domingo, 18 de enero de 2026

Camino de La Tortilla, de Marta Antonia Sampedro

 

Hoy viniendo del trabajo

el cielo rosáceo no era un mar

sino un gran océano pintado

recordé mi antigua calle

donde el horizonte

a escala era un zurcido cuadro

las nubes encogidas

en las molidas esquinas

hacia la iglesia de San Francisco

y esa librería roja de los Soler

que huele a hojas nuevas

mi amiga María pasea

a Coni su perro tozudo

mientras todos recordamos

lo bueno que era Nico

yo miro el cielo rosáceo

de esta tarde muy lejos de esa calle

donde tuve tantas despedidas

de un amor sempiterno

antes de saber pues no soñé

que bajo ese número nacerían

los versos que a letras

de mi sombra eran réplica

y me olvidé de contar los besos

que ya por años recuento

como saliva añeja en el pecho

recuerdo al solitario arquitecto

de esa casona grande y sola

donde siempre había tendidas

sábanas blancas soleadas a medias

como nubes de piedra gris

que la niebla arrugara

calcando alas de collares

la Humi asomada al balcón

ladrando a los conocidos

y esos segundos de trasiego

en que definitivamente negamos

que fuimos lo que somos

y seremos lo que viene

si es que llega y lo vemos

ahora miro este cielo rosáceo

del Camino de la Tortilla

como un profundo abrazo

de un regreso

que culmina el día en sus turnos

y me traspasa la vida y los años

un despertar de sosiego

María esta vecina de ahora

que me pregunta siempre

cómo va la cosa y digo ahí vamos

teniendo en cuenta este cielo

que nos forma los días con sus noches

Josefa y Ricardo los abuelos

que no tienen hijos

sino una Estrella por vigilia

y en el tejado un gato corpulento

Pepita la risueña y Antonio el serio

para quienes el mundo tan grande

es de simple manejable

porque es copia de un ciruelo

reconocer pasos que andan

como lo hacía mi padre

que también conoce los míos

será verdad que la vida

cabe en dos folios manuscritos

viviendo los cielos rosáceos

que nos avisan del invierno

y las chimeneas con chaparros

las lluvias que inundarán las calles

los rayos que nos dominan

con más temor que miedo

y los sapos en los charcos

que olisquean los perros

sabiéndonos juntos y solos

a merced del color del cielo

-Valentín, ya hace frío-

-Qué va, es airecillo-

yo miro el cielo rosáceo

la pereza sin pulso de las nubes

de esta tarde que humedece el viento

y lentamente van cayendo

sin confundir lechuzas y destellos

la vida es sin embargo

o precisamente por ello

un horizonte sencillo y desmedido

llegar a casa viendo el cielo ancho

de un océano sin barcos

y no haber dicho adiós

al mundo natural que somos.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2011).

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