, de cabello y piel muy blancos, que lo miraba. Se bajó de la escalera a tientas y tembloroso, con los ojos cerrados hasta el espejo y le dio la vuelta. Después salió de la vivienda a toda prisa y no la había pisado hasta ese momento.

-Ya puedes venir si quieres- dijo al regresar-. Que ya no nos mira. ¿Cómo puede ser que él solo se haya girado?

-Bueno, ya ha pasado el peligro- le dije y continué haciendo fotografías en el pasillo, indiferente a los hechos.

-No me crees.

-Claro que te creo.

-Si quieres me río a ver si así me crees.

-Te queda bien la sonrisa.

-No me he reído.

El espejo ahora era el cartón que lo sujetaba junto a una cuerda verde oscura del techo; lo fotografié varias veces desde lejos, para luego regresar más detenidamente. Y se abrieron solas dos puertas de un armario empotrado del pasillo, con un leve chirriar de bisagras, ante nuestros ojos.

-¿Lo ves? ¡Eso pasa, eso también pasa! ¡Que las puertas se mueven solas!  ¡Igual que el televisor, que se puso a funcionar! ¡Pero si no hay luz y además no estaba ni enchufado!

-Todas las viviendas tienen vida- le dije sonriente yendo hacia él para cerrarlas.

-¡Pero esta tiene más de una!

-No seas miedoso, que tú solo te haces un mundo de cualquier cosa.

-Que no es eso…

El resto del tiempo fue moviéndonos por la vivienda. Mostrándome los pocos muebles que no había retirado porque no se podían desarmar sin romperlos y lo bien que habían quedado vacíos de cachivaches; los cortinajes de los años cincuenta, el televisor antiguo que se puso en marcha solo no habiendo electricidad, y toda una historia de techo y tabiques que las viviendas suelen conservar incluso deshabitadas. Él nervioso de una estancia a otra, deseando de que nos marchásemos, y yo haciendo mi trabajo en distintas perspectivas. Por dentro me sonreía de las cosas que me había contado, porque jamás pensé que Licis fuese tan miedoso. El joven Licis, con esa altura de casi dos metros y su envergadura corporal de guerrero ancestral, nadie podría ni suponerlo. Me sorprendían más sus paseos intranquilos por la vivienda, que las historias que me contaba con la ansiedad de que las comprendiese como si yo las hubiese también presenciado junto a él.

-Mira este cuarto. Parece una cámara de tortura. ¿Esos no son los hierros que les ponen a los que se han roto huesos y no se pueden mover?

-Sí, tiene pinta de eso. Lo cierto es que queda horrible.

-Los han sujetado tanto a la pared, que no ha habido forma de quitarlos.

-Da repelús.

-¿De quién sería este cuarto?

-Y yo qué sé.

Tanto y tanto se movía con nerviosismo, que en varias tomas mi cámara recogía su figura que de pronto aparecía.

-Me estás asustando más tú, que tus historias.

-Vámonos ya, anda.

-Miedoso…

-Que soy miedoso, lo reconozco. Pero este sitio me da miedo con razón.

-Exagerado.

Finalicé en el salón de espaldas al balcón, era bastante amplio. La orientación al este. Pensé que sería un salón poco caluroso, está bien para los veranos de esta zona asfixiante. El mueble ocupaba casi todo el frontal de la pared y rozaba el techo. La tarde iba declinando en luz. Y ya pensando más en el miedo de Licis que en esa tarde de domingo perdida, finalizamos la inspección a la vivienda.

De nuevo sonaron los dos cerrojos al cerrar la puerta cuando nos marchábamos; se asomaron los mismos vecinos por sus puertas y volvieron a cerrarlas disimuladamente.

-¿Te has dado cuenta de que es verdad lo que te dije por teléfono?- me preguntó ya alejados de la vivienda-. Que ahí algo muy raro tiene. Y no es que yo sea miedoso, eso es que da miedo a cualquiera.

-Que sí- le dije para dar por concluido el tema.

Lo vi marcharse en su furgón blanco en una luz rosácea de atardecer. Me dijo adiós con la bocina y una sonrisa y le dije adiós con la mano y una sonrisa.
      Hay personas que vemos tantas viviendas, que nada nos puede parecer extraño. Crujen los tabiques, suenan las tuberías, las maderas notan los cambios de temperatura, hay ruidos que se perciben y que vienen de otros lugares. Se podría decir que las viviendas tienen vida propia. Pero las historias, las formamos los humanos.

Transcurrieron los días. Licis me llamaba para ver si había regresado sola a ese lugar. Yo le decía que no, y era cierto. Él quería saber si había novedades, o las mismas pasadas; él quería información de movimiento misterioso. Y me repetía lo mismo: que si el espejo, el televisor, las puertas, los ruidos… Pero nada había ocurrido. Yo ni siquiera había mirado las fotografías. Era una vivienda tan pésimamente conservada, con necesidad de una gran reforma, que difílcilmente alguien querría visitarla. Hasta que una tarde lluviosa me puse manos a la obra y descargué las fotografías. Suelo hacer muchas, siempre es mejor que sobren y seleccionar las más adecuadas.

La primeras fotografías que abrí fue las de la cocina. Estaba mucho peor en imágenes que en la realidad. Las siguientes, las del pasillo. Por supuesto que Licis estaba por medio y en la siguiente inmediata ya no estaba. Me fijé en ambas porque era una curiosa consecución de imágenes: ahora está, ahora no. En ambas se podía ver el cuarto del fondo que daba al patio interior, con el cortinaje apolillado cubriendo la ventana. La cortina tenía una caída lánguida y tocaba al suelo. Se distinguían las formas de dos piernas en los pliegues inferiores, como si alguien estuviese oculto tras de ellas. En las dos imágenes flotaban círculos amarillentos y dorados, seguramente provocados por el flash, pensé en un primer momento. Me sonreí porque en ocasiones la imaginación es el fundamento de las historias más increíbles y porque si Licis ve las fotografías su pánico estaba asegurado. Continué mirando las fotografías. Directamente a la galería. A mirar el espejo. Éste no se había movido, estaba del revés, pero amplié la imagen para verlo mejor. Se apreciaba una cara goyesca, esos rostros característicos de personajes deformes que expresan dolor y gritos. No podría ser nada extraño, ser algo, la imagen en un cartón que nada tenía. Mi imaginación fue tomando dudas. Miré las del salón; una me llamó la atención, porque a mi izquierda justamente una luz radiante estaba junto a mí. Una luz que era más grande que mi tamaño en altura y que irradiaba extendiéndose iluminando la estancia. Pensé que mi vieja cámara ya estaba fallando, nunca antes había ocurrido. Directamente me fui a agrandar otra imagen que en miniatura se veía también blanquecina. Era del cuarto anterior a la galería, un corto pasillo desde el cual se accedía; también la misma luz a mi izquierda, irradiando. Enseguida pensé en mi posición física al tomar las imágenes. En ambas mi cuerpo estaba pegado a la pared en mi parte izquierda. A esas horas no entraba luz del exterior, el salón daba al este por lo tanto no había sol por la tarde; la galería daba al patio interior del edificio. Continué mirando detenidamente las demás fotografías; no había nada peculiar. El salón al fondo tenía, desde otra perspectiva, un excesivo cortinaje, en el cual se podía observar la ausencia de luz solar directa. Miré el mueble del salón porque algo llamó mi atención. No quería pensarlo, incluso rechacé la idea, pero era imposible negarla porque se veía perfectamente en la madera la figura en tamaño natural del cuerpo de un hombre con capa y cabeza de cabra. Recuerdo que dije en voz alta:

-¡Dios santo!

Expresión esta aprendida desde niña, porque se solía decir mucho en mi pueblo, especialmente por las personas mayores.

Pensé que no eran imaginaciones. Mejor dicho: que las imaginaciones se habrían desbordado. Repasé el mueble minuciosamente con el zoom del ordenador, y había pequeñas figuras de caras burlescas repartidas por el mueble. Me dije con temor, que con esa luz blanca en dos imágenes algo maligno se había acercado a mí en esa vivienda. Aquella noche no pude dormir, pensando en que era la primera vez que mi cámara fallaba, o eso es lo que yo quise pensar para no asustarme. Por la mañana seguía lloviendo. Volví a ver las imágenes. Las impresiones que yo había percibido, no habían variado. Nunca antes me había ocurrido tal disparate óptico.

Cuando me disponía a borrarlas, pensando que aquello era una locura, lo vi sentado en el sofá.

-Menudo susto me has dado. Podrías avisar antes de aparecer.

-Qué haces- me dijo y extendió sus alas transparentes como quien recién levantado bosteza.

-¿Qué hago, ángel de los peligros? Deshacerme de lo malo.

-¿De lo malo? No hay nada malo en ser protegida.

Ya estaba con sus cosas. Qué poco trabajo tienen los ángeles.

-¿Protegida?- Menuda protección, ver a un ser demoníaco en un mueble, un rostro espantado en el envés de un espejo, gente que no existe detrás de una cortina y bolitas de polvo raro pululando por el aire.

-Tienes poca paciencia, a pesar de que la paciencia es la palabra que más te aconsejó tu madre.

-No te molestes en recordarme sentimientos.

-No es molestia. Vivo de ellos. De hecho, los sentimientos son los que más lustre me dan. Mira mis alas: hoy están estupendas.

Qué presumido.

Estaba preocupada por si alguna fuerza negativa se había fijado en mi persona como si fuese un aperitivo de domingo. Las luces blancas de dos fotografías eran extraordinariamente increíbles.

-La luz jamás es noche.

-Deja de lamerte las alas. Me pones nerviosa.

-Las noches son de la oscuridad. Por tal motivo las estrellas existen, para quien necesite un camino, por ínfimo que sea, lo alcance.

Lo que faltaba: el ángel de los peligros sentado en mi sofá, conversando en prosa poética.

-Los ojos de los humanos no están hechos para percibir la luz. En cambio las cámaras made in Japan superan al humano en el poder de captación. De todas tus preocupaciones, sólo en la luz de la imagen debes concentrarte.

-¿En las luces que se ven a mi izquierda?

-En ellas solamente. Aunque te deslumbren. Es mejor deslumbrarse que nunca haber visto el brillo.

-¿Qué esconden esas luces?

-No esconden nada, más bien se muestran en silencio. Están junto a ti porque las tienes adonde quiera que vayas.

-No comprendo nada.

-Yo creo que sí.

Se levantó del sofá; su altura de hoy era dos tamaños de mi persona. Caminó por la casa igual que un perro olisqueando los rincones. Yo estaba mirando las fotografías, impresionada aún.

-Por cada amor, hay una luz -dijo al regresar al salón-. Tú llevas dos, siempre contigo. Aparte de mi presencia, que sé que tienes en gran estima.

-Te sobrevaloras en exceso.

-La fuerza del mal, la detiene esa entereza que te acompaña siempre y que no procede de tu persona. Por eso están ahí, las has podido ver bien claro, a tu lado, a la izquierda de ti. ¿Acaso no escribiste un día un poema, ciertamente muy pueril según mi entendimiento literario, que titulaste “El hombre sentado a la izquierda”? ¿Y no decías que ella era la mujer zurda que más amabas?

-Y aunque hubiese sido diestra la amaré siempre.

-Sí, pero dijiste zurda.

-Lo dije.

-¿No recuerdas los poemas que le escribiste y que nada más terminar, aún con la tinta entre los dedos querías leerle enseguida, como si fueses una niña? Espera, haré memoria. Sí; recuerdo uno que dice algo así como “Tú que fuiste mi luz primera”. ¿Era dedicado a ella?

-Claro que lo recuerdo. A veces lo leo con nostalgia. Sí, ella fue la luz primera de mi existencia.

-¿Y de tantas fotografías, por qué en los lugares más negativos de esa vivienda, esas dos luces grandes y brillantes están a tu izquierda, pegadas a ti? ¿Por qué no en Licis, que también se encontraba ahí?

-No lo sé. Será por la cámara, que ya tiene sus años.

-Y luego dices que escribes poemas… Ahora cualquiera dice que es poeta. En mi espacio celestial, aunque mundano en ocasiones, hay que ser muy bueno para acomodarse a un don que muy ligeramente se dice que es de nacimiento eterno.

-Comprendo. Qué cosas más eternas pasan en lo eterno. Y dime, ¿alguna vez los has visto en tu mundo? Ya sabes a quiénes me refiero.

-No. Jamás me permitirían verlos.

-No te creo.

-Cuento con ello.

-Siempre tan altivo.

-… Su descanso y mi descanso están en dos lugares distintos. Estate tranquila, duerme en paz y vive de igual modo. Y ten en cuenta que los demonios existen. No de la forma en que los humanos pensáis. Tanta literatura mediocre os ha hecho inferiores a vuestras posibilidades. Los demonios existen. Generalmente expresan el dolor y los gritos que los humanos dejaron en vida, copian hasta sus voces, se ríen o lloran de las figuras que un día fueron humanas. Y pueden adherirse a cualquier materia. No los captes, no los escuches. Llevan consigo muchas mentiras y locuras. No regreses a ese lugar. La luz que llevas contigo puede también ser vencida, no agotes su fuerza ni la desperdicies sin necesidad. Porque hay noches que nunca ya amanecen.

-Te haré caso. No regresaré a ese lugar.

-…Y ahora me marcho. Que tengas buena lluvia.

Comprendo que vivir es un misterio. Un enorme misterio que a veces se representa de modo abrupto en cualquier lugar de nuestras emociones.

Nunca regresé a esa vivienda. Licis me preguntaba siempre si había visto algo raro. Le contestaba que no, que nadie se había interesado por ese inmueble y por lo tanto no había vuelto desde entonces.

 Porque no es nada extraño que con nosotros llevemos el amor, igual que hay quien elige ser acompañado por el odio o tal vez el odio lo elija a él. Yo en aquella vivienda supe con certeza que mi padre y mi madre me protegían. Siempre lo había sospechado, y también soñado; pero eran emociones fuertes de una poeta huérfana. Ahora, sin embargo, tenía una gran seguridad: que las luces a mi izquierda en aquel lugar negativo, mi cámara las había captado. No había más avería que no comprender las profundidades del amor. El ángel de los peligros, en su estilo habitual de ser inesperado, lo explicaba sin rodeos para advertirme.

Ellas, las libélulas más raras, son muy expertas en la luz.

 

(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2016). 

viernes, 27 de febrero de 2026

Nunca imaginé ese nombre para un soldado, de Marta Antonia Sampedro

            

            El día en que la más adecuada de las mujeres de la sierra de Bienmalpica entró por la puerta del improvisado cuartel en la zona de Humerales, nadie suspiró. Comparado con su cuerpo, su petate era tan pesado que algunos de los presentes quiso aliviar la pesadumbre que sin duda alguna debía tener aquella enclenque mujer que no superaría los cincuenta quilos de peso.

 -¡Pero qué hacen!- los disuadió, con voz firme, al verlos con intención de ayudarla-. ¿Acaso creen que estamos en el baile? ¡Vamos, camaradas! ¡No hagan el ridículo!

            No, nadie suspiró. A todos ellos les parecía normal que aquella profesión, al fin y al cabo eventual, también atrajese al mando a mujeres rebeldes. La teniente los miró de frente una y otra vez revisándoles el pobre uniforme.

          -¿Quién de ustedes es el soldado Pablo?- Uno de ellos dio un paso al frente-. ¿Tú? Pues así a simple vista no me pareces tan bravo como he escuchado decir en la guerrilla de Luz Sur.- Un sonido de sonrisitas y toses a medio apagar silbó en los oídos de la teniente-. ¡Pssss! ¡No quiero risas ni burlas, que bastante hay ya con ver la facha que tienen de no saber ni sujetar una boina! ¡Pueden descansar!- Un colocar sueltos los pies recuperó la curiosidad inicial de los hombres por la recién llegada-. Es que he oído, soldado Pablo…, que tiene la obsesión de ir tras las mujeres de la zona, les guste a ellas o no. ¿Es eso cierto?- El soldado Pablo afirmó tímidamente con la cabeza la osada pregunta de, a su parecer, aquel adefesio vestida de militar-. Pues he de advertirle, y vaya el mensaje para todos ustedes, que esto que llevo, esto que me tapa las piernas, es un pantalón igual que el suyo, pero más nuevo; también más curioso, y no porque sea mujer, sino porque soy más limpia. ¿Queda claro y comprendido? Y que no se puede utilizar a las mujeres que llevan pantalones para descubrir lo que buscas sembrando de huérfanos y desgraciados la tierra, ni a las que llevan falda para que tú se la levantes aunque no te den permiso, porque las botas de las superiores por las puntas están afiladas para capar los colgantes de los ciervos que berrean aprovechándose del hambre y de las desgracias. ¿Alguien tiene alguna duda? Veo que no. Pueden retirarse.

             La teniente Antonia jamás se preguntaba de dónde procedían los hombres a quienes se dirigía. Nacida en un hogar de estricta disciplina machista, conocía bien el terreno. Única mujer entre numerosos hermanos, a cuál de ellos más incapacitado para las labores domésticas y que aceptaban con gusto y ventaja, se vio obligada a superarse en la adversidad.

               Tras el almuerzo, descansando del largo viaje la teniente miraba la carpa de lona raída y mugrienta que instalada en aquel inhóspito lugar plagado de pesadas moscas y hormigas gigantes era el frente de una batalla que en instancias superiores se daba por perdida sin apenas haber comenzado. La habían enviado a ciegas, a probar suerte con el azar de los tiros y la estrategia menos calculada. Pero desconocía estos básicos datos para salvar a tiempo el pellejo y, aun así, a pesar de los tranquilizadores detalles dados por sus superiores, intuía una batalla como tantas otras, con sus riesgos, sí, y con sus victorias. Una cierta luz envuelta en aire de paz la movía al romanticismo, casi pueril, que sentía mentira.

               -Sabemos de su valor para enfrentarse a las más duras pruebas- habían sido las palabras de su envío a la zona muerta de Humerales, sin más órdenes que las del asedio ante el aburrimiento y el aviso de apuros en víveres y agua potable-. Pero es un lugar tranquilo, teniente, deberá mantener en orden a un grupo de embrutecidos por la desidia, el alcohol y la paz. Nada relevante. Teniendo en cuenta su valía y experiencia demostrada.

         Bajo la carpa, qué incertidumbre la ingesta de aire sin aquella firme duda de ataque, de enfrentamientos y de sangre, de gritos y metralla rompiendo nubes, brazos, vientos, vaciando ojos, palabras, quejas, valor, vidas… El sueño quería rendirle y plácidamente cerró los ojos. Pero despertó pronto, serían las cuatro menos veinte en segundo cero cuando en la duermevela el sol pareció tronar, los truenos solear sobre un brillo mate de la tierra y sin demasiado esfuerzo recuperó el sentido del estar alerta. Apartó la lona arrastrándose por la tierra. La humedad le calaba el pantalón y los codos, o tal vez el sudor que da el anuncio del morir fuese ese charco que notaba en sus ropas. Los hombres respondían con sus armas y con sus gritos de desesperación urgente de defensa. Pájaros de hierro sobrevolaban el campamento con sus alas inmóviles bajo nubes impasibles al paso de sus humos de motor. El cielo resplandecía ruido de guerra y de rabia humana era la cascada de disparos encendidos de odio inyectado contra todo cuanto en Humerales se moviera.

            -¡Al suelo!- chillaba la teniente entre la sierra, mientras sus hombres y otros del bando enemigo caían como cuerpos de goma, inertes por el fuego-. ¡Al suelo!

             Debajo de las ramas de los grandes árboles se refugió jadeante, dividida entre la muerte o la vida, resoplando miedo, el mismo miedo de las otras veces que ahora llegaba de pronto, despidiendo el corazón calmado, los ensordecidos pensamientos, incluso manteniendo los ojos con ese sueño de antes, el sueño solitario de la paz de una misma que estallara. “¡Maldita sea!”, se decía entre dientes arrancando hierbajos para no hablar en alto, con la boca entremetida en ramas bajas colgantes.

“¡No se oyen más que sus armas! ¿Y mis hombres? ¡Dios! ¡Malditos mandos militares! ¡Me enviaron a morir! ¡A morir aquí todos!”.

Una y otra vez golpea la tierra. Los aviones estallan su materia mortal en menor estruendo, quedan en mayor lejanía, se marchan mientras lanzan últimos esputos de fuego.

-¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos!

Se arrastra. Su traje de hojas de algodón tintado en verde y negro se confunde entre los matorrales. Una mujer serpiente reptando, huyendo de la víbora de la guerra; su veneno la inyecta una y otra vez de esa inquietud que espanta, que le bombea el corazón a mil por hora llevándole hasta la boca lenguas de salivas raras que presiente sabores a muerte. Su desventaja de no saber la forma de una trampa proyectada a placer la hará pagar muy cara nada más regresar al cuartel general. Sí, lo investigará en Bienmalpica. Pero eso será si logra regresar. Las hormigas gigantes, ajenas a la guerra, no le indicarán el camino; tendrá que arrastrarse como un gusano hembra devorando tierra. Probablemente, con el ataque todas hayan huido lejos, porque no ve ninguna, vaya cosas que vienen a la mente con el pavor a morir. Tampoco las moscas lograrán convencerla de que su hambre sea mayor que la que ella tiene por vivir.

“¡Mierda! ¡Tengo sangre en la pierna!”.

Las piernas de las tenientes, en la sierra van marcando el sendero de la muerte. Es su sangre como la sangre de los hombres, calor que cuaja la tierra impregnado de olor a dinamita y recuerdos que se confunden con las ilusiones más simples y cercanas. De pronto deja de arrastrarse. Agarra con fuerza su fusil. Las manos se agitan, el corazón es un pájaro enloquecido que intuye peligro, peligro, peligro en rojo. Alguien gime, y la teniente se arrastra de nuevo marcando una vereda de sorpresa, Aquí estoy, te descubrí, a ver quién de los dos cae el último. Detrás de las ramas se le ve la cabeza, sin casco, sin red de trapecista, que se cae, se cae, sin nada más que pelo y piel en una tonta cabeza.

Pero aquel soldado que ve, es un estúpido sobreviviente escondido en un árbol que sobresale en muertos. Sí, un estúpido, porque lo tiene a tiro, ahora, sí, qué suerte verle a uno de esos cabrones la cara, poder volarle los sesos a esos malnacidos que habrán sido comprados con mierda por la agonía de una sórdida e inservible revolución contraria a la de ella. Y ni se entera.

               -¡Quieto o disparo!

               La piel de la teniente, ante los ojos de él, es también tinte de carbón. Pero no es por la estrategia aprendida en esos cursillos rápidos de guerrilla en los que tanto superó su cobardía: es un color a espanto ese que tienen ambos.

              -¡No dispare! ¡No dispare se lo ruego!

              La agonía, en las guerras, es un paso de punto y final, una meta que ya no prosigue, cuyo margen quede grabado en un archivo con la palabra fin. Porque, a simple vista, el enemigo al que está observando no tiene armas, ni aparenta tener nada, excepto un susto de muerte que ya lo hubiera comenzado a matar. Y quizá sólo diecisiete años y tres pobres pelos en la barba.

-¡No dispare! ¡Por lo que más quiera no dispare! ¡Que estoy herido!

Sin dejar de mirar sus ojos se arrastra hacia él, la pierna le sangra y ese dolor a todo, quién lo enviará con tanto alfiler sin cuerpo. También le duele a él ese corpachón echado al suelo; se protege con insistencia el hombro.

               -¡No te muevas o disparo!

             Pero, en vez de temblar, de expresar su valentía con la mirada altiva, mientras es apuntado por el arma de la teniente se ocupa en decir que se llama Octavio.

               -Bonito nombre para morir en la sierra- le contesta con ironía-. Yo me llamo Antonia.

               -¿Antonia?... Nunca imaginé ese nombre para un soldado.

               -Soy teniente; una teniente.

             -¡Bueno…, teniente! También su nombre de mujer suena bien para morir aquí. A la muerte no le importan nuestros nombres.

               -¡Eres muy gracioso, sin duda! Tal vez porque eres un mocoso al que han puesto un caramelo para que vayas haciendo ruido por toda la patria matando hormigas. Tu madre te echará de menos cuando antes de acostarse cuente los pollos en el corral.

               -Mi madre murió; en un asalto de la guerrilla.

             -Lo siento. Entonces tu padre, cuando comience a lavar orejas a mocosos y vea que le falta uno.

               -También murió, tuberculoso en la mina.

              -¡Bah…!

          Ese brillo de su mirada de zagal no son lágrimas. Serán sus ojos, que de tan negros resulten de extraordinario relampagueo. Sí, de diecisiete años, más o menos su mirada y cinco son sus pelos de la barba, cuando ella había calculado tres a ojo antes de acercarse. Ni siquiera las palabras que en su mente aparecen pueden ser pensadas, sino que las siente sueltas, a su libre albedrío formadas, puras y tan calladas…

               -¿Te duele mucho?

               -¡Me duele, sí! ¿Y a usted la pierna?

               -Regular. Se puede soportar.

               -Sangra mucho.

               -No, apenas. Si no fuera por el torniquete, estaría peor.

           Las hormigas gigantes han regresado, porque junto a ellos corretean unas cuantas sobre las hojas secas por las puntas, que se mueven ligeramente por el peso. Un ajetreo de pájaros y de chillidos retorna a ese maremágnum de ideas y creación abruptas, y sin pensárselo la teniente Antonia deja de arrastrarse para comenzar una huida hacia alguna parte.

               -¿Adónde va?

            -Me marcho a buscar refugio. ¿Por qué esperar a que a una la liquiden? ¿No te han enseñado lo que significa honor? No, claro que no… El jodido capitalismo que te ha puesto ese traje de espantajo no sabe de eso… No sabe sino de explotación y de muerte…

        La teniente da la espalda al enemigo, se va alejando de ese refugio improvisado. El joven se incorpora, gime de forma extraña y va tras ella.

             -¡Espere… espere…!

Es un muchacho estúpido, que no entiende nada, que confunde vida y batalla, guerra y muerte, todo y nada.

-¡Espere…!- balbuceo suelto, pasos dormidos con rastros de serpiente herida. Palabras enfiladas entre un reducido grupo de dos-. ¡Está usted confundida, sí, muy equivocada!... ¡Yo también sé lo que es la explotación y el hambre!

              -¡No me digas!... ¿Tú, que apoyas a esos miserables que nos roban y nos matan para tener a nuestras madres humilladas buscando algarrobas y pan, o de criadas amansadas a palos pariendo entre sus propios excrementos?, ¿y a nuestros padres de pestilentes cadáveres con las fuerzas arrancadas, despreciando a Dios cansados de rezar? ¿Tú? ¡No me intentes engañar!

               -… No sabe usted mi suerte, mi mala suerte por ser un soldado cobarde para las revoluciones. ¿Es que se ha creído usted que me han dado? ¡Ni que me quede tieso me aciertan! ¡Que esta herida que llevo nada más llegar a tierra, me la he marcado con este bote de mercromina que siempre llevo encima! Otras veces es el pie, o la cabeza…; depende del riesgo. Así me salvo de ser un valiente de más, y si usted fuese de verdad una teniente rebelde, ya me habría dado un buen tiro.

               -¡No me tientes, estúpido soldado! ¡Que quiero dejarte vivo para que sepas que nuestra revolución es la auténtica!

               -¡Y a mí también me sirve, si es justa!

          Al comprobar la tintura, la teniente Antonia da un respingo de incredulidad. Es cierto: aquel tontorrón muchacho es un farsante, un pájaro que todos los cantos canta con las plumas teñidas de mentira, un…

               -… Que yo de momento morir no muero por nada, a sus órdenes si es preciso y perdone la ofensa. Que lo único que sé es que no quiero morir, porque tengo a mi novia esperándome… Y ahora deténgame; aquí tiene el arma, que igual que le ha pasado a usted nunca me la descubren porque estas botas son cuatro números más grandes pues no había botas de mi número. Tenga, cójala usted; la dejo en el suelo, para que vea que no tengo malas intenciones.

             Bien pensando, ahora que lo mira atándose los cordones del calzado, el joven resulta tan estúpido como ella se siente. ¿Por qué, si no, una mujer así, tan decidida, con ese coraje de generación noble, había aceptado en silencio, sin al menos pensarse el plan, tragarse aquel encargo, encerrona al fin, de los mandos superiores? ¿Quién les había enseñado, si no es con la razón de los chiflados, que la vida de una mujer vale menos que la de un hombre? A saber qué motivo tan cruel como sus sucias conciencias, pensó de pronto, mientras escuchaba el susurro de algunas moscas.

               -Guárdala. Que nunca se sabe. Y ten cuidado con el gatillo, que no tiene bigotes ni dice miau.

               -A sus órdenes.

               -¡Déjate de gilipolleces! ¡Que ni siquiera perteneces a mi ejército!

             -Agárrese mejor…, eso es… A mí el ejército me trae sin cuidado; que yo, lo que quiero, es la paz para poder estar con mi novia… Y no tenga prisa en andar, no… que esos no pensaban atacar dos veces esta zona. Y no está bien que las mujeres hablen así, con palabrotas de pirata.

              -Ni que los hombres sean avestruces, de tan cobardes, parece cosa normal; así que déjame en paz. ¡Qué suerte tener confidentes heridos con mercromina!... ¿Es que crees que está bien mentir así, haciéndose uno el herido, sin estarlo?

              -Ni que a uno lo envíen a la muerte lo veo yo bien.

             -Pero las revoluciones son para progresar, y esa es nuestra meta. Morir de pie es el frente digno, y vivir de rodillas la tumba.

            -Mi novia dice lo mismo que usted, claro que no tan bien expresado, pues no ha ido nunca a la escuela, ni yo tampoco, pues trabajamos desde niños. También piensa que no es de ley eso de dejarse machacar. Le gustaría a usted; es una muchacha de mi pueblo, vecina mía; nos hemos criado juntos, y desde chicos nos queremos. Tiene unos ojos… Me gustaría que la conociera, se llevarían muy bien, creo que hasta se parecen… En cuanto acabe este lío, nos casamos, usted podría visitarnos, si quisiera… Ya hace mucho que no la veo, aunque sueño con ella a menudo, porque ella es…, tiene una forma de decir las cosas, una voz tan…

               -¡Pero bueno! ¿Es que vas a estar todo el camino hablando?

             Sí: parece que ya han regresado las hormigas gigantes, piensa la teniente Antonia; porque justamente allí, en frente de donde ellos caminan agachados buscando un refugio seguro a la espera de rescate, hay quietas algunas que se reconocen; y chocan las antenas despacio, una y otra vez, para continuar su marcha. 

 

(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (1995). 


miércoles, 18 de febrero de 2026

Lengua de Uva, de Marta Antonia Sampedro

 

Relato finalista del II Premio de Relato Corto

 “Entre Libros”, 1999.

 

Con el cuerpo al resguardo, entre los coches aparcados hundiendo la cabeza contra las ruedas, dormitaba sobre la acera humedecida por la madurez del otoño. Un hilo de saliva se posaba en su pecho como aceite espesado por el frío, y sus labios, espumosos, se movían al compás de sus inapreciables ronquidos.

Despertaba con facilidad, y alguna vez, durante aquellas largas horas, hubo de espantar el chillido de las ratas que se le aproximaban, provocando que el sonido agudo de su garganta se incrementara en el silencio de la noche, produciendo violentos maullidos, o escupiendo saliva para amedrentar a las rabiosas fieras. Y volvía a dormirse con cierta placidez, calculando en su espera cuánto tardaría en arrimarse nuevamente el perro en busca de calor; pero se retrasaba, tal vez anduviera lejos, olisqueando huesos entre las basuras, o rasgando carne podrida del supermercado de la calle de más abajo. En su cerebro aguardaba las circunstancias del tiempo al unísono: consciente de que dormía, sabiendo que continuaba la vida en aquel lugar exacto. Unos pasos allá, en el fondo de la calle: ya cerraba sus puertas la cafetería; sus cierres chirriaban y chirriaban de esquina a esquina; después la cadena, seguidamente el cerrojo, y Lengua de Uva intercalaba en sus sueños, de un modo ordenado que sólo ella comprendiera, la realidad y la fantasía. A eso de las dos el camión de la basura: motor acelerado, el humo llega a su nariz, y aun así quietas las ruedas, y vocerío de gentes despiertas oliendo el repugnante perfume de los envases de plástico, asiéndolos con sus manos enguantadas unos hombres muy sucios. Hacia las cuatro, regresaría el hombre del almacén de al lado. La puerta de chapa arriba, después abajo y de pronto la luz iluminando, a través de los hierros altos, un techo de uralita. Más tarde, sobre las cinco, mientras nuevamente sueña que una mujer sin rostro le cubre el cuerpo con una manta muy suave y caliente, dos personas saldrán del portal número ocho, siempre hablando a voces, con las gargantas despiertas, cada día arrabaleando como si fuesen las doce del mediodía, las siete de la tarde, justo en el momento en que la mujer del sueño se aleja cuesta abajo, parece que vuela, hasta llegar a la plaza de un pueblo desconocido que intenta identificar, pero aparece una sombra, que le dice que se aleje de ese lugar, y Lengua de Uva corre y corre, sube jadeante la pendiente; los pájaros comienzan sus sones de alborada, y ella corre y corre y continúa corriendo hasta que la garganta se le reseca, los ojos le queman tanto que se unen al sudor salado de la frente, y entonces mueve en su boca la saliva, que está apresada entre sus dientes. Oye decir “Buenos Días, Carmen”, y sin abrir los ojos ve al panadero salir del coche, qué ruido, qué estruendo a motor viejo, qué voz tan vulgar y corriente para ser una visión. Ve sacar los sacos de papel, colocarse bien las lentes de miope, y Lengua de Uva prosigue el sueño: lo había dejado inerte, justo en el momento en que escondía, bajo la almohada hinchada, un diente. Ve a su madre en la alcoba, colocándole el pijama de muñecos, “Qué grande te estás poniendo”. Paso a paso se extiende el camino de escolares: lo sabe, porque a uno de ellos se le ha caído algo. “Es el papel de un dulce”, y oliendo a azúcar saborea el recuerdo de su madre, que continúa diciéndole “Qué grande te estás poniendo”.

Un sonido desagradable se aproxima: es la escoba del barrendero. Con sus púas, de pronto en su mente se reflejan sentimientos que no desea recordar, un tirón de pelos como puntas de acero, y Lengua de Uva se despereza, sintiéndolo mucho, pues ahora se hallaba en un patio, en campo abierto, intentando reconocer el aroma de un pozo, donde dos peces de colorines se enfrentan por una miga de pan que va contra corriente. Es divertido, a ella siempre le gustaron los peces, y es bonito verlos en sueños, pues sus colores pueden ser alterados, sus movimientos más o menos pausados, por la fantasía que dan los ojos cuando están cerrados. Estira sus brazos una, y otra vez al mismo ritmo: dos sures, dos estes, dobles nortes y oestes… Se da prisa, ya la escoba se oye más cerca. Antes de levantarse orina junto a una rueda, suspirando “¡Qué noche tan buena, he dormido como una criatura que nunca duerma!”.

Ya ha abierto la papelería; el dueño se estira el bigote, la mira con cara de abeja, y ella le saca su blanquecina lengua, color de cera; el hombre dirige sus ojos hacia otra parte, rumiando palabras que no se entienden, y Lengua de Uva se despereza, recuperando la ilusión de la otra noche: se despertaba y había tormenta: “Las nubes hacían mucho ruido, se alzaban sobre las voces de muchas noches, mojaban el pelo asqueroso de las ratas, las hacían desaparecer, espantaban al perro que no ladra y al panadero se le hacía migas el pan, ¡qué divertido fue, y además oxidaba los candados! ¡Qué sueño, qué lástima haber estado despierta!”.

Sigue el rastro de niños: un papel aquí, otro allá, y esa senda tan bonita, parece mentira que esté hecha al azar, la infancia es una provocación, hacer esas cosas para confundir la realidad y que los mayores puedan seguir sus pasos, mirar sus dedos de pinzas tiernas, de uñas brillantes, lisas, nacaradas, sus piernas cortas, sin medias enteras, calcetines hasta las rodillas, y sin embargo tan atrayentes para los hombres sin escrúpulos, que no sienten las náuseas, y esas bocas rosadas, sin pintar, de dientes por desarrollar, tan chicos y tan valientes para callar las cosas que se deben callar.

Llega a la escuela. A las piedras del edificio se les está oscureciendo el verdín; las últimas lluvias, qué blancas han dejado las aceras, para poder dormir sobre limpio, las baldosas relucientes, bicolor, alfombras junto a los pisos. Han pintado las ventanas de verde primavera. Los niños jalean en la puerta. Se dan patadas, se escupen, tiran sus mochilas y se miran el reloj, escuchan sus sones electrónicos, y ella permanece en la puerta de Cruz Roja, tras una ambulancia que está aparcada, justo enfrente; quiere poder escuchar lo que dicen algunas madres: pero, con el alboroto, sólo comprende bien la pronunciación de algunos nombres. Mira las ventanas de las viviendas de alrededor: todas tienen encendida una luz. Esa, por ejemplo. Es una bombilla pequeña, muy reluciente y de doradas transparencias. Pero desaparece, porque esa luz es el sol, ese inconsciente que quiere otro día, que se abre paso entre la mañana del otoño, que se ha ido a otro bloque más alto. Ya entran a la escuela los niños, y Lengua de Uva suspira, siente cómo se le hincha el pecho de aire frío, el vaho se apresura a escapar de su boca, porque, al fin, consigue verlo: va junto a los últimos, no habla con nadie, y es de los más canijos, ni siquiera lleva abrigo, y ella mira sin saber qué pensar esos pies chicos, un poco torcidos, la mirada hacia el suelo, tapada la frente con un vulgar flequillo que le hace las formas de las cejas. “Soñé que en mis brazos podrías soñar sueños que eligiéramos”, dice en voz baja, antes de ver su cuerpo desapareciendo hacia dentro de la escuela.

Lengua de Uva camina calle arriba. A lo lejos, ya no se ven edificios. Hoy ha decidido que antes de comer raíces y frutos del campo, lavará su desayuno en la fuente, pues se siente hinchado el vientre, y los ojos arenosos, sin deseos de moverse. Eso es: los lavará primero en la fuente, en La Hechizada. Es una fuente especial, solitaria y lejana, donde, en el silencio, sentada sobre el tronco de un olivo, a veces, cuando está más triste, se pone a llorar como ella quiere: entre sollozos que le nublan la vista vuelve a chuparse el dedo, ahí nadie la puede ver, para decirle que ya es mayor, una mujer de cuerpo entero, porque las curvas van tomando una forma bonita. “Vaya con la nena, que ya es una mujer”. También, en La Hechizada, un susurro aparece de pronto cuando eso ocurre. Es una voz de mujer muy serena, que calla esas mentiras, porque ella quiere chuparse el dedo una vez, y otra vez y otra, hasta dejarlo tan húmedo que ya ni lo pueda mover. “Esa voz que oigo me llama por mi nombre, ese nombre que olvidé cuando todo empezó de broma, como un juego al que nunca jugaré”.

Los árboles se agitan con suavidad, descargando hojas, sin molestar a nadie, ni siquiera a los vivos. Una túnica de amarillos y marrones es la alfombra del otoño. Bajo sus pies, crujidos de las hojas más muertas, y Lengua de Uva mira el horizonte, el cabello se le alborota, y siente que un sueño la reclama con urgencia, pide paso una ilusión, y entonces corre y corre a través del manto entristecido de la estación, para alcanzar la fuente, donde puede soñar mejor.

Hasta se le ha quitado el hambre y, tocándose para calmarlo, el vientre, se sienta en el tronco del olivo. Tiene una forma muy extraña, porque parece un brazo sin mano, alargado por plumas de hojas minúsculas, hacia el horizonte. Entre el canto del agua, incansable en su monótono charco, mira sus pequeñas manos; las lleva hasta su frente: pero el sueño no viene, y tan sólo, una vez más, siente ganas de llorar, un río quiere desbordarse, abrirse paso. “¿Quién fue quien nació por mí?”, se pregunta, apartándose de las mejillas el cabello. “¡Dónde estoy, si no es otra que no tiene cara, la que está sentada tantas veces delante del televisor, haciendo ver que estoy ocupada, y esperando con sudores fríos a que en su corazón suene una alarma callada, que chilla, y chilla más fuerte, y a pesar de eso no dice nada!”.

-Vamos, niña, que tu madre no está- oye detrás, a su espalda.

Los golpes le han enseñado a ser valiente, a no decir que no, bueno, que sí piensa que no, pero eso solamente dentro de ella, porque no quiere, pero sí, tiene que hacerlo. “Si chillara, quizá vendría mi madre, para que delante de ella le dé vergüenza. Pero ella no podría hacer nada, no, ¡y si se enterara!..., si se enterara me castigaría, como él dice, se enfadaría mucho, me diría marrana, dejaría de decirme esas cosas que me dice tan bonitas mientras la ayudo a hacer la cama, o le canto coplas aunque no tenga muchas ganas de cantarlas. No, no, no podría hacer nada, porque también la escucho llorar… Se mete en el cuarto de baño. Ella cree que está sola, a veces echa agua al retrete, para que, mientras se llena la cisterna, no se oiga cómo se le salta un hipo raro de la garganta, y se suena muchas veces la nariz, y tose. Luego sale, yo sigo barriendo, como si nada. Quiere que su voz sea como siempre, como cuando no llora; pero tiene la misma que cuando se resfría, y ella cree que yo no lo comprendo, pero su sonido es igual que cuando me dice lo grande que me estoy poniendo”.

-¡Papá!...

-¡Vamos, he dicho! ¿Es que no te acuerdas de lo que te hice el otro día, que tampoco querías? ¿Por qué no le haces caso a tu padre?

Él insiste, me enseña la vara de olivo. Le temo mucho, porque cimbrea; su ruido, al moverla, es como el sonido de una mosca gigante, me avisa del dolor que siento, y ni el aire fuerte o débil de ninguna estación puede con ella.

Lengua de Uva va detrás de él, que va hacia el cuarto. Cierra con llave, y ella siente los tiempos ya muertos, quietos en el tiempo de siempre, lleno de siempre, y sin más segundos por vivir que los momentos de ese instante.

-¡Qué cuerpo se te está poniendo! Ven, ven aquí… No digas nada, no digas nada y ven…

Desde el olivo, contempla las viñas.

“Con las hojas, si están lejos, no me pasa; pero, nada más ver las uvas, mi estómago las reconoce. Porque todo comenzó como un juego. Yo era una niña muy traviesa, veía dos mundos posibles, llenos de sueños, por eso siempre inventaba cosas, y mi hermano se reía mucho; entonces, mi madre aprovechaba sus risas para hacer comer otra cucharada de lentejas”.

-¡Mira, mira lo que hace tu hermana! ¡Y esto es un avión que va para tu boca! ¡Atención, señores!... ¡avión despegando del aeropuerto!

Entonces, en aquellos minutos vivos, los tres nos sentíamos felices, por un mundo creado durante unos segundos, expresamente para nosotros.

Pero, con las uvas, es distinto. Aquellas de la primera vez, eran muy hermosas, verde claro y jugosas. Tenían semillas duras que mi hermano se negaba a comer.

-Yo se las quito. ¿Ves mi lengua? Se mete en la uva…, se mete así… y se le sacan las pepitas, para que te las comas mejor. ¿Has visto qué bien?

La madre ríe mirando el techo, qué cosas tan ingeniosas se le ocurren a la niña; el hermano permanece atónito, porque su hermana es toda una sorpresa. El padre continúa mirando la televisión. Es tiempo de uvas y, al día siguiente, los racimos están de nuevo, de postre, sobre la mesa. Pero ese tiempo lo cortan de un solo tajo las palabras duras.

-¿Pero es que eres imbécil, o qué?- protesta el padre-. ¡Deja de hacer eso! ¡Eres una guarra!

Todos callan. No es para tanto, y reír sienta bien para que los niños coman mejor.

Pero sólo ellos lo creen.

-Hazme lo mismo que le haces a las uvas.

El primer día, vomitó y vomitó. El segundo, también. Y el tercero; y todos los días siguientes a ese tiempo muerto.

-¡Eres mi mejor lengua de uva! ¡Y estas curvas!..., ¡y estas piernas! ¡Ya eres una mujer!

Al sentirse, por él, una mujer, no quiere serlo nunca. Y entonces, en vez del color rosa, blanco o cualquier otro, prefiere el color negro.

-¡Pero hija!- le riñe su madre-. ¿Esta es la moda que te gusta?

El negro es como ir vestida de sombra, que es lo que ella quiere ser. Porque las sombras, cuando pretendes tocarlas, se desvanecen aunque se tengan garras de bestia. Es inútil atraparlas, obligarles a nada, porque solamente se consigue agarrar aire oscuro sin cuerpo. Pero, a pesar del color negro, la sombra desaparece al quitarle la camiseta, y al descubierto quedan sus tiernos pechos de niña, que todavía no necesitan de sujetador, y aunque rosados, son sucios, toda ella lo es, repugnante y sucia como un estercolero.

-¡Hija mía, como el amor de un padre, no lo encontrarás nunca! ¡Te lo digo yo, que soy tu padre y te quiero tanto!...

Si el amor de un padre es el mayor, el tiempo muerto de sus días ya queda enterrado, porque son los restos de la vergüenza, de los excrementos del alma, los segundos que ya no se pueden vivir sino apartados de la luz. “Como el gato que se murió. Está debajo de la tierra, buscando raíces, y nunca maúlla cuando estoy despierta; sólo cuando duermo aparece en mi ventana, y entre sueños me levanto, llorando sin saber por qué, le pongo un plato con leche; entonces, cuando dejo de llorar y me vuelvo a acostar, el gato vuelve, y se la bebe”.

Cierra los ojos. Ya vuelven los sueños.

Mientras corre en la fuente el hilo de transparencia, sueña que tiene unos tres años. La figura que se ve en el sueño no lo sabe, pero ella, desde fuera, al verse, lo comprende: corretea en su casa arrastrando por el pie a una muñeca, y se confunde esa imagen paseando por las calles; la lleva su madre cogida de la mano. “¿Pero dónde están sus manos? Sólo veo sus dedos entrelazados a los míos”.

Su madre está en el cuarto de al lado, llorando. Ha puesto la radio, para que no la puedan escuchar. Pero es inútil, porque Lengua de Uva, al bajar los párpados, la ve tumbada en la cama, y escruta las sendas de sus lágrimas, inundadas de agua. No ha comido nada, porque dice que le duele mucho la cabeza. Pero no llora por eso: llora, porque siempre llora a escondidas; su padre dice que son manías de loca, pero ella sabe que cuando le duele a una algo, nadie se pone junto al enfermo para reírse. Lo ha visto muchas veces, porque, cuando va a ver a sus amigas, que ese día no han ido a la escuela, sus padres las dejan tranquilas, a solas con los tebeos, y les llevan caldo, y las tapan, y si lloran entonces les dicen que no lloren, que ahí está su peluche, ese oso tan valiente, tapado también, para velar por ellas si es que ellos andan ocupados, y que se pondrán buenas muy pronto. Entonces, ¿por qué está su padre con ella, riéndose? Entre las risas se oyen los gemidos de su madre, y Lengua de Uva no entiende nada. Entonces, ella también llora, tira con rabia su muñeca, y se coloca junto a la puerta del dormitorio, y su llanto es cada vez más intenso, más y más enérgico, hasta que la puerta se abre, chirrían las bisagras, y ve los ojos de su madre, enrojecidos, la nariz le gotea, y sus labios sonríen, tal vez ya no le duela la cabeza, qué bien, ahora llora ella pero su madre no, y además no le duele nada, bueno, tal vez el pecho, porque ha berreado mucho, lo necesario, hasta conseguir que su madre acudiera.

Abre los ojos. Un pájaro vuela entre dos ramas. Aún siente que su madre la coge en brazos.

-¡Ya pesas mucho! ¿Por qué lloras?, ¿eh? No llores, no llores…

Ella la abraza, quiere quitarle las manchas que tiene en el cuello. Son lunares muy grandes, debajo de las orejas. Tan grandes como la palma de su mano, y morados. Pero las manchas no se quitan con la saliva de sus besos: serán manchas de un pintalabios nuevo que su madre todavía no sabe usar demasiado bien.

-Vamos a bañar a tu hermano, ¿quieres?

Cuando lo baña, en las burbujas en la espuma Lengua de Uva revive su infancia más tierna. Sabe que tanta agua es para su hermano, que es muy pequeño; así que quiere meterse adentro, pero no por ella, que ya es más grande, sino para lavar a su muñeca, que también es pequeña. Su hermano le tira un sonajero, ella le lanza la esponja, y a su madre le ha salpicado el agua, porque tiene los ojos mojados, y rojos, por el jabón.

Se aproxima a la fuente. Dos ranas saltan súbitamente y una sonrisa se le escapa, porque con sus brincos han roto el silencio del otoño.

“Ya será la hora”, dice al beber del charco, mientras las ranas la miran sin saberlo ella, tan sólo sus sueños las ven bajo el agua, tranquilas, quietas, al acecho, con cuerpo desfigurado por las ondas y el viento. Frente a ella, los edificios de la ciudad. Un coche negro, muy grande, pasa por un camino lejano zigzagueando como una serpiente.

          “Ahí va mi madre, vestida muy bien, con su vestido hasta los pies, sus zapatos de los domingos, muy seria, tumbada con las manos entrelazadas, y qué anillo tan bonito, era el de mi abuela. Él no está. Se marchó con dos hombres, llevaba las manos atadas. Iba tan guapa… Yo le decía cosas, pero ella no me hablaba, porque estaba muy dormida, no le dolía nada, y todavía no sabía muy bien pintarse los ojos, porque tenía manchada la cara con lápiz muy grueso, y la nariz muy chata, y algo abierta por los lados. ¿Habrá vuelto a por mí? ¡Eso será! ¡Que ha vuelto para decirme las cosas que yo quiero!”.

Sin pensarlo, corre detrás del coche. Lo ve más cerca, conforme su corazón se acelera. Ahora, ahora lo ve mejor, hasta puede tocarlo con las yemas de los dedos. Pero, detrás de sus cristales, dos personas mayores, que no conoce, la miran al compás de una ola de tierra.

-¡Cuidado, niña!- le gritan al bajar las ventanillas-. ¡Pero chiquilla!, ¿es que has perdido la cabeza?

No está su madre. Parece que nunca tendrá esa suerte estando despierta. Otra vez ha confundido las cosas, y abriendo mejor los ojos se dirige a la escuela, porque ha escuchado la sirena.

Ya en la puerta, aún le palpita fuertemente el corazón.

Un grupo de niños mayores salen en tropel. Carcajadas, besos maternos, empujones y despedidas entre carteras pesadas, llenas. Ahora, aparecen niños más pequeños, hasta que ve al más canijo, al que no lleva abrigo, que arrastra una cartulina; mira muy bien sus labios, sus dientes de leche, para verle alguna sonrisa.

Ahora, qué pronto ha sido, ya ha soltado al viento la risa, porque un niño le ha dicho algo sobre la cartulina, quizá que es muy bonita, la mejor que nunca haya visto en toda su vida, y Lengua de Uva quiere cerrar los ojos, para agrandarla, multiplicarla, y conseguir revivirla tantas veces como quiera verlo sonreír; compararla con la de su madre, cuando le decía tonterías, niña de sus ojos, cuerpo de sus sueños, piel de sus entrañas, y poder mover esos labios al antojo del deseo, cuando esté sola y no quiera recordar sino las sonrisas.

Siente que el corazón se le escapa del pecho, y sin pensar se acerca a ese niño de flequillo picudo, al menguar la distancia ve su cuerpo más grande, su sonrisa mucho mayor que las que tenía guardadas en su memoria.

-¿Quién soy?- le dice tontamente, mirando fijamente sus ojos de gorrión inflado por el frío.

El niño la besa, deja en su piel saliva de infancia secreta, y su sonrisa es tan grande como nunca sus sueños pudieran imaginar.

-¡Es mi hermana!- les dice a voces a todos los que ve, aunque nadie le hace caso, porque eso es tan normal…-. ¡Mi hermana! ¡Ya has vuelto!

-¡Eso es!

-¿Dónde has estado? Todo el mundo te anda buscando y están muy enfadados porque otra vez te has ido. ¿Te vas a venir otra vez conmigo al hogar? ¡Estoy más solo allí!... ¡Y se siguen metiendo conmigo! Hoy toca arroz; me gusta, porque se tiene que masticar poco.

-Sí: me voy contigo, al hogar.

-¡Verás cuando te vean! Harán que te laves, porque vas muy sucia.

-Sí, estoy muy sucia.

-¿Y vas a volver a venir a la escuela? ¡Tenemos libros nuevos! ¡Mira, en este ya pone mi nombre! ¡Y en esta cartulina he pintado un montón de colorines, con las ceras! ¿A que parece un arcoiris?

-Sí; a la escuela. ¡Qué bien pintas!

La mano de su hermano es tan tierna como la de su madre, cuando la peinaba o le untaba crema para los golpes.

-Hija, mira que te caes veces…

Y tan caliente, que no desea recordar cuando las de ella eran tan frías, allí, en el coche grande, tan seria, tan dormida, y tan mal pintada la cara, sino recordarlas blandas, seguras al darle la mano, y tan ligeras para hacerles jerséis de lana.

A su lado, desaparecen sueños que no desea soñar. No del todo, no cuando ella quiere; pero solamente permanecen ráfagas de un extraño viento callado, que los hace ser menos grandes, menos reales, con más cuerpo de sombras.

-Bueno…, la verdad es que los libros no son nuevos, porque algunos ya tienen hechos rayajos. Pero yo se los borro, y les pinto nubes de muchos colores.

-Las nubes son más bonitas que nada. Sobre todo, las que tienen muchos verdes y azules. ¿Quieres que juguemos a contarlas?

-¡Sí…, juguemos a contarlas! ¡Pero no hagas trampas!

-No…

-Prime.

-Segun.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (1999).