jueves, 14 de febrero de 2019

Un segundo perdido, de Marta Antonia Sampedro



Eran escasamente las seis
tal vez un segundo perdido
que el amanecer ocultara
para el capricho divino

recuérdalo así el ángel distraído
un segundo menos
sin esencia un cálculo asumido
al desorden y el auxilio

qué exigua noche queda atrás
que inalterable consulta los tiempos
cuestiona un verso ajado
que no desea contestar

las seis sin un segundo en punto
no sabía ni quién era
asumiendo la quimera

-volar no hay quien pueda
sin las verdades a medias
quebrando las cuerdas
una cama
una hoguera-

tejedora sin un segundo preciso
en el alma viejas penas
una pluma
a dos quebradas tintas la espera

las seis apenas
qué segundo azaroso lo aparta de mí
el corazón a toda mecha
coma y punto compiten
la razón de Cupido a la puerta

cuántos besos en la desvencijada escalera
y el ángel de la guarda robando escritos
el nombre que nadie corrigiera
aquel segundo restado a las tormentas
cercado de los engaños y la hoguera

vuelve
vuelve
suspiros de alba dulces miserias

aún no eran las siete
tres mil quinientos noventa y nueve
se alzaban fortalecidos sobre las sienes
rasgando valientes frases
acordonadas por bramantes

todo al azar devorado
cuando en libertad imaginase
por un solo instante perdido.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (1980)

miércoles, 2 de enero de 2019

Las doce y media, de Marta Antonia Sampedro


Del libro de la autora,
"Un corazón leonado y otros relatos" (1995)
Diputación de Córdoba (Andalucía)



                                                    A José Joaquín


            Fue al salir a la calle cuando comprendió que ya había llegado el invierno. La nieve estaba dura, aún blanca en las aceras. Había dormido tanto aquella noche, que no recordaba el día que era.
          Invierno. Así, de golpe, igual golpe que le comía el deseo por aligerar el camino. Si la estación que hace que las hojas de los árboles se caigan ya pasó, y la nieve estaba ya en las aceras, sí: era invierno. Otro invierno, como llegaba otra primavera o el verano la sorprendía con la humedad del barrio chino. Cerró los puños, como su padre le había enseñado de niña para mantener las manos calientes. Se miró las muñecas, observando aquellas manchas y morados que parecían crecer por minutos.
            Encendió un cigarrillo. Viendo su propio vaho parecía que el humo no existía, que sólo era fruto de su propia respiración. Ajustó el gorro de lana que se había comprado en las rebajas de invierno el año anterior. Los labios querían unirse intermitentes ante las bajas temperaturas. Comenzó a tiritar.
         Atravesó Las Ramblas. La ciudad parecía dormir el plácido sueño de los reyes magos. Las bombillas de colores que adornaban las calles exhalaban calor eléctrico, como si estuviesen a punto para estallar. Las aceras, testigos ya de la última fiesta de Navidad, demostraban la dejadez de la alegría con tiras de colores y serpentinas abandonadas y sucias.
          Se dirigió a la dirección que llevaba apuntada en un papel que había arrancado de su agenda. Vio un número impar y cruzó la calle. “Sí, es este. Número ochenta y seis”.
        Era una pensión antigua. En su fachada, podía leerse aún en la piedra el año de su construcción: mil novecientos once. Las cornisas, sujetaban la nieve que poco a poco iba cediendo por el peso. Llamó al único timbre que había junto a la puerta. No se abría. Esperó. Tiritando por el frío creyó que el hombre no recordó la cita. Se escuchó un fuerte golpe y la puerta quedó abierta.
          La escalera se halló a oscuras cuando cerró tras de sí la puerta. Palpó la pared derecha y encontró un interruptor. La bombilla del portal quedó encendida y se dispuso a subir los peldaños. Era oscura, de madera antigua que crujía al pisarla, impregnada por una masa pegajosa al tacto y que apestaba a humanidades.
           Puerta diecisiete. Llamó dos veces con los nudillos, aunque estaba abierta y el hombre apareció.
            -Sígueme- le dijo.
          Tras estas palabras, Irene palideció. Ser mayor le había hecho cambiar, no había duda. Veía que sus palabras se transformaban en posibles decisiones de los demás. No era un juego, de eso estaba segura desde hace mucho tiempo. Aquello, desde luego, era ser adulta.
            -¿Trajiste la pasta?- preguntó el hombre.
            -Sí. Toma, cuéntalo si quieres- le entregó el dinero.
          Un sudor extraño se deslizaba por su espalda. Se quitó el abrigo y el gorro.
       Por supuesto que había llevado el dinero. Día a día, comprobaba que era su aspiración mayor. De lo contrario, todas aquellas horas y noches, todos aquellos años, no habrían servido de nada. Ahora tampoco le servirían ya, pero podía comprar otro deseo, el mayor deseo desde hacía algo más de un año: ser libre de verdad.
         Una compra como otra, un sueño comprado con pasta usual, de las que agradan al hombre o lo empequeñece, hasta convertirlo en nada más que un hombre. O en una mujer.
        Pero era una compra poco habitual. No se hallaba expuesta en los escaparates de ningún comercio; no se podía conseguir de otra forma que no fuese aquella. Por una vez, por un solo instante, Irene se sorprendió a sí misma dando dinero por un favor nada habitual.
        De niña, el dinero le parecía valioso, decisivo, casi sagrado. Porque, al carecerle, debió emigrar a otros lugares junto a su familia. Las uvas daban dinero; la remolacha daba dinero.
        También los hombres daban con dinero las gracias por los placeres. En todas partes, en cualquier lugar del planeta. Porque había nacido con la estrella de ser mujer y compensar, a cambio de dinero, la eterna lucha por no haber nacido hombre. Aunque tuviese que pagar.
           Sí. Le debía mucho. Ramblas arriba o abajo. Cercadillas o La Alameda, todo lo tenía en ella.
           -Puedes tumbarte ahí- le dijo el hombre.- Y, relájate.
         Pensó en el mar, al echarse sobre aquel sofá cama mugriento y descolorido. La primera vez que lo vio, suspiró. Nunca hubiese creído antes, que el mar llevara a otros sitios que no fuese el horizonte, para derramarse en el espacio con su inútil agua salada. Pero era verdad que llevaba a otros lugares, porque una vez subió en un barco hacia Ibiza y llegó, sin problemas.
        “Me gusta esa palabra”, pensó, “relajarse”. Olvídate del mar, Irene, porque te mareabas y hasta vomitaste varias veces”.
            Estiró bien las piernas. Colocó sus manos sobre el pecho.
            “Olvídate. No pienses en nada”.
          Pero sintió que una manta le abrigaba su cuello de niña, mientras el viento le hacía cerrar los ojos por las calles de su pueblo. Su madre la despertaba.
            -Venga, Irene, que ya son las cuatro- le decía.
         Y subía al autobús con dirección a la fábrica. Las manos heladas por la escarcha y la nieve; las calles desiertas, en una ciudad extraña.
            Él la notó helada. La cobijó con el abrigo.
           -No- le dijo ella-. No me hace falta. Son los nervios, nada más.
          -Mira- agitó él sus manos-: si quieres, te devuelvo el dinero y aquí no ha pasado nada.
          -¡No!- exclamó Irene-. Por favor…, prepáralo todo. Son los nervios, ya te digo.
         De todos los hombres que había conocido, este le parecía el más atento. También el más apuesto. No era muy alto, pero su tez morena, la nariz perfecta y unos labios como recién pintados, le daban un atractivo especial. Miró sus manos. Le recordaron a Chele. El tatuaje en la muñeca izquierda, dos lunas y una estrella de tinta, le confirmaron que era del mismo tipo de hombre.
          Un tatuaje para recordarlo. Solamente. Así de fácil. Apenas un año en su vida y aparecía ahora, doblando la esquina del olvido, presentándose, de invitado, en el sofá cama. Como en un fugaz viaje de LSD. Entradas y salidas de la Modelo, de Carabanchel… Buscar pasta por los rincones y plazas de la ciudad, reconvertir burbujas de sueños en viajes largos hacia la muerte.
            Pero no se encontraría peor que ella. Ya, nada debería pagar para conseguir dos lunas y una estrella, o las que quisiera; porque el viaje, en su recorrido, calculó mal la distancia de la tierra y lo transportó lejos, hacia el cielo que tanto amaba en las noches de tormenta.
            Y también recordó a Julio, novio de su juventud más inocente. Inculto, pobre y fuerte. Como ella…
           Dos hombres, dos vidas para recordar. Entre tantos hombres. Entre tanta vida y recuerdos.
            -Mi hermano me dijo que le gustaba la poesía- dijo el hombre mientras preparaba café.
        -Sí, me gusta escribir, de vez en cuando- le contestó-. Pero son tonterías, pensamientos de niña pequeña, sin importancia.
            Su hermano. Ella también tenía hermanos, aunque de sus caras recordara, acaso, lejanos rasgos comunes de la juventud. Sonrió irónicamente al pensar si la pudiesen estar viendo en aquellas circunstancias. Seguro que llenarían de beatos aquella pensión de perdidos y los condenarían, aunque ya estuviesen condenados, a la vida en los infiernos, con sus rezos y sus obligaciones de hablar del evangelio en las más insospechadas ocasiones. Citas bíblicas, suspiros y emoción.
“Pecar, pecar y además sufrir”, pensó.
Podía saber que el café casi listo, con sólo oler su aroma. Le parecía como el tabaco: fuese a donde fuese, siempre lo tenía al alcance.
-¿Quieres tomar café?- le preguntó él.
-No. Ya he tomado.
Ya estaba relajada y no quería que un café, o el simple hecho de tomarlo, confundiera su ánimo.
A medida que retornaba a sus pensamientos, más cómoda se encontraba en aquel sofá cama.
También sus padres se perdían el escenario, a punto para el mejor espectáculo que jamás pudieran imaginar. No poder rogar a dios por su hija pecaminosa, entregarse al cielo en el éxtasis de la oración, era imperdonable. Una ocasión perfecta para relamer el mundo en sus versiones y girarlas al derecho, recto a sus mejores deseos de buenos cristianos.
Salvarla y recuperarla, demostrar a los demás espectadores que el amor sagrado incita al amor humano. Orar todos juntos, educar mejor, en el señor. Y esperar sobrecogidos a que, de la chistera de la sorpresa, avance un conejo blanco que olvide el rencor en todos, recupere la verdad y la mentira y los estrangule en su agonía.
Recordó que nadie conocido sabía nada de ellos. Sólo, que vivían en un pueblecito, cerca del Pirineo. Vaciló, pero no le dio importancia: ya lo sabrían, tarde o temprano. Una prueba más para ellos que Irene les dejaba, de recuerdo. Ir hasta el piso de su hija, de su “maría magdalena” a la que no conocían y por la que, seguramente, oraban todas las noches. Encontrar un cuarto oscuro en una ciudad desconocida, fotos de alguien que quedó en el recuerdo, estática, deshumanizada, de ojos estrellados que no quería conocer al dios que le enseñaban, con avisos. Una oveja negra en el rebaño blanco; droga blanca en un brasero de carbón.
-Quizá no sirva de nada- dijo él.
-¿Cómo dices?
-La poesía.
-Quizá.
-A veces, no la entiendo. Creo que son rollos para vender libros, ¿no te parece?
-No, no lo creo.
La Poesía… Bellas palabras adornando la vida; frases rococó a las vivencias de los mortales; sentirse un dios con verborrea ordenada.
Recordó Irene su cuaderno de notas. Era un pequeño diario de adolescente, en el que escribía en las tardes de otoño, pisando hojas, llorando sin saber por qué… La espesa niebla se convertía en espíritu de su suerte; la escarcha, en llanto de nube y sal.
No. No llevaba razón aquel tipo, que vivía a costa de la escasez de poesía. Aunque ella le pagara. Era distinto.
“Nadie comprendía el perfume de la oscura magnolia de tu vientre”, pensó recordando a Lorca, “nadie sabía que martirizabas un colibrí de amor entre los dientes”.
-¡Qué bueno está el café!- le dijo el hombre-. ¿Seguro que no quieres?
-No, no quiero.
“Mil caballitos persas se dormían en la plaza con luna de tu frente”, regresó a Lorca, “mientras que yo enlazaba cuatro noches tu cintura, enemiga de la nieve”.
Recordaba a Lorca, a Machado, a Miguel Hernández. Todos sus versos, compañeros de unos viajes sin droga ni pesadillas entre sudores; olvidados en el tiempo y entre los pasos de callejuelas húmedas. Qué emoción tenerlos por compañía; separar, indiscriminadamente, los buenos ratos de los peores; elegir el mal del bien de dentro de una misma y saludarlos a todos ellos, sin distancias.
Pero, cómo poetizar los retretes en los que comenzó a saber que ya, en la vida, nada le sabría a agua de pantano.
“Te entrego la simiente de mi aliento”, recordó unos inocentes versos de juventud, “con el aroma de la fuente. Mis labios te llenan y quieto recorres mi cuerpo transparente”.
-Todo listo- anunció él, encontrándose con la mirada de Irene.
-¿Haces esto solamente por dinero?
-¿Te refieres a lo tuyo?
-Me refiero a lo que te dedicas.
-¡Pues claro! No soy un alma caritativa, ni cumplo los deseos como si fuese un rey mago, por la cara. Yo te hago un favor, y tú me lo pagas. Cosas de la vida.
“Es verdad, Irene”, pensó. “Son cosas de la vida. ¿Acaso los favores no son eso?”.
-Además- dijo él-, igualmente ya no vas a necesitarlo. ¿No es verdad?
-Verdad.
Una verdad que Irene comprendió con la mirada del hombre masticando chicle, sin más.
Ella no era una reina egipcia, para poder llevarse sus tesoros. Tampoco los tenía. Aquella conversación le pareció ridícula. Inspiró profundamente y preguntó la hora.
-Las doce y cinco- le contestó el hombre.
Buena hora, sí. Para no estar buscando hombres a los que alimentar de deseos; para no necesitar absolutamente nada de este mundo hostil; ni siquiera su dinero para inyectárselo en el retrete de alguna cafetería y continuar día a día.
Sintió un hormigueo en las piernas. Una media rota transparentaba su piel. Por primera vez supo, con toda seguridad, que no importaba nada; que, tras la muerte, todo ha muerto para quien muere, como para el vivo sólo existe lo que tiene vida. Irene no vaciló.
-Cuando quieras- expresó el hombre entrecortada su voz.
Él se acercó. Tomó su brazo, acarició sus venas, que sobresalían, hinchadas, de la piel.
De cerca, era aun más guapo. Tenía los ojos como las aceitunas negras, y las pestañas arqueadas como la fina seda.
-Bésame- le pidió ella. Y un sabor a limón le inundó la boca.
Deseó permanecer así durante más tiempo, pero el hombre la separó lentamente.
-¿Es que da miedo besar a una moribunda?- preguntó Irene con sarcasmo.
-No es eso.
-¡Ah, ya caigo! Seguramente, tu hermano también te habrá dicho sobre mí que estoy enferma de sida…
-No, no es eso, chica.
-No importa, hombre. De todas formas, me hubiese gustado conocerte antes.
-Sí, ya lo sé.
-¿Qué ya lo sabías?- se sorprendió Irene y una sonrisa se le dibujó en los labios.
-Sí. Todos me dicen lo mismo. Quizá porque soy el último a quien ven antes de partir.
-¿Todos?, ¿verdad?
-¡Sí, todos!- contestó con enfado-. Y, te dejo bien claro, que mi hermano no me había dicho nada de lo tuyo.
-¿De lo mío?
-Del sida. Sólo hace falta mirarte, para saber que estás enferma.
Quiso Irene sentir vergüenza, pero cerró los ojos, suspiró, y le dijo:
-Acabemos de una vez.
Cerró los ojos. Sintió que Chele la esperaba tras el océano que se derramara por el espacio.
“Señor, dios mío”, rezó Irene, “deja que el mar sane estas llagas que encharcan mi cuerpo; para que no me vea tan fea mi amor, señor, y pueda recoger estrellas de su mano”.
Le tomó el brazo. Sintió un pinchazo hondo.
“Qué hora será”, pensaba Irene, mientras sentía que el cansancio podía con ella, agotada de bucear. Que ya nada, ni nadie, la iban a despertar.
La última dosis corría por sus moradas venas. Como un relámpago, sintió que su cuerpo se hundía en los muelles del mugriento sofá, mientras pensaba:
“Ya deben ser las doce y media”.

© Marta Antonia Sampedro Frutos (1990).

lunes, 31 de diciembre de 2018

Las palomas vuelan, de Marta Antonia Sampedro


                   A mi camarada y amigo Juan Bosquet Vique.

                    “Para quien lo encuentre”, comenzó a escribir don Claudio en su libreta de apuntes a la luz de una lumbre. “Este es el testimonio de un hombre acabado”.
                   Mi nombre es Claudio Montegroso, comerciante jubilado, soltero, y hasta hoy he sido cronista oficial de la villa de Hízara, población rural, de la que me he visto obligado a huir sin más pertenencias de peso que la angustia y la desesperación.
               Los hechos,  transcurrieron como a continuación voy a relatar, para que conste toda la aberración que del ser humano puede arrebatar razón, amor y fraternidad.
                   Día primero:
           Como suelo hacer todos los días, por la mañana acudí al hogar del pensionista, leí el periódico, y me sorprendieron estas trágicas noticias:
           “Anciano hallado semienterrado en una fosa, sin aparentes signos de violencia”. “Un autobús de jubilados cae por un acantilado. Todos los indicios apuntan a un fallo humano del conductor, como causa del accidente”. “Diez ancianos internos en distintos asilos, se suicidan ahorcándose en sus habitaciones. El juez ha ordenado se lleven a cabo las autopsias”.
          También, como todos los días, paseé por el campo recordando mis más queridos sueños. Por la noche, en programas de sucesos la televisión informaba, además de los ya citados, del siguiente caso: “Explosión de gas en un piso a las afueras de la capital. El matrimonio, ancianos octogenarios, fallece en el siniestro”.
                 Día segundo:
           Entre reportajes de celebraciones religiosas que emiten algunas cadenas de televisión, llama mi atención:
            “La Cruz Roja asiste a quince ancianos con evidentes signos de intoxicación. Aunque se cree como causa de la afección una mayonesa en mal estado, se están investigando los hechos por la autoridad competente. Su estado es crítico, aunque no se teme por sus vidas”.
            Día tercero:
        Debido al control de la hipertensión arterial que periódicamente me es llevado a cabo por el ambulatorio de Hízara, acudo a la consulta. Espero mi turno, junto con otros muchos hombres y mujeres, casi todos ancianos.
           “Muy alta está hoy”, me dice la enfermera dándome un papel. “Vaya usted a hablar con don Juan Luis”. Unas nuevas pastillas me son recetadas por el facultativo. “Demasiado bien está usted, con la edad que tiene ya”, me dice risueño. Leo el prospecto:
            Contraindicaciones: entre varias enfermedades que padezco, como son reúma y leve asma bronquial, destaco: hipertensión arterial. El farmacéutico dice: “Habrá sido un error, vaya otra vez al médico”.
           “Se amplía la edad para la jubilación de los trabajadores hasta los setenta años. Representantes políticos y sociales, satisfechos por el acuerdo obtenido”.
               Por la tarde, llaman a la puerta.
              “Se han muerto el Félix y la Teresa. Mañana es el entierro”.
           Félix y Teresa eran dos viejos conocidos, con quienes compartía mi soledad jugando al mus con mi compañero de juego, Antonio. Soltero él y viuda ella, vivían juntos sin casarse, para no perder una de las dos pensiones que ambos cobraban.
            Día cuarto:
            Apenado, no tengo fuerzas para ir al hogar del pensionista.
           Causa oficial de la muerte: natural. Félix, junto a un olivo, lleno de hormigas. Teresa, sentada en un sillón de su casa, cosiendo.
            En el camposanto, observo a los presentes: la mayoría, somos ancianos. Por deseo de la familia, los entierran separados, al ser de distinta ideología y religión y por su mal ejemplo cristiano de fornicación, según don Héctor, el párroco.
            Conmovido, decido acudir al médico por la mañana.
            Extraigo de las noticias de la noche:
      “Fuentes cercanas a esta cadena, informan que los ancianos afectados por salmonelosis, según todos los síntomas que presentaban, fallecieron ayer tras ser hospitalizados en sendos centros de la capital por causas que aún se desconocen”. “Un grupo de la tercera edad fallece al venirse abajo el techo de un hotel. Tres supervivientes, con signos evidentes de enajenación mental, han declarado no recordar nada de lo ocurrido”.
            Me visita Antonio.
            “Mañana me voy a Cádiz, a pasar unos días con mis hijos”.
            Se despide y le digo adiós en la puerta, me quedo mirando bajo la tenue luz de la farola su figura encorvada.
           “Lo que tienen que hacer, es dar trabajo a los jóvenes, y no permitir que los ancianos trabajen. La Constitución recoge que todos tenemos derecho al trabajo, y no sólo ellos”, está diciendo un joven en un programa de debate. “Los viejos son una carga que el estado no puede alimentar como está haciéndose hasta hoy, si a cambio no crea empleo”, opina otro.
               Día quinto:
           La radio me sobresalta con esta noticia: “Los enfermos crónicos deberán abonar la correspondiente diferencia que con respecto a los enfermos agudos mantienen en las cuentas de la seguridad social”.
          “Pamplinas de noticias”, me dice don Juan Luis, al preguntarle en su consulta el porqué de estas nuevas medidas. “Usted no se preocupe, Claudio, que eso son cosas que se dicen para asustar, pero que luego se quedan en nada. ¿Sigue usted fumando?”.
        Efectivamente, reconoce que es un error lo recetado el día anterior, y que probablemente la enfermera confundió la receta con alguna de otro paciente.
         Prospecto de las nuevas pastillas: Indicaciones: Entre múltiples padecimientos, algunos de ellos de tratamiento contradictorio según mis diccionarios médicos, a los cuales recurro, idóneo para diabetes, colesterol, artrosis y también hipotensión arterial.
            “Es un error”, me indica de nuevo el farmacéutico. “Pero por la edad, seguro que usted tiene alguna cosa de la que se dice aquí. Además, para lo que le cuestan a ustedes, al salirles gratis bueno es que las tenga en la casa por si acaso le hicieran falta un día, que nunca se sabe”.
            Me marcho de la botica con la caja de pastillas. Indignado. Por la calle, me saluda la asistente social del hogar del pensionista. “Apúntese usted, Claudio, hombre, que lo pasará muy bien. De vez en cuando es bueno cambiar de aires. Volvemos en el día. No viene usted con nosotros, que yo recuerde, desde el año pasado”.
           El año pasado, fui con los del hogar a Tarragona. Bailé dos pasodobles y una rumba, animados por un dúo de cantantes que de vez en cuando bostezaban. Hasta que un anciano de otro grupo sufrió un infarto y presos del miedo a la muerte nos marchamos en silencio hacia nuestras habitaciones.
          Me bañé en el mar. Pero desistí pronto, porque en la piel se me pegaron las manchas de petróleo. Por la noche no tuve más remedio que comprarme una manta eléctrica de la que nos venden a los ancianos en esos viajes y a precio vergonzoso, pues tenía fiebre y un fuerte dolor me retorcía las articulaciones.
           Insiste ella, que vaya. Y que si cambio de parecer tengo tiempo de apuntarme hasta las ocho de la tarde. Pero tengo cosas que hacer: seguir con mis observaciones de tan extrañas y casuales noticias.
        “No se puede llamar epidemia a estos simples aunque desgraciados casos. Es absurdo que los medios de comunicación se empeñen en denominar todo como grandes dramas humanos, y lo único que consiguen es alarmar a la población, que acude con preocupación innecesaria a urgencias de los hospitales en las últimas semanas, confundiendo y alarmando a la población. Que cinco ancianos hayan sido víctimas de accidentes domésticos, no es causa suficiente para alertar a la población”.
            No entiendo de qué va la noticia. Sigo escuchando.
         “La salud de todos ellos era delicada, como así lo confirman sus expedientes médicos y las familias. Nada indica que puedan ser víctimas de presunción de delito o de intencionalidad, sino de accidentes que lamentablemente están a la orden del día. Por su edad, aconsejamos siempre la precaución”.
           Sigo sin entender. Hasta que las imágenes muestran  los desencajados rostros que en distintas bañeras permanecen yertas. Cierro los ojos.
            “Para descartar posibles causas ajenas a la oficial, y por supuesto tranquilizar a la población, se están inspeccionando los conductos del gas y del agua”.
            Día sexto:
            En el hogar del pensionista, apenas hay gente. En la tercera página del diario, leo un gran titular: “Los beneficios de la banca, una marca histórica”. En la quinta página, en un pequeño espacio: “Los últimos índices de pobreza, indican que la media de edad de los mendigos e indigentes que invaden las calles de las grandes ciudades, ha sufrido un espectacular aumento. Los sociólogos, responsabilizan a la mayor calidad de vida de la tercera edad y la baja natalidad”. Junto a la noticia, la foto de un hombre, de quien se dice, afirma: “El prestigioso científico y premio Nobel de medicina H.W., pronostica que en 2010 la enfermedad social más contagiosa será exclusivamente la pobreza”.
         De pronto, en mi mente parece tomar forma lo que con tanto miedo a la demencia senil parecía un complejo crucigrama. Cierro el periódico y salgo a la calle, para dar un paseo por el parque. En mis pensamientos, veo escrito: “¿Será verdad?”.
            Mientras miro cómo las palomas vuelan, veo a Juana, la limpiadora del hogar del pensionista, dirigiéndose a un grupo de ancianos que están sentados en los bancos. Algo extraño les está diciendo, porque agitan todos mucho las manos, un bastón choca violentamente contra el suelo, se quitan el sombrero. Dos de ellos se levantan, acelerando el paso y se marchan.
            Me acerco. Escucho con atención a Rodrigo:
            -¡El autobús…, que se ha estrellado! ¡El autobús!
      -¿Qué autobús?- pregunto con celeridad, al verlos tan nerviosos.
            -¡El del hogar! ¡Dicen que han muerto todos!
             Me marcho urgentemente a mi casa, a ver la televisión.
           “En este país, el tráfico es el causante del fallecimiento de mucha población. Por eso, desde la dirección de tráfico aconsejamos que…”.
            Todos muertos. Números de tráfico. Todos entre los hierros del autocar. La sangre vieja vertida sobre el asfalto.
            Por la tarde, no acudo al hogar del pensionista. Y sé que como cronista oficial de Hízara y amigo o conocido de todos los fallecidos mi ausencia ha sido injustificable. Pero mi mente estaba ocupada en descifrar tanta confusión y tragedia, aunque con el resultado de pasarme las horas llorando, no solamente por aquella desgracia tan grande, sino por las demás. Una impotencia de la razón me retenía en casa.
            Día séptimo:
            Noticias de la mañana. Madrugada:
       “Llantos, preguntar por responder y dolor. Esas son las palabras en este luctuoso día en la vida apacible de la villa de Hízara, donde cuarenta y dos de sus habitantes perdieron la vida en un trágico accidente en la mañana de ayer. También en la localidad Valderrosales, donde en la noche de ayer un balneario, por causas aún desconocidas, atrapó en llamas a ochenta personas de la tercera edad, que disfrutaban de sus aguas medicinales”…
            Apunto incrédulo en mi libreta (mirar al final): “Hitler dijo: “Exterminio”. El nuevo equilibrio económico, dice: “Exterminio”.
          En mi mente ya está todo en perfecto orden, aunque me niegue a que el resultado que me da, sea “Exterminio”.
              Acudo al entierro. Un espectáculo de televisiones, radios, prensa en general. Devoran historias para vomitarlas a sus clientes. Entre los gritos de dolor, se oye: “Directo, vale repito, busca a ver de cuántos más era familiar ese, o este mismo también sirve y lo entrevistas, entro en directo”. Y ni siquiera los cipreses, repletos de pajarillos asustados por el gentío, guardan silencio, es como si escuchase sus gemidos y los devolviesen en los ecos pálidos del camposanto. Los cables negros de las comunicaciones, que ruedan por el suelo, respetan el dolor del triste final.
      Creo que estoy loco. Convencido de que un loco pueda descubrir una locura colectiva y tener razón individual. A pesar de tantos cuerdos lógicos. Y a pesar de ser un viejo.
            Noche:
            Me llama por teléfono la hija de Antonio.
            “Mi padre ha muerto”.
            “Una muerte dulce. Ya era muy mayor. Ni se ha enterado”.
          Las muertes dulces siempre las describen de ese modo los vivos. Dulces. Acaso la muerte tendrá sabor.
  Me avisa de su muerte por si quiero ir al entierro. No será enterrado en Hízara, me dice, porque los hermanos desean tenerlo cerca y no tener que llevarle flores todos los años, tan lejos. Aún vivían todos ellos en esta villa, cuando murieron sus padres.
Antonio era mi amigo. El único amigo aún vivo que yo tenía. Un amigo al que no pudo mutilar la guerra con el mal de la indiferencia. Tramposo en el mus, con él gané las mejores partidas que recuerdo. Guiñaba lo que le daba la gana, y bajo sus muslos guardaba tantas cartas, que en ocasiones debía disimular que un cigarro se le había caído, para agacharse sin sospechas. Entonces, con su boca desdentada y los ojos rejuvenecidos, decía:
-¡Órdago al juego!
Día octavo:
Cada vez que intento caminar, la cabeza me estalla. Me tomo una de las pastillas.
Resignado a la masiva muerte de ancianos y la indiferencia del Estado, me dedico a ver la televisión, sin noticias, nada, sólo deseo ver la publicidad. Cremas rejuvenecedoras, bicicletas para no salir de casa, ropa que oculte la vejez, alimentos que hacen olvidar al cuerpo su edad, perfumes que sustituyen a las hormonas que el tiempo genera.
Leo de nuevo el prospecto de las pastillas. De todos modos, voy a morir. Al no verme mejoría, me tomo otra.
Me coloco el sombrero. Una pequeña radio a pilas y mis arreos de cronista, sin olvidar mi paquete de tabaco. Salgo a la calle. Me paro en la acera, mirando las nubes, porque pasa una familia como una bandada de aves negras, de luto. Miro las nubes porque no sé si en mi mirada tendré más espanto del que ellos muestran tener.
En el campo abierto, me esperan los olivos, recién talados. Con unos restos de troncos enciendo una lumbre. La radio está diciendo: “Por supuesto, nadie duda de que la masiva muerte de ancianos sea debido a fatales casualidades.  Además no podemos olvidarnos de los privilegios que tienen actualmente. Ayer, del avión siniestrado en el océano, muchos de ellos no habían pagado apenas el pasaje, precisamente por esos privilegios”.
Pienso en mi vida. Recuerdo la guerra.
En esta nueva era, la guerra no existe. Y me apena que no sea así, porque en las guerras tradicionales se reconoce la cara del enemigo.
Lee con atención estas letras de loco cronista, que algunas veces se vio obligado a mentir en las pequeñas historias de Hízara. Pero no olvides que en estas hojas sólo hay verdad. Y si no estás en esta cacería, ten la certeza de que alguien estuvo contigo observando los crímenes y padeciendo el dolor ante la magnitud de la crueldad. Si, por el contrario, estás de lleno en ella, de algún modo participando, considerando que es eficaz y razonable, recuerda que un viejo loco viejo os ha descubierto y que os maldice.
Y ahora, que la cabeza me estalla, continúo en mi huída. Sabiendo que los caminos del nuevo orden económico son jóvenes, pero sin la vieja sangre de los pueblos se convierten en precipicios.

© Marta Antonia Sampedro Frutos (1998)