Yo y mis cosas...
me advirtió.
Y sus cosas qué importaban
si era cuanto yo quería.
Su risa, su tristeza,
su pelo, su religión,
su ateísmo, su calvicie,
su salud, sus ideas,
su enfermedad, su indiferencia...
Ay qué suerte ese etcétera
que con él apareciera:
la simbiosis, el parasitismo,
los paseos, los encierros
contando estrellas,
o cuanto quisiera
de esta mujer a su espera.
Pero sus cosas
eran su automóvil,
sus trapos con etiqueta,
sus casas y cartera,
sus hipotecas de vida,
y hasta su perra
con pedrigrí era él
para su pre-entrega.
Cuando entró a mi casa
comparó qué era él
qué yo era.
Se sentó en el sillón
-precisamente el que estaba roto,
era el único que había-,
y el asa de la taza se despegó
al calor de un hirviente café.
Yo me reía con él.
Y él lloraba conmigo.
Para él también yo era
yo y mis cosas
incluida mi gata de yeso
con los ojos de canicas verde y azul
y me dijo adiós por las buenas
ni siquiera un hasta luego
nos vemos.
Qué podía hacer yo
si no tengo más que letras
que necesitan de papel
anticipado por colegas y poetas
-pero son muy buenos
ni me lo apuntan al menos-.
Cuando devuelva mi préstamo
de dinas cuatro y bolígrafos
le enviaré este poema.
Por si acaso ahora
sólo se tiene a él
y mi gata lo aprueba
-lo arañó saliendo por la puerta-.
(C) Marta Antonia Sampedro Frutos (2006).
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