lunes, 22 de junio de 2026

Entre marzo y la siega, de Marta Antonia Sampedro

Publicado en la revista cultural "Nunca es tarde".
Centro de Adultos "Tamujoso", 1997. 
Ayuntamiento de Baños de la Encina (Jaén).


A pesar de sus múltiples partos, Juanita conservaba aún la belleza de haber sido en otro tiempo una joven ciertamente hermosa, de tez morena y largo pelo que un soplo de viento lo revoloteara entre su cara y cuello. De ojos morunos, nariz recta y boca enjoyada por dientes de jazmín recién abierto. Pero un abultado vientre, dos melladas y un moño grasiento, la distanciaban ya de una época pasada hacia el recuerdo.

Como aceitunera, continuaba siendo una de las mejores que alguien pudiera contratar por ser maniega, rápida en su quehacer y escasa en palabrerías huecas. La espuerta avanzaba sobre la tierra, y ella, sólo de vez en cuando, sentía dolerse su espalda como un gran puñal de acero.

El silencio, lanzas de vareo.

El cielo, todavía azulado intenso.

Casada con Rafael, vivía en una humilde casa oscurecida en cal y ventanas como agujeros. De oficio anterior jornalero, y posteriormente bebedor en tabernas y proclive a los insultos, las juergas y la dejadez más absoluta para con su familia, se plantaba con un vaso de vino color aceite y transparente veneno.

-¡Tani, ponme otro!- decía al tabernero.

Y al finalizar la cosecha de aceituna, veía que sin aquel salario, reunido entre la rebusca de la chiquillería y el destajo de ella, el hambre y la miseria se presentaban como un gran fantasma que ninguna vela hiciera desaparecer entre marzo y la siega.

-Te lo ruego, señor del cielo- murmuraba entre rezos y lágrimas secas-. No hagas que ninguno se me ponga malo; encoge nuestras ganas, el estómago grande y quieto; que el diablo no vea lo débiles que estamos, de tanto y tanto sedientos.  Virgen de la Encina, tú que conoces las nubes: haz que llegue pronto el verano, que vuelen como el rayo tormentas y vientos, para calmarnos con el sudor del trabajo.

Silencio en la alcoba, las rodillas para rezar pesan menos que sobre el barro.

Duermen sobre sus camas de paja los niños, los cabellos apelmazados, los cuerpos arremolinados entre mejillas estrechadas por tiernos gestos. Secos los mocos, verdes claros como el agua estancada en verdín mojado. Regatean dentro de sus ojos cerrados sueños raros, una pelota es un gigantesco árbol con tallos sesgados, las flores cuadradas, color espiga los caballos.  Corretean por la sierra, muñequeando días pasados; al frente se ve la mar, adornada con coronas de madreselva y chaparros. El Navamorquín es un barco de remos largos, se reconocen las caras en el mástil afilado, abajo está el pantano; sin peces, con panes y dulces de miel, sabrosamente almendrados.

Rafael, que no conoce sus ilusiones y cantos, llega de la calle, sosegada y oscura tranquilidad de primavera, portando un pañuelo entre las manos.

-¡Juanita!- vocifera en la entrada, dando tumbos entre los desconchones de la casa y al tropezar tira las dos sillas de enea-. ¡Juanita!

Juanita se despierta.

Enciende la vela.

-¡Calla, que vas a despertar a los nenes!

-Te traigo este pañuelo- le enseña el trapo como si fuese un lucero, cazado entre miles de estrellas-. Está bordado, mira, aquí pone una jota y otra letra.

Juanita, en duermevela, desnuda a su marido, huele a su olor a geranio marchitado, y piensa en reanudar los sueños que nadie consigue recordar, sólo ella cuando está bien despierta.

-¿Es que no es ese tu pañuelo, el que yo te regalé de novios?- insiste Rafael, rendida la lengua, sus ojos quieren esperar pero se cierran-. Me han dicho que te han visto comprar un candil en la tienda. ¿Para qué tirar esos dineros?

Juanita calla, rebusca entre los senos su medalla de plata, la acaricia, piensa en el alba. En tonos marrones recoge a tiempo el sueño: es el barro del invierno, que guarda entre manteos, como apreciados tesoros, aceitunas negras y moras empezadas por los ciervos.

Una suave brisa barre los frutos; las hojas susurran, se desperezan los recuerdos escondidos entre los bordes de un pozo seco.

-Señor todopoderoso…, virgen de la Encina…

Son lamentos para proteger el incierto mañana, una carta aún por escribir al cielo, para hacerla llegar a la bendita esperanza.

Pero al fin oyes cantar a un gallo, el más tempranero de las vecinas casas. Te levantas, llamas a tus hijos, coges el hatillo, unas monedas guardadas entre un cinto de cuero, y el candil que dejas sin pago; la tendera lo comprenderá en cuanto se entere y una hilos y cabos.

-Tengo sueño- dice el más chico.

Y cuando aún duerme la noche, sorprendidos por palabras calladas y la luz del candil reluciendo como esclavo del amparo, abrís la puerta, un perro ladra a lo lejos, y como ladrones paso a paso abandonáis sin una última mirada las casas blancas, dejadas para el ayer las cornisas, las piedras y ese profundo olor a nada.

Camina con sus hijos por el campo, dirigiéndose a otro pueblo. El atajo es ancho, pero en fila dan sus pasos como lechuzas cegadas cuyo amarre sea su larga falda, chuparse los dedos, pensativos entre olivos y almendros de color distinto a la luz de un falso y diminuto astro.

-Tengo sed- reclama uno de ellos, con la voz temerosa por si acaso alguien, sin querer, en los ecos de Sierra Morena lo ha escuchado.

Juanita anuncia:

-Por allí tiene que venir el autocar que nos llevará lejos.

Sonríen con temor.

No ven ningún barco.

Suspiran aliviados porque les da miedo el agua salina, algunos chiquillos les dijeron que hay monstruos y gigantescos sapos.

-¿Adónde, mama? ¿A qué parte iremos?

-¿Uno muy grande?

-Sí, muy grande y rápido, que tiene asientos de borra y tela.

-¿Y tiene, mama, ese sitio a donde vamos, la misma luna de Baños?

-Sí; y otra más grande, al lado.

Apaga la madre el candil, lo guarda en el hatillo. Vuelve la vista atrás. Y a pesar de la distancia reconoce la almena gorda del castillo que dejan, iluminada por el primer rayo de sol de mayo.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (1997).

lunes, 1 de junio de 2026

El escribano de San Agustín (fragmento 2), de Marta Antonia Sampedro

 

La iglesia de San Francisco, con sus potentes luces recién estrenadas, parecía ante sus ojos como una visión elevada sobre la neblina invernal. Sus piedras se asemejaban a las alucinaciones de ciertos sueños, donde nada se distingue más que la observación de la propia vida. En la puerta, sentado sobre uno de los escalones, se hallaba Basilio, el pobre de toda la vida, y a quien había visto pedir limosna desde que él era un zagal. Cubría su cabeza con un gorro de lana y a pesar de los guantes se frotaba las manos sujetando un cigarrillo apagado; ocultaba con el abrigo una botella de coñac, hecho que a Juan le conmovió, pues se preguntó quién no sabría en el barrio, en toda la ciudad, que Basilio no rogara monedas solamente para poder comer. Esta vez no se paró a saludarlo; en estas circunstancias no se aproximó, para no comenzar una charla sobre el atuendo tan formal que aquella tarde lucía.

Por las calles quiso contemplar pausadamente los arbolitos verde pino con cintas granates y doradas de los escaparates como tiras bordadas entre sus ramas plastificadas; poder sentir el perfume de las gentes trapicheando deseos; y volver a repasar tranquilo su plan entre el disfrute de saber que quedaban atrás todos los pensamientos tristes del ayer.

Le hubiera gustado comprar lotería en alguno de los quioscos, abarrotados en vísperas del sorteo de Navidad, sólo por entretenerse viendo los números, pues a Juan los sorteos le traían, simplemente, sin cuidado; pero recordó que en sus bolsillos sólo llevaba un pañuelo de algodón con sus iniciales y algunos caramelos de eucalipto para la tos, no fuese a darle algún ataque repentino que pudiera provocar en los demás indicios de duda con respecto a su salud.

Pasó junto al ayuntamiento, en donde algunos policías municipales charlaban entre ellos; de la churrería próxima le llegó el olor a aceite de oliva caliente; y pensando en cuántos inviernos le quedarían por vivir atravesó la plaza para ver de cerca la iglesia de Santa María y poder contar, una vez más, sus piedras, hasta que se perdiera en las cuentas, para pensar de nuevo en su plan. Por un instante dudó en entrar, al ver a algunas personas que lo hacían para escuchar la misa; pero continuó contando piedras hasta que al llegar a cuarenta creyó que, en realidad, habían sido treinta y ocho o cuarenta y uno, pues nunca se le dieron bien las matemáticas, siempre se lo recordaron en la escuela primaria.

Bajó por la empinada calle hasta llegar al barrio de La Florida, mirando las matrículas de los coches y en algunas pudo ver nuevas letras además de la jota de Jaén, aunque ningún número capicúo. Al fondo de la amplia calle, los árboles ligeramente agitados por el viento invernal daban a Linares un aspecto plácido, hasta romántico, pensó Juan, y recordó a Loli, su eterna novia perdida, y de paso la rozadura del zapato, pues lo dejó plantado por un zapatero harta de esperar que alguna vez, por un segundo al menos, a él le viniera alguna idea práctica para poner fin a aquel inservible noviazgo sin meta sorprendente de un cercano matrimonio.

“Ella se lo ha perdido”, pensó al mirarse los zapatos. “Ya es cuenta borrada, que bien que nos devolvimos todos los regalos y los retratos… Ahora estará hartica de oler a betún todo el santo día y de barrer puntillas, que estoy bien convencido de que las cosas nunca parecen lo que son”.

Se aseguró de que la hoja de papel la llevaba aún guardada en el bolsillo. Suspiró por suspirar, pasó su lengua por los dientes por pasarla, por los labios, se palpó la barba por enésima vez, las orejas, se frotó las manos, y al ver el edificio del hospital de San Agustín por un instante quiso regresar a su casa y olvidar el plan; pero fue sólo un segundo de duda, quién no lo tiene, pensó tomando mejores ánimos; y continuó paso a paso sin vacilar hacia la entrada principal.

El bullicio de las salas de espera le recordó que no se había tomado nada, ni siquiera un café, para darse un empujón, un fuerte aliento en aquella decisión que durante tantas horas sentado en un banco de la Plaza de Colón había sido pensada, meditada y revisada en sus pros y en sus contras. Sin dudar buscó un lugar donde hubiera anuncios y sacó el papel, lo extendió y con orgullo volvió a leer su escrito de tinta negra. Estaba bien detallado, las ideas copiadas de los anuncios de los periódicos que rescataba de los contenedores de papel para reciclar, aunque atrasados ya, sin falta alguna, sin temblor en las manos, alineado como por una mano experta en dibujo, como las máquinas de fotografiar, minuciosamente trasladado desde el deseo del mejor rotulador pensante, que conoce y sabe para qué está hecho, predestinado, de qué modo le han de acariciar su cuerpo esbelto sobre un papel en blanco y resucitar transformado en otros cuerpos que al ser humano le satisfagan.

Lo colocó junto a otros, aprovechando algunas chinchetas desocupadas pinchadas en el panel de corcho color madera clara.

 

BUENA PERSONA LE ESCRIBE SUS ÚLTIMOS PENSAMIENTOS.

EXCELENTE CALIGRAFÍA.

TELÉFONO CONTACTO 65.050.80. VEINTICUATRO HORAS.

PRECIOS ASEQUIBLES TODAS CLASES SOCIALES.

ABSTENERSE BROMISTAS. PREGUNTAR POR JUAN.

 

Eso es: las mayúsculas también llevan acento, esto es tilde, que es más moderno, recapacitó Juan; engordan su cuerpo, las hacen más fuertes y vigorosas, inmutables.

Al principio, nadie se fijó en él, en su cuerpo flaco frente aquellos papeles que nadie leería a no ser que buscara piso para alquiler, un cachorro de perro de raza cara a buen precio, alguna asistenta doméstica por horas y con informes o el próximo congreso de enfermería. Sin embargo, pensó Juan que se había excedido en el color de sus letras negras, sí, creyó por un instante que en un tono más suave resultase menos vistoso, aunque ya, por aquella insignificancia, no iba a retroceder en su plan.

Sólo habían transcurrido unos minutos cuando algunas personas comenzaron a mirarlo como se mira a un loco escapado de una institución no muy seria, con risas tapadas con las manos que parecían no atreverse a participar en aquella juerga mental espontánea; y a través de sus modos de gente sin escrúpulos Juan podía observar algunas lenguas moviéndose en las bocas, paseándose entre los dientes, escapes de suspiros de no poder aguantar en soledad individual aquella verbena que provocaba la descarada burla de aquel hombre, el sorpresivo tiempo de la escasez laboral, aquella ocurrencia suya sin ser aún, aunque sólo por unos días, el día de los santos inocentes.

Pero a Juan nadie le haría cambiar de parecer y, desestimando el recurso del ascensor, para no soportar con personas desconocidas un tiempo muerto y vapores corporales, se dirigió como un relámpago escaleras arriba hacia cualquier planta del hospital. Eligió la primera, para llevar un orden.

En cuidados intensivos ya tenía previsto que no lo dejarían entrar. Con eso ya contaba. Pero no esperaba que en esa misma planta se hallara maternidad. ¿Había cometido un error en su anuncio, desperdiciando así a más posibles clientes? ¿Por qué no ofrecerse, también, en los primeros pensamientos, cuando una mujer pariera un ser nuevo, y transmitirle, para la posteridad, todo aquello que hubiera sentido al ver a su retoño en sus brazos? Pensaría en toda esa cuestión esa misma noche. Juan no quería verse obligado a tener que improvisar razones por las cuales aquellas personas pudieran dudar. Deberían dar su visto bueno para pagar por unas palabras muy bien expresadas, pues ya sabía, por su propio nacimiento, que no todos los niños traen consigo un pan bajo el brazo; pues algunos, como él, del limbo sólo traen el mucho hambre.

Se dirigió a la segunda planta. Vio un tropel de gente corriendo y llorando y abrazándose y volvían a correr como perdidas en aquel espacio. Pensó quedarse en esa planta y probar. Se dirigió hacia el pasillo de las habitaciones y creyó más conveniente entrar en aquellas que tuvieran las puertas cerradas para evitar en lo posible a enfermos acompañados por familiares.

En la primera puerta que tocó para pedir entrada no contestaba nadie, pero no se dejó llevar por el desaliento. Sabía, por su experiencia en tantos oficios eventuales, que al principio todo cuesta algo, a veces tanto que creemos no tener, otras inversión en ilusiones de las que no disponemos y, en otras muchas, monedas que no tienen cambio en la vida. Jamás el desánimo debe dominar a uno, el mayor enemigo de los pobres de espíritu y de lo otro que tintinea. Así que volvió a llamar con la palma de la mano, esta vez con más contundencia, hasta que le pareció escuchar un susurro, un gemido apagado y un grito al fin y comprendió que le decían que quien rayos fuese entrase de una vez, hiciera el favor ya.

-Muy buenas, buena mujer- dijo al entrar-. ¿Cómo está usted? ¡Afuera hace un frío…!

La mujer sonrió a medias al observar a aquel hombre escuchimizado, aunque muy arreglado con su atuendo varonil, con un cuaderno en la mano, de sonrisa confiada, con buenos modales, que le había preguntado por su estado de salud, y le contestó:

-Aquí…, muchacho… Escayolá hasta las orejas como una momia asá…

-Ya veo, buena mujer- fue lo que respondió Juan al aproximarse a ella; pero, al ver revueltas las ropas de la cama de al lado, añadió:

-¿No está usted sola?

-No, qué va. En esa cama hay otra mujer, pero está en el servicio. ¿Le importaría a usted rascarme los dedos del pie derecho, muchacho…, digo hombre de Dios…? ¡Estoy para que me dé algo!

-¡Pues claro, señora! ¡Faltaría más!- respondió Juan, complacido por aquella confianza ofrecida por la enferma.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos. 

Fragmento 2, para este Blog, de la novela “El escribano de San Agustín” (1998).

miércoles, 20 de mayo de 2026

A esta misma hora pero sin nadie, de Marta Antonia Sampedro

 

Por qué sacar el tema

ya tenemos una edad

si yo te contara lo que pienso

en la tierra corta de la nostalgia

este café sabe tan amargo

que tú crees en el amor

pues claro igual que todos


hace tres días con un mes y treinta años

en la calle Roselló

a esta misma hora pero sin nadie

yo miraba su balcón

de geranios cargados de tizne

y a cada momento temblaba la calle

por las obras del metro urbano

pero mis manos ya te puedes imaginar

 

tú sabrás como yo

que un andaluz se siente extranjero

hasta en el pueblo de al lado

como verás y ahora que nadie nos oye

un hombre se desahoga en los besos

de cualquier mujer

somos menos delicados

pero sólo vive en los de una

esa desgracia se arrastra como sea

es una carrera de ataderos

de la que ya uno ni sabe ni entiende

 

te decía que en esa calle

donde el amor tenía de mensajeras

a todas las palomas de la ciudad

y el salitre del mediterráneo

ocupándome en las vigilias

yo miraba su balcón de planta sexta

que me recordaba al castillo de Baños

porque los de Jaén somos así de noveleros

y cuando el viento movía la cortina

yo notaba sus ojazos botones de mi piel

éramos olivo y aceituna

pero entiéndeme sin olivares

 

porque me hizo tan importante

digamos que un recién nacido

sin memoria y sin palabras

es iluso pensar que el amor todo lo puede

cuando es uno quien debe todo


y así de presuroso me pasaba el tiempo

que ahora siento como si un camión

me dejase aplastado en la calle Roselló

justamente en su edificio

 

pues claro que pienso en ella

desde que me levanto hasta el desvelo

miles de veces escucho enrabiado

Ese número no existe


cómo no puede existir

si la veo por todas partes

y hasta enfermo de cualquier cosa

y es porque el número no existe

no trabaje usted tanto

y es porque no existe

no te amargues como este café

y es porque no existe

nada existe sino yo con esto

se cruza el antidestino en los iris

y no sé ni cómo echarlo

 

me gustaría saber cómo está

y no volver a besarla

te lo juro que me resistiría

pero no existe

qué triste es la vida

pendiente de un número

que no existe

a veces cuando hago las cuentas

de lo que tengo y no tengo

un par de ellos se conjugan

me apresuran a la calle Roselló

y vuelvo a marcarlo

para volver a sentirla cerca

 

pero qué voy a hacer ya

pensar en no besarla

y no digas Eso nunca se sabe

los poetas vais por otros derroteros

sois los gloriosos del aguante

pero yo sí lo sé si no cuento el soñar

porque así lo tengo pensado

y hasta detallado con agravantes

y voy sobrellevando la vida

enfrentándome a un desatino


mejor no sigo hablando

este café está muy amargo


por qué me has hecho recordar

cosas que quiero y no quiero

ahora a ver cómo consigo

salvar el día de hoy

si ya no existe ese número.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2012).