viernes, 8 de mayo de 2026

Una muerte tonta contada al detalle (fragmento), de Marta Antonia Sampedro

 "Que alguien cuente los pelos de su casa,

porque le falta uno y está en la mía.

 Los he contado todos y hay uno

que es de la suya".

"Inocentes y culpables en ocasiones se asemejan.

 Pero a unos les toman el pelo y los otros no tienen

        ni un pelo de tontos".

Ana López de Gales.

 

Llevo todo apuntado. Muchas libretas usadas, que apilo hasta por los asientos traseros de mi coche tapados con la manta de viaje. Lo llevo vigilando 417 días, el de hoy incluido. Tuve que comprar algo en el supermercado para no parecer que lo vigilo: dos barras de pan de oferta y un litro de zumo de mango. Porque sé que es un asesino y se está riendo de todo el mundo, desde que lo dejaron libre tras dos días en el calabozo y un interrogatorio donde se hizo muy amigo de los policías y hasta se intercambiaron los teléfonos para quedar un día. Claro que era sospechoso. Tan sospechoso como que es el asesino. A mí no me la pega. Ese rubio alto, de ojos claros y aspecto de haberse comido el mundo varias veces, a mí no me la da con queso. Por eso hablé con mi confidente el Huertas, le pasé la mosca de mi oreja para que lo investigaran desde la comisaría y luego él presuma de sus medallas al mérito, pero ni por esas lo creyeron culpable de nada.

-No te metas en esos berenjenales- me dijo por teléfono el Huertas, tras soltarlo del calabozo, libre como un pájaro-. Que ese hombre es inocente. Que parece desafiante, estamos de acuerdo, pero le faltan unos hervores y ese no es capaz de matar a nadie.

Recibí el encargo de la familia del fallecido a media mañana de un día de primavera, bastante gris y con amenaza de tormenta. Mejor, porque así no se verían bien los cristales impregnados de polución de esta ciudad sin árboles y con suerte igual se limpiaban solos. Los atendí en mi despacho.

-¿Es usted el detective privado?- me preguntó el hombre.

-Privada. La detective privada- le aclaré por si no se había percatado de que yo era una mujer-. Ana López de Gales. Mucho gusto.

-Igualmente. Ella es mi hija Amelia, mi hija Antonia y yo soy Eusebio.

-Siéntense, por favor.

Se veían buena gente, al menos por el aspecto de buena presencia. El hombre, bastante mayor, de expresión muy seria, y ellas reservadas y cuarentonas. Hacía un mes y una semana que su familiar había fallecido, de modo repentino. Un cincuentón pero sano, con sobrepeso pero sano, fumador pero sano, bebedor pero sano, con arritmias cardíacas pero sano… Ellos no estaban de acuerdo con su muerte repentina. Con lo sano que estaba. El caso no pintaba para caso.

-Entienda usted que unos días antes estuvimos juntos en el cumpleaños de un sobrino y estaba tan contento y normal, no vimos nada raro- me informó el hombre-. Hasta nos dijo que quería irse de viaje, unas vacaciones a la playa o por ahí, a despejarse, se había comprado ropa nueva…

Hay gente que no comprende que para morirse la condición indispensable es que hay que estar vivo.

-Pueden tutearme.

Mientras hablaban del fallecido y la pena yo iba pensando que el perfil de la víctima tenía muchas papeletas para el fin que tuvo. Qué equivocada estaba entonces. Y qué negativo es para una detective prejuzgar.

Tras dos días sin saber nada del hermano e hijo ni contestar a las llamadas telefónicas, contaron que fueron hasta la vivienda y allí lo encontraron, como durmiendo en el sofá, con la televisión puesta. Pero estaba muy frío y hubo un detalle que les llamó la atención e insistían en que yo apreciase la anormalidad aquella: tenía sus manos en la garganta, como sujetándose la cabeza. ¿Por qué un infarto repentino, puede hacer llevarse las manos al cuello? ¿Por sofoco? La mesa del comedor estaba totalmente inmaculada, añadieron, no había ni cenicero, pero en la cocina no cabía más ni un vaso o plato sucios en el fregadero; también había cuatro botellas de vino rioja y de la misma marca todas, ya vacías.

-Y miramos en la basura-prosiguió el hombre-, para ver si había comido algo en mal estado, pero ni basura había; el cubo, no tenía ni bolsa.

-¿Hicieron ustedes fotos del piso?

-¡Por favor! ¡Somos muy creyentes! Te estamos hablando de memoria- dijo Amelia, impactada por mi pregunta profesional.

 En un principio, todos aceptaron la mala suerte de su familiar, Eusebio hijo, y tras el velatorio y la misa fue directo al cementerio. Pero luego, ya más tranquilos, le dieron vueltas y vueltas a esa muerte inesperada; y más vueltas cuando descubrieron que en su testamento Eusebio había nombrado como único heredero al rubio alto de ojos claros al que vigilo incansablemente, con hoy hace 417 días. Su nombre es Alfredo, me informaron los, desde entonces, clientes, pero que también es conocido como el Sueco, mote heredado de su padre, que también era rubio. El asesino. Había caso. Ya lo creo que hay caso. Este caso.

La familia del fallecido no tenía conocimiento de que entre Eusebio y Alfredo el Sueco hubiera relación alguna. Preguntaron a la madre de familia por si de niños hubieran ido al mismo colegio, la mujer negaba saber de ese hombre ni por el nombre ni por el apodo. Pero Eusebio era soltero y vivía solo, y sé por experiencia profesional que se cuenta lo que conviene. Inocentes y culpables en ocasiones se asemejan. Se acepta bien la apariencia y derriba la verdad. Apariencia: Eusebio era un hombre normal, ingeniero jubilado ya debido a sus achaques de salud, y que parecían mantenerlo sano. Realidad, barra, Verdad: ahí va la relación del patrimonio de Eusebio, dicho por su familia:

-Un piso de 4 dormitorios con garaje y que era su domicilio, zona centro.

-Una casa en el pueblo. No recuerdo el pueblo que me dijeron, pero zona Levante, creo, pues no apunté ese dato.

-1 local comercial en la ciudad, barriada Las Cigüeñas.

-1 coche todoterreno, pasada recientemente la ITV.

-Unos cuantos miles de euros en el banco. La cifra me pareció muy golosa.

-Acciones en una compañía eléctrica. Un par de miles de euros.

-Un reloj de oro que nunca apareció y una alianza de oro de cuando Eusebio tenía 25 años y estuvo novio con Susana, grabado en su interior con S corazón E, y que encontraron en su mesita de noche junto a la foto de ella.

-El resto cosas personales, enseres buenos y mobiliario muy completo y de calidad, pues era hombre con mucho estilo según me comentaron.

Todo eso, había volado a otras manos, limpio de polvo y paja, todo pagado. Estaba acostumbrada a ver cosas más terribles por mucho menos; aunque siendo honesta era la primera vez que solicitaban mis servicios porque la herencia se les hubiera ido de las manos por sospecha de un asesinato. Pero, y como dicen todas las series policíacas de televisión y coincido con ellos, el que consigue beneficio es el primer sospechoso; y lo será, aunque no haya crimen. Y los que no sacan nada tienen su berrinche, apuntan y disparan sin miramientos para que el beneficiado dé la cara y sea descubierto y a ser posible aporreado. Había que descartar.

Una vez tomé nota de todo, no les prometí nada seguro, pero les dije que para empezar un caso siempre solicito un importe a cuenta, por no decirles que llevaba sin investigar un caso serio bastante tiempo y mis números andaban en color rojo peligro. Porque investigar infidelidades ya me resultaba aburrido y mal pagado; además algunas veces me hago amiga de los investigados y los comprendo y tomo algo con ellos o ellas en algún pub de la Avenida de Boston, que son los que cierran más tarde. Eusebio me extendió un cheque con una generosa cantidad y los despedí en la puerta, no sin antes decirle:

-De mi parte, mi sentido pésame también a su esposa. Lo siento mucho.

Eusebio puso cara de olvidarse de algo. Las hijas me miraban fijamente, como si echaran de menos sus gafas.

-Tome usted. Las llaves de la vivienda de mi hijo- me dijo entregándome un manojo-. Ya tiene usted la dirección. Puede que allí no vaya a encontrar nada, ya todo lo revisó la policía, pero por si le sirve de algo echarle un vistazo.

El Huertas y su equipo no serían capaces ni de reconocerse ellos mismos en un espejo.

-Descuiden ustedes. Haré todo lo posible, Eusebio.

Y me puse en marcha desde ese mismo instante.

Emocionada porque no había investigado nunca un asesinato.

Emocionada y corriendo al banco a cobrar el cheque.


Fragmento de "Una muerte tonta contada al detalle".

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2024).

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