jueves, 16 de abril de 2026

Paisajes de sosiego, de Marta Antonia Sampedro

 

A veces cae en la cuenta

no importa el día que haga

las nubes son compañeras

sean del color y formas que sean

veloces son nubes o quietas

ahora en estos paisajes de sosiego

ballenas rosáceas las observa

o mares terribles de odiseas

a veces cae en la cuenta

no ir apresurada por las aceras

ruido de vehículos pies que vuelan

saludos a caras que le suenan

nombres un teléfono la vida espesa

a veces cae en la cuenta

que llueve muy bien

si hay nieblas estupendo

o que el sol sea una lanza

el verano regresa limpio

los astros tan de cerca

y los inviernos duermen

en las aguas de la sierra

los tiempos no son una agenda

a veces cae en la cuenta

que puede soñar sin prisas

pensar en finales bonitos

aunque nunca ocurrieran

los personajes inventados

y su derecho a ser felices

la libertad de los puntos y las comas

ayudan a despejar desdichas

a veces cae en la cuenta

que su casa es la naturaleza

y puede ir cuando quiera

los árboles las piedras

los cielos y las aves

y nunca son iguales si te fijas

no te juzgan ni te olvidan o se quejan

siempre amables el silencio los colores

y en el tiempo inmóvil las nubes viajeras

a veces cae en la cuenta

que la vida ha regresado

a veces cae en la cuenta.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2026).

domingo, 5 de abril de 2026

Cinco de abril, de Marta Antonia Sampedro

 

Una cigüeña no mira tu figura

ella vuela bajo es cierto

detallando los eclipses de las amapolas

los caminos donde las hormigas

recolectan cadáveres de insectos

la cigüeña es cielo hecho carne

reloj matemático de los silencios

tiene ojos de horizonte

y alas que brotan de gasas

pozos de las sílabas

pero no es tu bruma oscura

el fonema de su vista

ella vuela bajo es cierto

obedece al amanecer

y conoce los otros lados

que no puedes concebir

cruza los charcos de las lágrimas

y le rozan las plumas

los tajos de los sollozos

y los labios de la tierra

donde juega a ser invertebrada

y procrea en los sueños

melancolías y enterezas

láminas de los rastros del aire

donde ella sabe regresar

y en el sol desprendido del día

no mira tu aspecto

que no siente.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2015).

De la obra “Estancia de hojas”.

jueves, 2 de abril de 2026

Allan dentro del sueño de otros, de Marta Antonia Sampedro


Es imposible que Allan conozca a estos dos. Bueno, digamos que casi improbable. Hay dos encerrados en una habitación. Él es alto, moreno, entrado en los cuarenta, está vestido extrañamente. Ella es rubia de tez clara y está sentada sobre varias pilas de libros y demasiado estampado su vestido. También parece de esa edad. Él sujeta una gran puerta blindada, grisácea, similar a las puertas de seguridad donde los bancos guardan los tesoros. Allan sabe poco de tesoros, aunque su mayor riqueza es escribir disparates. También ahora está demostrando que es capaz de entrar en el sueño de otros que pertenecen a otro siglo. Está junto al hombre, mirando la puerta. Ella le pregunta:

-¿Quién es usted y qué hace aquí, en nuestro sueño, vestido de otro tiempo?

Él no le contesta. Qué habrá fuera de esa puerta, o dentro de esa puerta.

El hombre le pide que la empuje para que nada pueda acceder a su aire, ningún resquicio ha de quedar. Allan lo ayuda, empuja y revisa el marco. Es también observado. Qué vestimenta es esa, y ese bigote absurdo y ese peinado ridículo. Allan también piensa quiénes son estos dos y a qué sueño pertenecen, porque no recuerdo haberlos soñado ni si alguna vez los he inventado. A pesar de la fuerza de dos hombres dentro de tiempos distintos, la puerta no se puede cerrar. Se miran, niegan con la cabeza. El hombre comienza a gritarle a la mujer:

-¡Vámonos a otro sueño! ¡Piensa en otro sueño donde marcharnos!

Ella le contesta:

-Estoy en ello, espera, espera…

Allan les habla por primera vez y les pregunta:

-¿Quiénes son ustedes, qué hacen en este mi sueño?

Mujer y hombre lo miran con extrañeza y éste le contesta:

-Es usted quien se ha metido en el nuestro y ahora tenemos este problema.

Allan piensa: “Qué ingratitud humana. Si no fuese por mí, no podrían cerrar esta maldita puerta; y tal vez ni a pesar de mí”.

El hombre insiste a la mujer:

-¡Vámonos a otro sueño! ¡Concéntrate!

Ella cierra los ojos insistentemente.

- ¡No me pongas nerviosa! ¡Estoy en ello! ¡Tampoco yo quiero estar en el sueño de este ridículo hombre!

Los dos hombres continúan con gran esfuerzo cerrar la puerta. Y Allan ve imposible que esa puerta, que no sabe qué pretende aislar, es una resistencia que no se dejará vencer. Cierra los ojos y olvida que está en un espacio desconocido con dos desconocidos que para más suplicio no saben valorar a personas que pueden verse implicados en cosas que ni les van ni les vienen. Piensa en un campo lleno de amapolas. Siempre que puede, lo hace, ir a soñar en ese lugar.

Ya está en el sueño, no ve la puerta, sólo un cielo con nubes blancas. Qué paz y silencio. Por fin ha podido salir del sueño de otros o que los otros salgan de su sueño. Se incorpora. Qué bonito sueño. Quiénes serían esos dos. Por qué estar dentro de un sueño sin nada más que una puerta que no hay modo de que ceda y para qué cerrarla, por qué no abrirla y mirar qué hay dentro, o fuera, pues es verdad que sin opciones no se pueden conocer cuestiones importantes de los sueños. De pronto escucha decir su nombre:

-¿Es usted Allan? ¿Edgar?

Una voz de mujer. Y la mira. Y también al hombre. Qué hacen aquí. Está claro que se lo han vuelto a llevar con ellos a otro sueño suyo. La vestimenta de ella se confunde entre tantas amapolas. ¿Me han seguido? ¿O soy yo quien los ha seguido a ellos? Les pregunta:

-¿Por qué no eligen su propio sueño?

-Es usted quien nos ha traído hasta aquí- contesta el hombre.

Allan les dice enfadado:

-Está bien, elegiré yo otro sueño donde ustedes no me puedan perseguir. Tengo derecho a estar soñando que sueño y soñar solo.

Y la incógnita: Qué pasaría con la puerta, ¿conseguirían cerrarla, abrirla? Les pregunta:

-¿Cómo consiguieron salir de la estancia?

-No era ninguna puerta- le aclara ella-. Era un sueño muy pesado del que no podíamos salir y gracias a usted nos liberamos. Su sueño era más fuerte que el nuestro.

-¿Y cómo es que saben mi nombre? No les dije quién soy.

A nadie importa el nombre de alguien que va de sueño en sueños propios y ajenos. Responde ella:

-Ponía su nombre de usted, Allan Poe, Edgar, sin fecha ni nada ni cruz ni pájaros negros ni nada, sólo su nombre. Y al leerlo aquí estamos con usted. No es lo que hemos querido soñar, pero aquí nos ha traído su sueño. ¿Dónde estamos?

Allan no contesta. Mira las nubes enormes del cielo, parece que lloverá, eso quiere soñar, que llueve. Y ve alejarse al hombre y a la mujer cobijados por un paraguas, ya sólo ve sus figuras, de espaldas, entrelazadas.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2019).