En tus murallas me adentro,
escurridiza sombra perdida
que de pronto cometa fuere,
plasmada nube derretida
en las aceras de una condena...
A las puertas golondrinas crecidas
de esta visión mía tan bajo
vuelan...
-perdón por sentirme aire,
brisa, mujer y a veces nadie-.
Sé -y sin dios me atrevo pronunciar-,
que vivo, amo, sueño y río
en tus calles perfumadas
de trabajo, calderas,
afiladores de cuchillos,
tijeras, alfombras que no vuelan.
Leche reposada, dátiles, almendras,
vestidos de fiesta, olivas,
confites y vinagres,
aceites, chilabas, sedas,
y ese malabarismo de estrellas
a la hierbabuena;
caballos, pañuelos de fiesta,
niños saliendo de la escuela...
Con tu sombra me envuelvo,
sudario para la vida,
vieja medina, ciudad antigua.
Que más luz tienen
tus marchitas banderas,
que cuerpos sin deseo por testigo.
Callejuelas, rojos sombreros,
reclamos de brillo por los
recovecos...
No sé qué me dijiste
en el idioma del sentimiento.
Ni qué de mi ego, mi ello o
aquello,
si al mirarte, medina antigua,
el espectro desnudo es mi solo
recuerdo.
Vieja medina que me atrapas
al calor de ti, cobijo del tiempo,
revelando mi ignorancia en tu
latir,
viviendo a solas amores sin
remedio,
reavivando ideales sedientos.
Ciudad de puertas clavadas
y bailarines vientres.
Translúcida en secretos
que en arena escriban
los verbos pronunciados
por lenguas de muertos.
Misterios del hombre y la mujer
-los géneros-,
donde alguien un puerto
en horizonte del desierto
pueda ver más y más lejos...
Viento exánime que al correr
gélido salga huyendo,
mujer laminada a versos.
Inspiración perdida
y almas por los suelos
reparando tormentos
en volcán herido sin senderos.
En qué lugar te vi,
Al-Ándalus lejana,
antes de este parpadeo.
Cuándo a mis sueños muertos
tu visita sin anuncios sin yo
saberlo.
Dónde leíste mis manos,
que a ti me presento
para encontrarlas.
-Son las mejores búsquedas,
aquellas que nos reciben
en los regresos-.
© Marta Antonia Sampedro Frutos.
De la obra “Bitácora de errantes” (2006).
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