viernes, 26 de diciembre de 2025

La tierra era liviana y redonda, de Marta Antonia Sampedro

 

Todo comenzó cuando soñamos unos con otros. El joven soñó con el anciano, la anciana soñó con la joven, ésta con su niñez y los niños soñaron con sus muñecos.

Por aquellos días había estado el circo en el pueblo. Uno de esos circos deslucidos que aún llevan animales y en cuyos ojos puede verse la tristeza por sus vidas de esclavos sin comprender qué es la esclavitud. Sólo con mucho esfuerzo de látigo a arena y grandes gritos, el domador conseguía el aplauso del público, para más tarde y en un andar enfermizo y hastiado, volverlos a sus jaulas hasta la siguiente actuación.

Me había sentado en la primera fila para ver de cerca a los malabaristas. Aros, bolas... Su habilidad nos hipnotizaba en un silencio tenso. En las seis antorchas lanzadas al aire para regresar a las manos de los malabaristas, vi las palabras Nunca, Siempre, Cerca, Lejos, Hoy, Ayer.  En ese mismo instante del movimiento de las seis antorchas, sentí que la muerte soñaba conmigo. Y sin embargo yo no soñaba con nada. Acaso la mirada de la muerte quedaría fijada en quien no sueñe con otro.

Dormí con desasosiego, a pesar de repasar todas las fotografías guardadas desde mi infancia, para conseguir soñar con alguien. A la mañana siguiente continuaba en el mismo estado, inquieto y preocupado, con las mantas a los pies de la cama y pensando en los malabaristas. A mi sueño nadie había acudido. Así que sin pensarlo más y tras un día de tormento esperando la hora, me puse la misma ropa, paseé por los mismos lugares y regresé al circo, a ver de nuevo la actuación. Después de los animales y sus tristezas, saldrían a escenario los malabaristas. Pero eso no ocurrió. Los payasos se daban golpes, el público reía y también lloraba y comía, los acróbatas parecían palomas de magnesia y en su andar de puntillas la tierra era liviana y redonda, los niños se agitaban, el hombre forzudo rompió un bloque de hierro como si fuese de cartón y tal vez lo era, comentaban algunos espectadores, todos los artistas se despidieron juntos girando como hormigas el círculo bajo la lona oscura, todo era idéntico al día anterior, pero los malabaristas no aparecieron.

Me quedé sentado. Un empleado del circo me dijo que la función ya había finalizado y que iba a cerrar. Le pregunté al hombre:

-¿Qué ha pasado con los malabaristas?

Se encogió de hombros.

-¿Qué malabaristas?

-Los de ayer.

-Ah, se fueron.

-¿Se fueron a dónde?

-No sé, sólo soy el vigilante.

Me dirigí hacia a mi casa pensando en lo mismo, con insistencia.

“Tengo que dar con ellos, iré adonde sea, los buscaré, necesito saber qué otras cosas me dicen sus antorchas, si éstas han cambiado su movimiento y por lo tanto sus significados, cuándo moriré, si la muerte ya sueña conmigo será que moriré pronto, tengo que encontrarlos como sea, preguntaré si los han visto, alguien tiene que saber, alguien tiene que decirme…”.

Como si se tratase de la noche anterior, la pesadumbre e idéntico camino.  Ahora más preocupado por no soñar con nada. Tal vez la muerte soñaba conmigo y no podía adivinar si había cambiado de parecer. Las gentes se cruzaban conmigo como quien se tropieza con un loco y me abrían paso por la calle. Y fue cuando la vi. Una doble sombra aparecía en la pared junto con mi sombra y las luces de un carrusel. En vez de inquietarme, me alivió la idea de verle la cara a un monstruo tan grande que nos sabe encontrar en todas partes. Tan versátil la pensé, que en mi movimiento se movía, en mi respirar respiraba, no sé si también hablaría como yo hablo pues permanecí en silencio. Y en total quietud, esperando quedarme allí mismo sin más salida que rendirme, junto a mí vi pasar a personas que sin duda alguna habían soñado con otros. Reían, hablaban distendidos, y sin embargo también llevaban sus sombras al lado, tan iguales, tan cercanas, vivas y maleables.

Me quedé mirando a las gentes como quien mira el péndulo del hipnotizador más erudito. Hasta que una anciana, frente a mí y despertándome de mis pensamientos, me dijo:

-Oiga, ¿es usted el escritor, el que escribe poemas y relatos raros? Me gustó mucho su libro de los malabaristas. Hasta soñé que era una trapecista y que usted venía a verme actuar.

-Gracias, es usted muy amable.

-A ver si un día me firma el libro.

-Por supuesto, señora. Puede contactar con la editorial y encantado se lo firmo.

Y entonces comprendí los comienzos de un caos ordenado que finaliza. Y que una mujer soñó conmigo en un disparate de sueño. Pero que dormir y no soñar con nada no significa gran cosa, sino que despierto se sueña mucho, cuando se escribe.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2011).

domingo, 21 de diciembre de 2025

Sorbo de palabra y noche, de Marta Antonia Sampedro

 

Deja pasar a las nubes

donde eres ojos de sábana

y no olvides en tu equipaje

un diccionario de las noches

para encontrar las definiciones

de las palabras que no escuchas

y sabrás cómo se escriben

los recuerdos que agonizan

y el honor que perdiste

en los perdidos entre relojes

verás lentamente que tu piel

es luna ensartada en los iris

la fugacidad extrema de ti

que serena tu miedo a la muerte

y te visitarán los días que fuiste

bajo la sombra de los árboles

sentirás que poco importa

excepto la noche de almendras

y del ruego de los moribundos

a tu existencia que maldecían

un susurro solicitará

que los pantanos del cielo

sean mares para un fin

y en el hospedaje inmenso

donde en origen residen

las sendas de los silencios

no quedará rastro de lágrima

porque para ahogarse

tan sólo es necesario

un sorbo de palabra y estar vivo

llévate al sueño tu reflejo

hacia las nubes que oscilan

en el precipicio más callado

invadiendo tu mundo

que de ínfimo es invisible

y siente bajo tu rostro

que la noche es de nadie

porque derrama tus ojos

en las nubes del sueño

absolutamente de nadie.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2013).

De la obra “Estancia de hojas”.

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Si es que el mar tiene furia, de Marta Antonia Sampedro

 

Me gustaría que el abrazo que jamás me diste con amor de adulto, se desparramase en estas hojas que te dejo. Si de algo sirve morir, digamos que de igual modo sirva vivir, esta vez estamos en paz, porque tú querías que muriese, es decir que no viviese, y yo quiero morir, por lo tanto no vivir.

En las últimas noticias han dicho que los que sobrevivamos a este océano de gritos, moriremos. No que moriremos como muere todo, como la vida se va yendo, sino que moriremos por la radiactividad. Nunca pensé que moriría porque unos reactores nucleares superasen el miedo a la furia del mar, si es que el mar tiene furia. Porque no había nada que más me espantase desde niño, que el mar. Comprendo mi gran error.

Esta mañana, un anciano perdido que buscaba sus lentes entre los escombros mojados, con sus ojos blandos y también perdidos, decía:

-Todo es causa de la venganza de los tiburones.

No hay ser no racional que pueda comprender qué significa venganza. Sin hacerle un aparente caso a sus palabras, le dije al anciano:

-¿Para qué quiere sus lentes, señor? Todo es ya un amasijo de maderas y chatarras.

Y sin apreciar que en mis ojos caían lágrimas de palabras calladas como de la muerte cae la luz, continuó perdido con sus ojos perdidos mientras mis ojos se ahogaban en mis pensamientos de llamada hacia una muerte inmediata.

A lo lejos vi mis árboles caer, vi mi casa caer, vi mis sueños caer. No era la primera vez que sin el mar todo en mi vida caía. Vi las aletas de los tiburones revestidas de hormigón partido y humo. Ya era la última vez que mi vida caía, porque de pronto un enorme cansancio antiguo y nuevo rebosó mi cuerpo y finalmente sentí mis fuerzas caer.

Según el protocolo, dentro de día y medio seré enterrado y tú aún no sabrás qué significa no ver nunca más a alguien que te quiera, a alguien que te piense siempre, a alguien en cuyo corazón siempre vives aunque murieses y aunque jamás hubieses nacido te quiere, porque su razón de vida ha sido amarte. Eso lo verás con el tiempo, cuando en el viento y en el llanto veas las cosas que sólo se ven con el tiempo.

He tenido la suerte de ver a los tiburones golpeando cuanto soy o fui, mucho antes de que apareciesen. Su legado último no me interesa. Me niego a ver cómo la codicia tuya y las otras codicias consumen mi vida al mismo ritmo que colgarme en el universo en la desnudez de mí mismo.

Me niego a la vida que destruye mis sueños como olas que no cesan en los vasos, y en sueños no incluyo cosas que se fueron con el mar, a esas que tanto te interesan para parecer un hombre con ventajas. En la misma tierra de la venganza de los tiburones, la muerte segunda nos espera a muchos de nosotros, pero ya sin sueños. Los míos eran tan pequeños que todos se fueron con los escombros donde un anciano busca sus lentes.

Y mayor fuerza terrible que la radiactividad, es tu olvido a que existo y que tuve sueños. Tu olvido es una aleta de tiburón que me lanza a la muerte mucho antes que el mar. Una aleta que se fue formando y que fue creciendo y que me derribó.

Lo bueno de morir, es que ya no hay que recordar.

Alguna vez, quizá cuando tengas tantos sueños perdidos que me recuerdes vivo, sabrás que hay una persistencia terrible dentro de algunos de nosotros. La mía fue errar continuamente, y acostumbrarme a perder. Porque también así se fue formando la aleta del tiburón; y uno se venga de sí mismo, amando más la muerte que amando a los demás y cuanto de razón muestren más tardíamente que a tiempo.

Dentro de un día y medio verás mi cuerpo muerto, antes de que la radiactividad haga de mí un ser sin el sueño de morir. Es el único sueño que me pertenece. Y el sueño donde ni tú estás.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (marzo de 2011).

Relato inspirado en el tsunami de Japón en marzo del año 2011, que provocó el accidente nuclear de la central Fukushima Daiichi, causando la emisión de material radiactivo a la atmósfera y el mar.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Dru y la plaga de ángeles (fragmento), de Marta Antonia Sampedro


La tarde se marchaba. Todas las tardes no se desvanecen. Las tardes como aquella se marchan.

-No sientas pena. No conocí a mi padre. Yo era muy chica cuando él murió. Ahora por fin lo conoceré. No llores. Ya me ves, que yo no lloro.

Esta vez no estaba despierta. Y sin embargo la escena de tristeza era idéntica a ese último adiós.

Por la ventana entraba el fresco de la mañana primaveral y los sonidos de las aves.

Tampoco estaba despierta.

Una sombra entra y va tomado cuerpo caminando hacia el armario. Lo abre.

La tarde aquella tampoco.

No se sueña cuando una quiere, sino cuando se tiene algo importante que soñar.

Y a veces se sueña con vivencias que tuvimos, pero las adaptamos a la necesidad buscando revivir alguna ternura perdida o un salvavidas para seguir adelante.

-Cada día estás peor de la cabeza- aparece Dru, mientras revuelvo mi armario buscando sombras, para revisarlas. Se relame sus patas, sabiendo el repelús que eso me produce-. Tu fe en la ciencia no te salvará del desquicie.

-La fe no es algo que me ocupe.

-Veo que llego en mal día.

-Llegas sin avisar. Nunca te preocupas en elegir el momento adecuado. Hoy todo amaneció empantanado.

-Disculpa mi arrogancia, pero me llamaste en sueños. “Ángel de los peligros, por dónde andas”, fue literalmente la frase. No muy poética, por cierto, pero estoy acostumbrado a tus, digamos, modos rurales de trato, que intentas disfrazar con poemas para lectores poco exigentes y afligidos, sin resultado, por suerte para el buen gusto literario.

-No creo haberte llamado. Me estaba despidiendo de mi madre. Es mi sueño más recurrente y precioso, volver a verla y besarla y…

-Lo recuerdo. Ya te digo. No seas tan insistente en negar, porque yo estaba allí.

-No es cierto. No estabas. En mis sueños no puedes entrar.

-Estaba, te lo aseguro. Yo estaba, aunque no me vieras. Yo estaba en la tarde que se marcha…

-Una, dos, tres… Nada más que estas me quedan. A la basura también estas sombras oscuras.

-¿Y desde cuándo obedeces a los sueños con desconocidos?

-Desde que no confío en lo que ven los ojos.

-Se te ha ido la cabeza, aunque la tengas encima de los hombros. Está, la tienes y es evidente que tienes cabeza, puede verse con todos los detalles animales correspondientes de mamífero y en sus complejos pasos del tiempo. Pero sólo en apariencia.

-Déjame en paz, por favor, Dru. No comenzó bien hoy el día. Márchate.

-Si me lo pides con más energía, igual te oigo…

-Márchate.

Y no se marcha.

-¡Vete!

Y no se va.

-¡Que te vayas!

Y ahí sigue, ahora ante la cortina, lamiéndose las patas.

-Soy leal a mis compromisos. Me son indiferentes tus puntos de emoción. Yo me debo a los míos… Podría inspirarme en que si el universo… Ya sabes, esas extraordinarias palabrerías de los humanos… Algunos hasta se ganan la vida inventando universos… No saben ni de lo que hablan, pero son audaces para disimularlo. El universo… Qué sabrán del universo. Colocan naves espaciales dando un paseo por el cielo y ya presumen de… ¡el universo! Qué presuntuosos. El universo es aquello que…

Apenas lo escucho. Sigo buscando restos de sombras por toda la casa. Desde todas las estancias lo oigo hablar, pero sólo comprendo palabras sueltas y frases sin sentido.

-Las energías atraviesan continuamente el espacio... No es fácil verlas… Los estados dimensionales hacen que…

No tengo más sombras que las arrojadas en los caminos dejados.

-… Hacen que solamente una parte muy insignificante de los seres humanos puedan percibir que esas energías en realidad son… ¿Me estás escuchando?

-Pues no.

-Lo suponía.

-Supones bien. Estoy muy ocupada, Dru. Has venido en muy mal momento. Pero en muy mal, malo, mal, momento.

Su silencio me indica que me he pasado en el trato. Su silencio es peor que su discurso.

-Perdona…

Y silencio.

Se ha quedado dormido en el suelo. Dormido o triste. Tiene los ojos abiertos pero la mirada plasmada en la pared donde hay un óleo de un paisaje de vegetación y un riachuelo.

Cubro con la colcha parte de su enorme cuerpo y esas alas que parecen puertas de cristal y me marcho de la estancia.

Hoy es un día repetido.

Yo miro por la ventana pasar volando los pájaros.

Pasar el viento andando.

Pasar saltando el tiempo.

Y la veo pasar a ella.

A la única que no obedece la ley de la existencia.

He pensado algunos días que tal vez es un espejismo que a la misma hora aparezca ante mis ojos, para que no olvide que aún existe el ser humano y que hasta en el desquicie igual hay esperanza.

Lleva sus piernas vendadas y se ayuda por un bastón. Camina con dificultad. Va vestida de luto. Es, según la veo desde la ventana, más alta que yo. Cabello cano, en moño. Ella no lo sabe, pero yo espero la hora en que pase por la acera, para verla. Algunos días lleva una bolsa con el pan, que se va moviendo a su paso, enganchada entre su mano y el puño del bastón. Demasiado pan, para ser una persona sola. Ha de vivir con alguien. Pero si vive acompañada, es extraño que siempre vaya sola y que con esa dificultad para caminar sea quien haga los recados. Le he puesto de nombre Sola. Calculo que esa debe ser su situación.

-Qué miras- oigo la voz ronca de Dru-. Mejor dicho: por qué todos los días observas a esa anciana.

-Dru, ¿será la nostalgia un virus?

-Puede ser.

-¿Y puede enfermar?

-Físicamente, no.

-¿Hay vacuna para la nostalgia?

-La única vacuna es no poder amar, pero tiene muchos, y nocivos para el alma, efectos secundarios.

-Estamos en desgracia.

-No me incluyas en la problemática humana. Yo no soy humano. Y espero que jamás llegue a serlo. La pandemia de no amar es una gran pandemia. Por cierto: muy antigua y sin sanación posible, según mis registros existenciales de diferentes vidas.

-Ya desde aquí no la puedo ver. Habrá pasado la esquina. ¿Has tenido otras vidas? ¿Cuántos pasados tienes? Nunca me has hablado de eso. Me gustaría saber qué eras antes. ¿Un campesino? ¿Un faraón? ¿Una ballena? ¿Un lobo de la nieve?

Dru se ríe. Se ríe y su voz ronca resuena en todo el espacio. Me mira seriamente y me dice:

-¡Fantaseas demasiado! Muchas películas de televisión intrigantes, esas que ves de guión mediocre en horario de siesta, porque te sientes importante al acertar el final de la trama para simplones. Las analíticas al alma son complicadas, especialmente si son de uno mismo.

-¿Alguna vez le has hecho un análisis a un trapo negro?

-Que yo recuerde, a muchos.

-¿Y qué resultados son los más habituales?

-Niveles altos de soledad.

-¿La soledad es ropa negra?

-Nadie se queda solo. A los “alguien” los dejan solos y también a los que alguien los considere nadie. Pero sólo en apariencia se está en soledad. El universo acompaña siempre. Y si no me dices para qué peligro me has llamado, me marcho. Tengo muchos quehaceres.

Ningún diario, televisión o medio decía nada del tema, tampoco las autoridades, aunque eran preguntadas y bajaban el micrófono agradeciendo la atención. Pero me llegaba, por los rumores y algunas informaciones poco fiables, que en la ciudad estaba ocurriendo algo extraño. La zona centro, en especial Las Ocho Puertas y el Paseo de Linarejos, lugares tradicionales de noticias frescas, era un hervidero. No le di demasiada importancia. Todo sonaba a historietas. También en las ciudades pequeñas ocurren misterios, y la ciudad de Linares no iba a ser una excepción. Algunas noches los ciudadanos andábamos alertados con ambulancias, bomberos, policía… Pero nadie conocía el motivo.

© Fragmento de "Dru y la plaga de ángeles".

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2024).


lunes, 1 de diciembre de 2025

Los astronautas dormidos, de Marta Antonia Sampedro


En la vista no hay lunas

ni estrellas para mensajes

los planetas perdidos tan lejos

y la estación espacial del mundo

ha pasado varias veces sobre una lámpara


mientras se deciden ser ingrávidos o pesados

ellos los astronautas dormidos

bajo sus máscaras de oxígeno sienten

que la nostalgia es maquinaria esencial

no debe colapsar en ninguno de los átomos

y ni una vivencia puede repetirse


sonríen en la hora surrealista con letras

el miedo a recordar se apodera del espacio

porque ellos no se buscan

y confían el corazón efímero

al brillo de las tormentas solares

brota el silencio en la cápsula de los cuerpos

se acarician brazos desnudos y el cabello

los pies se entrelazan gélidos

una lágrima paralizada en roca de hierro

recordando sentimientos pasados por hielo


se resisten a ser moribundos quietos

las miradas juntas a la ventana y el abismo

las memorias dispersas en nebulosas


dispuestos para soñar otros tiempos

los astronautas dormidos

a la espera de que un cometa

no los despierte.

 

© Marta Antonia Sampedro Frutos (2025).