lunes, 7 de octubre de 2013

Guadalén, de Marta Antonia Sampedro


Como fantasma vestida de limpio
acudo a este horizonte de agua,
a comprobar si contigo estuve
y un compartido sueño negar.

Las estaciones se aposentan
devorando recuerdos
y soles derretidos.

Frente a este muro
donde escribo añoranzas
chocabas contra mí
tu cuerpo desaparecido.

Las hojas con otro canto hablan,
mortecinas quedan bajo los cielos;
reconocida soy por ellas
en subterráneos y vacíos.

Confiesan que te has ido
al punto contrapuesto
de cuanto pensamos vivo.

El faro inútil por no ser astro,
ruinosos los hundidos tejados
y estos peldaños
de mis pies y tus zapatos,
donde quebrados pinares y caminos
sembraron tantos olvidos.

Las noches derribadas,
tan lejos que tu nombre encuentro
y pronunciarlo aún no puedo
(en Singapur un breve permiso
me concedieron,
para ver a un sueño enfermo).

Los cerros absorbieron los besos,
estas olivas sin fruto viejo o nuevo...

Me dicen los árboles
que he muerto.

Y ensordecida huyo de mí,
de estos cipreses
sin cementerio o cuervo
donde me alojara un día
reencarnada
en golondrina de invierno.

Por qué te has ido, amor.

Dónde enterrar este sentimiento
que devuelven tierra y piedras,
los adentros del tiempo.
Lo traen y llevan libélulas,
mariposas, palomas y jilgueros
amarrados a quietos vuelos.

La Fuente de nuestros besos
aún no tiene agua
(insuficiente fue en cariño lento
y en demasía sus palabras).

De qué tienes miedo.
Dime.
No te escondas en otro cuerpo.

Caduca el tiempo,
no es de agua su segundero,
sino de veloz y eterno fuego.

Avanzas a mi cuaderno
de poetisa de lo incierto,
y a esta cruz sin clavos
me adhiero
mendigando al cielo deseos.

En el vaivén de las ramas planeo,
las hojas me indican:
“silencio, silencio...
el llanto espanta al viento;
despreocúpate del amor,
Otoño se encargó de ello”.

En el Guadalén
no habitan ya tus besos,
ni mis ojos despiertos
te apagan los miedos.

Se convirtieron en alimento
de ahogados suicidas
en las profundidades
de los cerros.

He venido sabiéndolo.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Menos la lluvia, de Marta Antonia Sampedro

Cuando no esté en mi casa
dejad todo como está conmigo
no entréis como el que roba
no habléis como el que vende
qué fue de esa otra
según contenido
porque mi casa sin mí
no será sino una casa más
en la que alguien plasmó
con la piedad del tiempo
las fotografías de mis padres
y un hermano que aún canta
las mantas de mis perras
y el sobresalto de ver
un búho en el árbol
se viene conmigo una visión
de la vida que ya no regresa
regalad mis plantas
que mordisquean
avispas y ratones de campo
a vecinos y amigos
y no dejéis que se mueran
en una imposible espera
los días que vengáis
traed pan a los cinco gorriones
de las tres y media
y sus crías de cada nido
y si suena el timbre
será Josefa mi amiga anciana
que olvidó que estoy muerta
no tengáis miedo a la ausencia
no sigáis la costumbre
que es triste para el recuerdo
de los que ya no son nada
ver la casa muerta con el muerto
y las vivencias son ya ningunas
pero tampoco me busquéis
porque ya no estaré en ninguna parte
ni iré a trabajar es decir es mi fin
quiero por lo tanto
que mi casa no parezca
cuatro muros destartalados
que huelen a herencia apresurada
donde nadie quiere saber nada
sino en las cuentas del cuándo se recibe
ante notario la buena venturanza
se corta el agua
para no pagar todo
-menos la lluvia-
los mínimos de ninguna luz
y donde no hay brillo ni persianas
sino gatos por los tejados
y por los cuartos las arañas
que con la muerte de la casa
ya entraron en confianza.
  


domingo, 11 de agosto de 2013

El cielo es de nadie, de Marta Antonia Sampedro



Es un mundo la bóveda nocturna
un espacio de toda una vida
en los parajes de luz
recuerdo el cine de verano
una niña está en mi cadera
 y un niño sujeta mi falda
ruego al anciano portero
que nos deje pasar de balde
se hace el duro una media hora
porque no deben quedar testigos
las estrellas se expanden
es un mantel de manjares para pobres
y sólo queda la luz de la taquilla
y nuestras sombras quietas
ojos de miel y verdes
somos brillos de gatos
que se adentran en la oscuridad
de marcas resplandecientes
luego está la enorme capa
donde las luces eran lámparas
el castigo de haber nacido
en un lugar de estrellas
el sonido de la fábrica
y los obreros peleando
a ver quién supera el halago
a los encargados
nadie es de parte alguna
sino de los infiernos
nos ha dejado dios está claro
perdidos buscando el cielo
quién podría amar
que no haya estrellas
en las primas del salario
y en este inmenso cosmos
donde la noche descansa
sobre las hojas del membrillo
resumo ahora la vida
en esa tendencia de excesivos
que nos reviven los llantos
y despiertan las sonrisas
acaricio la pequeña nariz
del niño de ojos tristes
en las crines de Pegaso
nunca tuvimos más caballo
que los destinos afligidos
regresamos al cine abierto
ya no necesitamos de la bondad
entramos sin concesiones
porque somos fugaces y livianos
el cielo es de nadie
y sin embargo de todas las gráficas. 

(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2013).