domingo, 19 de julio de 2026

La estrella de cada noche, de Marta Antonia Sampedro

 

En la noche siempre

la estrella aparece en su letargo

sobre la luna o bajo el charco

de los callados barrios

y en la cola del caballo atado

donde el aire duerme en sigilo,

el otoño cruje en las nubes

soportando el tenso futuro

los caminos se apresuran

se esconden en las huertas

las minas abandonadas

el sudor del bárbaro olvido

de los hombres que agonizan

en los recuerdos de las sangres

y las toses ácidas del desespero,

nada se oculta a la estrella

de la noche como siempre,

pasan los perros abandonados

que todos conocen solos y sin nombre,

las hormigas lentas sacan dientes

a la tierra malherida de avaricias,

y todo como siempre

es la estrella de las noches,

quien dirige al obrero a su guarida

al rico a su codicia y cuentas

a los santos a las cuevas

y a los demonios a la pesca,

seguramente la vida deberá ser

aquello que nos recuerde

en lo más alto en lo más hondo

de lo que somos al ver la estrella mudos

sin pasados y los dedos sin días,

el presente nos late rápido

en los pechos dolidos y las mentes perplejas,

los sentimientos quedan como siempre solos

al lugar donde por derecho pertenecen,

nadie nos ama tanto como el propio corazón

golpeando a la razón hacia la estrella,

la noche como siempre es nuestra

sorteando caminos de obras

y a lo lejos queda sin lugar

la perversión humana de los tiempos

donde el malo se cree bueno

y la bondad se valora en céntimos,

ojalá en las noches se escuche

el suspiro de la estrella como siempre

el sueño nos abrume de posibilidades

y la realidad que nos confunde

nos transforme en valientes.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2010).

sábado, 11 de julio de 2026

Nubes sobre El Rumblar materia de infancia, de Marta Antonia Sampedro

 

Hoy a las diez horas me vino un recuerdo. No un recuerdo por finalizar, ni siquiera el nacimiento de un recuerdo. Fue un recuerdo que nunca había percibido vivir, pero un recuerdo cierto. Estaba en el campo, me veo con unos seis años. Mirando el horizonte del pantano del Rumblar, inmóvil, con la mirada al agua que, como se suele decir, es espejo del cielo. En realidad lo hermoso del agua en el campo bajo las nubes es que las nubes viven dentro del agua y, si queremos atraparlas, sólo conseguimos agua; las nubes son materia de infancia. El sol estaba ya tras el gran monte de donde siempre calculo el oeste. Porque los oestes se componen de brújulas en la infancia. El cielo era dorado de tarde. Del silencio se apoderaban ya los sonidos de los búhos que acechan los atardeceres de las arboledas del sur. De vez en cuando unas ondas en el agua eran mi mirada, translúcidas en pensamiento, sobre las ondas que los peces mantenían en sus giros. Yo estaba tranquila, tranquila en mi espacio, el espacio al que pertenecían mis ojos, mirando las nubes que lentamente tomaban formas. Una nube de mano me lanzó un puñado de estrellas que se diseminaban ante mí sin que yo me sorprendiera, porque en la naturaleza hay modos de conseguir ser capaces de afrontar cualquier cosa. Eran estrellas muy luminosas, que revoloteaban sobre el agua duplicando su cuerpo, y se unían a las ondas y se reproducían. Yo me fijé en la menos luminosa. Por qué no lucía, o si conseguiría remontar al cielo. Sorprende que en la infancia el corazón se dirija hacia la debilidad. Lentamente fueron desapareciendo tras de los montes las más hermosas estrellas rompiendo trazos de nubes doradas, la estrella débil se mantenía en el cielo y finalmente cayó, provocando una gran onda que se expandió hacia las orillas, agrandando mis ojos a gran magnitud y según el agua. Esperé a que algo nuevo ocurriera pero nada más pasó, sino dos grajos y unas golondrinas, sombras negras y livianas. Luego tomé el largo camino cobijada por los sonidos del campo y regresé a mi casa. Sin más preocupación que jugar con mis hermanos más pequeños y evadir la presencia de los hermanos mayores. Besé a mi abuela Antonia y me dormí pensando que la estrella caída al agua me esperaría pacientemente, durmiendo su noche, al día siguiente. Pero al amanecer no cantaron los gallos, ni pasaron un par de grajos, ni el aire era fresco ni olía a sierra o a las piedras de las casas salpicadas por el orín de los perros. El amanecer me sorprendió en la fábrica de hilos en el afán imparable del norte, con sus tinturas intoxicando las aguas y en las máquinas que ensordecen se mueren todos los deseos de la infancia del sur; con la nariz taponada por las nubes del algodón toser era el ritmo capitalista deseado. Incluso de día, el norte es siempre noche. Una prisión era el castigo por observar los oestes bajo las nubes, y la libertad de la infancia el sueño caído, esa estrella débil que cae hacia el inmenso pan, mucho más grande que el cielo y que no es materia de infancia. Y cada noche besaba a mi abuela Antonia, y regresaba a los oestes del Rumblar, extasiada de cansancio y dolorida, y buscaba los perfumes naturales de las noches, los sonidos de los sueños más bellos y tranquilos que acunan la libertad más sencilla, y conseguía retomar el mundo que yo había sido, para no ahogarme en las sucias aguas del capitalismo.

 © Marta Antonia Sampedro Frutos (2013).

lunes, 22 de junio de 2026

Entre marzo y la siega, de Marta Antonia Sampedro

Publicado en la revista cultural "Nunca es tarde".
Centro de Adultos "Tamujoso", 1997. 
Ayuntamiento de Baños de la Encina (Jaén).


A pesar de sus múltiples partos, Juanita conservaba aún la belleza de haber sido en otro tiempo una joven ciertamente hermosa, de tez morena y largo pelo que un soplo de viento lo revoloteara entre su cara y cuello. De ojos morunos, nariz recta y boca enjoyada por dientes de jazmín recién abierto. Pero un abultado vientre, dos melladas y un moño grasiento, la distanciaban ya de una época pasada hacia el recuerdo.

Como aceitunera, continuaba siendo una de las mejores que alguien pudiera contratar por ser maniega, rápida en su quehacer y escasa en palabrerías huecas. La espuerta avanzaba sobre la tierra, y ella, sólo de vez en cuando, sentía dolerse su espalda como un gran puñal de acero.

El silencio, lanzas de vareo.

El cielo, todavía azulado intenso.

Casada con Rafael, vivía en una humilde casa oscurecida en cal y ventanas como agujeros. De oficio anterior jornalero, y posteriormente bebedor en tabernas y proclive a los insultos, las juergas y la dejadez más absoluta para con su familia, se plantaba con un vaso de vino color aceite y transparente veneno.

-¡Tani, ponme otro!- decía al tabernero.

Y al finalizar la cosecha de aceituna, veía que sin aquel salario, reunido entre la rebusca de la chiquillería y el destajo de ella, el hambre y la miseria se presentaban como un gran fantasma que ninguna vela hiciera desaparecer entre marzo y la siega.

-Te lo ruego, señor del cielo- murmuraba entre rezos y lágrimas secas-. No hagas que ninguno se me ponga malo; encoge nuestras ganas, el estómago grande y quieto; que el diablo no vea lo débiles que estamos, de tanto y tanto sedientos.  Virgen de la Encina, tú que conoces las nubes: haz que llegue pronto el verano, que vuelen como el rayo tormentas y vientos, para calmarnos con el sudor del trabajo.

Silencio en la alcoba, las rodillas para rezar pesan menos que sobre el barro.

Duermen sobre sus camas de paja los niños, los cabellos apelmazados, los cuerpos arremolinados entre mejillas estrechadas por tiernos gestos. Secos los mocos, verdes claros como el agua estancada en verdín mojado. Regatean dentro de sus ojos cerrados sueños raros, una pelota es un gigantesco árbol con tallos sesgados, las flores cuadradas, color espiga los caballos.  Corretean por la sierra, muñequeando días pasados; al frente se ve la mar, adornada con coronas de madreselva y chaparros. El Navamorquín es un barco de remos largos, se reconocen las caras en el mástil afilado, abajo está el pantano; sin peces, con panes y dulces de miel, sabrosamente almendrados.

Rafael, que no conoce sus ilusiones y cantos, llega de la calle, sosegada y oscura tranquilidad de primavera, portando un pañuelo entre las manos.

-¡Juanita!- vocifera en la entrada, dando tumbos entre los desconchones de la casa y al tropezar tira las dos sillas de enea-. ¡Juanita!

Juanita se despierta.

Enciende la vela.

-¡Calla, que vas a despertar a los nenes!

-Te traigo este pañuelo- le enseña el trapo como si fuese un lucero, cazado entre miles de estrellas-. Está bordado, mira, aquí pone una jota y otra letra.

Juanita, en duermevela, desnuda a su marido, huele a su olor a geranio marchitado, y piensa en reanudar los sueños que nadie consigue recordar, sólo ella cuando está bien despierta.

-¿Es que no es ese tu pañuelo, el que yo te regalé de novios?- insiste Rafael, rendida la lengua, sus ojos quieren esperar pero se cierran-. Me han dicho que te han visto comprar un candil en la tienda. ¿Para qué tirar esos dineros?

Juanita calla, rebusca entre los senos su medalla de plata, la acaricia, piensa en el alba. En tonos marrones recoge a tiempo el sueño: es el barro del invierno, que guarda entre manteos, como apreciados tesoros, aceitunas negras y moras empezadas por los ciervos.

Una suave brisa barre los frutos; las hojas susurran, se desperezan los recuerdos escondidos entre los bordes de un pozo seco.

-Señor todopoderoso…, virgen de la Encina…

Son lamentos para proteger el incierto mañana, una carta aún por escribir al cielo, para hacerla llegar a la bendita esperanza.

Pero al fin oyes cantar a un gallo, el más tempranero de las vecinas casas. Te levantas, llamas a tus hijos, coges el hatillo, unas monedas guardadas entre un cinto de cuero, y el candil que dejas sin pago; la tendera lo comprenderá en cuanto se entere y una hilos y cabos.

-Tengo sueño- dice el más chico.

Y cuando aún duerme la noche, sorprendidos por palabras calladas y la luz del candil reluciendo como esclavo del amparo, abrís la puerta, un perro ladra a lo lejos, y como ladrones paso a paso abandonáis sin una última mirada las casas blancas, dejadas para el ayer las cornisas, las piedras y ese profundo olor a nada.

Camina con sus hijos por el campo, dirigiéndose a otro pueblo. El atajo es ancho, pero en fila dan sus pasos como lechuzas cegadas cuyo amarre sea su larga falda, chuparse los dedos, pensativos entre olivos y almendros de color distinto a la luz de un falso y diminuto astro.

-Tengo sed- reclama uno de ellos, con la voz temerosa por si acaso alguien, sin querer, en los ecos de Sierra Morena lo ha escuchado.

Juanita anuncia:

-Por allí tiene que venir el autocar que nos llevará lejos.

Sonríen con temor.

No ven ningún barco.

Suspiran aliviados porque les da miedo el agua salina, algunos chiquillos les dijeron que hay monstruos y gigantescos sapos.

-¿Adónde, mama? ¿A qué parte iremos?

-¿Uno muy grande?

-Sí, muy grande y rápido, que tiene asientos de borra y tela.

-¿Y tiene, mama, ese sitio a donde vamos, la misma luna de Baños?

-Sí; y otra más grande, al lado.

Apaga la madre el candil, lo guarda en el hatillo. Vuelve la vista atrás. Y a pesar de la distancia reconoce la almena gorda del castillo que dejan, iluminada por el primer rayo de sol de mayo.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (1997).