miércoles, 5 de agosto de 2026

El escribano de San Agustín (fragmento 3), de Marta Antonia Sampedro

Sonrió, porque pensó que las cosas comenzaban bien. Aunque la mujer aquella no parecía, desde luego, estar en las últimas, su primer contacto había resultado un éxito, teniendo en cuenta que aún era un aprendiz adentrándose en aquel anticuado oficio. Le rascó los dedos no sin cierta repugnancia, pues, aunque reconociéndose fuerte de espíritu y sin escrúpulos, no había calculado esta posibilidad, este acercamiento tan directo. La mujer pareció aliviada, emitiendo sonidos de placer. De su cuerpo sólo asomaban las extremidades, algunas en alto izadas por poleas y contrapesos, y la cabeza, con la que Juan pudo calcular la edad de la mujer: más o menos sesenta años. No muy bien llevados, pensaría Juan más tarde al mondar una naranja de la cena, pues de su barbilla caían algunos pelos sueltos como de varón adolescente.

-Me parece que mañana le darán el alta- le dijo la mujer indicando la cama de al lado.

-Verá usted: no soy pariente de la mujer- le informó con valor-. Vengo a trabajar, señora.

-¿Es usted médico?- preguntó ella algo sonrojada, como pensando, según lo haría Juan sonriendo su primera anécdota: “¡Dios mío, le he hecho rascarme los dedos a un médico! ¿Me lo hará pagar al quitarme las escayolas a jirones como tortura a mi atrevimiento?”.

-No, buena mujer: soy escribano- contestó Juan y más tarde creyó que al pronunciar, por primera vez, aquella palabra, había vibrado en exceso el timbre de su voz, porque se vio sumergido, del todo y sin poder retroceder, en el plan. Ella se tranquilizó y volvió a sonreír a medias-. Me dedico a escribir las cosas que la gente no sabe expresar- le aclaró al ver su nueva cara de pasmo-. Bien porque no sepan escribir o porque no se atrevan a hacerlo. ¿Me puede usted decir su nombre, si no es mucha la molestia?

-Me llamo Encarna- informó la enferma sin salir de su asombro-. ¿Esto también va por la seguridad social?

-No, buena mujer. Pero soy un buen escribano, conozco mi oficio y soy muy barato.

-Pues entonces no me interesa- respondió ella con rotundidad, pero Juan ya tenía previsto las chamicerías con que algunas personas pueden llegar a valorar sus propias historias, y pensó a mil por segundo.

Desvió la mirada hacia una botella de agua mineral que se hallaba sobre la mesita de la mujer y le dijo controlando sus palabras:

-Le cobraré lo que cueste una botella de agua. Por cada cara de una hoja, claro- especificó al momento.

-¿Y cómo quieres que te cuente cosas, si ni siquiera me has preguntado qué leche es lo que tengo? Además, el agua es del grifo del lavabo, porque la mineral está muy cara, así que me la tienen que rellenar cada dos por tres. ¡No me gasto el dinero ni en la tele esa…, que se traga las monedas de veinte duros como un borracho las mentiras…, me lo voy a gastar en agua! ¡Vamos…, ni que una se chupe el dedo!

-Esas cosas no se preguntan, buena mujer. Yo sólo tengo que saber lo que usted quiera contarme. Soy un simple transmisor de sus pensamientos, de las cosas que usted quiera decir a alguien cuando por desgracia no se halle usted entre sus seres más queridos…

-¿… Mi qué, has dicho?- expresó Encarna con cara de desconfianza.

-Su transmisor. Eso quiere decir, buena mujer, que yo sólo escribiría lo que usted quiera dejar por escrito y muy bien, modestia aparte, claro está, por supuesto que sí, pero de la manera más bonita posible…, o más clara… Sólo pretendo ser un buen servidor, buena mujer.

Después del estruendo de las cañerías del cuarto de baño, apareció la enferma de la otra cama. Era también mayor, el pelo encanecido pero bien peinado, y cojeaba, haciéndose valer de un bastón; su presencia inundó la habitación de un fuerte olor a “Maderas de Oriente”, según recordó Juan, pues durante su juventud ese perfume era el preferido de su madre y de todas las que conocía, de todas las que alguna vez su novia Loli le había regalado, la más intensa que él pudiera recordar, que penetrara por los cilios o pelos olfatorios.

-Buenas- dijo al sentarse en la cama y Juan la saludó muy respetuosamente-. ¿Este es tu hijo, Encarna? ¿No dices que no tienes? ¡Anda, so pillina! ¡Y qué bien arreglado! Ya los hombres no saben vestirse bien, quiá. Y es lo que yo siempre digo: donde esté un hombre que…

-¡Qué va!- interrumpió la otra y Juan se sonrojó, pero no perdió la compostura aquella, digamos, que comprensible actitud, pues Encarna solamente tenía un montón de sobrinos-. ¡Pues claro que no tengo hijos! Dice que es uno que se dedica a escribir los pensamientos que una quiera, y que cobra por cada cara de la hoja lo que cuesta una botella de agua… ¿Qué te parece cómo se ha puesto la vida, Rosario, con tanto paro y tanto listo espabilado como anda suelto?

-Encantado de conocerla, Rosario- dijo Juan, para no permitir que aquella mujer tomara las riendas de su plan-. Me llamo Juan Carmona Altiz, para servirle a usted en lo que haya usted de menester.

-Lo mismo digo- sonrió la mujer-. ¡Qué bien educado! ¿Y dice usted que se dedica a escribir cosas que la gente pensamos?

-Eso mismo- confirmó Juan-. Y llámeme de tú, que no me importa en absoluto, buena mujer; lo prefiero.

-¡Qué trabajo más raro!- exclamó Rosario, colocando el bastón junto a la cabecera de la cama y continuó: “Pero me gusta… ¿Juan, has dicho que te llamas?”. Él asintió gustosamente; tanto, que se atrevió a arrimar junto a ella uno de los sillones para las visitas y se sentó hundido entre los pliegues de la polipiel. “¿Y cómo es que te dedicas a esto?”, prosiguió la mujer.

-¡Cosas de la comunidad esa europea en donde nos ha metido de cabeza el Felipe González!- contestó de mala gana Encarna sin que nadie le hubiera preguntado, pero Juan comenzó a sonreír abiertamente asido a su bolígrafo y su cuaderno. Rosario, sentándose en la cama, contestó con el dedo un tanto bailón y amenazante, indicando duras reprimendas:

-¡No será esto para la tele!-. ¡Para algún programa de risa, de esos que tienen las cámaras metidas donde menos se lo espera una! ¡Te advierto, muchacho, que mi marido, que Dios lo tenga en su santo rastrojo, era un pasante muy conocido, y tengo muchas influencias en todo Linares, en todo Jaén, para meteros de cabeza a todos en el juzgado!

-¡No…, señora!- la intentó tranquilizar Juan y Encarna aún estupefacta con la idea, pues ni se le habría pasado por la cabeza aquella idea tan buena, tan sumamente extraordinaria, que hubiera permitido a su hijo, en caso de tenerlo, grabar en el vídeo para la posteridad de generaciones siguientes en las ramas de su árbol genealógico o en cualquier otro que fuese de su agrado, en el supuesto de haberlo al contado, o ajustado a plazos, porque había escuchado decir que los hijos pueden salir caprichosos y bastante gastones desde que salen de la barriga llorando. Pero, para disgusto de Encarna, los gestos de Juan no aseguraban tal sorpresa-. Sólo llevo un bolígrafo y un cuaderno, como usted puede ver, señora. Además, todo lo que yo escribiera se lo quedaría usted, por supuesto, que yo en eso no tengo nada que ver. Y además soy persona honrada; le doy mi palabra.

Hubo un silencio que Juan había previsto surgiera en todas las personas a quienes revelase su labor. Le pareció que transcurrió un segundo, cuando en realidad fueron dos y Rosario le dijo con cara de misterio:

-Juan, ¿te importa correr la cortina? ¡Lo siento mucho, Encarna, pero luego te lo cuento todo!

La otra no pareció estar muy conforme con el aviso de su compañera de habitación; y con gesto de desacuerdo la impresión en el ambiente fue esta respuesta callada: “Bueno, Rosario, tantos días juntas con el dolor por dentro aguantando chaparrones, pero te entiendo, que ya eres grande para saber en qué te gastas los dineros”.

Al principio a Juan le tembló la mano y las líneas de “Linares”, a su parecer, le habían quedado algo inclinadas a la derecha, como así recordaría más tarde recontando las escasas pestañas de su madre; pero al escribir el año la cosa cambió y ya sólo pensaba en lo bien que su plan, gracias Dios mío, pensó Juan, se estaba desarrollando.

Un silencio más, cuando Rosario dijo: “Querida familia”, pues se quedó mirando al techo pensativa, soltó un par de lágrimas que Juan quiso aliviar acercándole la caja de pañuelos de papel que vio sobre la mesita, y susurró: “Lo siento, Juan. Perdona a esta vieja tonta, pero es que hay cosas que no me atrevo a decir; que, aquí donde me ves, tan bien como parece que esté, he sufrido mucho”.

-Esté usted tranquila, Rosario, que las cosas se tienen que pensar muy bien pensadas.

Aquellas palabras de Juan le gustaron a la mujer, que soltó otro par de lágrimas, se limpió la nariz y con voz nasal continuó.

-“Aunque vosotros creáis que no lo sé, y me hayáis querido engañar haciendo que me operen de la artrosis de la rodilla, estoy requetesegura de que me estoy muriendo, como así lo demuestra esta carta que ahora leéis. Y de cáncer. Yo, que jamás me he puesto un cigarro en la boca para que me muera de eso”.- Volvió el llanto en silencio y Juan esperó serenamente a que Rosario continuara su dictado-. “Bueno…, una vez, solamente una, lo reconozco, en el bautizo de un nieto de doña Adelaida Chamorro, me puse uno en la boca pero me lo quité porque me daba tos. Estaba algo alegre porque vuestro padre me dejó ir sola, y porque me había tomado una copita de Anís del Mono, para que me entendáis mejor”. ¿Tú bebes, Juan?- le preguntó, inspeccionándolo con la mirada.

-No, buena mujer. Sólo una copita de vino de vez en cuando.

-No bebas, hijo, que beber es muy malo- le aconsejó Rosario y volvieron a invadirle los deseos de llorar, pero susurró: “¡Tú no sabes el daño que eso hace!”.

-Lo sé.

-¿Por dónde iba?

-“De Anís del Mono, para que me entendáis mejor”- leyó Juan en la hoja del cuaderno.

-Eso: para que me entendáis mejor… sí- recordó ella en voz alta-. “ Y sé que me estoy muriendo, quién mejor que yo para saber lo que pasa por mi cuerpo, hijos míos…”. ¿Has puesto familia…, al empezar?- Juan asintió con la cabeza-. No. Mejor lo tachas, y pones hijos, que ya sabes que soy viuda de un pasante muy importante…, que ni me dejaba salir a barrer la puerta de la calle, de lo importante que era…, por eso del qué dirán. Y es que me quería con locura, y yo a él, claro…, pero después de morirse empecé de verdad a vivir mi vida…, en fin…, cosas que pasan… Eso es, muy bien escrito, tienes una letra muy bonita, a mis hijos les va a gustar este detalle de su madre- indicó Rosario al comprobar que Juan corregía la palabra simplemente con un borrón-. “Todo lo que tenía, hijos míos, os lo he dado sin pedir nada a cambio. Como ya veréis cuando no esté con vosotros, os he dejado un pisito para que lo vendáis y os repartáis lo que pilléis por él, que don Hermenegildo del Vencejo y Navío tiene todos los papeles en su oficina de la Corredera de San Marcos, y algunas otras cosillas de oro que todavía me quedan, entre ellas la medalla de la virgen de la Cabeza, que para qué la quiero ya, con el caso que me ha hecho, que por mí la podéis vender también. Pero qué importancia tiene si perdéis a vuestra madre, estoy muy sola sin que me vengáis a ver, pero como mañana me dan el alta os llamaré para decíroslo, hijos míos qué desgracia, con cuánta resignación habéis llevado mi enfermedad, siento mucho tener que daros este disgusto, espero que me perdonéis todas mis faltas…, de esto no, que veo que el muchacho escribe muy bien su caligrafía…, pero os doy las gracias por no querer que sufriera”… Juan dame otro pañuelo, haz el favor…

-Aquí tiene usted, Rosario.

-Gracias…, hijo.

Contrariamente a lo que cualquier persona hubiese creído observando su meticulosa atención al escrito, para Juan aquellas palabras no lo alteraban conforme las iba transcribiendo: le causaban, simplemente, una fuerte emoción, por ver cómo cada una de ellas quedaba alineada con perfecto orden en el papel, asociadas en la armonía, extendiendo sus cuerpos, conjuntadas y conjugadas para ser la admiración de un experto en caligrafía, de cualquier funcionario de los que registran los nombres de los recién nacidos, del secretario que casa por lo civil, de cualquier maestro de escuela que, de entrada y sin conocerle, supiera que se iba a hartar de poner suspensos a un montón de niños con las piojeras abiertas, rapados al cero, buen número ese para cualquier día de calificaciones torpes, y entre ellos él, presente, y al que, sin sospecharlo, debería colocar delante del cero un uno, un uno delante del cero en caligrafía al tal Juan Carmona Altiz, pobre de solemnidad que en su futuro ni cobra el desempleo, que no posee título alguno excepto el de hijo de padre desconocido que no ha leído nada, tan sólo alguna novelilla para poder copiar las letras, saber si podía copiarlo todo, incluidas las firmas de los maestros en primaria. El placer de crear con sus dedos las formas abstractas de lo que se piensa, descrearlo y poderlo volver a crear con otros colores, sobre otro espacio, a doble, a simple, a triple, sólo con sus dedos y las historias de los demás servidas a un parado de larga duración.

Pero es que Juan no era un tipo normal. Por ese motivo al concluir tres, es decir seis caras, de las hojas de su recién estrenado cuaderno, en realidad no sabía nada sobre aquella mujer, excepto que se llama Rosario, viuda de un pasante.

-¿Quieres hacerme el favor de leérmela, Juan?- le dijo ella con curiosidad y no sin cierta pena.

-“Linares, a”…- leyó Juan en voz baja y comenzó a ruborizarse porque le pareció, súbitamente, que el tono de su voz resultaba teatral. Lo corrigió a tiempo, sin embargo, porque tenía la certeza de su autocontrol.

Antes de descorrer la cortina que los aislaba de la otra enferma, Juan arrancó con delicadeza las hojas escritas, Rosario firmó en la última dictada, le pagó lo pactado, le hizo jurar por una docena de santos de distintas regiones que aquello no se lo diría a nadie, le recordó que su marido había sido un pasante muy importante en Linares y aún después de muerto tenía muchas influencias, algunas de las minutas vigentes antes de fallecer, números de códigos penales, y le dijo finalmente que qué pena que no pudiera volver, con lo educado que era, porque mañana le daban el alta.

Encarna quedó a la vista; dormía, aunque a Juan le pareció que se hacía la tonta, según pensó más tarde mirando el acerado de la calle, pues tenía los párpados demasiado apretados, forzados, excesivamente acentuadas las patas de gallo.

-Adiós, Rosario- se despidió Juan, ya en la puerta-. No sabe usted lo encantado que me voy por haber conocido a una mujer de las que quedan pocas, con esa clase que tiene usted, que no me extraña nada que su esposo no le dejara a usted barrer la puerta, con esa elegancia suya tan natural… Y que se mejore, de todo corazón se lo digo; y siento mucho lo de su esposo; si me necesita usted, abajo tengo puesto un anuncio y está mi número de teléfono.

-Muchas gracias, Juan- quedó agradecida Rosario-. Nunca se sabe lo que nos depara la vida esta de amarguras y soledades en cuanto enviuda una, si total todos somos seres humanos con nuestras tentaciones y la vida está muy mala, hijo.

Salió muy contento de la habitación, eufórico, incluso creyó haber dado un salto de alegría, pensó más tarde ante la pantalla del televisor, justo en el momento en que anunciaban un yogur con sabor a mango a la orilla de una playa abarrotada de palmeras y mujeres casi en pelotas. Había sido un éxito, teniendo en cuenta que los americanos, en sus cálculos comerciales, daban en las ventas dos aciertos por cada diez posibilidades. En cambio, él, de dos había dado con una; un porcentaje nada desdeñable, sobre todo para alguien al que jamás se le dieron bien las matemáticas.

Oyó a alguien pronunciar su nombre, pero no miró hasta que tuvo la certeza de que era a él, ciertamente, a quien llamaban. Era Rosario, con su bastón en la mano.

-Que dice Encarna, la mujer de al lado, que si le puedes escribir unas cosillas- le comunicó, no sin misterio-. ¡Desde luego, hay que ver cómo es la gente de envidiosa! Culico veo, culico deseo.

© Marta Antonia Sampedro Frutos (1998).

Fragmento 3, para este Blog, de la novela de la autora “El escribano de San Agustín” (1998).


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