lunes, 17 de noviembre de 2008

Silencio escrito, de Marta Antonia Sampedro


Cada cierto tiempo
muere alguien que conozca.

Salgo a la calle y Linares
anuncia a los vivos muertos
en el Hogar del Pensionista,
en Las Ocho Puertas
en la boca de las bocas
o cable telefónico y antenas
muere alguien que conozca.

Y me llevo al muerto conmigo,
a mi casa de soledad y pan tostado
y de aceite de oliva en la patria
de los olivos más antiguos.

Le digo siéntate y hablemos,
no me asusta que estés muerto,
yo te sigo viendo como siempre,
los vivos nunca entran a mi casa
sírvete queso y vino,
los compré con esfuerzo
para la ocasión, bebamos, amigo.

Y cada cierto tiempo se beben
los momentos por cuanto luché
con motivos y sin motivos,
se acurrucan en el salón
como niños perdidos
y me dicen que la paz me duerma,
el camino siempre espera
en cualquier vereda sin ruido.

Y cuando cada cierto tiempo
vienen otros también conocidos,
ellos se van de mi casa
y de las paredes de todos sitios
en adioses de silencio escrito,

a morir como desconocidos
con sus anhelos y sus olvidos.



(C) Marta Antonia Sampedro Frutos, de la obra "Recuerdos y otros inventos".

domingo, 9 de noviembre de 2008

Niña aceitunera, de Marta Antonia Sampedro


A toda la infancia obrera del mundo.


Niña menuda y oscura,
qué valor llevas
en tu lata
con asa de alambre,
si cuanto
de escuela pierdes
hará que Jaén entera
no sea suficiente,
para que aprendas a ser
mujer obrera.

No tienes más cuerpo
que los frutos que recoges
atenta a llenar tu lata,
para alimentar ricachones
que ni viven
en tu pueblo,
ni en qué áspero lenguaje
la tierra te habla.

Dile a tus mayores
que los libros
no se comen,
pero fortalecen,
como sabrosos manjares,
los sueños
de los padres.

Y deja tu herramienta
en la ermita,
y no esperes
el milagro
que no se trabaja,
destruyendo latas
de niños pobres.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2005)




miércoles, 5 de noviembre de 2008

A nosotros no nos mira nadie, de Marta Antonia Sampedro

Los dioses valen menos
que las banderas.

Yo expreso
que mienten quienes dicen ayunar,
para compensar la furia
que a los dioses provocan
los pecados de los ateos
-qué dios adoran éstos,
sino la osadía objetiva,
subjetiva intuición,
libertad, en definitiva-.

Sin dioses no hay ley,
más que la norma de ser honestos,
valientes, débiles o sinceros,
sin miedo al puñal eterno
y golpes de pecho
con transacciones de rezos.

Qué guía es para ti
encender velas a ciegas;
que a culpas tu frente rompa
un muro de piedra.
Tener alfombra o suelo,
lucir pañuelo
o cabello al viento.
Lugar de exclamaciones;
considerar impurezas
células muertas.
Pasear estatuas espantadas
de dolor y tintada sangre.
Qué giro el sol y la luna tengan.

Ese pensar que te acechan dioses
para no matar, mentir, traicionar,
robar, ir por delante del pecado,
si al hacerlo te absuelve el rezo
a una figura sin existencia,
que no puede contestar.

A nosotros no nos mira nadie.
Sólo el valor ajeno
si nuestras palabras
van por delante nuestro.
Un respeto por la vida
sin miedo al fuego o cielo.
Un acierto en la igualdad
de líneas, tierras, géneros.
Alimentos que nada digan
de tu dios,
del dios de otro
o de ninguno,
sino exterminar pobreza
usando lo que vemos,
sin más premio
que alcanzarlo.

Los dioses valen menos
que las banderas,
-éstas pierden
el miedo al gran ojo
y a los tronos en reserva,
y no entienden de rodillas
para conformarse-.

Y los pasos de sus siervos,
libres del terror a su dios,
es su expresión
de si vale o no,
creerlos,
y que tomen cuerpo.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2005).