viernes, 31 de julio de 2026

Los estorninos, de José Joaquín Sampedro Frutos

 

Por siempre en el corazón y el recuerdo,

amado hermano José Joaquín.

 

“Aquel ritmo musical que estampaba el vocero, de tómbola de feria, lo ponía enfermo; pero lo que más sentía es que su nombre parecía caído de todas las listas y que nadie lo llamara ni que fuera para darle una mala noticia.

Una noche mientras dormía, o soñaba que dormía, o mejor… no dormía, si no que divagaba impregnándose en las aguas turbias de la celda…, vio acercarse una sombra a la altura de su litera. Se quitó su capucha negra y el rostro de la muerte le dijo:

-VEN.

Un grito escasamente se oyó, mientras sus compañeros de celda dormían, o no… mejor, divagaban sumergidos en las aguas cenagosas de los sueños derruidos.

Se levantó… porque escuchaba como un ruido, no sabría decir si música, si coro de monjas gregorianas con más lamento que armonía…

Apegada su oreja al chivato de la puerta, el Cholo se imaginó una marabunta de bocas hambrientas, paseando su ansia lastimera, montados en el velo negro de la muerte.

-Tengo que salir de aquí o me volveré loco…-

A la mañana siguiente, después del recuento y del sonido de los hierros y de la sirena aguda que los sacan de las celdas… paseaba recorriendo arriba y abajo la larga galería, igual que un derrotado de guerra, pensando en empeñar la chupa, pedir algo fiao y de alguna manera sumarse a ese hervidero de gente que parecían estar como en su propia casa.

En los pasillos empezaban a montarse las timbas de juego y algunos otros ofrecían coca-colas metidas en cubos de agua fresquita… Y por las escaleras, en puntos estratégicos donde la mirada del funcionario no llega, él veía a los camellos, con chándales Nike y enjoyaos, cómo vendían el aire comprimido de la libertad en pequeñas bolitas de plástico.

Paseando sin más rumbo que el ya fijado, dejando que el tiempo le atraviese, simplemente…

Algo le desconcertó, un extraño letrero en la pared.

SE BUSCA BAJO MUSICAL

Mientras apuntaba su número de celda y su nombre, apareció a su lado un curioso personaje.

-Esto es por lo del taller de músicos ¿no?

-No sé, tío, yo me he quedado flipando… Me apunto pa ver de qué va.

-Creo que lo lleva un educador nuevo que quiere montar grupos de rock, para salir a tocar a la calle…

-¡No jodas! ¿Aquí, en la cuarta?

-No, hombre, te cambian de galería pa la tercera. Hace unos meses caí preso por una búsqueda y captura y le di unas letras a uno que estaba en el taller de músicos- le informó-. Mira, me voy a apuntar yo también.

-Tú qué tocas…

-La guitarra, ¿y tú?

-También.

-Me llamo Kill, Killpanocha- le dijo ofreciéndole la mano.

-Yo Cholo, a secas.

Y después de un apretón de manos y de reconocerse en los ojos del otro, se fueron al patio a pasear.

-¿Tú te crees?- le contaba Kill-. Me encalomo por un tejao, pum, y me hago un piso… con un mono que llevaba… Pumba, aparecen los que te dije y yo escondiendo los marrones por entre las tejas.

-No veas qué coloqueta…

-El caso es que el chavalote del piso me quita la denuncia, pa cuatro bisuterías, le dijo al juez, pero va el tío facha y me mete preso… por otra causa pendiente.

-Que mala suerte…

-Sí… una pringada. Lo que más me duele es que el otro día en comunicaciones, mi madre me enseñó un recorte de periódico del pueblo que ponía: Spiderman ataca de nuevo.

Y estuvieron riéndose un buen rato”.

 

“El Panocha es un pelirrojo que de pequeño tenía que ser más malo que el hambre, pero que ahora, un poco más crecido, no había degenerado a más malo todavía… Su vida, por eso, atestada de pequeños altercados, quizás necesitaba aquel pequeño descanso.

Qué curiosos paréntesis en medio de la batalla, qué simbiosis entre los heridos del alma, qué claras naturalezas se adhieren para cantarle a la vida con una vieja guitarra…

 

Don Victorino, -que así lo llamaban los presos- era un educador progresista y decidido, con vocación sobrada para temas marginales llevados al extremo, hasta el punto de que no había asesinos, violadores, traficantes o simples chorizos avispados… sino personas en un apuro del que se veía obligado –profesionalmente- a rescatarlos, partiendo de recursos y trabajo.

Así que con su barba, sus estudios, su pana y sus ideas, había convencido al director para que invirtiera en cultura… y qué mejor que la música para apaciguar a las fieras”.

 

“Así que sin más preámbulos y tan sólo diciendo con solemnidad que el tema que iban a tocar estaba dedicado a un colega suyo muerto en un atraco, empezaron la música con toda la potencia de los vatios.

Killpanocha que se levanta y que empieza a chillar:

-¡Alto! ¡Alto!...

El grupo que para ante sus brazos aspeados y que le recrimina:

-Tío qué pasa, tú estás colgao…

El educador que sigue sentado y le mira con cara perpleja…

-¿Que qué pasa? Esta canción es mía…

Y aprovechando el momento de sorpresa, Kill que le arranca a uno literalmente la guitarra eléctrica, que se acerca al micro y les dice:

-Está dedicada a un colega mío… por aquella tarde.

 

Veo tu nombre en las esquinas

Veo tu sangre en la pared

Veo la soga que aprieta tu cuello

Veo tu cuerpo al suelo caer

Una bala te buscó la vuelta

Un beso de fuego te quemó la piel

Aquella tarde, fatídica tarde

De mil novecientos ochenta y tres.

 

Aquella balada de muerte recuperó su voz propia en la sala. Nadie dudó que el tema era suyo, al contrario, reconocieron la magia de aquel momento y se callaron.

Dejó la guitarra… –a la mierda- y salió del taller.

El educador que sale tras él y que le dice:

-Hombre, tampoco es como para ponerse así…

-Mis canciones, es lo único que me queda, joder…

-Mira qué te digo, ya veo que tienes talento…Podíais montar un grupo vosotros cuatro. Dentro de unos días vendrán personas de la Generalitat para ver lo que aquí se hace y escuchar a los grupos de música. Quizá se pueda salir a la calle a actuar, el día de la Mercé.

Hicieron el cambio de galería aquella misma tarde y por la noche, cuando ya las luces se apagan para ver más nítidos los recuerdos, hablaban de la vida, apoyados en la reja de la ventana, viendo sobre los tejados las luces de Montjuït como cañones atravesando las nubes bajas de Barcelona y que buscan enemigos aéreos e imposibles…”.

 

© José Joaquín Sampedro Frutos.

Fragmentos del capítulo “LA TRENA”, de la novela “Los estorninos”.

domingo, 19 de julio de 2026

La estrella de cada noche, de Marta Antonia Sampedro

 

En la noche siempre

la estrella aparece en su letargo

sobre la luna o bajo el charco

de los callados barrios

y en la cola del caballo atado

donde el aire duerme en sigilo,

el otoño cruje en las nubes

soportando el tenso futuro

los caminos se apresuran

se esconden en las huertas

las minas abandonadas

el sudor del bárbaro olvido

de los hombres que agonizan

en los recuerdos de las sangres

y las toses ácidas del desespero,

nada se oculta a la estrella

de la noche como siempre,

pasan los perros abandonados

que todos conocen solos y sin nombre,

las hormigas lentas sacan dientes

a la tierra malherida de avaricias,

y todo como siempre

es la estrella de las noches,

quien dirige al obrero a su guarida

al rico a su codicia y cuentas

a los santos a las cuevas

y a los demonios a la pesca,

seguramente la vida deberá ser

aquello que nos recuerde

en lo más alto en lo más hondo

de lo que somos al ver la estrella mudos

sin pasados y los dedos sin días,

el presente nos late rápido

en los pechos dolidos y las mentes perplejas,

los sentimientos quedan como siempre solos

al lugar donde por derecho pertenecen,

nadie nos ama tanto como el propio corazón

golpeando a la razón hacia la estrella,

la noche como siempre es nuestra

sorteando caminos de obras

y a lo lejos queda sin lugar

la perversión humana de los tiempos

donde el malo se cree bueno

y la bondad se valora en céntimos,

ojalá en las noches se escuche

el suspiro de la estrella como siempre

el sueño nos abrume de posibilidades

y la realidad que nos confunde

nos transforme en valientes.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2010).

sábado, 11 de julio de 2026

Nubes sobre El Rumblar materia de infancia, de Marta Antonia Sampedro

 

Hoy a las diez horas me vino un recuerdo. No un recuerdo por finalizar, ni siquiera el nacimiento de un recuerdo. Fue un recuerdo que nunca había percibido vivir, pero un recuerdo cierto. Estaba en el campo, me veo con unos seis años. Mirando el horizonte del pantano del Rumblar, inmóvil, con la mirada al agua que, como se suele decir, es espejo del cielo. En realidad lo hermoso del agua en el campo bajo las nubes es que las nubes viven dentro del agua y, si queremos atraparlas, sólo conseguimos agua; las nubes son materia de infancia. El sol estaba ya tras el gran monte de donde siempre calculo el oeste. Porque los oestes se componen de brújulas en la infancia. El cielo era dorado de tarde. Del silencio se apoderaban ya los sonidos de los búhos que acechan los atardeceres de las arboledas del sur. De vez en cuando unas ondas en el agua eran mi mirada, translúcidas en pensamiento, sobre las ondas que los peces mantenían en sus giros. Yo estaba tranquila, tranquila en mi espacio, el espacio al que pertenecían mis ojos, mirando las nubes que lentamente tomaban formas. Una nube de mano me lanzó un puñado de estrellas que se diseminaban ante mí sin que yo me sorprendiera, porque en la naturaleza hay modos de conseguir ser capaces de afrontar cualquier cosa. Eran estrellas muy luminosas, que revoloteaban sobre el agua duplicando su cuerpo, y se unían a las ondas y se reproducían. Yo me fijé en la menos luminosa. Por qué no lucía, o si conseguiría remontar al cielo. Sorprende que en la infancia el corazón se dirija hacia la debilidad. Lentamente fueron desapareciendo tras de los montes las más hermosas estrellas rompiendo trazos de nubes doradas, la estrella débil se mantenía en el cielo y finalmente cayó, provocando una gran onda que se expandió hacia las orillas, agrandando mis ojos a gran magnitud y según el agua. Esperé a que algo nuevo ocurriera pero nada más pasó, sino dos grajos y unas golondrinas, sombras negras y livianas. Luego tomé el largo camino cobijada por los sonidos del campo y regresé a mi casa. Sin más preocupación que jugar con mis hermanos más pequeños y evadir la presencia de los hermanos mayores. Besé a mi abuela Antonia y me dormí pensando que la estrella caída al agua me esperaría pacientemente, durmiendo su noche, al día siguiente. Pero al amanecer no cantaron los gallos, ni pasaron un par de grajos, ni el aire era fresco ni olía a sierra o a las piedras de las casas salpicadas por el orín de los perros. El amanecer me sorprendió en la fábrica de hilos en el afán imparable del norte, con sus tinturas intoxicando las aguas y en las máquinas que ensordecen se mueren todos los deseos de la infancia del sur; con la nariz taponada por las nubes del algodón toser era el ritmo capitalista deseado. Incluso de día, el norte es siempre noche. Una prisión era el castigo por observar los oestes bajo las nubes, y la libertad de la infancia el sueño caído, esa estrella débil que cae hacia el inmenso pan, mucho más grande que el cielo y que no es materia de infancia. Y cada noche besaba a mi abuela Antonia, y regresaba a los oestes del Rumblar, extasiada de cansancio y dolorida, y buscaba los perfumes naturales de las noches, los sonidos de los sueños más bellos y tranquilos que acunan la libertad más sencilla, y conseguía retomar el mundo que yo había sido, para no ahogarme en las sucias aguas del capitalismo.

 © Marta Antonia Sampedro Frutos (2013).