lunes, 1 de junio de 2026

El escribano de San Agustín (fragmento 2), de Marta Antonia Sampedro

 

La iglesia de San Francisco, con sus potentes luces recién estrenadas, parecía ante sus ojos como una visión elevada sobre la neblina invernal. Sus piedras se asemejaban a las alucinaciones de ciertos sueños, donde nada se distingue más que la observación de la propia vida. En la puerta, sentado sobre uno de los escalones, se hallaba Basilio, el pobre de toda la vida, y a quien había visto pedir limosna desde que él era un zagal. Cubría su cabeza con un gorro de lana y a pesar de los guantes se frotaba las manos sujetando un cigarrillo apagado; ocultaba con el abrigo una botella de coñac, hecho que a Juan le conmovió, pues se preguntó quién no sabría en el barrio, en toda la ciudad, que Basilio no rogara monedas solamente para poder comer. Esta vez no se paró a saludarlo; en estas circunstancias no se aproximó, para no comenzar una charla sobre el atuendo tan formal que aquella tarde lucía.

Por las calles quiso contemplar pausadamente los arbolitos verde pino con cintas granates y doradas de los escaparates como tiras bordadas entre sus ramas plastificadas; poder sentir el perfume de las gentes trapicheando deseos; y volver a repasar tranquilo su plan entre el disfrute de saber que quedaban atrás todos los pensamientos tristes del ayer.

Le hubiera gustado comprar lotería en alguno de los quioscos, abarrotados en vísperas del sorteo de Navidad, sólo por entretenerse viendo los números, pues a Juan los sorteos le traían, simplemente, sin cuidado; pero recordó que en sus bolsillos sólo llevaba un pañuelo de algodón con sus iniciales y algunos caramelos de eucalipto para la tos, no fuese a darle algún ataque repentino que pudiera provocar en los demás indicios de duda con respecto a su salud.

Pasó junto al ayuntamiento, en donde algunos policías municipales charlaban entre ellos; de la churrería próxima le llegó el olor a aceite de oliva caliente; y pensando en cuántos inviernos le quedarían por vivir atravesó la plaza para ver de cerca la iglesia de Santa María y poder contar, una vez más, sus piedras, hasta que se perdiera en las cuentas, para pensar de nuevo en su plan. Por un instante dudó en entrar, al ver a algunas personas que lo hacían para escuchar la misa; pero continuó contando piedras hasta que al llegar a cuarenta creyó que, en realidad, habían sido treinta y ocho o cuarenta y uno, pues nunca se le dieron bien las matemáticas, siempre se lo recordaron en la escuela primaria.

Bajó por la empinada calle hasta llegar al barrio de La Florida, mirando las matrículas de los coches y en algunas pudo ver nuevas letras además de la jota de Jaén, aunque ningún número capicúo. Al fondo de la amplia calle, los árboles ligeramente agitados por el viento invernal daban a Linares un aspecto plácido, hasta romántico, pensó Juan, y recordó a Loli, su eterna novia perdida, y de paso la rozadura del zapato, pues lo dejó plantado por un zapatero harta de esperar que alguna vez, por un segundo al menos, a él le viniera alguna idea práctica para poner fin a aquel inservible noviazgo sin meta sorprendente de un cercano matrimonio.

“Ella se lo ha perdido”, pensó al mirarse los zapatos. “Ya es cuenta borrada, que bien que nos devolvimos todos los regalos y los retratos… Ahora estará hartica de oler a betún todo el santo día y de barrer puntillas, que estoy bien convencido de que las cosas nunca parecen lo que son”.

Se aseguró de que la hoja de papel la llevaba aún guardada en el bolsillo. Suspiró por suspirar, pasó su lengua por los dientes por pasarla, por los labios, se palpó la barba por enésima vez, las orejas, se frotó las manos, y al ver el edificio del hospital de San Agustín por un instante quiso regresar a su casa y olvidar el plan; pero fue sólo un segundo de duda, quién no lo tiene, pensó tomando mejores ánimos; y continuó paso a paso sin vacilar hacia la entrada principal.

El bullicio de las salas de espera le recordó que no se había tomado nada, ni siquiera un café, para darse un empujón, un fuerte aliento en aquella decisión que durante tantas horas sentado en un banco de la Plaza de Colón había sido pensada, meditada y revisada en sus pros y en sus contras. Sin dudar buscó un lugar donde hubiera anuncios y sacó el papel, lo extendió y con orgullo volvió a leer su escrito de tinta negra. Estaba bien detallado, las ideas copiadas de los anuncios de los periódicos que rescataba de los contenedores de papel para reciclar, aunque atrasados ya, sin falta alguna, sin temblor en las manos, alineado como por una mano experta en dibujo, como las máquinas de fotografiar, minuciosamente trasladado desde el deseo del mejor rotulador pensante, que conoce y sabe para qué está hecho, predestinado, de qué modo le han de acariciar su cuerpo esbelto sobre un papel en blanco y resucitar transformado en otros cuerpos que al ser humano le satisfagan.

Lo colocó junto a otros, aprovechando algunas chinchetas desocupadas pinchadas en el panel de corcho color madera clara.

 

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Eso es: las mayúsculas también llevan acento, esto es tilde, que es más moderno, recapacitó Juan; engordan su cuerpo, las hacen más fuertes y vigorosas, inmutables.

Al principio, nadie se fijó en él, en su cuerpo flaco frente aquellos papeles que nadie leería a no ser que buscara piso para alquiler, un cachorro de perro de raza cara a buen precio, alguna asistenta doméstica por horas y con informes o el próximo congreso de enfermería. Sin embargo, pensó Juan que se había excedido en el color de sus letras negras, sí, creyó por un instante que en un tono más suave resultase menos vistoso, aunque ya, por aquella insignificancia, no iba a retroceder en su plan.

Sólo habían transcurrido unos minutos cuando algunas personas comenzaron a mirarlo como se mira a un loco escapado de una institución no muy seria, con risas tapadas con las manos que parecían no atreverse a participar en aquella juerga mental espontánea; y a través de sus modos de gente sin escrúpulos Juan podía observar algunas lenguas moviéndose en las bocas, paseándose entre los dientes, escapes de suspiros de no poder aguantar en soledad individual aquella verbena que provocaba la descarada burla de aquel hombre, el sorpresivo tiempo de la escasez laboral, aquella ocurrencia suya sin ser aún, aunque sólo por unos días, el día de los santos inocentes.

Pero a Juan nadie le haría cambiar de parecer y, desestimando el recurso del ascensor, para no soportar con personas desconocidas un tiempo muerto y vapores corporales, se dirigió como un relámpago escaleras arriba hacia cualquier planta del hospital. Eligió la primera, para llevar un orden.

En cuidados intensivos ya tenía previsto que no lo dejarían entrar. Con eso ya contaba. Pero no esperaba que en esa misma planta se hallara maternidad. ¿Había cometido un error en su anuncio, desperdiciando así a más posibles clientes? ¿Por qué no ofrecerse, también, en los primeros pensamientos, cuando una mujer pariera un ser nuevo, y transmitirle, para la posteridad, todo aquello que hubiera sentido al ver a su retoño en sus brazos? Pensaría en toda esa cuestión esa misma noche. Juan no quería verse obligado a tener que improvisar razones por las cuales aquellas personas pudieran dudar. Deberían dar su visto bueno para pagar por unas palabras muy bien expresadas, pues ya sabía, por su propio nacimiento, que no todos los niños traen consigo un pan bajo el brazo; pues algunos, como él, del limbo sólo traen el mucho hambre.

Se dirigió a la segunda planta. Vio un tropel de gente corriendo y llorando y abrazándose y volvían a correr como perdidas en aquel espacio. Pensó quedarse en esa planta y probar. Se dirigió hacia el pasillo de las habitaciones y creyó más conveniente entrar en aquellas que tuvieran las puertas cerradas para evitar en lo posible a enfermos acompañados por familiares.

En la primera puerta que tocó para pedir entrada no contestaba nadie, pero no se dejó llevar por el desaliento. Sabía, por su experiencia en tantos oficios eventuales, que al principio todo cuesta algo, a veces tanto que creemos no tener, otras inversión en ilusiones de las que no disponemos y, en otras muchas, monedas que no tienen cambio en la vida. Jamás el desánimo debe dominar a uno, el mayor enemigo de los pobres de espíritu y de lo otro que tintinea. Así que volvió a llamar con la palma de la mano, esta vez con más contundencia, hasta que le pareció escuchar un susurro, un gemido apagado y un grito al fin y comprendió que le decían que quien rayos fuese entrase de una vez, hiciera el favor ya.

-Muy buenas, buena mujer- dijo al entrar-. ¿Cómo está usted? ¡Afuera hace un frío…!

La mujer sonrió a medias al observar a aquel hombre escuchimizado, aunque muy arreglado con su atuendo varonil, con un cuaderno en la mano, de sonrisa confiada, con buenos modales, que le había preguntado por su estado de salud, y le contestó:

-Aquí…, muchacho… Escayolá hasta las orejas como una momia asá…

-Ya veo, buena mujer- fue lo que respondió Juan al aproximarse a ella; pero, al ver revueltas las ropas de la cama de al lado, añadió:

-¿No está usted sola?

-No, qué va. En esa cama hay otra mujer, pero está en el servicio. ¿Le importaría a usted rascarme los dedos del pie derecho, muchacho…, digo hombre de Dios…? ¡Estoy para que me dé algo!

-¡Pues claro, señora! ¡Faltaría más!- respondió Juan, complacido por aquella confianza ofrecida por la enferma.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos. 

Fragmento 2, para este Blog, de la novela “El escribano de San Agustín” (1998).

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