miércoles, 4 de noviembre de 2009

"Epílogo", de José Joaquín Sampedro Frutos




Volvieron al parque los estorninos, en la larga travesía del tiempo, alborotadores de las frescas tardes con que inicia el otoño su deje inclinado...
En la ya conocida fuente, en los bancos salpicados junto a una estatua ya blanca de cagadas... la figura de Balmes perpleja y pétrea contemplaba... la ruta migratoria de los pájaros.
Y allí estaban, bajo el resplandor de un cielo que pinta las hojas de los árboles y las quema..., solos, en medio de aquel escándalo, los colgados de la villa de la ciudad pubilla de Vic.

-Ya han pasado quince años...- qué curioso el tiempo.

Y narraban las historias con ojos atónitos... hasta en algunos momentos tartamudeaban de ira sus palabras, en esa cita otoñal con el estornino.
Para después dormirse de nuevo bajo las ramas de los plataneros, justo tras ver cómo una hoja se queda clavada entre el aire y el cielo.
Qué curioso el tiempo, cómo en los pómulos se pronuncia la hiriente calavera... cómo en la cuenca de los ojos se asoma la amarga escama del llanto y se quedan perpetuos cristales de hielo que hacen difíciles el color de sus miradas.

-¡No es pa flipar!
-Sí, es pa flipar.

Los estorninos ya casi callaban y el color del cielo se desvanecía como un humo absorbido por la incipiente noche.
Apenas algún viandante se dejaba sentir más que aquellas voces encendidas... Retales de una historia, en el eterno banco de desidia, rebobinaba la imagen mil veces para darse cuenta de quizás otro detalle... El de cómo pasa la vida... de cómo un estigma de Caín amnistiado les ha dejado en sus caras la tarjeta de visita.

-Parece que ya refresca...
-Venga, chavalotes, hasta otra...

De la novela de José Joaquín Sampedro Frutos,
“Los estorninos”.

viernes, 30 de octubre de 2009

En las calles negras del ciprés, de Marta Antonia Sampedro


La noche era de agua y sombras,
posando el aire en mis labios
la tibieza de querer vivir
y los nombres perdidos.

Desarmados como puzzles carcomidos
y sin más timbrada voz
que un cierre de candados,
la mirada de todos los pasados
era su compañía de exilios,
para renacer tan sólo ojos
donde vivir nada vivía.

Me acunaba una anciana
perdida en las calles negras,

abrazaba yo a un hombre
perdido en las calles negras,

tomaba mi mano un joven
también perdido en las calles negras.

¿Y dónde queda la sombra
del que muere a ciegas sin amor
y sin camino?,
preguntaba en sus calabozos la noche
en las ramas de los cipreses
y el sueño de las piedras frescas.

Pero ninguna mano sujetó la razón
del suspiro ínfimo.
Toda idea o palabra se dispersaba
como las bandadas de aves blancas
de todas las calles negras.

Como el agua entre los dedos
se escurría un súbito eco
de los ahogados desnudos
y su dañada belleza.

La luna removía las aguas turbias.

Sálvame del olvido.
Acógeme en tu recuerdo.
Di mi nombre de nuevo.
Abrázame soy un niño.

Y en ese instante me alejé
de la noche de agua y sombras,
dejando tras de mí las voces
de los silencios más antiguos
y la piedad de las ausencias,
con sus alas de ciprés
y sus calles negras.


(C) Marta Antonia Sampedro Frutos.

jueves, 22 de octubre de 2009

Los dioses entretienen mucho, de Marta Antonia Sampedro

Mi dios es mejor,
anda ya que el mío,

que no, que mi dios dice
yo soy el único y verdadero
el mío también lo dice,

pero el tuyo lo dijo
después que el mío,
no es cierto
el mío era antes que el tuyo,

mi dios creó la tierra
el mío también
y además ideó el universo
no el cosmos es del mío,
que no que fue el mío,
y también formó al ser humano,
mi dios creó al hombre y hembra
y el mío también al animal,
pues el mío lo mismo
e inventó la hierba,

además el mío me da
la vida eterna cuando muera,
el mío también y además riqueza,
no puede ser el mío la da,
que no, que es el mío,

entonces hay un error o qué,
tú sabrás si lo hay en tu creencia,
el mío dice yo soy tu dios único,
mi dios es mío y a todos gobierna,

pregúntale a tu corazón
me darás la razón,
lo mismo te digo,
mi dios ilumina el mundo
el mío igual el mundo,

y adónde vas tan temprano,
al templo a rezar,
yo también pero al mío,

vamos a pedir al único dios
que guíe al mundo a su camino,

yo le pediré al mío lo mismo
que os saque de este lío del mundo,

mejor le pides que te sane,
mira qué ciego estás
que no crees en mi dios
sino en el tuyo,
la ceguera es la vuestra
es que mi dios es el único
lo que le pida al tuyo ni fu ni fa,
que no, que es el mío...

De la obra de la autora, "Recuerdos y otros inventos".